domingo, 2 de noviembre de 2014

Matanzas de mañana



 Eusebio Guiteras

 Líbreme Dios de querer penetrar en lo futuro más allá del día de hoy, que nunca la eché de profeta, ni quise, andando en tinieblas, hacer como los que muy seriamente llevan toda una fresca y flamante revelación en el bolsillo y se dan con todo cabezadas contra sí mismos, viviendo, como dice el italiano, a la giornata.
 El pandero del Matanzas futuro, sabe el cielo en qué manos está; y Dios en ella ponga tiento: por una parte se nos enseña el teatro en pañales, cuya puerta ha de ser la dorada que va a darnos entrada a la senda de la cultura: por otra se nos amenaza con la cuestión de ferrocarriles, cuya fusión dicen que nos va a cerrar esa senda (¿si será por la ley de enajenamiento forzoso?) y vamos a ser de nuevo la vieja india Yucayo; nombre que sonará bien entre los consonantes del poeta; pero es poco grato para los que nos hemos acostumbrado a comer petits pois, beber champaña y leer periódicos ilustrados.
 Mi epígrafe no alcanza tan altas consideraciones: limítase únicamente á hacer madrugar al lector perezoso, y llevarle de aquí para allá, como á príncipe, con todo el respeto que su calidad de lector merece.
 En Matanzas es de precisa necesidad consultar con la almohada el grave asunto de sacudir las sábanas temprano; porque esos ríos que de algún antojadizo le valieron el título de Venecia americana, son la cosa más prosaica de que jamás tuvo el mundo noticia, cuando se toman en cuenta los efectos que producen en las narices del que incauto las saca sin las debidas precauciones. Yo de mí sé decir que para levantarme temprano un día, lo estuve pensando siete; y cuando ya me sentí casi decidido, apelé por último a aquella antigua y respetable consultora que antes he mencionado. Pusimos la cuestión en la balanza de la higiene poética y la higiene prosaica; recorrimos la Madrugada de Milanés y tomamos el tiento a las menos interesantes estrofas de la farmacopea; de suerte que era ya pasada la media noche cuando cerré los ojos, resuelto a abrirlos cuando Apolo (estilo antiguo) sacudiera la rubia cabellera en las doradas ventanas de Oriente.
 Y me hallé por de contado a esa hora recorriendo las calles de Matanzas; ciudad indefinible que por la plaza de Armas es andaluza con sus grandes ventanas abiertas, anchos patios y balcones corridos: por la calzada de Tirri parece pueblo sajón, tiznado con el hollín de las herrerías; y en Versalles un pozo entre cocoteros y las muchachas sacando agua y oyendo los requiebros de los mozos, transportan al observador a las lejanas regiones de Egipto y Turquía.
 El que con ventaja quiera ver el aspecto general de Matanzas en las primeras horas del día, haga modo de bajar las lomas de la Cumbre en una mañana de verano, cuando los valles de San Juan y Yumurí despiden suavemente su ligera neblina y cubren ciudad y bahía con un velo de gasa que brilla al sol naciente. Considerando la hora, antes que velo pudiéramos llamar bata a este matinal ropaje; y si fuésemos poetas, nos estenderíamos a contemplar a Matanzas bañando los diminutos pies en las aguas de cualquiera de sus dos ríos y rizando sobre sus cerros occidentales la cabellera de palmas. Podríase de esta manera compararla a una perezosa doncella reclinada en el lecho; pero ninguno de estos esfuerzos de la imaginación en lo más mínimo contribuirían a hacer más bello un paisaje que la naturaleza ha dotado con sus más raros atractivos.
 Vuelvo a decir que me hallé una mañana paseando las calles de Matanzas; y haciendo mi más airoso saludo, pido al lector perdone la repetición, que no es extraño divague quien a vagar se pone.
 De las ciudades tropicales no puede decirse que duermen por la madrugada; pues ya mucho antes de salir el sol se las ve en movimiento, lo cual explica la quietud que se advierte en las horas más calorosas del día, cuando es la siesta más bien una necesidad que efecto de natural indolencia.
 Con luz artificial abre el artesano su taller y rompe el armonioso concierto del trabajo, ya dando forma á la sonora hoja de lata, ya azotando la flexible suela sobre la dura horma; ya dividiendo el blando cedro con el acompasado serrucho, ya por fin picando y torciendo la preciada hoja del tabaco.
 Pero si el artesano para su obra prolonga la luz del día, tinieblas hay a su alrededor, que ni el sol luminoso disipa, y que son inagotable fuente de males. Indiferente a las ventajas con que la escuela pública le brinda; prívase de esa educación elemental, que forma la base de toda reflexión y fija el camino progresivo de las ideas.— Leer! saber leer! llamar a nuestro lado a los ingenios privilegiados y pedirles en sus libros el fruto de cien generaciones!
 Esta indiferencia que la mayor parte de nuestros artesanos manifiesta por el estudio, es lo que debilita su brazo, cansado de la monotonía de un trabajo en que el maestro no deja de ser nunca más que un aprendiz experto. Descontento sin sentirlo de sí mismo, apenas si aspira a reunir un capital que le permita la satisfacción de verse a la cabeza de un establecimiento propio. Así se ven tantos que tiran a un lado la herramienta el día que pueden contar con algunas monedas en el bolsillo, suficientes para cubrir las necesidades apremiantes o satisfacer sus placeres: así se ven tantos pedir una cantidad adelantada sobre el valor de su trabajo; y luego que la obtienen, desentenderse del todo de su compromiso o cumplirlo con lentitud y negligencia. Laméntanse de constantes infortunios, sacan a plaza familia y enfermedades para lograr negocios de esa clase; y vive realmente en la miseria un hombre que podría con sus manos labrarse una renta de mil o dos mil duros anuales, si atendiese con desvelo a conseguir lo que es alma del trabajo,—el crédito. Esta clase de artesanos (pues se entiende que no hablamos de los que honran el oficio a que se dedican) es la que mira con pena el alba que sonríe y llama al trabajo; esta la que se ve arrastrada ante los tribunales por su negligencia o mala fe; esta en fin la que acaba por armarse de un arma traicionera y poblar nuestras cárceles y presidios.
 En este término desventurado la sociedad impróvida da al mal artesano una escuela, sostenida a costa de las rentas del estado,—la escuela de la corrupción mas degradante. Obreros hay que solicitan la prisión, donde con un alimento tan bueno como el que les proporciona el amo, hallan compañía ociosa y dispuesta a los actos más repugnantes y brutales.
 Y sin embargo, la cárcel podría ser templo de redención para el desventurado que no haya recibido en la niñez las aguas del bautismo de la educación. En ella bien ordenados talleres y las clases de enseñanza elemental, repararían los pasados descalabros, acostumbrando al preso á la dignidad que sirve de antemural contra los ataques del vicio. El que tiene un oficio dentro de los muros de la cárcel en él se perfeccionaría; el que está destituido de todo ejercicio para sus brazos, saldría con un título adquirido, y uno y otro al volver á la sociedad, podrían contar con un capital, fruto de su trabajo, después de cubrir los costos de su prisión, sin que fuesen por consiguiente gravosos al estado.
 Es una realidad que el preso se habitúa al trabajo; y de tal manera llega a amarlo que su privación es en bien ordenadas cárceles uno de los castigos más severos que la disciplina reglamentaria emplea.
 Pero nos hemos olvidado que el día acaba de nacer, y metídonos en la más oscura noche. Ya el rojo sol apaga los resplandores del lucero de la mañana y dibuja en las calles las prolongadas formas de los criados que con sus canastas rebosando de frescas legumbres vuelven del mercado uniendo su confidencial guirigay al piar del sentenciado pollo y el arrullo de la incauta paloma. El mozo de tienda se despereza abriendo puertas, y el activo repartidor suelta indiferente las hojas periódicas que van a trasportar al lector a los campos de batalla de Italia o al no menos reñido del mercado de Londres. Alguno que otro devoto a paso lento se encamina al templo llamado por la amiga campana; y por todas partes se oye el hermoso "Buenos días," que viene como fabricante de guirnaldas a reanudar los afectos que la noche ha suspendido.
 Contemplaba yo estas escenas diferentes, cuidando de no tropezar con los serones del lechero (a quien más convendría el nombre de aguador), cuando vi venir hacia mí un espeso bosque que se cogía la calle toda y a cuya entrada se movía la cabeza de un caballo, el cual, si no hablaba, bien a las claras daba a entender que hubiera con gusto repetido el milagro de la burra de Balaam. Por mucho que hice para evitar un encuentro con aquella mole, donde, si se toma en cuenta el alma de cántaro del que la dirigía, se hubieran reunido los tres reinos de la naturaleza, ella se me echó encima y dio conmigo en tierra. Y sucedió que al querer incorporarme, me hallé que estaba en la cama, y que mi cuerpo por sí y ante sí había resuelto la cuestión de la noche anterior, quedándose dormido hasta la hora del almuerzo.

 Liceo artístistico y literario de Matanzas, 1860, vol. 1, pp. 193-94.