sábado, 22 de noviembre de 2014

La tristeza del pueblo cubano






 Miguel Ángel de la Torre



 Yo quisiera haceros escuchar, señores y señoras, unas páginas arrancadas a un libro por escribir, a un libro sincero y doloroso, que siempre, por piedad hacia mi corazón cubano, tuve miedo de escribir…

 Y me vais a perdonar que os la diga de tal manera en tono de amigable y llana charla, como si dijéramos de silla a silla, en un intermedio del brillante programa de esta noche, porque es a cuento alcanzan mis recursos oratorios. Soy de temperamento ajeno a las gallardía y tumultos verbales de la elocuencia tribunicia, que suponen un abnegado sacrificio de la abundancia de ideas en bien del torrente sonoro y triunfal de la palabra lanzada en avalancha a la conquista del auditorio; tengo que resignarme por lo tanto a dejar ir mis frases paso a paso por los senderos quietos de la confidencia –como unas muchachas tímidas que, luego de emplear la semana entera en encintar los trajes, la noche del estreno se sintieran de pronto avergonzadas de ello y solo se atrevieran a pasearlos por las avenidas más solitarias del paseo mientras la madre quedara en su casa soñando, a la luz del quinqué que presidió otras veladas laboriosas y esperanzadas, en los triunfos ilusorios de sus hijas. Si alguna vez, señoras y señores, encontrais en vuestro camino a una de esas pobres muchachas os pido en nombre de ellas una sonrisa buena, si no para trajes mal hechos, para el corazón joven y bello que late bajo sus trajes.

 Bien sé, como dijo Jesús Castellanos en ocasión semejante, que defraudará vuestros gustos latinos encontrar una lectura donde esperabais hallar un discurso; pero yo tengo la esperanza de que al fin vais a agradecerme el cambio, en gracia a que estas ledas palabras mías servirán como de fondo o contraste a las oraciones que aquí oiréis, éstas dichas por labios que saben pronunciar al mágico conjuro del aplauso.

 El tema que me ofreció ocasión para las consideraciones actuales no es, por lo demás, propicio a las exaltaciones de la epopeya, sino al tono menor en que la elegía canta sus tristezas. Es tema, empero, acorde con el ambiente de gloria de este día, pues si al considerarlo llegara a levantarse de nuestros pechos un suspiro, siempre había de ser un suspiro por la Patria y por su dicha de mañana, que nosotros, amándola con el amor con que debe amarse y que aprendimos de los que le dieron vida con su muerte, ansiamos más grande que esta menguada que sus hijos de hoy acertamos a ofrecerle. Menguada porque a más no llegan nuestras fuerza, quedan muy atrás de nuestras ansias; porque a lo largo del camino ensangrentado que empezó hace 47 años hemos perdido la costumbre y la facultad de ser felices, como si el sufrimiento hubiera para siempre secado en nosotros las fuentes más gratas de la vida; porque parece que nuestra generación nueva ha traicionado a la madura, quebrantando la espartana consigna que nos dieran quienes al morir morían porque viviéramos, quienes al llorar lloraban porque riéramos, quienes al derramar su sangre la derramaban con la esperanza de que nosotros sabríamos cultivar las rosas que surgieran de la tierra cubana enriquecida con aquel abono heroico.

 Decirme, ¿cuántas de esas flores fecundas sentimos abrir en nuestros pechos al sol de esta mañana? Recorriendo uno a uno esos sitios en que por mandato del programa municipal nos fuimos reuniendo hoy en Cienfuegos como otras veces en diferentes ciudades nuestras, pudimos adquirir la noción aterradora de que del alma cubana huyó para siempre la alegría y pensamos que aquellas multitudes, de las cuales formábamos parte, corrían de un lado para otro como obsesionadas por la inmensa sonrisa de luz que se derramaba desde el cielo y que no aceptaba a entrar en sus corazones contraídos en una eterna mueca de tragedia sin rugidos. Así fue cómo, en procesión absurda, sacamos a luz de este día de recordación heroica la tristeza que llevamos los cubanos agarrada al alma con raigambre negra y honda. 



 ¡Ah, la tristeza del alma cubana!... He aquí el tema de que me proponía hablaros, señoras y señores; ved cómo no fue paradójico escogerlo para esta ocasión. Porque, ¿no era ése el pensamiento que hoy rimaba dentro de nosotros por los acordes de las bandas cuando sus metales se hinchaban por los aires nacionales sin hallar corro a su alrededor? ¿Era otro nuestro amargado comentario ante el hecho de que en cada uno de los festejos de este día figurara el pueblo como espectador comedido o comparsa sin lucimiento, pero en ninguna como actor espontáneo que, saltando por encima de los consabidos señores de la comisión, tomara su parte sin ensayos aunque con la alegría gritona y contagiosa de los que no se divierten a la voz de mando? ¿Ni pudo dejar de entristecer esta idea nuestro ánimo al ver que con la buena voluntad oficial no colaboráramos unos y otros para añadir un número al programa, en cuya hechura se confundieran todas nuestras manos y al fin se hallaran en buena hora para Cuba unidas en un final estrechón que nos dejara formidablemente y de una vez juntos a la luz del mismo ideal de resurgimiento?
  Mas, aunque intensificada hoy, de la vida nacional a lo largo del año surge la misma noción de nihilismo emotivo. Cuando escuchamos de labios ya temblorosos las pretéritas gallardías de nuestros abuelos, por fuerza hemos de sentir su contraste con esta desmayada vida de ahora, tan menesterosa de alguna de esas bellas locuras  que hacen convenir a los censores en que, después de todo, en los pueblos como en los hombres, tales locuras se cometen en la juventud. Nos preguntamos cuál de nuestros regocijos de hoy ha heredado la grandeza de visión de aquellos clásicos días de San Juan en los cuales chispeaban bajo la ebriedad luminosa del meridiano los jaeces de plata de los caballos, lindos y elegantes como gallos de lujo, montados por jinetes en cuyos labios rojeaba el madrigal en turno con el epigrama bien dicho, flores de mocedad agradecida con una sonrisa de hembra que dardeaba desde una reja o rechazadas con un rival gesto de rabia en que se encontraba todo el veneno de sus espinas; en los cuales se paseaba soberana como reina y no arrepentida como pecadoras la pereza criolla el muelle vaivén de los volantas, coronadas de mujeres para quienes había un homenaje en cada mirada festera; en las cuales todavía encontraba nota la musa guajira para dar al viento sus tormentos y sus venturas y en vez de encanallarlas en los tablados de los cafés cantantes las ennoblecía al pie de los balcones amados donde oía un corazón. Se refiere indudablemente a tiempos muy lejanos aquello, lindo y fabuloso como cuentos de hadas, que oímos narrar cuando niños y en que se ponderaba el rumbo de unos grandes señores cubanos a quienes por no permitirles el Rey poner de plano las onzas de oro como piso de su casa, contestaron poniéndolas de canto, con lo cual pisoteaban de soslayo a un tiempo al monarca y a su orden. Ya de todo aquello lo único que nos queda, pero sólo como un anacronismo galvanizado por el lápiz genial de Ricardo Torriente, es la figura desgarbada de ese buen Liborio entre cuyas patillas florecen constantemente el chiste y la risa. 

 Buscaríais en vano esos atributos del buen humor entre los representados de Liborio. No existe en realidad en nuestro calendario moral una sola de esas efemérides que en otros pueblos corresponden a las fiestas del hogar, de la patria, de la religión, de la tierra madre, de cualquiera de las fuentes de que tomamos la vida. Descreídos en religión abjuramos ya las que en otros años pusieron ceguedad dichosa en nuestros mayores; escépticos en filosofía bien presto lo que antaño fueron ideales eficientes hogaño se convirtieron en abstracciones cómodas puestas al servicio de políticos de oficio o moralistas de ocasión; indolentes, en fin, en el culto recio y pagano de las inefables fuerzas de la naturaleza, se nos antoja la tierra madrastra odiable y no amante madre. Así no se arrodilla nuestro espíritu durante los ritos lares de Pascua como el pueblo americano, ni se expanden nuestras masas populares y se adueñan de plazas y calles como el buen pueblo que tomó La Bastilla cada 14 de julio ni se corona de rosas y loquea y se embriaga de sol como Valencia y Niza a la eclosión de cada nueva primavera.

 Hemos hecho tabla rasa de nuestros valores de vida y luego no supimos sustituirlos; hemos roto los ídolos y al cesar nuestra furia iconoclasta nos sentimos demasiado cansados para intentar la tarea de sustituir los dioses idos; hemos llenado un cementerios de enemigos y nos flaquean las rodillas a la hora de surcar la tierra para que de sus huecos surja vegetación nueva.

 Hundióse en este naufragio apocalíptico de motivos para vivir hasta algo que fue en otras épocas timbre de nuestra sociedad. Hubo un mandón de la colonia que nos estimara capaces de ser gobernados a golpe de baile; nuestros antepasados, sin darle importancia al insulto, siguieron bailando, dejando para su hora la demostración de que el más bello equilibrio de facultades ponderaba su vida sana y fuerte. Pero nosotros parece que hemos aceptado como pecado el baile y nos hemos arrepentido y enmendado. ¡El baile pecado, señoras y señores! ¡Cómo se hubiera sorprendido de saberlo nuestro bíblico David, que según los textos sagrados iba nada menos que “bailando con todas sus fuerzas” ante el Arca de la Alianza en la ocasión ya conocida de nosotros! ¡Como los sacerdotes egipcios de Menfis y de Tebas; los indios y los chinos que danzaban siguiendo según sus cosmogonías el curso armonioso de los astros; los de Grecia maestra de vida; los romanos cuyos histriones ejecutaron por el año 360 una danza para conjurar una epidemia que afligía a la ciudad de los Césares; los mismos cristianos que tuvieron la danza por ritual hasta el siglo VI y cuyos obispos y cardenales festejaron con un baile la terminación del famoso Concilio de Trento! Sólo al compás de las danzas acertaron las religiones a balbucir sus primeros rezos.

 Pero es que arrojados los viejos dioses de los corazones del hombre no encontraron éstos manera diferente de oficiar ante esas deidades que se llaman la salud, la guerra, la alegría, la belleza, el éxito…

 Y hoy mismo la sociedad, esa otra diosa absorbente y despótica que como el ser mitológico devora a sus hijos, ¿de qué modo pudiera recibir nuestros holocaustos que un salón iluminado de luces y sonrisas, cuyos espejos multiplicarán las parejas tejiendo la gentil guirnalda de los valses? (…)



 Mientras tanto, nosotros, cediendo en último término lo que fue atribuido de nuestra capacidad para gozar la dicha de vivir, parece que nos decidimos a arrinconar el güiro cuyo áspero estribillo glosa nuestros danzones, el timbal de cuyo vientre sonoro sale el compás muelle de nuestras habaneras y el cornetín en cuya garganta de metal parece haber muerto la última nota del himno de nuestras alegrías.  

 A lo largo del camino de la vida ¿en cuál de las muchas emboscadas que nos puso el destino perdió nuestro pueblo su tesoro de ventura? ¿Será que, perpetuada en sus ojos la visión atormentada de sus guerras de libertad, no acierta a abrirlos a las rientes perspectivas de su vida de ahora?

 Si así fuera habría llegado la hora de que pusiéramos el alma de rodillas para decirle en exhortación filial: -Levántate, ¡oh, pueblo nuestro! ¡oh, patria! ¡oh, Cuba! a ocupar tu puesto sobre la faz de la tierra. Mira ¡oh, madre!, que ese puesto hay que defenderlo porque tiene ambiciosos. Dolor y dicha son dos brazos en la lucha y manca te vencerán; ríe, tú que supiste llorar y rugir. Llévate el acicate heroico del himno del Bayamo, como otras veces te condujo al triunfo cuyo camino sabes, a esta otra victoria que necesitamos para que no nos arrebaten el terreno y la gloria conquistados y no vengan otros hombres de lejanas tierras a robarnos el derecho a vivir y a morir bajo este sol, a la sombra de estas palmas, a la música de estos mares porque en una renunciación a medias de la vida nos hubiéramos hecho los cubanos indignos de gozarlo.




  La Semana, Cienfuegos, octubre 17 de 1915.



 Conferencia impartida en el Liceo de Cienfuegos la noche del 10 de octubre.



 Tomado de Prosas Varias, Biblioteca de Autores Cubanos, Universidad de La Habana, pp.346-59. 


 Caricaturas de Rafael Blanco