Dolores Labarcena
I
Por un breve artículo sobre
Enrique José Varona publicado en el diario Información, Baquero
obtuvo en 1943 el prestigioso Premio Justo de Lara de periodismo. En este
aborda la figura de un pensador que peregrinó desde el positivismo hasta el
nihilismo —y por diversas disciplinas y momentos políticos— para encarnar
“positivamente nuestra patria”. De acuerdo con Baquero, la grandeza de Varona
residía en que “pensó, más que el pensamiento intelectual, el pensamiento
orgánico de nuestra vida como pueblo”. Entendía por orgánico,
contrariamente a lo que el término remite, un ideal de incolumidad que acaso
provenía, más que del cuerpo, del aroma que este desprende. Un aroma ético, un
perfume con fijador, que hace de Varona un hombre integral e indispensable, con
virtudes supramateriales, de un gigantismo moral y patriótico —el sayo sirve a
Martí y otras figuras ilustres del siglo XIX— en estrecha consonancia con su
tiempo y, por añadidura, con el curso mismo de la historia nacional.
Esta distorsión, de quien padece
la decadencia de la República, no es sino un pretexto para aferrarse a aquello
de que cualquier tiempo pasado fue mejor. Al verlo —Baquero lo conoció en vida—
“ya no era más que una gota de nieve que se deshacía bajo nuestro implacable
sol”. Por eso al morir, la patria muere con él y se lamenta como quien pierde
al Páter: “Desde ese día pesamos menos sobre la superficie de la
tierra”. Y quizás, olemos menos. La historia de la nación cubana tal y como la
conocemos, no es más que un cajón de sastre, un constructo del siglo XX, una
interpretación maniquea e idealizada de los intelectuales republicanos sobre la
Colonia, con sus próceres, generales y doctores. Un pasado que montaron igual
que un mueble de Ikea.
Para Baquero, se trató siempre de
salvar la nación desde lo que calificó como el “gran estilo de lo criollo
integral”, en oposición a la desintegración de su presente. Esas maneras —si no
emanaciones— que se venían perdiendo tras la Independencia en grado cada vez
más alarmante, estaban a su juicio en el punto más bajo cuando escribió su
artículo “Don Cosme, o el estilo de ayer” (Diario de la Marina, 12 de
diciembre de 1956; en adelante D. M.). Allí asegura, como quien lo
da todo por terminado, que los hombres de la República no habían sido capaces
de engendrar “una generación de la que podamos sentirnos orgullosos”, indicando
con fatalismo que el modelo prescrito había sido suplantado “por una extraña
expresión proclive a lo caótico y amorfo”. Y añade: “Vivimos todavía,
ideológica y culturalmente, disfrutando los esfuerzos y los hallazgos de
hombres nacidos en la Colonia y educados dentro de ella. Martí, Sanguily,
Varona, Montoro, Juan Gualberto Gómez, Cosme de la Torriente, pertenecían al
siglo XIX, y sus grandes características culturales y cívicas pertenecen a un
estilo que desdichadamente no podemos llamar republicano”. Si transfundir ese
estilo a los hombres y a las instituciones ya no es posible, asistimos entonces
al puro temblor del propio Baquero.
Martí, Maceo y Varona, a los
cuales dedica disímiles ensayos en los que ahonda en “lo cubano” más allá de la
melanina, suponen para Baquero un mestizaje espiritual, una criollidad, un
sentir patriótico, que conforma a su modo de ver la Tríada o Santísima Trinidad
de la ética cubana. Pero con la República, esa ética huye hacia delante como
pollo sin cabeza dando tumbos alrededor de su caldero alegórico. “¡Qué
diferencia tan radical con los que han situado su resentimiento, sus odios, sus
ambiciones por encima de todo, y prefieren que Cuba se hunda en un océano de
muertes y de sangre antes que tener un gesto de grandeza y de patriotismo!” De
acuerdo con el autor de La fuente inagotable, la gloria y
magnificencia de Cuba acaba por agotarse con el entierro sin pompas ni lujos
del último veterano de la guerra de Independencia.
Cuando Baquero obtiene el premio
Justo de Lara (se hizo público el 24 de febrero de 1944), todavía no formaba
parte del Diario de la Marina, periódico conservador que le
trajo tanto laureles como coronas de espinas. Ya para entonces será tildado con
motes vejatorios que aluden al color de su piel e inclinación sexual, como si
fuese una blasfemia, un peccatum horribilis ser mulato,
católico y homosexual. Sin entrar por ahora en ello, demos rienda suelta al
pensamiento y la buena pluma que le hizo ganar tan envidiado trofeo:
Varona encarnó
positivamente nuestra patria, nuestra conciencia, esta conciencia le hizo
quedarse, filosóficamente, en el mismo andar que nuestra historia siguiera.
Sabía demasiado para no ser más que positivista, pero vivía demasiado
esencialmente nuestra realidad histórica para ser algo que disintiera de esta o
que significara un conflicto espiritual para ella. Cuando Varona dejó de ser
positivista y se convierte en aquel hombre invenciblemente triste que llegó a
ser; cuando se convierte de hecho en la flor de mármol que Martí viera en él,
es porque la patria toda se ha vuelto una flor de mármol.
La frase lapidaria del Apóstol es la mejor instantánea que hace del país y sus derroteros. Cuba se le muestra —y visto en retrospectiva el escenario es irrevocable— como una casa destartalada, un juguete roto. En este sentido, su visión catastrofista no era infundada. De pronto, todos los problemas latentes cobran cuerpo en forma dramática. Hay que aplaudirle al criollo conservador la lucidez histórica. El sectarismo, la debilidad de las instituciones, la corrupción, los gobiernos títeres, las rivalidades políticas, la degradación social y, para más inri, el odio y persecución a quienes no se alineaban a las doctrinas de turno, fueron el caldo de cultivo del cataclismo sin precedentes ocurrido en Cuba en 1959. Dicho esto, una constante en el periodismo de Baquero fue invitar, a través de aquel megáfono que era el Diario de la Marina, a cambiar la emisora y descongelar las entendederas. Sin tapujos, con esa prosa culta que caracteriza su obra, de forma cívica, jamás doctrinaria, avisó por activa y por pasiva: ¡que viene el lobo, que viene el lobo! Y al final vino. Vestido de oveja, y locuaz.
II
Hay dos fechas clave en la vida
literaria de Gastón Baquero. La primera, 1937, año en que conoce al Maestro,
título que dio a José Lezama Lima hasta la hora misma de su muerte y que marca
su nacimiento poético; y la segunda, 1944, que define su destino como
periodista. El Baquero uno, el poeta, modelará su universo creativo alrededor de la figura de Lezama, cuyo “Discurso para despertar a las hilanderas”
—poema que descubre por azar en la revista Compendio, en venta por
un limpiabotas en los portales de la Manzana de Gómez— tendrá en él el efecto
de una “centella que da un golpe en el alma”. Fue una predestinación, la
apertura de una puerta secreta. Tal fue el impacto que le suscitó el poema, que
averiguó la dirección del autor y le escribió una carta larguísima llena de
ínfulas y floripondios a la que Lezama respondió sin demora con otra de igual
magnitud, en la que se despide con “Salud, arcos y flechas”. Y fue
efectivamente un flechazo. Es el año de la “constitución poética”, del
encuentro con Juan Ramón Jiménez y con Menéndez Pidal. Año cero para la poesía
de quienes —todavía sin revista, publicaban entretanto en Grafos y Social—
se apiñan en Verbum y abonan el camino al resto de revistas
preorigenistas.
La poesía fue el epicentro del
que mana una visión trascendente, sacra, que discurre lo mismo hacia el Siglo
de Oro que hacia la invención de un pasado insular y americano. Lezama bregaba
entonces con El secreto de Garcilaso, que cifra su concepto de la
poesía como iniciación, comunión y religación de signo católico, estelar.
Baquero viste su traje de largo con Monólogo con don Quijote. Pieza
íntima, entrañable, espiritual, casi poema en prosa, en una tesitura próxima
pero no idéntica a la de Lezama. Justo las aguas marcan la diferencia: densas y
rizadas en el Garcilaso de Lezama; sonoras y transparentes en
esta fabulación americana del Quijote, como en su propia lectura de
Garcilaso:
¿Sabes qué
playas y puertos son estos que tiene ante sí ahora aquí en Barcelona y qué
barco era aquel durmiente del río? Un puerto es una choza del mar, es el sitio
en que éste penetra y descansa un poco sus fatigas tocando tierras firmes con
sus temblorosas aguas. Un puerto es el puente entre una tierra cualquiera y la
mar océana. […] Son las aguas, anchas, pero unidas, las que separan ante Dios a
los hombres. Pero mira, don Quijote, don Miguel de Unamuno, mira, que está aquí
un barco. Y un barco es un libro que anda […] un ideal que quiere conmover y
contagiar de su locura a los cuerdos, despertar a los que, estando vivos,
duermen semipodridos entre los muertos. […] Pero hoy, en un hoy que es un negro
torrente de exigencia y denuedo, don Quijote está perplejo y entristecido en su
grave dolor de Castilla.
Tiempos en los que entraron en
conjunción todos los astros para beneplácito de la poesía cubana, que culminan
en un prodigioso y orgiástico equinoccio de primavera en 1944, cuando Lezama,
el Maestro, funda la revista Orígenes. Sin embargo, ahora que el
proyecto se corona —y no es necesario añadir que Baquero ha escrito ya
memorables poemas, aquellos que dan testimonio de su desolación cósmica, la
muerte como testigo de la resurrección, “el ansia de no morir”—, solo colaborará
en el primer número de la revista. “Canta la alondra en las puertas del cielo”
fue como una retirada. El Baquero dos, el periodista, gana entonces su premio.
Alrededor se desatan —solo en singulares ocasiones al vencedor se le aplaude,
la muerte es una de ellas— las furias, tanto las de la ínsula poética, como las
del espacio político literario. El fuego amigo le había llegado en forma de
cartas por manos de Virgilio Piñera a raíz de sus colaboraciones en Información.
Hay que tener en cuenta, por encima de diferencias, la concepción en extremo
negativa que tenían los origenistas del Estado y las instituciones. El muro que
anteponen respecto al periodismo, al que asocian a los citados poderes, es tan
grueso como la muralla de La Habana, teniendo por torreones defensivos a Piñera
y Lezama, quienes veían el periodismo como algo vulgar, fútil, pedestre. Cierto
que se venían comentando los “escarceos periodísticos” del autor de Saúl
sobre la espada, pero la estocada más hiriente le alcanza el costillar al
recibir el premio que lo reafirma como periodista profesional. Aquí una segunda
carta de Piñera —la primera, no menos enfurecida, lo sentencia ya— que hace
irrevocable el veredicto:
¿Cómo escribir a un personaje muerto?
¿Cómo moverle? ¿Cómo interrogarlo? Por la prensa supe de tu muerte. El
periódico Información rezaba: “El Premio Justo de Lara
adjudicado a Gastón Baquero, etc., etc.”.
Y es una muerte más pavorosa que todas
las muertes, por razón del corto número que somos contra el largo “que está”.
[…] El ganador de hoy eres tú. […] ¿A quién le tocará mañana? Y recuerda que
esta gente no concede nada gratuitamente […]. No quiero decir que hayas tenido
que pactar para que te lo confiriesen: ningún periodista de Cuba te podría
ganar, como se dice en buena lid ese galardón. […] Hoy ya eres el periodista
Gastón Baquero, Premio Justo de Lara; que asiste a banquetes martianos a Pinar
del Río para hacer el panegírico de Mañach […]. Las razones son obvias. Ha sido
necesario que descendieses hasta Varona para ser comprendido y estimado.
Será toda una vida muy recta, muy
ciudadana, llena de cívicas virtudes, amado de tu pueblo, honrado por tus
iguales, pero en todo diferente a aquella vida llena de “destierro,
silencio y astucia” conque Joyce se fortificaba.
Es así que tu nueva vida o tu amarga
muerte está asegurada. Desde ahora mismo puedes comenzar a disfrutarla.
(Virgilio Piñera, De vuelta y vuelta. Correspondencia 1932-1978, Ediciones
Unión, 2011).
En una de las entrevistas que le confiere a Felipe Lázaro, Baquero relata
que algunos amigos de su juventud vieron con horror su entrada en el periodismo
tildándolo de “frívolo” y “sediento de riqueza”. ¿Acaso las musas pagan el
condumio? Frente a la vida, Baquero tuvo una actitud pragmática y consecuente.
Nadie le regaló el pan al mulato. Por eso siguió los pasos no tan perdidos de
Darío y Martí. “El deber verdadero de un aspirante a poeta”, dice sin
acrimonia, “es exponerse a no comer”. Y cita ejemplos: “Sé lo que sacrificó
Rilke, y sé que Cézanne no fue al entierro de su madre por no perder un día de
pintura, pero amén de que no me creo llamado a hacer nada grande, sé también
que José Martí dijo: ‘Ganado el pan: hágase el verso’. ¿Qué quizás por eso
Martí no fue un Homero, un Dante, etcétera? Pero fue el que quiso ser, el que
prefirió ser”.
En efecto, Baquero cree en el
periodismo porque cree en el legado civil de Martí, quien, en síntesis, explica
que para ser periodista se precisa la obligada condición de universalidad.
En El periodismo como espejo de nuestro tiempo, conferencia
magistral ofrecida por Baquero en 1950 en la Escuela Manuel Márquez Sterling,
nos invita a observar a través de un caleidoscopio, con sus espejos que forman
un prisma reflectante, lo que es realmente el oficio: “Actividad que nos
permite vivir al mismo tiempo en nuestra casa y en el mundo, que nos permite
vivir al mismo tiempo encerrados en nuestro cuarto y tocando las últimas
actividades de la investigación celeste”. Hace hincapié en la profesión
catalogándola como “actividad sublime”, “resumen máximo posible de la cultura”.
Y considera que los periodistas son “humildes servidores de ella, pequeñísimas
piezas de ella”, que ofrecen “el más noble, el más puro, el más fecundo de los
oficios que la humanidad reclama: el de ver diariamente ante sí un espejo, que
le diga no sólo la verdad del pasado, sino también la verdad del porvenir”.
Parafraseando a Darío, no existe
escisión alguna entre un periodista y un escritor. Esa premisa, al igual que la
máxima de Martí, se volvieron para Baquero una especie de mantra o escudo
protector contra la muerte no literal, sino literaria que vaticina Piñera.
Contra esa posición alérgica de Piñera y los origenistas a la altura de 1944,
Baquero se inserta en una tradición moderna del periodismo. Es a través del
periodismo literario que se gesta secretamente su poesía del exilio. En
Darío, Cernuda, y otros temas poéticos (1969), Baquero define,
autodefiniéndose, agarrándose con uñas y dientes a ese flotador ante el mar
revuelto y brutal de la intelectualidad que lo tacha de chupatintas, al
periodista que había en Darío y, por extensión, en él: “Fue por excelencia el
periodista-caballero. Los periodistas podemos mostrarle con orgullo, como a un
modelo de eficacia profesional, de oficio y al mismo tiempo de jerarquía
intelectual dentro del periodismo”. O sea, no hay disonancias entre ser
periodista y un hombre de letras como lo es Darío: “un gran periodista y un
artista del estilo”, al que el duro bregar de la redacción no pudo destruir “el
buen gusto” ni apagar la inspiración.
Antes mencionamos el fuego amigo,
que aún con su ignición no fue más que una fogata de estrella en un
campamento scout. La relevancia del premio de Baquero, que lo
catapultó de Información al prestigioso Diario de la
Marina, sacó a la luz, “¡oh, envidia, raíz de infinitos males, y carcoma de
las virtudes!”, a más de un pirómano del espacio político literario cubano
capaz de prender candela al Valle de Viñales mientras se fuma un Hoyo de
Monterrey. Fue exactamente el 12 de marzo de 1944, con la aparición del primer
número de Gaceta del Caribe, revista literaria de línea marxista
cuyos editores eran Nicolás Guillén, Ángel Augier, José A. Portuondo y Mirta
Aguirre, que se encendió la cerilla. Ya en su editorial de apertura —la
redacción se le adjudica a Mirta Aguirre, también conocida como Rosa Iznaga,
Rita Agumerri y Luis Robles, militante del PSP, la Sociedad de amigos de la
URSS, y otras asociaciones filocomunistas—, dejan claro que irán contra
aquellos escritores y artistas que viven de espaldas al pueblo, y que ellos
aman más la vida que el arte, en referencia a las capillas de “narcisistas”
que, evidentemente, no podían ser sino los origenistas. “Gaceta del Caribe —reza
el editorial—, sin poseer materiales deslumbrantes, presenta en su
primer número un conjunto de artículos y de firmas entre las cuales no se ha
colado ninguna moneda intelectual de mala ley”. Ojo con lo dicho. “El público
recibe a cambio de su dinero una revista seria, medular, bien escrita,
intencionada y de un nivel cultural muy atendible”. Y para mayor pedigrí,
afirma que “Gaceta del Caribe no es un caso más, en nuestra
fracasada serie de revistas intelectuales”. Solo le faltó a la autora del poema
infantil “Doña iguana”, mencionar que las revistas fracasadas a las que hacía
alusión eran, Nadie parecía, Poeta y Clavileño, esta
última dirigida por Baquero.
Cuatro meses después, es decir,
en julio de 1944, aparece el ensayo de Baquero “Tendencias de nuestra
literatura” (Anuario Cultura de Cuba). El texto realiza un
recorrido por las principales obras publicadas a lo largo de 1943, encontrando
una creciente calidad junto a una “tendencia a profundizar en el alma nuestra”.
Tras alabar la literatura cubana del XIX, y señalar que los años posteriores a
la Independencia “no resultaron apropiados para comprender la significación
histórica y cultural” del siglo fundador, Baquero apunta que solo a partir de
1927, con la revista y el grupo de Avance, da inicio una búsqueda del pasado
que puede definirse como “voluntad cultural”. La música, la pintura y la
literatura se vuelven entonces “muy nuestras al tiempo que muy universales”.
Sin embargo, pronto aquel movimiento se topó con su diente de perro y su
sargazo al ponerse al servicio de lo más inmediato, en otras palabras, de la
política. De ahí que frente a una crisis que no hizo más que agravarse se
hiciera inevitable perseguir nuevas formas de expresión, a las que “se está
llegando, por dos caminos opuestos: uno, la investigación fervorosa, amorosamente
revisora del siglo XIX; y otro, la obra de creación que asoma y alimenta en
fuentes de metafísica, de religión, de búsqueda penetrante en las zonas más
ocultas de la vida espiritual”.
Celebra así la labor próxima de Nadie
Parecía, Poeta y Clavileño, al tiempo que vislumbra en la
poesía de Lezama y Gaztelu —en consonancia con una nueva identidad poética,
como algo “propio e íntimo del sentimiento cubano ante la realidad”— la llegada
de los nuevos tiempos. Por su parte, Piñera recibe un ramalazo por La
isla en peso (1943), que tenía su precedente en la opinión de Baquero
—y no solo suya— sobre algunos poemas demasiado procaces, provocadores, que
rechazara un año antes desde Clavileño: “Este poeta nos arrastra a
la visión de una isla antillana, frutal, vegetal viviente, coruscante —dice
ahora sobre la gran ópera piñeriana— que se instala a una distancia geográfica
y tópica muy lejana de la nuestra”. Se trata de versos “deliberadamente
llamativos y escabrosos, en desconexión absoluta con el tono cubano de
expresión”. Su posición, extrema, no obedecía tanto a una cuestión personal
como de sensibilidad, justo por escapar —o desertar— Piñera al tipo de
“sentimiento” e identidad propuestos. Se extiende luego a otros géneros y alude
a par de ensayos de Marinello en los que, si bien no profundiza, reconoce que
“muestra las galas de su firme estilo”.
Al frente del PSP, fundador
de Avance, director del diario proletario La Palabra,
delegado de la Asamblea Constituyente de 1940, y poeta como él, Marinello
respondió desde La Gaceta del Caribe (agosto, 1944) con un
ensayo titulado “La vereda desusada y las vías naturales”. La querella
—recogida por Amauri Gutiérrez Coto en Polémica literaria entre Gastón
Baquero y Juan Marinello (Espuela de Plata, 2005)— es bien conocida,
así que mejor no extenderse. Ciertamente crítico y moderado hasta una década
antes, el poeta había cedido el báculo al político. De hecho, enmarca su
respuesta en categorías marxistas como “reflejo histórico”, atisbando más que
nada el “recrudecimiento de tendencias regresivas en lo artístico”, para
calificar a Baquero y su corte de reaccionarios. No le importa tanto la imagen
que pudiera suscitar ese artículo —uno más— fuera de la isla, como la ocasión de
lanzarse contra “los cenáculos de asfixiante amiguismo”, perdidos todos en
“equívocos cielos”. Para Marinello, los poetas católicos niegan de forma
rotunda una “tradición magna” que corre desde Heredia hasta Martínez Villena,
oponiéndoles la fórmula “ni poema sin entraña lírica, ni lirismo sin entraña
humana”. Aclara que no alude ni demanda obras volcadas directamente a la
exhortación política, pero sí sitúa como “genuina poesía” aquella “que mantenga
comunicación sensible con lo humano”, y cita el “ejemplo insigne” de Neruda.
Ciertamente, los caminos divergían, pero la embestida iba más allá: “El grupo
del Sr. Baquero repudia lo nuevo tanto como añora lo viejo. Para sus compañeros
de capilla reaccionaria la Revolución Francesa fue un crimen y la Inquisición
un regalo de los dioses”. Para ellos “todo esfuerzo revolucionario ha sido
baldío”. Los compara con inquina a esos escritores españoles “deshumanizados y
añorantes” que se juntaron en Madrid en 1937 y que, “llegados los momentos de
dura prueba”, se pusieron de parte de los “opresores franquistas”.
Baquero riposta desde Información en
sucesivos artículos, invocando en el primero el “respeto espiritual”, como
quien esquiva un flick que todavía no ha dado en la parte
oscurecida del blanco. De ahí que en “Mirando hacia adelante” pase a la
ofensiva: “Ya que algún untuoso profesor continento-americano-apostolino anda
pidiéndonos cómicamente que nos volvamos porveniristas”, le dará el gusto.
Tilda la catilinaria de Marinello de “pedante payasada que nos endilga el
plegable profesor, que de tanto mirar hacia adelante como los asnos, no ve el
abismo en que ha caído”, y responde a las acusaciones con sarcástico vigor,
como un espadachín, sin mencionar el nombre del contrincante para no
contribuir, dice irónicamente, al proselitismo del personaje y las revistas que
divulgan su prédica verdulera y doctrinaria. En “La fuga del mundo” (finales de
agosto), critica la pretensión de legislar sobre la historia reduciendo su
complejidad. Se vive en un tiempo de “hinchazón de la vida histórica” en que
todo propende al “papel de instrumento, de armas para un combate” y en el que
lo más fácil, es apelar al manoseado recurso de la “deshumanización”. Solo “un
profesor de séptima clase, trasnochado dómine que imagina estar a la orden del
día, cuando en realidad, no hace sino poner sobre su mesa su tontería radical”,
puede mover esa ficha. Eso solo cabe, dice, “en la cabeza de algún limitado
agente electoral”.
Y apela a Dilthey y su idea del
devenir histórico y de que no tiene el hombre más remedio que actuar “bajo el
signo de su tiempo”. Un tiempo que nadie puede fijar desde afuera en virtud de
razones, mucho menos ideológicas: “Sólo la perfidia, la hipocresía, la maldad
de los que aspiran a colocar a toda la humanidad bajo un patrón determinado,
pueden pretender la existencia de hombres que viven de espaldas a la vida”.
Finalmente, en “Breve historia de un anuario” expresa que seguramente los
lectores estén sorprendidos por el tono de sus últimos artículos, pero que no
tenía otra que responder a “gratuitas injurias del hombre que teníamos por
mesurado e inteligente”. No le quedó más remedio que “salirle al paso” a
semejante desafuero, lo que indica que la embestida de Marinello lo marcó. No
era para menos, tratándose de infundios y acusaciones políticas que, en otro
contexto, lo hubieran llevado a la horca o al paredón.
En realidad, Baquero estaba en la
picota desde antes de polemizar con Marinello. Al declarar en 1937 su amor por
la España de Unamuno, de simpatía americana, pero contraria a la Reforma, la
Ilustración y la Revolución Francesa, no podía sino colisionar con quienes se
adhieren a la doctrina marxista. Todo lo demás: su pertenencia al gremio
poético católico, su entrada al “diario españolista” —ah, pero tan cubano a la
vez—, y el que obtuviera el premio Pepín Rivero y fuese condecorado con la
Orden Alfonso el Sabio, no haría más que alimentar la hoguera. Se suceden, en
grado creciente, los ataques contra su persona, como resultado de sus críticas
a las maniobras del PSP y su visión de la política cubana en su conjunto. Si
Lezama y demás poetas dan la espalda al “hormiguero”, Baquero lo revuelve. En
1947 declara que todo lo que vino después de Machado fue peor. Y lanza, al
efecto, su idea más potente sobre el devenir cubano: la de que tanto la
“industria de la revolución” como el pistolerismo —dos caras de la misma
moneda— acabarían con Cuba.
En un artículo esencial, “El amor
a la pistola” (D. M., 13 de julio de 1947), habla de una mutación en la
mentalidad, una “subversión moral” a partir de 1930. Si el cubano era hasta
poco antes un ser cordial y amable, y la sangre no era para él, hábito ni
placer, con la crisis del machadato y tras la caída del régimen, devendrá un
ente violento. Al desaparecer “las formas legales de la existencia, los
principios de autoridad basados en la confianza en la justicia”, aparece según
Baquero un modo de “vivir en violencia como vida normal”. Y puesto que los gobernantes
transgredían, los ciudadanos comenzaron a despreciar la ley entendiendo que su
dignidad y patriotismo les permitía inventarse “una ley propia”. De acuerdo con
Baquero, el mayor daño que hizo la dictadura de Machado consistió en eso: en
desordenar las instituciones, en despojar al cubano del respeto a la vida
ajena. “Se hizo orden del día salir a cazar al enemigo, porque el gobierno
utilizaba a los cuerpos de seguridad para sus fines políticos […].
Desaparecieron las garantías, y una conciencia de selva, una conducta de fieras
enloquecidas, comenzó a ser la ley de la vida en Cuba. Darle muerte alevosa a
alguien, comenzó a ser una cosa heroica”. Añade que hombres de reconocida
cultura llegaron a recomendar el terrorismo en tanto las bombas estallaban con
finalidad “patriótica”.
Una maratón entre machadistas y
opositores a ver quién mataba más, trajo como secuela el nacimiento de las
pandillas y la creencia de que “la revolución lo autorizaba todo”. Todo, dice
en una de sus frases más certeras, para que la “industria de la revolución
siguiera en pie”. Cuba se hacía a paso de conga un país de locos, “pero de
locos mortíferos”. Se establece por fin una Constitución, y el mismo día en
que, bajo ese marco toma posesión un presidente, el 10 de octubre de 1944, lo
primero que declara es que “ha triunfado la revolución”. Era la llamada al
horror, a la destrucción, a sepultar simbólicamente la Carta Magna. Para
terminar con este vaticinio: “Si el propio gobierno se pone como meta el amor a
la pistola, perderemos también la generación de mañana, como se está perdiendo
la de hoy”.
En otro artículo, elocuentemente
titulado “No, no valía la pena” (D. M., 14 de agosto de 1947),
ahonda en su idea de la “industria del revolucionarismo” concluyendo que era
forzoso aceptar que tanta sangre y tanta convulsión no había servido de nada.
“De los puntos negros de aquel régimen a lo que vino después, hay todo un
abismo que resulta favorable al general Machado”, asegura. Y para definirse
mejor, añade: “Para hacer lo que hicieron y lo que hacen a nombre de la
revolución, mejor nos quedamos con Machado”. No es que no reconozca los
crímenes, sino que le resultan chiquilladas al lado de la violencia que vino;
e, implícitamente, estaba por venir.
III
Antes y después de su entrada en
el “anticubano y cavernícola” Diario de la Marina, Baquero
escribe excelentes artículos literarios y ensayos periodísticos sobre poetas,
artistas, filósofos, figuras célebres tanto de Cuba, como allende los mares,
hermanados por la que a todos nos iguala: la muerte. Y es la muerte, la noción
de soledad del hombre en el cosmos, la conciencia de una deriva incognoscible,
lo que hace aflorar la naturaleza ovidiana y cristológica del autor de
“Testamento del pez”. Ahondar —darse— en cada memento mori es
morir un poco en la muerte del otro. El “ansia de muerte” de este sufridor
luminoso y hambriento de lo sagrado, es el único camino hacia la resurrección
y, por ende, hacia lo trascendental. Previo al artículo sobre Varona, el cual
encumbra la pretérita vida del pensador, documenta, grosso modo,
las muertes de Unamuno (Social, 1937) y Guillermo Valencia (Información,
1943); desde su columna “Panorama”, las de Valéry, Quevedo y Lautréamont, por
citar algunas. Sin embargo, es en el artículo —más bien ejercicio
lúdico-poético— que realiza en torno al cincuentenario de la muerte de José
Asunción Silva (D. M., 19 de mayo de 1946), y donde juega irónicamente
con la luna y el suicidio del poeta —abiertos a especular, mientras
escucha Preludio y fuga en la menor de Bach— que nos sirve
—contrapunto y perorata libre— el aperitivo del plato fuerte que vendrá, es
decir, el poeta del exilio:
José Asunción
Silva, mire usted qué nombre para que no se pusiese a manotearle a la
selenita, […] con una infancia fermentada en flora pútrida, envarada por
los efluvios de la luna, que tienen su micología de
carroña […] cuantas cosas en torno a ese niño detenido en sí mismo
[…] extraviado en la luna, indigesto de embelecos, hasta entronizar locamente
la locura lunar, lunática, pedagoga de perlesías para él y para la legión de
poetas que comenzaron a cambiar el Salterio por el Rayo de Luna […]. José
Asunción palideciendo de exprofeso, buscándose las cosquillas del gaznate por
el paso quizás de algún vapor de éter que azulea los contornos del ojo y
mantiene ante la tupida conciencia una Luna en pleno mediodía, da qué decir, y
da qué decir a Unamuno, que él José Asunción, fue el que nos trajo las gallinas
en eso del modernismo poético; ahora diga usted cómo va uno a atenerse a
definiciones si es que luego resulta que lo moderno es meterse en un forro de
niebla o chalasa lunar, para embobarse pensando en incestuosos peinadores de
mujeres vagarosas que salen de noche a competir con lirios desmadejados, con
todo lo que niega la redonda perfección sana del Pan y del Vino.
En 1947, realiza un viaje
fundamental con motivo del Congreso Cervantino, que intensifica su experiencia
—también metafísica— respecto a la que será, años más tarde, su morada final.
En Madrid es condecorado con la Orden de Alfonso el Sabio. Allí conoce, entre
otros intelectuales hispanoamericanos y europeos, a Arturo Farinelli, gran
humanista italiano, testigo de la inhumanidad de su época. De este escribe
“Nota sobre la muerte de Farinelli” (D. M., 12 de mayo de 1948).
Cuando lo conoció, la parca le pisaba los calcañales: “El maestro era ya una
figura que trasuntaba la llama que se debilita, la luz que se va sumiendo,
lentamente, sin temblor excesivo, sin conmociones, insensiblemente, en la gran
sombra donde de súbito estalla para el hombre la definitiva luz”. Para Baquero,
la muerte no es el fin de la existencia, sino un viaje acrónico, prístino y a
la vez próximo. Lo mismo hace con Kierkegaard en el centenario de su muerte (D.
M., 12 de noviembre de 1955): “Quiso que las gentes cristianas viviesen la
experiencia de lo cristiano”. Y esa experiencia solo tiene lugar “a través del
sentimiento de culpabilidad y de la conciencia de la paradoja inmensa que
supone el Dios-Hombre, el Cristo crucificado por ser al mismo tiempo temporal y
eterno”. Siguiendo en la cuerda panegírica escribe sobre Mariano Brull,
justamente un día después de su muerte: “Mariano Brull trajo a nuestra poesía
la conciencia del silencio, la música y la superrealidad que emanan del
silencio, y fue él quien nos enseñó cómo el verso, a la manera de Mallarmé, es
una rosa en el fondo del abismo” (D. M., 9 de junio de 1956). También
apunta que Brull en la hora suprema, ya está “salvado de la anécdota y acogido
en la Categoría”. Con su muerte, se ha “vuelto un objeto de la divinidad,
impalpable y acorde con la sinfonía de lo impenetrable”. Papini, Manuel Ugarte,
Gógol, Emilio Ballagas, Paul Claudel, Vallejo. La barahúnda de celebridades que
marcha en fila india hacia las estrellas es larga y el espacio para nombrarlas
corto. Quizás otro de los textos más significativos dentro de ese tipo de
encomio póstumo se lo escribe a Laforgue: “El Pierrot se iba, cambiaba de aires
y cambiaba de mundo”. En Laforgue, Baquero ve la leyenda sin parangón del
simbolismo francés. Su poética, la cual le quita al poema el corsé de la
métrica para dar paso al verso libre, fue la nodriza por antonomasia, “con sus
sutiles malicias, callejeras y eruditas a un tiempo”, que mecerá las cunas de
los surrealistas, de T. S. Eliot y de Ezra Pound. Igualmente asevera que
“provocó la maravillosa y terrible partitura del ‘Pierrot Lunar’ de Schönberg”.
Laforgue sabía —como todos sabremos cuando llegue la huesuda, la segadora de
rigurosísimo negro y sonrisa escueta— que otra dimensión se le abrirá en otro
lugar, fuera de la Vía Láctea, en el universo infinito e inextricable. Frente
al convite que lo arrastra al éter, expira aquel que fuera para Baquero el
“Prometeo vociferador”:
Baja la voz,
apaga el incendio, y toma entre las manos la dulce mandolina del Pierrot, hace
cabriolas, ríe y hace reír a las estrellas. Sabe que no presenciará el
encuentro con los astros, y abre los brazos a la vida monótona, se resigna,
canta en tono menor, y con irónica reverencia se va mientras dice: “En
vérité, la Vie est bien brève. Le Rêve bien long”.
En el prólogo de Fabulaciones en prosa (Cuadernos de Obra Fundamental, 2014), Alberto Díaz-Díaz, biógrafo, especialista en su obra y amigo, viene a decir, refiriéndose a ese periodismo ensayístico cargado de simbología, de misticismo, que “Baquero marcha, se traslada de continente en continente buscando tal vez ese gemelo astral, alter ego o sosias que habita el metaser de su propia metafísica”. Y es en la metafísica donde Baquero encuentra respuestas, desde su visión tomista, a los tres conceptos universales debatidos desde Aristóteles hasta la Edad Contemporánea: lo cósmico, lo humano, y Dios. Recordemos que la infancia de Baquero estuvo marcada por el trauma de la separación, detonante, sin dudas, de su cósmica orfandad. En consecuencia, el destino —como le llamaba Baquero— de su ser, estuvo condicionado por la búsqueda constante de lo ultramaterial, del amor en el sentido más abstracto y elevado: el amor de Dios.
Otra de las facetas de Baquero es
el periodismo político o sociológico. Recordemos que entra en el Diario
de la Marina en 1945, año en que termina la Segunda Guerra Mundial
que, para la intelectualidad política ganaron —globo sonda del bolchevismo
caribeño— no los Aliados, sino los soviéticos. Como católico y conservador, su
oposición al comunismo siempre fue frontal, sin ambages. Aventurarse en que
quizás tuviese claroscuros cuando pretenden encasquetarle el capirote de émulo
de Goebbels, es pura especulación teniendo en cuenta que su principal
aprehensión, su alarma por excelencia, siempre fue que llegasen al poder los comunistas.
Uno de sus acérrimos detractores fue el autor del libro de crónicas Tres
semanas en la URSS, Vicente Martínez González, más conocido por
Esmeril (miembro del PSP, la Liga Antiimperialista, Defensa Obrera
Internacional y el PCC). En su artículo “Un mundo en Bancarrota” (Hoy,
10 de octubre de 1945), le endilga el mote de fascistoide. Con ansia viva, pero
sin habilidad de escoriación, anuncia Vicente que “las vanguardias de esa
humanidad doliente” serán guiadas por “el movimiento socialista”. Y esto se
logrará, alega, “con paso firme”, conducidos como en el juego de la gallinita
ciega, eso sí, hacia “un destino más alto, noble y generoso”. Ese destino
utópico sería guiado por uno de los dictadores más sanguinarios de la historia
de la humanidad: Stalin, quien pensaba en el mundo como un gran experimento
soviético dentro del marco de un solo Estado Proletario, dirigido nada menos
que por su selecta persona. La letanía continúa con las metas, progresos y
libertades que ofrece el colectivismo y el materialismo dialectico. Por posicionarse
a favor de una España católica, libre del anzuelo del Kremlin, y, por
consiguiente, del comunismo y anarquismo que habían esparcido sus apéndices de
octópodo gigante en gran parte de la península, se refiere a Baquero como un
“cadáver insepulto” que infecta la atmósfera nacional.
A propósito de una exposición de
fotografía soviética, propaganda estalinista con el beneplácito, permisividad y
sordina de gran parte de los senadores, escribe Baquero “El capitolio al
servicio del Soviet” (D. M., 11 de enero de 1947). Bien temprano supo
que los intelectuales marxistas no eran unos neurasténicos que a grito pelado
cantaban La Internacional como si fuese una guaracha de Ñico
Saquito. Enmascarando de cultura una doctrina criminal que atenta
contra la libertad humana, especifica que “los seguidores cubanos del Zar Rojo
han conseguido imponer una vez más una exposición cultural”. También aclara —su
ojo avizor es de águila— que el Instituto Cubano Soviético, “donde se mezclan y
confunden señores capitalistas, burgueses ingenuos, intelectuales y artistas
que esperan, por la sumisión al Soviet, escapar de cualquier degollina”,
presentan una amnesia selectiva al olvidar que Stalin no dejó títere con
cabeza, y que incluso los colaboradores y trotskistas que hicieron la
revolución con Lenin corrieron idéntica suerte. La exposición para Baquero no
era más que otro instrumento proselitista para sovietizar a Cuba. De igual modo
presume que los culpables de ese avance subrepticio y tentacular no son
siquiera los comunistas, sino los que se dejan engañar: “Culpables son, hay que
repetirlo, los políticos que no ven más allá de la electorería, los políticos
que sólo creen en ellos y en sus actas”, esto es, en su provecho personal, “y
por eso les da lo mismo entregarle el Capitolio al Soviet para que lo haga
vitrina de su hipocresía”. O sea, la penetración comunista viene convoyada con
la falta de perspectiva política en Cuba. Esto lo hace patente tres días más
tarde, en “Sobre un tema obligado: el de la reelección” (D. M., 14 de
enero de 1947), al profundizar en el cáncer de la politiquería cubana: “No hay
un plan económico. No hay la menor señal de rectificación en los caducos
procedimientos de producción, intercambio comercial, agricultura, etc. No hay
signo de que se tome en serio la tarea de gobernar, que no es un trampolín para
seguir en el poder”. Es decir, el país se iba a pique bajo el sol tropical,
mientras que el timonel, columpiado por las olas, se tomaba un saoco en jícara.
Es precisamente en ese año que
Marinello, como si no hubiese quedado escaldado con la polémica anterior,
vuelve a arremeter contra Baquero en un artículo que tituló “Carta a Mario
Llerena. El balcón y la nube” (Bohemia, 15 de junio de 1947). Baquero
respondió con “Réplica ligera a Juan Marinello” (D. M., 17 de junio de
1947), esta vez con desopilante sarcasmo, apelando al choteo para tirarlo a
mondongo. Como en una película de Tarantino, con kétchup, pero con acción,
Baquero secciona en Marín y Lelo el nombre de su contrincante. Ahí comienza el
calambur quevediano, artificio lingüístico digno de Cabrera Infante. Lo trata
literalmente como a un monigote de feria. Lo tacha de estúpido eminente, y para
que no quede duda alguna, de eminente con hache. Cuando quiere le llama Marín,
y cuando le parece Lelo. El artículo comienza así: “Hacía tiempo que no
escribía Juan Marín. Ello era motivo de alegría. Descansaba el lugar común,
dormitaban las gansadas, regocijábanse las tonterías enfáticamente dichas”.
Baquero se niega a formular un comentario serio, comedido, pues “muy malo, muy
perverso, o muy imbécil, tiene que ser” para reducirse a tal punto la cuestión
de la Hispanidad. Lo tilda de personaje cómico, figurón, almidonado, fantoche
del “Zar cubano” Fabio Grobart —la mención a Grobart indica que conocía las estrategias
de Stalin para con los comunistas cubanos—, que es quien en realidad los
gobierna.
Desde las páginas de Hoy,
sale en defensa del trasquilado Marinello, Sergio Aguirre, también conocido
como Avestruz (miembro del Ala Izquierda Estudiantil, la Liga Juvenil
Comunista, el Primer Partido Marxista Cubano, y el PSP), en un artículo
titulado “La tórtola herida” (Hoy, 30 de junio de 1947). En defensa del
cúmbila comunista, y en franca alusión a la tórtola de Milanés, Aguirre acusa a
Baquero de negarle el talento a los demás al tratar a Marinello de nulidad
intelectual. Apela al recurso no ya de ir contra la inteligencia, sino contra
la sensibilidad de Baquero, implícitamente contra su condición sexual. Señala
su “epidermis sensible” y lo bautiza de “tórtola franquista”. Según Aguirre,
“lo de falangista no le duele, pero lo de bodeguero le ha llegado al alma”.
Cosas que Baquero dice sobre Marinello en clave irónica, como que se le respeta
en América (por la izquierda), las toma Aguirre como un lapsus, una
contradicción íntima de Baquero. Y por esto, alega, contraponiendo el despiste
a la ironía del otro, lo tiene que defender: “Vive prisionero en la
admiración”.
El artículo del autor de Esclavitud
y abolicionismo es claramente homofóbico y racista: “Ah, Pobre
Baquero. Ha perdido la risa y el color, como la princesa de Darío. Cuando
chapotea en el humorismo parece un calamar en su tinta”. Incluso lo chantajea
recordándole los tiempos juveniles cuando ambos militaron en el Ala Izquierda
Estudiantil. Le recuerda que se comportaba como un “subordinado ideal”. “Era un
muchacho pobre que me parecía muy buena persona”. Cuenta que cambió cuando
publicó su primer aciago artículo en un periódico de Marianao. O sea, le cuestiona
su ascenso social, su crecimiento como intelectual y poeta, su ideología, para
calificarlo —en todo momento por su persona— de secreto admirador de Marinello.
Quien conoció a Baquero en su
juventud, lo describe como un mulato alto, distinguido, inteligente, afable,
soberbio, siempre de punta en blanco, con jipijapa y zapatos de dos tonos. Es
decir, un tipo con enjundia. Y ser un mulato así en un país racista como lo es
Cuba, a pesar de pasarle lechada tras lechada a esa herencia colonial, no hay
quien lo borre. En Indios, blancos y negros en el caldero de América,
Baquero ahonda en la cuestión de los tópicos del conflicto racial: “Millonario
era Alfredo Hornedo, y ante la negativa a admitirle como blanco, no tuvo más
remedio que construir un club; se pensaba que allí serían admitidos los mulatos
—los negros, jamás— pero Don Alfredo puso también un filtro, y sólo pasaban los
que no parecían mulatos. Las bolas negras a Batista y a otros poderosos, en el
Baltimore y en el Yacht, eran una radiografía de la ceguera infinita de la
burguesía”. Es esa condición de Baquero la que explotan a gusto los comunistas.
Para Esmeril, en “El triunfo de todos” (Hoy, 1 de marzo de 1950), “El
clerical Gastón ignora (o finge ignorar) que si pusiera los pies en Miami no
encontraría un hotel decente donde vivir y si se atreviera a visitar Georgia
amanecería ahorcado por el Ku Klux Klan. Allá un negro es un negro, aunque esté
a las órdenes de la Falange Española”. Seguidamente aparece “Megáfonos
palaciegos”, publicado en el mismo diario, pero esta vez en calidad de anónimo,
que, como cotorra con reconcomio, parlotea lo que dijo el esmerilado Esmeril:
“En primer término, no regresamos de nuevo, sino que en verdad, nunca hemos
dejado de estar aquí”, dice refiriéndose a la alianza de Nicolás Castellanos
con los comunistas, “presentes para disgusto del señor Baquero y sus amigos”.
Prosigue: “En segundo lugar, no nos hemos dedicado únicamente a defender la
paz, homenajear a Stalin y exaltar la histórica victoria de Mao Tse Tung”,
revela con la boca ancha y se queda en éxtasis, como si esos déspotas
fuesen sokushinbutsu que alcanzaron la iluminación a través
del materialismo dialéctico. Acto seguido, le tira el dardo envenenado con
aquello de que, si estuviese en Miami “después de las seis de la tarde, no
podría traspasar la frontera que divide a negros y blancos en la ciudad, sin
correr el riesgo de ser linchado a causa del color broncíneo de su piel”.
A estos insultos por el mero
hecho de apoyar la candidatura de Antonio Prío, hermano del presidente de la
República, Baquero responde en “La cuestión racial y el comunismo” (D. M.,
5 de marzo de 1950). En este, denuncia que los acólitos de Stalin al
convertirse en altavoces, extrapolando el problema histórico de injusticia y
segregación de los negros de Estados Unidos a Cuba, “han conseguido más adeptos
que con todos sus indescifrables mamotretos marxistas”. En efecto, con el
sambenito de la opresión racial, los comunistas pretenden camelar a los negros,
¡todos los negros de la tierra, uníos!, convertirlos en bolcheviques para que
rompan las cadenas del yugo opresor imperialista. Nada más lejos de la verdad,
teniendo en cuenta las paupérrimas condiciones de vida del obrero ruso
—condiciones reales en 1950—, que además de no haberse librado de la miseria,
ni tener un trabajo digno, vivía bajo un régimen militarizado.
La lista de improperios que le
dedica Esmeril es digna de mención: hitleriano, ratón de sacristán, discípulo
de Goebbels, histérico monaguillo de Prado y Teniente Rey, enano intelectual.
En fin, el combatiente siempre al pie del cañón le dijo a Baquero de todo menos
bonito. En los diarios comunistas, como, por lo visto, en toda la prensa
cubana, la grosería y la desfachatez imperaban como el gansterismo; los
mensajes racistas y homofóbicos eran la mejor arma arrojadiza para quien no
comulgara. Y como “la homosexualidad es un vicio burgués y una perversión
fascista”, según Stalin, no faltaron piropos por parte de otros camaradas, como
Blas Roca, Carlos Rafael Rodríguez, Nicolás Guillén, Jorge Castellanos, y
Sergio Alpízar, este último olvidado por Ecured. Una mínima muestra de los
apelativos con que tuvo que lidiar Baquero por mulato, católico y homosexual:
contramayoral, remiendo de escritor, agente de Franco, extranjerizante, alma
parda, tiñosa disfrazada de torcaza, el plumífero de la Marina.
Desde su columna “Panorama”, y
siempre desde su posición conservadora —la libertad ideológica es el mástil de
las democracias—, defendió la ley y los valores cívicos en una etapa convulsa y
determinante para el futuro de la nación. Fue capaz de atisbar la degradación
moral de un país que se lanzó a la violencia, corroído por un cáncer galopante
y con mal pronóstico: el nacionalismo revolucionario, que tras la caída del
régimen de Machado hizo metástasis en los órganos del poder. En un artículo
titulado “¡El lobo, que viene el lobo!” (D. M., 17 de abril de 1947),
Baquero apunta que “no asombraría que alguna oposición perversa y
antipatriótica fuese la fuente de la perturbación y del desorden”, refiriéndose
claramente a la mediocracia que se hizo hueco no solo en las instituciones
públicas, sino en las universidades, sembrando el terror y la anarquía. “Lo
normal, en todos los países, es que el gobierno haga esfuerzos sobrehumanos por
evitar los escándalos, por alejar los ‘líos’. Aquí ocurre al revés”, se queja.
Y acusa al gobierno de masoquista, de intentar marear la perdiz un día sí y
otro también con su bullanga, su jolgorio y su fandango. “Porque cuando no hay
un problema, se lo inventa, cuando no hay la menor razón para la inquietud y el
corre-corre, los propios guardadores del orden son quienes echan a correr por
el medio de la calle sembrando la inseguridad y el pánico”.
Con pasmosa objetividad, atisba
las consecuencias catastróficas que conlleva ese “juego morboso” de las
instituciones y los gobiernos. Cierto que aún conserva esperanzas en la
democracia y el progreso de la nación: “No estamos por fortuna en el vórtice del
33, sino en plena vida constitucional. […] Pocas veces, muy pocas veces, Cuba
ha tenido a su disposición tantos y tan buenos elementos para el trabajo y para
el afianzamiento de su porvenir. ¡Y lo desperdiciamos, lo cambiamos por el
patológico placer de gritar ‘¡el lobo, el lobo!’ cuando el lobo está lejos
todavía!”
A estas alturas de la película, podemos presumir que en su fuero interno Baquero estaba convencidísimo de que el país se iba al garete y de que un día el lobo llegaría. Y el lobo llegó. Ese lobo, “el que estaban amamantando y enfureciendo”, los devoró. “Juegan con fuego”, señala para terminar con este artículo premonitorio, “mortifican a un león dormido, socavan los cimientos de su propia casa, y todo esto, con la babeante sonrisa de los niños anormales o la cínica carcajada de los delincuentes”.
Toca retomar a Darío, o más bien
la imagen que Baquero se hizo de él. En Darío, Cernuda, y otros temas
poéticos asegura que Darío, aun siendo uno de los escritores más
importantes del Modernismo, se pasó la vida ocultándose tras una serie de
máscaras que cubrían su insatisfacción, en primer lugar, por su físico; y, en
segundo lugar, por su personalidad artística. Para abrirse camino en el mundo
de las letras —mundo predominantemente blanco— Darío tuvo que hacerse trajes a
medida, metafóricos y literales, para superar la timidez, la inquietud de ser
juzgado por su apariencia, por el color de su piel. Para Emilio Rodríguez
Mendoza, escritor chileno, el principal problema estético de Darío radicaba en
tener “dos fosas nasales ampliamente dotadas para aspirar todos los perfumes de
la vida”. Esto es un halago como los que le ofrecían a Baquero. Las
descripciones de muchos de sus contemporáneos son de un racismo descomunal. En
sus inicios, la necesidad de ser aceptado por la claque literaria lo llevó a
crearse la imagen de periodista combativo, imagen que fue templando con la
madurez de su pluma, hasta convertirse, como se convierte una larva en ninfa,
en un cronista con estilo, elegante, más poético.
Darío y Baquero vienen al mundo
casi por accidente. Ambos nacieron en pueblos con nombres prehispánicos, Darío
en Metapa, que deriva de metlalpán, y en lengua náhuatl significa
sabana de piedra; Baquero en Banes, que deriva de baní, y en
lengua taína significa abundancia de agua. Dos lugares recónditos, uno árido y
otro lacustre. Ambos, víctimas del abandono, de la orfandad. Quizás por ello
Baquero se identifica con Darío. Describe su periplo periodístico como si se
tratase del suyo propio: “Versos humorísticos, sátiras sangrientas, artículos
furibundos, van dándole el oficio. Ya comienza a ganarse la vida en serio
gracias a las redacciones de los periódicos”. Hace patente a través de esa
proyección, que un poema político siempre será un mal poema, y que nunca usó
sus versos para hacer política. La política, tanto para Baquero como para
Darío, se hace en los periódicos. Prueba de ello es un artículo que escribe el
autor de Prosas profanas, y Baquero reproduce para que el lector
mida “su puntería periodística”. Se trata, nada más y nada menos, de un
artículo en contra del comunismo, ideología ácrata y anticatólica para ambos
escritores:
Para Caín, el
labrador, el enemigo es Abel, el estanciero. El enemigo es el propietario, que
tiene casa; el juez, que tiene autoridad; el creyente, que tiene a Dios. Engels
había dicho en Alemania: “Tiempo vendrá en que no habrá más religión que el
socialismo“.
Venid a mí,
exclamó Cristo, todos los que estáis trabajados y cargados, que yo os haré
descansar. A lo cual se le contestó con Bakunine: El Cristianismo ha sido tan
funesto a las naciones occidentales como el opio a los chinos.
Para los
anarquistas y comunistas la moral no existe […] la justicia no existe, Dios no
existe.
Y pasó el tiempo, y pasó una
cuadrilla de buitres disfrazada de verde olivo por las calles habaneras con
toda la parafernalia de un carnaval de Oriente. Con esa entrada triunfal, sin
tiros, sin oposición, el pueblo recibió con flores a sus futuros verdugos. La
suerte estaba echada para el periodista conservador. El 28 de enero de 1959, en
un artículo titulado Una canallada con disfraz sociológico, publicado
en el diario Hoy, Carlos Rafael Rodríguez —eminencia gris
detrás de Fidel Castro—, arremete contra el Diario de la Marina, y,
en especial, contra el látigo que dio cuero durante años a los comunistas:
Baquero.
Bien temprano, y desde antes, el
jefe de redacción del más importante diario de la isla supo que los cañones
estarían enfilados hacia él. Víctima de la rebambaramba de expropiaciones, pudo
serlo del fusilamiento. En su defensa aparecen embajadores que le ofrecen
asilo. El embajador de Ecuador le avisa de que piensan lincharlo. Sus
compatriotas, “sus amigos”, brillaron por su ausencia. Ni una palmadita en el
hombro, ni una palabra de sosiego, ¡palos y vituperios! Quien pudo, aunque no
comulgara, se camufló con el decorado de las carrozas. El mulato había
ascendido demasiado rápido. El negro, como le decían sotto voce algunos
iscariotes literarios, viajaba, ganaba dinero, tenía propiedades. ¿Acaso podía
perdonársele todos esos triunfos viniendo de abajo? Detenernos en pormenores es
llover sobre mojado. Lo que queda claro, es que Baquero fue un hombre de una
sola pieza, de convicciones firmes. Dejó atrás la comparsa carroñera de aquel
país que se fue a bolina no sin antes escribir “Desde Lejos. Palabras de
despedida y de recomienzo”, carta publicada en el Diario de la
Marina el 19 de abril de 1959 donde expresa, con temple impresionante
en un momento extremadamente peligroso, su opinión sobre la revolución y su
deriva antidemocrática:
El progreso
cubano culminó, como se sabe, en la fuga del dictador […]. En el manifiesto
dado por el Dr. Fidel Castro en diciembre de 1957 […] están contenidas todas
las ideas que hoy se van convirtiendo en leyes. Si algún capitalista se engañó,
fue porque quiso; si algún propietario pensó que todo terminaría al caer el
régimen, pensó mal […] y si alguna persona alérgica a las grandes conmociones
económicas y sociales siguió y ayudó al Movimiento creyendo que éste venía
solamente “a tumbar a Batista", pero no a cambiar costumbres muy arraigadas en
la organización económica y social, se equivocó totalmente o no leyó con
atención aquel manifiesto.
Fácil nos hubiera sido, de quererlo y pese al riesgo de esa burla, presentarnos en pose demagógica, arrojando flores al paso de los vencedores. ¿No es esto lo usual? ¿No hemos presenciado el desfile ignominioso de “los incorporados", de los revolucionarios del 2 de Enero, de los “radicales” que tienen mucho que perder y de los conservadores y hasta los reaccionarios disfrazados de dantones?
En medio de la
pasión, del asombro de las clases, del choque ideológico inesperado, tiene por
ahora poco que hacer un periodista verticalmente conservador, un derechista en
tiempos de derrota para las derechas. […] Vale más morir junto a una idea
vencida, en la cual se cree todavía, que unirse al carro victorioso que pasa,
renunciando a tener ideas, a defender una ideología, a proclamar la visión
propia y sincera que se tiene de los hombres y del mundo.
Atrás quedan la madre, la
familia, su perra Cleopatra, la casa del Vedado y la finca en Santa María del
Rosario. Según Octavio R. Costa en la entrevista que le realizara para el Diario
de la Marina en 1954, en casa de Baquero no había lujos, pero sí
cuadros de Ponce, Portocarrero, Amelia Peláez, Víctor Manuel, Carlos Enríquez.
Y libros. Un “reguero de libros”, entre los que se encontraban Darío, Lorca,
Valéry, Vasconcelos, Borges, Camus, Sartre, Rilke, Heidegger, y otros tantos
mencionados en su columna “Panorama”. En esa entrevista, como en las que le
hicieran en el exilio, confiesa que es “Lezama entre la gente de Cuba, a quien
considera el más grande poeta cubano de todos los tiempos”. Y deja caer que “el
milagro de poder salvarse” está en la poesía. “Me quedé inédito”, le dice con
la sonrisa a media asta al entrevistador. La poesía es su sueño y su tormento,
pues no puede estar con ella ni sin ella, sintiéndose ausente, lejano, incluso
traidor.
En pocos años, el milagro
consistirá en salvar la vida. Baquero parte al exilio como Gastón el estoico,
quien no necesitó equipaje para enfrentar lo que llamaba “destino”. Y así
vivió, entre música y libros, sin odios ni resentimientos, con los ojos en Cristo
y llenos de curiosidad, abiertos al conocimiento y al mundo. Baqueristas y no
baqueristas estarán de acuerdo en que fue una rara avis dentro
de la fauna literaria cubana, no solo por su estética, sino por su modestia.
Cuando todos —o casi— le hicieron la cruz por su entrega al periodismo, él
siguió difundiéndolos: procuró espacio para las colaboraciones de Lezama —y
pagó de su bolsillo—, reseñó sus libros —no pocos— y la revista Orígenes,
gestionó ediciones y premios, etc. Y todo eso sin dejar de ser el particular
origenista que fue (no hay más que recordar su “Entrada al otoño y un recuerdo
de Casal”, en el que, siguiendo a Lezama, anticipa el estudio de Vitier Lo
cubano en la poesía), al tiempo que da la cara a esa temible e incómoda
realidad que otros, acogidos al “silencio y recato”, prefirieron rehuir. Pero
su generosidad no se limita a estos, escribió también sobre Nicolás Guillén y
Alejo Carpentier —opuestos en el mapa ideológico— reconociendo la grandeza de
sus obras cuando no faltaron golpes bajos y la más desdeñosa indiferencia.
En el prólogo de la
antología Diez poetas cubanos (Ediciones Orígenes, 1948),
Cintio comenta acerca de la poesía de Baquero: “Nos hallamos sin duda ante la
poesía más discursiva y melodiosa de esta selección, formalmente situada, por
ejemplo, en las antípodas del mundo expresivo de José Lezama Lima. Si para éste
la encarnación del poema significa una organizada resistencia, para Baquero es
más bien una fluencia continua, en que los versos se engendran y entrelazan con
esa espontánea musicalidad que puede llevar al peligro de la retórica o la plenitud
del canto”. Veinte años más tarde, en 1968, Gerardo Diego escribe un breve
ensayo, fresco, desenfadado, sobre Memorial de un testigo: “Si la
poesía es acto de fe y no puede ser otra cosa en la comunicación de poeta y
lector, creamos a Gastón Baquero a pie juntillas. Lo mismo si nos asegura que
cuando Juan Sebastián comenzó a escribir la ‘Cantata del café’, que él estaba
allí, sobre sus hombros, llevándole con la punta de los dedos el compás de la
zarabanda. O cuando el ‘signorino‘ Rafael subió a pintar las cataratas
vaticanas, él le alcanzaba los distintos colores y se los mezclaba y atenuaba
sutilísimamente. O cuando Mozart simboliteaba (con la lengua entre los dientes
de ratón) los misterios de su ‘Flauta’, él le tendía un alón de pollo y un vaso
de vino”. Nada que ver con aquel poeta inicial que describe Vitier. Capaz de
resucitar por la gracia y la bondad, por la apertura a los otros, Baquero se ha
convertido en el poeta definitivo que fue. “Sí, hay muchos poetas, muchos
músicos en su poesía”, afirma, para luego justificarlo, “pero es porque los
poetas son los supremos testigos, los menos desmemoriados memorialistas”.
A este poeta en el fondo mal
recordado por sus contemporáneos —anclados, ellos sí, en el pasado— no le
faltaron en su exilio español, ¡el tiempo es el mejor juez!, reconocimientos,
homenajes, y lo más importante, la visitación de las musas. No se quedó “inédito”
como pensara en 1954, cuando se sentía traidor de la poesía. Después vinieron
sus Poemas invisibles (Verbum, 1991) recogidos por Pío E.
Serrano, otro de sus grandes amigos en el exilio: “Lejos del resentimiento y el
desencanto del exiliado, sus nuevos poemas se inscribían en el encantamiento
del lenguaje y elabora un sorprendente espejo que lo devuelve en una lúdica y
maravillosa lucidez expresiva, inversa geometría de la gravedad tonal que se
hace severa en sus primeros poemas cubanos”.
A la hora de partir, porque la
muerte para Baquero era mero tránsito, le acudió tal vez una sinfonía ignota,
condición nobilísima de lo celeste, del vacío oscuro e inconmensurable.
Volvía, según la concepción cristológica de Teilhard de Chardin sobre el
universo, a la esencia divina y primigenia. A Dios, a lo que fue antes, a lo
que es, a lo que seguirá siendo: polvo de estrellas.
Publicado originalmente en
Incubadora, 27 de mayo 2024, como parte del dossier "Gastón Baquero in memoriam", organizado por el poeta y ensayista Ernesto Hernández Busto.
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