jueves, 16 de febrero de 2017

Buenas estampas


 Juan Justo Reyes 

 Los niños gustan con pasión de las narraciones, y generalmente se abusa de esta inclinación llenándoles la cabeza de patrañas, en lugar de aprovecharla para hacerles aprender una multitud de cosas útiles. Se han escrito muchas colecciones de cuentos con el fin de que las nodrizas los aprendan y se los refieran; pero hay poquísimos que sean provechosos a los niños. Unos los sacan del mundo real y los introducen en un país imaginario, en donde suceden mil aventuras terribles que afectan violentamente su tierno cerebro hasta el punto de que muchos queden lisiados para el resto de su vida; otros son cuentos llamados morales, de una extrema insulsez y capaces de hacer bostezar al convidado de piedra; en fin, hay muchos que a vueltas de algunas moralidades triviales, enseñan, una doctrina peligrosa o poco acomodada a esta edad. Una colección escogida de cuentos podría dar a los niños ideas claras y exactas de sus relaciones morales, y de muchos objetos importantes relativos a la economía doméstica, a las artes y a las ciencias. El Robinson de Henrique Campe, traducido al castellano por D. Tomas de Iriarte, aunque escrito para una edad más adelantada, es un excelente modelo de los cuentos a que me refiero. 

 Las estampas y los cuadros son la escritura de los ignorantes: con el auxilio de buenas estampas pueden adquirir los niños nociones preciosas sobre la historia natural, la sagrada y la profana; sobre los trajes, usos y costumbres de varias naciones; sobre los trabajos del campo, la caza, la pesca y la navegación; sobre los instrumentos y máquinas que se emplean en las artes y oficios; y lo que es todavía más importante, aquel gusto fino y delicado que distingue a los que se familiarizan con las bellas artes, y que es uno de los mejores preservativos contra los excesos groseros a que nos arrastran el mal ejemplo y nuestras propias pasiones.



 Pero la grande ocupación de esta edad es el juego y en el juego pueden los niños aprender mucho bien o mucho mal: es necesario divertirlos, y que adquieran ideas claras y precisas de la naturaleza de las cosas, y con este fin deben preferirse objetos ligeros, fuertes y poco costosos, que puedan manejarse sin riesgo de estropearse, y combinarse de mil diferentes maneras, a los que solo tienen una hermosa apariencia y suma fragilidad; porque los niños necesitan ejercitar continuamente la incansable actividad que los atormenta. Esferas, discos, cilindros, y otros cuerpos de formas elegantes y de contornos redondeados, son los más propios en los dos primeros años. Más adelante un carretón y muchos trozos de madera de todos tamaños y figuras les suministrarán diversión y ejercicio, y desde aquí pueden ascender sin gran trabajo al conocimiento y manejo de las máquinas simples. Dos o tres años más tarde el imán artificial, el kaleidoscopio y la linterna mágica pueden ser fuentes de instrucciones útiles para el niño si tiene a su lado personas sensatas y hábiles que le dirijan sin afectación… 

 Consideraciones sobre la educación doméstica y la instrucción pública en la isla de Cuba, 1832, pp. 43-44.