miércoles, 29 de octubre de 2014

La cueva maravillosa de Bellamar





 José Victoriano Betancourt


 Muchas son las cuevas que hay en el mundo de Adán y en el de Colon, pero las célebres en el primero, son la caverna de Antíparos, que está 1500 pies bajo de tierra, con una bóveda de 200 pies de elevación, y cuyas paredes reflejan la luz de las hachas: la de Arcy y Adelsberg, la de Terni y Neptuno: y la de Capri, llamada Grotta azura; ésta debe su celebridad, no a cristalizaciones espáticas sino a un fenómeno óptico muy sorprendente y las demás son de estalagmitas y estalactitas comunes: la de Arcy y de Adelsberg tienen un lago: en el de Adelsberg se crían peces cuyo color se asemeja al del cutis humano, que tienen agallas y pulmones y que tienen una completa aversión a la luz.

 En el mundo de Colon hasta ahora que yo sepa, todas las cuevas que han sido visitadas, inclusas las de esta isla de Cuba solo son notables por la majestad y fantástico agrupamiento de sus estalactitas y estalagmitas, que ya semejan pórticos, con atrevidas arcadas, bien figuras de hombres y animales, efecto de la luz, según hiere esos objetos. He visitado la cueva de Cabezas, y las de Matanzas cuya entrada se halla en la parte llamada de Simpson al Oeste de esa ciudad y que salen al estero situado en el valle del Yumurí y solo son notables, por sus atrevidas columnas, pórticos etc.: pero se ha descubierto una que no solo a mi juicio, sino al de distinguidos viajeros, es un portento: su descripción es poco menos que imposible, porque lo es sin duda, encontrar en la pobreza del lenguaje humano, palabras para pintar las maravillas de Dios: el Sr. Reinoso que la visitó, la llama Maravilla de las Maravillas.

 Esa cueva, que tan profundamente escita la atención hoy y cuyos espléndidos echantillons, figuran ya en el museo de Nueva-York y sin duda en el de Madrid, a donde ofreció presentarlos el Excmo. Sr. Duque de la Torre, a quien se hizo presente de algunos muy hermosos, fue descubierta por una casualidad.

 D. Ramón Pargas, compró una pequeña finca, cerca de Matanzas y se dedicó de preferencia a explotar una cantera, con el objeto de hacer cal: estando uno de sus esclavos introduciendo una barreta para sacar un canto se le escapó ésta de las manos y desapareció. Advertido el dueño, dio orden a su mayoral que hiciese cavar en aquel punto y sacar la barreta; pero el mayoral se desentendió de la prevención por no sé qué temor supersticioso, y el dueño, que había estado algún tiempo empleado en explotación de Minas de cobre, cerca de Matanzas, le ocurrió la idea, que hubiese por allí alguna; y no se engañó por cierto que una y muy rica y de facilísima explotación fue la que halló, gracias a su constancia, que extraordinaria ha sido la que ha desplegado para llegar a ser poseedor de lo que puede llamarse la novena Maravilla del Mundo.

Es el caso que como Pargas viese que el mayoral no obedecía sus órdenes ya corridos dos meses, un día se fue él con la gente al punto en que había desaparecido aquella, ordenando se trabajase allí; y apenas se había abierto un espacio de poco más de una vara, salió por el agujero practicado una gran corriente de aire de repugnante olor, caliente y como humoso; no retrajo a Pargas eso, sino antes por el contrario continuando el trabajo, pudo convencerse de que aquello era la entrada de una cueva, y con un arrojo, que rayaba en temeridad siguió ensanchando la abertura y después aventuró un descenso empleando una escala que fue preciso alargar y en llegando a lo que le pareció al suelo se encontró envuelto en tinieblas. Mas como él fuese gran práctico en punto a minas, no se arredró y se propuso explotar la caverna, dominado sin embargo por la idea de que allí había algo: era Colon entreviendo el nuevo Mundo.

 Subió determinado a una nueva exploración, y su sorpresa así como su júbilo no tuvieron medida, cuando volviendo ya apercibido de todos los medios de exploración, se encontró con una bóveda cuajada de magníficas cristalizaciones.

 Pero no está el mérito de este descubridor feliz, solo en haber penetrado audaz en esa espelunca, sino en haber concebido la idea de que el descubrimiento primero, merecía la pena de seguir explorando aquella región tenebrosa, de que el público llegaría á apreciar el descubrimiento y de que sus exploraciones y grandes gastos serian remunerados.

¡A qué trabajos tan arduos y penosos tuvo que dar cima para hacer practicable la entrada de la cueva, y su tránsito! ¡Cuántos meses, cuántos obreros y cuántos pesos empleados en esas obras! ¡Sobre mil toneladas de roca, ha tenido que romper y extraer de la cueva! ¡Tres semanas empleó en desaguar el lago por medio de bombas! ¡Y todo esto, sin saber si ese costo sería fructuoso!

El Sr. Pargas, luego que concluyó esos trabajos, hizo una casa sobre la entrada de la cueva y para bajar a ella una escalera de madera bastante cómoda, un puentecito para pasar al través de una gran hendidura, huella de algún terremoto que hubo en esa localidad, y practicó por último a pico en la roca varias escaleras, invitando luego al público a visitar su maravillosa cueva: el público ha acudido con tal entusiasmo, que aquello parece la peregrinación a la Meca: tal es la concurrencia de visitadores, que el lunes 2 de este mes fui visitante de la cueva, y a las once cuando me retiré quedaban allí mas de cien curiosos, y en el camino encontré más de cuarenta, unos en volante y otros en unos jamelgos, por cierto que eran aquellos como nueve o diez extranjeros vestidos de paño, alegres y bulliciosos, que iban a escape con las piernas abiertas echados hacia atrás: al verlos grité: Evohe! Evohe! porque me parecieron unos Silenos.

Aficionado yo sobre manera a geología y mineralogía, vi meses pasados fragmentos de cristalizaciones de esa cueva y como no se parecían a nada de lo visto por mí antes, y los encontrase bellísimos, me vino la voluntad de visitar la cueva, y la visité en efecto maravillándome aquella rica y primorosa variedad de cristalizaciones tan distinto en todo y por todo, de lo que hasta entonces había visto y leído: traje algunas muestras de raro mérito en mi pobre opinión, aunque no descabellada, porque habiéndole enseñado esos echantillons, a los Sres. D. José Luis Alfonso, D. Domingo Arozarena y D. Domingo Ruiz, se admiraron confesando que nada igual habían visto en sus viajes; y por demás está decir, que son ellos muy distinguidos viajeros.

 Atormentábame gran tentación de escribir algo sobre las maravillas de la cueva y de seguro que no lo habría hecho de no mediar razones poderosas de gratitud respecto del Sr. Pargas, que en demasía obsequioso conmigo, me ha obligado a tal extremo que me ha parecido un deber, pergeñar este artículo; pero queriendo, ya que de escribir tenía, interesar a mis lectores para que visiten esa portentosa creación, juzgué indispensable volver a ese magnífico y encantador palacio cristalino, donde el espíritu se siente señoreado por un sentimiento religioso y profundo y donde por decirlo así, se sorprende a Dios creando estupendas maravillas con una gota de agua ¡Maximis in minimis!

Ya tomada mi resolución, apresuró su cumplimiento; una circunstancia feliz y en todo extremo grata a mi corazón: el Sr. D. Domingo Ruiz, matancero educado en Alemania y avecindado en Caracas, infatigable viajero que ha visto el Niágara, trepado al San Bernardo, subido a los Andes hasta la silla de Caracas que se halla a 11,OOO pies sobre el nivel del mar, que ha visitado la Suiza y la Italia, y penetrado en célebres grutas, contemplando estático las bellísimas muestras de cristalizaciones de la cueva de Bella Mar que le enseñé, quiso ir a verla y me ofrecí de muy buena voluntad a acompañarle.

Salimos pues, de esta ciudad en domingo, pernoctamos en Matanzas, y á las cinco y media de la mañana del lunes, nos dirigimos a Playa de Judíos y atravesamos el ferro-carril, llegamos a la finca del Sr. Pargas, venciendo las asperezas de la subida de una agria cuesta.

 Sobrados de fortuna estuvimos en escoger el lunes para la excursión, porque el día antes había pasado por la cueva una tromba estudiantil; treinta eran, al decir del Sr. Pargas, los estudiantes de nuestra Universidad que allí estuvieron, ¡verdadera edición salmantina sin el manteo!

 También supimos que habían estado ese mismo día varías personas notables de esta capital y entre ellas el Sr. Magistrado de la Real Audiencia D. Emilio Sandoval, y que recibió muy gustosas impresiones, observando los primores de la Gruta.


 Hállase la cueva sobre un terreno calizo madrepórico que está a 460 pies sobre el nivel del mar en el punto más alto de una cordillera que viene de Canímar y va descendiendo a 300 varas de la cueva hacia el Sudoeste, donde la limita Playa de Judíos, la Jaiba al Sur y Pueblo Nuevo al Oeste.

 Obsequioso y cortés, estuvo el Sr. Pargas con nosotros; mandó encender las luces de la cueva, y en esto vimos llegar al Sr. Antonio Guiteras director del célebre colegio la Empresa, que con dos niños suyos y cinco más sus sobrinos venia a pié, sin embargo de que la cueva está a dos kilómetros de Matanzas y que es necesario subir una cuesta bastante áspera y fatigosa: extremado fue nuestro gozo al tenerle de compañero y auxiliador, pues se hizo cargo del termómetro, así como el Sr. Ruiz, quedando yo expedito para apuntar mis observaciones.

Al tañido de la campana, que daba el aviso de estar ya iluminada la cueva y repartidos además hachones de cera y farolitos de mano, emprendimos la marcha y llegamos a la bella casita que protege la entrada, no del palacio de Hadas, sino del magnífico Templo en que el alma va a llenarse de la plenitud de Dios.

Al borde de la cueva, se orientó su entrada por el Sr. Ruiz, marcando la brújula el rumbo T. N. O., el Sr. Guiteras consultó el termómetro centígrado, que marcaba 65 grados, siendo las siete de la mañana y reinando una temperatura accidental, porque aun estaba neblinosa la atmósfera: cuando la niebla se despejó, soplaba el ardiente Sur, por cuyo motivo fue el día muy caluroso.

 Descendimos por una escalera de madera de veinte y tres escalones, que termina en una plataforma, parte formada del macizo de la cueva y parte fabricada de mampostería: allí hay un barandaje y un piso de madera de figura semicircular y nos fue preciso detenernos un momento no solo para respirar, sino para contemplar el grandioso espectáculo que cautiva los ojos y embarga el espíritu. Consultada la brújula y el termómetro, marcó la primera rumbo Este y el segundo 72 grados de calor. Hacia la izquierda se ve una gran extensión algo obscura, la bóveda allí tiene 30 varas de ancho, el espacio que separa la pared de la plataforma es de ocho varas, y la profundidad será próximamente de diez.

Hacia el frente se extiende un salón como de 30 varas al frente, 12 varas a la pared derecha y 10 a la izquierda y aparece gran parte de la cueva iluminada por veinte faroles y lámparas, ofreciendo la vista más bella y fantástica que pueda imaginarse: á la derecha se descuelgan algunas estalactitas y se levantan estalagmitas de color sucio, y hay una gran columna de la misma materia y color. Este salones el mayor de toda la cueva.

La plataforma describe una curva hacia el Este, de manera que es necesario dejar la escalera á la derecha y continuar hacia el rumbo N. N. O. algunas varas, donde hay una bajada con trece escalones, después sigue un plano inclinado en zig zag y se llega al puente echado sobre una hendidura horizontal de dos varas de ancho, profundísima, y que sigue una línea oblicua al Oeste: pasado el puente continúa el declive de trecho en trecho, y entonces aparece una gran estalagmita, que representa una matrona de nariz chata, de faz aplastada y bondadosa sonrisa, que está como envuelta en una manta y con las manos sobre el pecho, en ademan de recibir con agrado a los visitadores de aquella fantástica mansión. He ahí a Doña Mamerta, dije á mis compañeros, que se adelanta obsequiosa a recibirnos, y los dos convinieron en que era ni más ni menos una Doña Mamerta aquel mogote…


  Ver texto completo aquí, en la edición de revista La América, 26 de febrero de 1870. 



 Originalmente en, Cuba literaria, T-I, segunda época, 1863, pp. 193-218.