lunes, 3 de noviembre de 2014

Semblantes de Seboruco





 Pedro Marqués de Armas


 En Matanzas, la así llamada Atenas de Cuba, ciudad que Lino Novás Calvó definió alguna vez como un pueblo de “serecillos cándidos y vanidosos”, nació en 1857 Antonio Eulogio Hernández Alemán. Puede que este nombre no diga mucho, salvo a unos pocos; pero otro gallo cantaría si lo decimos por el mote: Seboruco. Célebre por sus disparatadas cuartetas, conocimos al popular “vate matancero” a través de Lo cubano en la poesía, donde Cintio Vitier lo presenta como un “extraño poeta desequilibrado” y le reserva modesta, pero significativa morada, en una nota al pie.

 A propósito de esa “nada” que tan bien cuadra a su análisis de la poesía de Piñera, Seboruco asoma su cabeza, y no sólo eso, también una voz en falsete, pues viene a colación, nada menos, que por un curioso recuerdo del propio Vitier: el autor de Las Furias recitando de memoria una de aquellas estrofas: 
 

 El sol alumbra de día,

 La luna alumbra de noche.

 Cuatro ruedas tiene el coche

 Con mucha melancolía.



 Como si confirmase, al recitar Piñera tales versos, ciertas naderías, Vitier se apresura a decir que de ese modo acometía una de esas intuiciones que marcan su estilo. Y puede que tuviera razón, al menos en eso; pero no deja de ser sintomático que en un libro donde las anécdotas resultan tan escasas, sea Piñera, precisamente, quien deba escenificarla. No es imaginable, desde luego, semejante actuación más que como un juego paródico: Piñera encaramado en una silla, echando por la boca aire y no flores -el aire que en un vaso vacío bebía el Arturo de La Vida Tal Cual.

 Si un Lezama niño (patrióticamente maquillado) recita frente al espejo versos de Martí; el joven Piñera que Vitier recuerda se empina hasta el otro extremo de la recitabilidad. Por lo que más que una relación de estilo se trataría, acaso, de un parentesco gestual y burlón. A lo que puede añadirse, sin equivocar el tiro, que si algo les equipara, es cierta condición de fantasmas: esa oscuridad en permanente iluminación, ese elemento nocturno (también en sentido público) que difiere del airecillo matutino que cose las imágenes cubensis, o, lo que es igual, que recorre la tesis viteriana.

 Sintaxis tan simple como la de la citada cuarteta solo podía atarse con soga de yute, una cabuya venida de lo más intrincado de la historia. Sospecho así haya sido la existencia de Seboruco, llena de ataduras y a la vez de cabos sueltos; una vida reducida a estrofa, y tal vez cándida y vanidosa como aquella a la que se refería Novás Calvo. A lo que habría que sumar su incapacidad para sortear la rebatiña azucarera y abrirse camino. 

 Vista así, su existencia encajaría en esa usanza de poetas lelos, locos o trasquilados, que nos legara la Atenas de Cuba. Pero insertándose, no en sus planos secretos, sino entre aquellos que no alcanzaron sus beneficios: los sin oficio ni favores, que nunca despegaron, arrojados por una pendiente pública, trasnochadora, y, sobre todo, quimérica.

 Pero ¿en qué consiste esta suerte de los poetas matanceros? ¿Es la locura un producto de la “matanceridad”, término del que gustaba Vitier? Siguiendo este juego, sí.
 
 Zequeira, aunque habanero, perdió el juicio en Matanzas. Allí no solo había sido destinado, por lo visto, militarmente hablando. Con una impresionante cartera de servicios, su talón de Aquiles era, al decir de Pedro J. Guiteras, un exceso de pundonor. Demencia prolongada, casi tan larga como la de Holderlin, apenas existen pruebas en su escritura, si bien se ha querido ver en algunos poemas -y en particular, en las décimas “La Ronda”- los signos que la anticipan. Hombre de la Razón, Zequeira lega, al enloquecer, un silencio no menos hermético que el de sus contemporáneos, quienes, contrariamente a lo que podría pensarse en un caso mitificado por la invención poética, no dieron cuenta suficiente de sus gestos y sin-razones. Ya no el delirio, sino el largo y desconocido eclipse en que su vida se convierte, es lo que sorprende, como si en vez de desaparecer irónico bajo el sombrero se lo hubieran encasquetado.

 Si las anécdotas sobre la vida del Coronel reverberan como un secreteo del que trascienden tres o cuatros comentarios, luego erigidos en fabulesca identidad pueblo- poesía-delirio; los recuerdos del Vate Imán, como también se le llamaba, circulan de un modo casi soñado, espectral, guasón -propio, en efecto, de una fantasmagoría piñeriana. Mientras la locura de Zequeira se carga de títulos nobiliarios, anagramas y resonancias pre-capitalistas; la de Seboruco sigue atolondrando. Pues nada resulta más insultante para la poesía arcádica, llorosa y metafísica, que esa gracia suya anudada en la bobalicancia, no menos que en el desvarío. 

 

 Vemos a trasluz de sus versos el despegue de esa cultura matancera, cuando, contra toda norma ateniense, el capital ascendía a la par de las matanzas de esclavos y el indio era encumbrado a la manoseada categoría de héroe. Ya entonces se abre una brecha de clase, que toca a no pocas de las familias más antiguas, filón por el que sorprendemos a Milanés mirando sin mirar los trenes, cargados o no de azúcar, en tanto se malogra su esmerada caligrafía. Pero la crisis que alcanza a Seboruco no es la del ascenso, sino la de la caída monetaria, que ya en 1884 decide prácticamente su suerte. Se trata de la conversión de la noche en día, una debacle que afecta a todos, pero que se empecina en las ramas bajas de clase media. Así, esa noche se hace etérea y resplandeciente, recalcando el deseo de vérselas con una luna siempre encendida. Milanés no atina a vestirse a la moda, no pudiendo lucir ante las mujeres, que lo ven como un lunático y ríen a solas de su chambonería. Seboruco tiene que asumir –puede que con encono– su pobreza, pero para suspenderla en sus quimeras. Tendrá, eso sí, el arrojo de enfrentarse a una burocracia que lo desplaza, que no le ofrece empleo temporal.

 Mientas Milanés pasa veinte años encerrado en una habitación al cuidado de la hermana, y todos callan el desaire de Isa, y desde luego, la alergia que debió producir en el Sr. Ximeno, Seboruco trasnocha. Y no le importa gritar en plena calle su desencanto, ahogándolo en alcohol, a la vez que canta a esa Belica a la que dobla en edad, pero cuyo amor retiene a fuerza de presentarse desnudo “bajo un chaqué algo raído”.

 Seboruco deambula, se desorienta y pasa el cepillo mientras recita: “Sale el sol por el oriente/yuca, plátano y boniato/los sin narices son ñatos/y el tiburón come gente”. Luego vuelve a por Belica y la monta, haciéndola recorrer la casa, como murmuraba Tallet, “en cuatro patas”, tras lo cual se inspira nuevamente y le salen cosas como ésta: “Calamar, calamar, sal del mar,/¿ya saliste?/Vuelve a entrar/que el toro embiste”. Un poco más de alcohol y entonces vanguardiza, o casi, en conspicua chifladura: “Mi corazón cosmogónico Plectro Ignoe en Poesía/Mi conspicua Lira del Vibrante/ Y mi viril Laudolibre ardiente/ Bien tres veces saludo a la patria mía”.
  


 Pero echemos un vistazo a su poema “Semblanza”, hoja suelta que apareció en un Reglamento de la Sociedad de Beneficencia y donde muestra, no la faz amena de las cuartetas, sino una obstinada diatriba contra un funcionario local. Este hallazgo posee el mérito de enseñar a Seboruco en su apogeo creador, allá por los años en que escribía obras de teatro y realizaba, él solo, una emponzoñada revista satírica. No menos elusivo, va sin embargo al grano, aunque tenga que esgrimir una distancia alegórica, esa que le lleva a la Rusia Zarista, inaugurando nuestra poesía de tema ruso. Porque es tal el orgullo del Vate Imán, que tiene que travestir a esa burocracia en cotos de otra ralea. El brigadier que pretende retratar –y al que retrata, dice, tanto o mejor que Mestre– entrega, no obstante, su propio semblante. Y no por falta de perspectiva, sino porque lo suyo es la querella, el litigio, el choque sordo contra las estructuras.

 Se convierte así en furrier de sí mismo, víctima de su propio reclamo al Czar (así lo escribe), protector, sin dudas, de ese funcionario quien le aparece desdoblado en las más disímiles y odiadas figuras: lacayo, bufón, sicario, juglar, asturiano, y, en fin, un largo etcétera. Desde luego, llegó tarde al reparto de los puestos y ese disgusto acabó con sus nervios, que ni siquiera Juan el Manso –el famoso curandero de la Atenas de Cuba, a quien habría que incorporar al hado fatal de esta tradición- supo atemperar. Seboruco fue duro, si, auténtica piedra, la misma que arrojó contra los ventanales del Ayuntamiento.




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