viernes, 10 de febrero de 2017

Funeral de Anacleto Bermúdez



 Todavía no ha salido la Habana del estado de estupor doloroso en que la sumergiera la muerte súbita de uno de sus mejores hijos: todavía hay quien duda y espera, porque la esperanza, como ha dicho Chateaubriand, acompaña al hombre hasta el sepulcro y se sienta después sobre su losa. Nosotros, fieles cronistas, vamos a disipar esa ilusión, trazando con el corazón desgarrado y las lágrimas en los ojos, el cuadro solemne e imponente de los últimos honores tributados al bueno entre los buenos, a uno de los seres más nobles y puros que ha producido la naturaleza.

 La espaciosa casa mortuoria no podía contener desde las cuatro de la tarde la concurrencia, entre la que brillaba casi todo lo más granado de la población, y todos al entrar se dirigían ansiosos a la sala a contemplar por última vez con amargura, el cuerpo exánime del inolvidable amigo, colocado en el suelo, dentro de un humilde ataúd.

 Sí, en el suelo: la pompa vana e impropia con que se rodea generalmente a los cadáveres entre nosotros, no podía convenir al que fue ejemplo constante de modestia y sencillez, al que repróchala siempre los gastos inútiles, holocausto del orgullo, considerándolos como un hurto a los necesitados. Su desolada familia lo comprendió así, e intérprete inspirada del alma que reposa ya en  la mansión de los justos, suprimió el fausto, colocó sobre la tierra el despojo que a la tierra volvía, y mandó calcular lo que costaría el más espléndido catafalco, para distribuir su importe entre las pobres.

 A las cinco y cuarto salió el cadáver, que llevaban en hombros el Doctor Don Domingo fiuiral, los Licenciados Don Fernando Rodríguez Parra, Don Manuel Gástales, Don Pedro José Morillas, Don Joaquín de Zayas y Don Francisco Piñeyro, y el inmenso acompañamiento, se descubrió  con religioso respeto, y emprendió recogido y en silencio su marcha hacia el Cementerio general. 
 
 Los carruajes fueron inútiles para la ida, pues por primera vez se ha visto en la Habana acompañar a pie un cadáver hasta la última y lejana morada: ni un solo rezagado notamos, porque todos los concurrentes rivalizaban por tomar parte en esa última demostración, a pesar de que casi en totalidad vestían riguroso luto, y que lo insalubre de la estación hace temible cualquier exceso.

 La juventud se disputa el honor de conducir en hombros los restos venerados, mudándose por consiguiente, cada dos o tres cuadras los cargadores. Las borlas las llevaron en todo el discurso de la carrera los Señores Don Antonio Zambrana, Don José de Cintra, Don José Ricardo 0‘Farrill, Don Francisco Valdés Machado, Don Manuel de Armas, Don Gonzalo Jorrín, Don José de la Luz Hernández, Don Nicolás Gutiérrez, Don José Valdés Fauli, Don Francisco Calderón y Kessel, Don Antonio Martínez de Valdivieso, Don Femando Peralta, Don José Morales Lemus, Don Porfirio Valiente, Don Manuel de la Torre Machado, Don Ramón Pintó, Don Isidro Carbonell y otras personas distinguidas, cuyos nombres no recordamos.

 El gentío se aglomera en todas las bocacalles del tránsito, y especialmente a la salida de la puerta de la Punta y en los alrededores de la Casa de Beneficencia, donde no sólo había centenares de personas del pueblo, sino muchos carruajes llenos de herniosas damas que llevaban a los ojos sus pañuelos al pasar el féretro. 



 El aspecto que presentaba el Cortejo fúnebre en la calzada de San Lázaro, que fue donde pudo desplegarse, era grandioso: setecientos caballeros, representando todas las profesiones honrosas de la sociedad y severamente vestidos, se extendían en líneas compactas aunque irregulares, en un espacio de tres cuadras, y vistos en lontananza, semejaban los sombreros negros, un mar revuelto y obscuro que movía gravemente sus olas.

 Todos los templos por cuyos alrededores pasó el acompañamiento doblaron a muerto. La primera parada se hizo en la capilla de la Beneficencia, donde las voces argentinas de las huérfanas desvalidas elevaron preces al cielo, por el alma del que fue padre de los huérfanos y de los desgraciados. La segunda en la del Cementerio, que estaba brillantemente alumbrada: allí se cantó un solemne responso, y después se trasladó el féretro a un punto inmediato y despejado y el concurso se agolpó alrededor. Entonces se adelantó el Doctor Don Ramón Zambrana, quien aunque lleno de emoción dijo con voz enérgica:


 «Callar, señores, en esta hora solemne, enmudecer ante el espectáculo tristísimo que se ofrece a nuestros ojos, reconcentrar en lo más profundo del corazón las emociones supremas del dolor que nos abruma, sería natural y concebible si estos restos preciosos perteneciesen sólo a un buen hijo, a un buen hermano; si el vínculo afectuoso de la familia nos uniese solamente al que nos deja de un modo tan súbito e imponente; pero este es el cadáver de Don Anacleto Bermúdez, estos son los restos de un hombre ilustre que consagró su existencia entera al bien de sus semejantes, al engrandecimiento de su profesión distinguida, a la gloría literaria de su país, de un hombre con quien nos unen los vínculos sagrados de la admiración, del respeto, del cariño; y al borde de su tumba debe elevarse nuestra voz trémula pero verídica, conmovida pero enérgica, para proclamar sus eminentes virtudes, para presentarlas al mundo por modelo, para bendecirlas.

 Letrados de la Habana, protectores de la inocencia, intérpretes de la ley, depositarios de la justicia, venid a la tumba de Bermúdez y veréis aún en su frente lívida estampado el sello de su inteligencia privilegiada, de su saber profundísimo, de su integridad incorruptible, de su entusiasmo puro, santo, inagotable; venid y veréis a la población entera tributándole en homenaje fúnebre, las lágrimas más ardientes, el dolor más acerbo; venid y recordad un instante la manera decorosa, noble, dignísima con que llenó, hasta exhalar el último aliento, la misión bellísima que el cielo le señalara, y venid a llorar y a bendecir al que tanto os honró llamándose vuestro compañero, al que tanto realce y estima y enaltecimiento diera al respetable, al ilustre foro de la Habana.

 Juventud estudiosa, tú que tan generosos esfuerzos sabes hacer por distinguirte cuando diriges tus pasos por la senda de la virtud y de la ciencia, ven a la tumba del gran Bermúdez, ven a regarla con las flores de tu sentimiento, que debe ser íntimo y eterno como la memoria del tesoro que perdemos. Imítale como hombre público y privado, ten siempre en tu recuerdo sus virtudes preclaras, procura en fin, reparar su perdida; á ti sólo te corresponde, juventud generosa.

 Señores, el grande, el eminente Bermúdez, el mejor hijo, el mejor esposo, el mejor hermano, el ángel de la benevolencia, el genio de la mansedumbre, desaparece de entre nosotros; pero un monumento de dolor amargo le erige la desolación en el hogar de su amantísima familia, y otro de gloria inmarcesible levanta Cuba a su nombre: que el árbol de la resignación cubra pronto con sus consoladoras ramas el primero; mientras nosotros al pie del segundo vertemos todo el llanto de nuestro corazón; damos a nuestro amigo el adiós sentidísimo de los buenos, y elevamos a Dios para que le acoja en su seno, un voto unánime, ardoroso, cordialísimo, que sea la expresión de todos nuestros afectos, que sea el eco de esa voz que solo oímos, lamentando tanta pérdida, en lo más profundo de nuestras almas.» 

 Durante la escena anterior, llantos corrían por todas las mejillas y muchos senos exhalaban sollozos comprimidos: cuatro caballeros sostenían levantada la parte superior del féretro, como muestra de benevolencia hacia los que tanto lo honraban.

 A las siete y media salió del cementerio la concurrencia, dejando depositado el cadáver en la capilla, donde lo velaron durante la noche las personas más allegadas.

 Hoy por la mañana se le ha encerrado en un sarcófago de metal, colocándolo después en el nicho donde debe repasar para siempre, mientras que en la mayor parte de los templos se celebraba el Santo Sacrificio de la Misa por el alma que lo animaba.

 Mucho tiempo pasará antes de que nos acostumbremos a contemplar sin dolor profundo la pérdida de Bermúdez; pero su recuerdo gratísimo se conservará vivo y ardiente en las generaciones presentes y en las venideras. Los hombres como Don Anacleto Bermúdez no se olvidan.




 [Honores fúnebres que se tributaron a su memoria], Diario de la Habana, 3 de Septiembre de 1852. Tomado de Iniciadores y primeros mártires de la Revolución Cubana