viernes, 7 de noviembre de 2014

El Hombre Dios






 Manuel Márquez Sterling


 Sobre la dorada cuesta de San Juan, en donde más amante sopla la brisa y es más bello y melancólico el paisaje, se halla Juan Manso, con todo el secreto  de su extraña fe, con todo el atractivo de su divina y sobrenatural representación. Ora y cura los enfermos. Rocía las llagas con agua bendita. Y limpia, con el  fulgor de su mirada, las lástimas del espíritu. Fui a verle una tarde, bajo los  rayos de un sol que tostaba las entrañas de la tierra. Y no fui solo. Fui en romería, más allá de Lourdes, a Jerusalén, la patria del Señor...
 ¡De haber sido poeta! En aquella cresta de conciencias soñadoras; en aquel escenario de antiguas y muy lejanas remembranzas, se extendía una íntima  cordialidad que más enérgica y decisiva  era cuanto más abría sus alas el ave incolora del temor. Casi advertí una tendencia a la ternura, que las gentes expresaban en constantes conmociones. Y como si cada cual llevase en su interior quién le predique del bien y le discuta la verdad, abstraíanse, hombres y mujeres, en ciertos instantes, para sostener, cuerpo a cuerpo, allá por sus adentros, esa lucha en que unas veces triunfa la imaginación y otras vence la inteligencia. Pero, más interesante que la duda era la fe que no admite lógica, ni ciencia, ni otra fe distinta a su paso. La materia pasea por el mundo; viven sus almas colgadas del cielo, y se indignan, frenéticas, al divisar desde su altura a los escépticos, a los indiferentes que atraviesan la tierra y llegan a la tumba sin mirar con los ojos del espíritu a las puertas de San Pedro. Sin estar enfermos, los fanáticos experimentan extravíos en su organismo; un vértigo de pasión demoledora trabaja en el cerebro; y se dirigen, al fin, como cosa previamente convenida con los ángeles del cielo, al santo que sana los cuerpos con agua bendita. ¡Dios perdona los pecados! ¡Qué felicidad pecar hoy para vivir de su perdón mañana! De la piel desaparecen las llagas; la tez verdosa se vuelve rosada y fresca; tiñe los ojos un brillo que ilumina en torno suyo las tinieblas de todas las conciencias. Y a la caída de la tarde, en el instante de los crepúsculos — que viven en el espacio de tres relámpagos, entre el sol y la noche de los trópicos— la muchedumbre cándida baja la cuesta de San Juan; charla, ríe, canta, con una placidez sincera. A cada paso, tiene un nuevo milagro que oír; una cura estupenda que observar. La hueste se detiene y grita. Forma sobre el césped inculto un circo que las miradas trazan casi con llamas. Y se exhibe al fin, un hombre de tallo largo y flaco, lampiño, bizco, apoyado en una muleta que un poco más doble remedaría una caja de muerto. Al llegar al punto en donde todas las miradas participan de él por igual, suelta la negra muleta y camina como un galán que contonea su cuerpo ante la reja andaluza de su amada. La multitud se entusiasma y grita de nuevo. Y una fe más honda inunda el corazón de las docenas de cojos y paralíticos, ciegos y sordos, que a diario suben y bajan la cuesta de San Juan en busca de oraciones y agua bendita, obligados, por la indiferencia de ese Dios que tan alto vive, a pasear sus lástimas hasta la hora en que se fije en su tristeza la misericordia del cielo. «Ay, exclama el inválido con los ojos arrasados de lágrimas: por ahí viene mi hora; la mirada del cielo se posará en mis miembros rígidos e inútiles; y seré feliz, para aguardar sin dolor la fecha distante de mi muerte»… 


 El santo se va quedando solo, cuando su oración expira. Su palabra es torpe: el cielo, más prudente que nuestro deseo, no le envía por raudales la inspiración del discurso. Predica la buena moral de Zoroastro, a quien ni de oídas conoce; y como en su alma sin cultura las ideas se atropellan, mezcla y amasa principios que no hallaron hasta hoy moldura posible. Pero, en el fondo de su palabra se ve una candidez sugestiva; un ensueño que extrañas purezas de imaginación llevan a su cerebro; y con lentes de sobrenatural efecto se le distingue rodeado de espíritus, suspendido por ellos en un mundo en el que, para el profesor Dugás, no reconocen límites lo real ni lo posible. Y su triunfo, el de Juan Manso, el del pobre y humilde soldadito vestido de Jesús, con luenga y tupida barba de Nazareno, consiste en que, para su ignorancia y para estudiar los rincones de su Paraíso y para conocer los extremos de esa fosforescencia de espíritu exaltada en su conciencia por una fiebre, que en vez de la muerte le produjo más vida, necesita el crítico abrir la ciencia, pedirle consejo, oírla con fija atención, y explicar sus éxitos, que algunos produce, reales y sugestivos, sin anatema para la prueba que tantos enamorados conquistó sobre la cuesta de San Juan...
 Y Juan Manso, de líneas enérgicas, pequeño de estatura, de ojos brillantes, grandes, fijos, sin vaguedad ni indecisión, con su figura de apóstol, que come de limosna, que rechaza dinero y viste andrajos de la caridad pública, no pone en duda sus principios, ni los somete a discusión, ni se excita, ni se asusta, ni llora, ni ríe... Sus movimientos son ágiles; camina con ligereza que contrasta a la majestad de su poder sobrenatural; y pregunta, abstraído en sus pensamientos, como quien llevara el océano en el vaso de una sola idea, cuanto cabe ¡oh señor! desde lo pequeño infinito basta lo infinito grande. Levanta las manos como si las pusiera sobre el lomo de Dios. Cierra los ojos y repite la pregunta...
 La noche es su misterio y ora y goza del deleite de pasar la velada en charla con los seres de arriba. Se encierra en un cuartucho y por un agujero de la puerta le dan carne y agua... Los angelitos del trono del Eterno descienden a su cueva de conejo y le sirven con más lujo que a Morgan en su hotel de New York. Duerme después como un bendito. Y a la madrugada despierta; se pone en pie y sale a orar para sí, ya que ha de orar, durante el día, para el prójimo. Se incorpora en la montaña y de lejos recuerda al poeta moro que canta sus versos, al crepúsculo, entre flores y almas, con el ritmo espontáneo de íntima poesía que guarda brisas enérgicas para el bosque y suaves alientos de amor para la dama, entre fuego y beso, que estimula sus anhelos bajo el cielo de marfil...
 Pasa y se aleja y diríase que se interna en una nube que a buscarlo viene al horizonte. Y regresa corno huyendo de que el sol incendie sus mejillas y carbonice sus luengas barbas de Nazareno... Avanza con andar melódico. Remeda un cuadro oriental. La sombra de Mohamed, poeta, atraviesa y corta su aureola de Hombre Dios. Y al mirar hacia abajo descubre los primeros inválidos que vuelven a su infructuosa peregrinación de cada día.
 Juan Manso, de rodillas, ora y espera.


 Se publicó originalmente como “El Hombre Dios”, en El Fígaro (no 31, 30 de julio de 1905, pp. 378-79), y luego en Alrededor de nuestra psicología (1906, pp. 143-53) como “El hombre Dios (capítulo de superstición cubana)”.
 Las imágenes pertenecen a la edición de El Fígaro.
 Agradecimientos a Fracisco Morán.