jueves, 13 de noviembre de 2014

La cueva del muerto





  
 Álvaro de las Iglesia


 Hace algo más de un siglo, a cuatro leguas y media de Cárdenas por el camino de Matanzas, sobre la costa y al abrigo de unas empinadas lomas, podía verse un grupo de pajizos bohíos habitados en su mayor parte por tiznados carboneros. Toda la vasta planicie que mira al mar, había algo más tarde, de cubrirse de ingenios y aquel minúsculo poblado acabaría por convertirse en el hoy floreciente y próspero pueblo de Camarioca.
 Pero alboreando el siglo XIX quien recorriera, en una gran extensión, aquella abrupta costa y aquellos campos sin cultivo donde las crecientes de los ríos Camarioca y Canímar formaban grandes pantanos, bien podría creerse en una islita desierta a donde no llegaba ni el más desvanecido eco de la existencia cubana.
 Cuando en nuestro breve y benigno invierno, que es una graciosa parodia de la cruda estación en los países fríos, soplaban los nortes, rompía el oleaje en explosiones de espuma desde la punta de Maya hasta la boca del pequeño puerto, trazando un festón de nieve sobre los verdes recodos del litoral, decorado con los naturales encantos como una hermosa virgen desnuda.
 Por la costa solitaria y silenciosa nunca se había visto un alma viviente. Durante el día, animaban aquella soledad con sus gritos el zaramagullón, la gaviota y el alcatraz de enorme tamaño y monstruoso pico. Al caer la noche rompían el silencio el sijú con sus guturales sobreagudos, la siguapa y la lechuza. La vegetación lujuriante del trópico había alzado como una cortina entre el mísero vecindario y la costa, con espesos matojos de almácigo y guacamaya sobre los cuales tendían sus bejucos la parra cimarrona.
 No se sabe a punto fijo el año; pero sí que empezando el siglo de las luces, como ya se ha dicho, unos campesinos, tal vez de los que trazaron la senda que es hoy el camino que va del caserío a la playa de Varadero, descendiendo por los peñascos que forman la cortadura, descubrieron una cueva no muy profunda, porque la luz del exterior llega a su fondo. Un movimiento de horror los hizo salir apresuradamente. En medio de la caverna vieron tendido un pelado esqueleto cubierto con hábito sacerdotal y teniendo abierto, entre las manos descarnadas y rígidas, un breviario.
 La voz del fúnebre hallazgo recorrió bien pronto el pequeño vecindario carente, por completo, de sucesos de tal magnitud, y el comentario, más o menos racional, levantó un murmullo en todas aquellas casitas de guano. El primer impulso de horror fue sustituido en breve por un invencible movimiento de curiosidad que condujo a la Cueva del Muerto a los más animosos. En presencia de aquellos despojos completamente desconocidos, pero cuya posición delataba un tránsito blando y tranquilo propio de quien había dado su postrer adiós a la vida sin el menor miedo a la muerte, hizo reaccionar a nuestros guajiros, por herencia supersticiosos, sugiriéndoles no sabemos qué pensamientos elevados, porque en vez de sentir horror se postraron ante los restos yacentes considerándolos reliquia de un bienaventurado que había sido, con seguridad, en este mundo, un nuevo Padre Santo de Guanabacoa, un nuevo padre Valencia, apóstol de Puerto Príncipe, seres sobrehumanos que dejaron una luminosa estela de admiración en las almas y un vivo sentimiento de amor en los corazones.
 ¿Quién podría ser aquel sacerdote, incógnito anacoreta de una nueva Tebaida, a quien nadie había visto nunca y cuya muerte pasó, para todos, inadvertida?
 Para unos había sido un gran pecador, tal vez un gran delincuente que, arrepentido de sus delitos fuera a hacer penitencia en la soledad, castigando la carne rebelde en tanto el espíritu tendía sus alas hacia la perfección. Otros sostenían que debió ser sencillamente un misionero sorprendido en su ruta por un repentino mal que le había impedido subir hasta el caserío en busca de socorro, muriendo en aquel recinto providencialmente hallado en su desmayo, para guarecerse de los abrasadores rayos del sol. Pero esta versión, por ser la más racional, encontró pocos partidarios, por lo mismo que lo fantástico se apodera con más facilidad de los espíritus sencillos. El muerto debía ser un santo y reclamaba su culto y honores de bienaventurado.
  Desde entonces se pobló la Cueva del Muerto de Camarioca de piadosos visitantes, los ásperos muros de aquella capilla natural, se cubrieron de exvotos, de cruces, de velas, sencillo pero tierno homenaje de la ingenua fe de nuestro pueblo para aquello que considera de un origen superior, como le pasó  a los siboneyes con la imagen de la Virgen María perdida en las selvas cubanas por Ojeda, y la Cueva del Muerto fue y sigue siendo aún, no el casual sepulcro de un desconocido caminante a quien sorprendió la muerte cruzando el campo cubano, sino un santuario que ninguna autoridad eclesiástica fundó ni bendijo; pero que la fe y la devoción populares han consagrado y la tradición estratificado tan sólidamente que los siglos no podrán deshacerla. Después de todo, ¿quién puede afirmar que la milagrosa Casa de Loreto tiene mejor origen?


 Tradiciones completas, La Habana, 1983, pp. 131-33