lunes, 13 de febrero de 2017

Conspiración de Ramón Pintó




  Vidal Morales

 La orden de la Estrella Solitaria, la asociación de la Joven Cuba y la Sociedad Cubana de Beneficencia Mutua estaban de acuerdo con la Junta Revolucionaria de la Habana que presidía Ramón Pintó, sucesor en ese puesto del eminente jurisconsulto habanero Anacleto Bermúdez y a quien auxiliaban Juan Cadalso, iniciador y director del movimiento, el doctor Nicolás Pinelo de Rojas, médico del hospital Militar, el doctor José de Cárdenas y Gassie, José Antonio Cintra, José Antonio Echeverría, Domingo Guiral, el licenciado José Trujillo, el rico hacendado Esteban Santacruz de Oviedo, Carlos Rusca, los hermanos José y Antonio Balbín, Pedro Bombalier Valverde, Benigno Gener y Junco, Alejo Iznaga Miranda, (...) Ildefonso Vivanco, Vicente de Castro, Pío José Díaz y muchos más.
 Uno de los Cadalso, Ángel, preso por esta causa en el castillo de Jagua, se suicidó allí. Benigno Gener en 16 de febrero fue remitido desde Matanzas y encerrado en El Pontón, hasta que en agosto del mismo año se le trasladó a Cádiz a cumplir la pena de dos años de relegación que le fue impuesta. Es fama que el general Concha, enamorado de la energía y viril actitud de tan digno patriota, le permitió salir de su prisión y pasar a Matanzas a arreglar sus negocios antes de partir para el destierro, usando con él de atenciones muy ajenas de su carácter.
 El año de 1852 se hallaban en los Estados Unidos  Francisco Pérez Zúñiga, Ignacio de Belén Pérez, Alejo Iznaga Miranda, Gabriel Suárez del Villar y Juan O'Bourke y asociados a José Sánchez Iznaga, Juan Manuel Macías y a algún otro más, se pusieron en comunicación con Juan Cadalso, imprimiendo actividad a los trabajos preparatorios para la conspiración de Pintó, quien con Cadalso y Pinelo la extendieron por la isla.
 De Ceuta, como hemos leído en la narración de O’Bourke, a fines del capítulo anterior, con Alejo Iznaga Miranda, Ignacio de Belén Pérez, el húngaro Schlesinger y Juan O’Bourke, se escaparon también cuatro presidiarios: José y Domingo Machado, Claudio Maestro y N. Marín. Los dos primeros, venezolanos, y hermanos, mandados a Ceuta por delitos cometidos en Cienfuegos y Matanzas respectivamente, y los dos últimos, peninsulares, por delitos cometidos en España; todos fueron juntos a los Estados Unidos. El frecuente trato que con ellos tenían nuestros compatriotas, hizo que muy pronto José Machado y Claudio Maestro se manifestaran partidarios de la revolución. El primero, hombre arrojado y valiente hasta la temeridad y que desde que llegaron aquéllos a Ceuta se puso a su servicio para ayudarlos en la fuga, vino a Cuba con el nombre de N. Frenchi y aquí se afilió entre los conspiradores; el otro, a repetidas instancias suyas de que se le empleara en la causa de la revolución, se le envió también a Cuba, aunque sin ponerle en relación con Cadalso, para que repartiera las proclamas entre el pueblo y dentro de los cuarteles a la tropa. Hizo varios viajes de Nueva York a Cuba, y fueron tan bien ejecutados todos los encargos confiados a él, que al fin lo tomaron Cadalso y Pintó a su servicio.
 Alejo Iznaga Miranda, Francisco Pérez Zúñiga, Ignacio de Belén Pérez, Gabriel Suárez del Villar y Juan O’Bourke convinieron con José Sánchez Iznaga, que se quedaba en Nueva York, volver a Cuba para trabajar en Trinidad asociados a Pintó y Cadalso, y así lo hicieron. Los trabajos se concretaban a hacer prosélitos a la revolución y reunir voluntades para un alzamiento. Las dos veces que les mandaron Pintó y Cadalso reunir gente, lo hicieron esperando órdenes que no llegaron y tuvieron que disolver la reunión con los peligros consiguientes. Claudio Maestro servía de correo entre ellos y Cadalso; viajaba por tierra con un caballo cargado de baratijas como baratillero y cumplía tan bien, que realmente confiaban en él. En su último viaje a Trinidad les dijo a O’Bourke y a sus amigos que se habían comprado y enviado por su conducto a Vuelta Abajo ochocientos fusiles: esto, y la necesidad de armas, hizo que se resolviese buscar en la Habana fusiles, pues él dijo que se podían comprar fácilmente y al efecto se nombró a uno de los conjurados para que fuese con él a comprarlos y traerlos, más resultó que de momento no se pudo reunir el dinero suficiente para hacer la compra de un número que justificase la exposición del proyecto y se le dijo que otro día, cuando él volviera a Trinidad, se realizaría la compra de las armas. La buena estrella del conjurado nombrado para la empresa le salvó.
 Claudio se marchó a la Habana y a los seis u ocho días se hicieron las prisiones: ya había hecho  la delación. Y aconteció esto precisamente cuando más esperanzas tenían los patriotas y cuando más animados se hallaban con las noticias recién llegadas de los Estados Unidos, de donde se les comunicó que Quitman, de acuerdo con José Sánchez Iznaga y Domingo de Goicuría, se prestaba a invadir la isla con una expedición de cinco mil hombres.
 El infame Claudio Maestro delató a los conspiradores, valiéndose para ello de don José Ramos, natural de Zamora, su paisano, del comercio de la Habana, quien el 26 de enero del siguiente año de 1855, vio al general Concha y le reveló cuanto se tramaba.
 El 6 de febrero siguiente el coronel don Hipólito Llorente inició el procedimiento y empezaron las prisiones en la Habana y en toda la isla, llenándose las cárceles y hasta un viejo navío llamado El Pontón, anclado en la bahía, donde, entre otros, estuvieron presos el acaudalado patriota Carlos del Castillo y el respetabilísimo matancero Benigno Gener y Junco, hijo del benemérito catalán don Tomás, tan digno de la estimación de los cubanos. 


 El malvado denunciante se había hecho el hombre de confianza de la Junta Revolucionaria que con él había remitido fondos de consideración a Nueva Orleans, armas a varios puntos de la isla, y correspondencia a los principales adeptos (1), así es que declaró quiénes eran los de la Junta, los preparativos que en los Estados Unidos se hacían, indicando que la sublevación se efectuaría tan pronto como llegara la expedición de Quitman; que el procurador José Mariano Ramírez era el jefe destinado para la Vuelta Abajo, Antonio Entenza, el de Villaclara; el presbítero Calixto Alfonso de Armas, el de Puerta de Golpe, y por último, que el asesinato de Castañeda había sido decretado por la Junta, la que del mismo modo había votado la muerte del general Concha, aprovechando la ocasión para realizarla de que estuviera una noche en el teatro de Tacón. Al dar cuenta dicho general al gobierno de Madrid en su comunicación de 12 de febrero de 1855 de estos sucesos, decía lo siguiente: «No se trata, Excmo. señor, de una conspiración más o menos vasta, de una reproducción de planes anteriormente desbaratados; lo que hoy se me presenta de frente es una liga general del país, de largo tiempo formada, con inviolable secreto extendida, con armas y dinero (2), asegurada por un peninsular, por primera vez, dirigida por don Ramón Pintó y por algunos peninsulares aceptada» (3).
 «Se habían llegado a reunir —agrega— catorce millones de reales; los trabajos estaban dirigidos por Pintó y secundados en el interior por personas de las más sagaces y de las más ilustradas entre los hijos del país. La confianza en el buen éxito era ilimitada.»  
 Cuando el general Concha creyó oportuno dar el golpe, teniendo en sus manos las instrucciones de la Junta Cubana para los jefes de partida, y bien informado de los depósitos de armas y de los itinerarios trazados que convenían bien a la importancia estratégica del país, colocó sus tropas conforme al plan de operaciones, se apoderó de les depósitos de armamentos y municiones; envió al general Manzano a dejar en su marcha las órdenes de prisión de los agentes locales y a practicarlas por sí mismo en Trinidad y en Puerto Príncipe, y antes que nada de esto pudiera saberse en la capital, hizo prender de sorpresa a don Ramón Pintó y a los principales jefes del movimiento (4).
 Estas medidas coincidían con la arribada de los vapores americanos que debían comunicar las noticias a los revolucionarios en los Estados Unidos. Las fuerzas que éstos tenían preparadas para la invasión de Cuba eran muy superiores a las que en otras ocasiones se habían reunido, y como ya hemos dicho, habían de ser mandadas por el general Quitman y transportadas en cuatro vapores y seis buques de vela para desembarcar en Nuevitas, desde el 15 de febrero al 15 de mayo, no debiendo llevarse a cabo el alzamiento hasta que se supiera la salida de la expedición. 
 En tres de marzo todas las noticias confirmaban al general Concha la grande importancia del movimiento revolucionario y de la gran expedición preparada en combinación con él. De la causa resultaba comprobada la organización de numerosos grupos de patriotas en toda la extensión del territorio, y aparecían los nombres de más de cincuenta personas no sólo bien establecidas, sino muchas de ellas bastante acaudaladas, que figuraban como jefes y comandantes generales de las fuerzas que debían levantarse. De las comunicaciones que remitían los cónsules españoles en los Estados Unidos era evidente que el Massachusetts, el United States y el Saint Lawrence, vapores de gran porte, estaban fletados o habían sido comprados por los revolucionarios.
 La revolución de Cuba desde la época de Narciso López a la del segundo mando de Concha —dice éste— había crecido como cien codos; sus partidarios contaban con grandes recursos de dinero, con una organización estudiada y preparada desde hacía mucho tiempo, y con el apoyo de cuatro mil aventureros, sin que las fuerzas del gobierno español pasaran de diez mil hombres.
 Jamás se habían hecho aprestos tan considerables ni reunido en el interior tantos elementos morales y materiales de insurrección contra España.
 El doctor Rodríguez nos refiere que estando ya preparada la expedición fue llamado el general Quitman con urgencia por el presidente, o por el secretario de Estado Mr. Marcy, y que después de haber tenido con ambos una larga conferencia, se volvió para su casa y abandonó completamente su idea; hecho que ha sido expuesto así, sin más explicación, por otros escritores. Para darse cuenta de las causas del fracaso hay que acudir al terreno de las suposiciones.
 Esta expedición contrariaba los planes que había empezado a poner en práctica la nación americana relativos a Cuba. Durante el mes de octubre de 1854 estuvieron celebrándose las famosas conferencias de Ostende y Aix-la-Chapelle entre Mr. Pierre Soulé, ministro americano en Madrid, Mr. James Buchanan, ministro americano en Londres, y Mr. J. I. Masón, ministro americano en París, que ocuparon por mucho tiempo la atención universal.
 El consejo de guerra que instruyó la famosa causa condenó a muerte a Pintó, al doctor Pinelo y a Cadalso; pero el honradísimo auditor de guerra don Miguel García Camba, encontrando que era injusta una sentencia cuyos principales cargos se fundaban en la declaración de otro conspirador, de un correo, cuyas manifestaciones no tenían valor alguno en juicio conforme a la Ley de Partida, pidió que se suspendiera su aprobación y que nuevamente se viera el proceso por un Consejo de revisión. El día catorce de marzo pasó la causa a los magistrados de la Audiencia Pretorial, a quienes la suerte había designado: don Francisco de la Escosura, don Alonso Portillo y don Manuel Posadillo, quienes a pesar de no ser tantos , ni tan convincentes los datos que contra los tres principales procesados arrojaba el sumario, emitieron unánimemente su dictamen solicitando la pena de muerte para Ramón Pintó y la inmediata de diez años de presidio para don Juan Cadalso y el doctor don Nicolás Pinelo.
 Pero el único que velaba por que la ley se cumpliera y triunfase la causa de la justicia era el auditor. Insistió lleno de virilidad y de firmeza en su anterior dictamen, y viendo que la instrucción era deficiente, que faltaban pruebas para la aplicación de tan tremendo castigo, devolvió los autos pidiendo que se repusieran al estado de sumario y que se practicaran las diligencias importantísimas que solicitaba, que en su concepto, podían esclarecer los hechos y depurar la verdad. En toda la causa, dijo, no hay, según mi modo de ver, las pruebas claras como la luz del día, que la ley exige (5).
 El general Concha estaba indignadísimo y no pensaba del mismo modo; ya había conseguido por medio de su edecán don Fructuoso García Muñoz, aquel feroz militar español que tuvo la culpa de la carnicería de Atarés, y que ahora fungía de jefe de policía, apoderarse de ciertas comprometedoras e importantísimas cartas que la infortunada esposa de Pintó guardaba ocultas, y deseando concluir pronto este asunto, aprobó la sentencia contra el parecer de su digno auditor, y condenó a muerte a su antiguo amigo Ramón Pintó y a diez años de presidio con retención a los citados Cadalso y Pinelo.


  Notas

 (1) Véase lo que respecto a las revelaciones hechas por Antonio Rodríguez o sea Claudio Maestro, ha dicho la Junta Cubana en su manifiesto de Nueva York, de 25 de agosto de 1855:  «Llegó por fin el término prefijado para el movimiento, que era urgente aprovechar, si no se querían sufrir pérdidas enormes en los medios efectivos por razón de los referidos contratos, cuando se recibieron de la Habana las infaustas nuevas que después se han convertido en hechos sangrientos de la feroz tiranía del gobierno español. Las falsas declaraciones de un hombre vil, cargado de infamias y de crímenes, cuyo testimonio se rechaza en toda sociedad civilizada, sirvieron de único fundamento a los actos de ferocidad y de persecución con que aquel gobierno ha manchado de nuevo la historia de la administración española en América. La Junta lo declara ante Dios y ante el mundo entero: el proyecto de asesinato y matanza con que se pretendió que había de iniciarse la revolución en nuestra patria, es la más insigne falsedad de esa tenebrosa maquinación que llevó al patíbulo al benemérito peninsular don Ramón Pintó. Todo el plan revelado por el delator y acogido y divulgado por el periodismo con todos los aumentos e interpretaciones que su miedo y su malicia le inspiraron, es la invención más cobarde y desnuda de verdad que jamás haya figurado en un proceso político».
 «El movimiento revolucionario que debía acaudillar el genetal Quitman, acaso hubiera sido anexionista — dice nuestro amigo Pedro Santacilia, en carta que en 4 de marzo de 1893 nos escribió desde Méjico, — pues era el deseo de la gente rica de la Habana que aprontó el dinero enviado entonces por Pintó.
 Se quería conservar la esclavitud, esa es la verdad, y por eso se buscaba en los Estados Unidos el apoyo y la cooperación de los hombres del sur, donde existía esa horrible institución. Los hombres de la Junta eran todos abolicionistas y más de una vez se disgustaron por las ideas del general Quitman acerca de los negros. En los arreglos preliminares para llevar a cabo la expedición, no se estipuló que el movimiento debería ser anexionista. Antes se convino en que todos los que tomasen parte en la expedición, incluso el mismo general Quitman, serían considerados por ese solo hecho como cubanos. El programa era sencillo: derrocar al gobierno español en Cuba y dejar que los hijos de la isla, dueños de su destino, adoptasen el gobierno que creyesen más conveniente para la felicidad del país.»
 (2) En una sesión del Senado español —19 de abril de 1866— dijo el general Concha que la expedición era de seis mil hombres, y que para su apresto se gastaron 800 mil duros. 
 (3) Ahumada. Memoria histórico-política de la isla de Cuba, página 348.  
 (4) El vapor de la marina de guerra inglesa Medea, hizo entonces el transporte de la Habana a Casilda del batallón de la Unión, prestando ese servicio a España. 
 (5)Este voto del auditor lo publicó José Aniceto Iznaga en un curioso opúsculo titulado Travesuras del mocito Mustaffá, 1856. 

 Iniciadores y primeros mártires... tomo III, ed. 1931. pp. 19 y ss.