jueves, 5 de diciembre de 2013

Peomanía/Pepusastenia





 La peonía es hoy reina y señora de la imaginación popular. Los espíritus débiles creen a pie juntillas las predicciones de Nowack y se entregan en brazos del dolor a esperar la muerte.

 -Ay, Mamerto! -le decía ayer a su marido, doña Casimira, después de examinar una maticas del abrus precatorius
 -La muerte es segura. Las peonías miran al Este.

 -Moriré abrazándote, doña Casimira! Seré héroe hasta la tumba.

 La gente fuerte, los super-hombres, no creen en nada y cuando se les habla de la próxima catástrofe, contestan con aire de indiferencia:

 -¿Temblores? ¿Inudaciones? De algo se ha de morir.

 Sin embargo, dejan de pagar el alquiler de la casa, por si acaso.

 Las familias, agobiadas por el peso de las desgracias que anuncian las peonías, llenan todas las noches el delicioso recinto de Palatino Park, buscando alivio a sus preocupaciones.

 ¡Qué escenas tan animadas en la montaña rusa! Las muchachas casaderas entran compugidas y toman asiento en el carrito con sus novios respectivos. Cuando llegan a la curva de más peligro se dejan caer sobre su compañero.

 -Róbame, Ruperto! -exclaman en el paroxismo de la emoción. -Yo quiero morir a tu lado!

 Cuando el carro se desliza hacia abajo, el muchacho reflexiona temeroso de que lo de la peonía no resulte, y contesta con voz melíflua:

 -No me precipites, Clodomira. Es muy peligroso viajar de pie!





 Ya nadie cree en las profecías de Nowack. La natural excitación que en muchos produjeron las declaraciones del doctor austriaco, han cesado.

 Primero, el sabio jesuita Gangoiti; luego, el ilustre Carlos de la Torre y los doctores Huerta, Maza y Cañizares, han reducidos a sus proporciones naturales el alcance de los augurios de Nowack.

 Según todas las noticias, este es un estudioso botánico y meteorólogo, de gran talento y notable preparación científica. Sus constantes desvelos observando las manifestaciones de la peonía para deducir de ellas los movimientos seísmicos y las alteraciones del tiempo, lo han obsedido de tal modo que bien puede decirse que hoy padece de peonimania.

 ¿Es un farsante? ¿Es un charlatán? Sus honrosos antecedentes personales y el conocimiento de la persona nos hacen asegurar que Mr. Nowack es un bueno de Dios, excelente persona, digno de estimación y hasta de crédito, salvo peonía en contrario.

 En el interesante semanario “Die Woche”, que ve la luz en Berlín, hemos leído, en su número del 5 de agosto del año pasado, un artículo muy bien informado. Según el “Die Woche”, Nowack pertenece a una familia rica y noble de Viena. Todo su cuantioso patrimonio lo ha gastado en sus estudios sobre la peonía. Cuando se quedó sin un centavo, arrastró a su hermano Heriberto por la misma pendiente, y lo arruinó haciendo viajes y experiencias que no eran comprobadas: siempre faltaba, a juicio de Nowack, algún detalle insignificante, y era necesario empezar de nuevo. En este batallar constante, especie de sport científico, ha consumido Nowack los mejores años de su vida (hoy tiene cuarenta y ocho) y sumas fabulosas. Con éstas ha levantado un Instituto en Londres -que lleva su nombre- y otro en Viena, en donde expertos hombres de ciencia deslumbrados por la tenacidad de su sostenedor, estudian dían y noche los principios en que Nowack funda sus teorías.

 Estudiar, mucho estudiar… pero nada se ha comprobado todavía!

 Entre los sabios de Europa se tiene a Nowack por un iluso; pero se le estima por su admirable constancia. La ciencia no le ha contestado todavía con un rotundo mentís, por lo cual él sigue pensando en un “quién sabe”.

 Iluminado u obsedido, sabio o ignorante, Nowack nos ha venido a sacar de quicio. Sus predicciones, ya desvanecidas, pusieron en intranquilidad a muchas familias.

 Durante dos semanas la peonía ha sido la flor de moda y como entre nosotros ese árbol se conoce también con el nombre de pepusa, de tanto temblar ante la perspectiva de la catástrofe, al irse Nowack, nos deja una nueva enfermedad, de que Dios te libre, lector o lectora amable: la pepusastenia!



 CHRONIQUEUR


 El Fígaro, No 18, 6 de mayo de 1906, pp. 228-29