sábado, 11 de febrero de 2017

Anacleto Bermúdez Pérez... semblanzas



 He aquí la semblanza de este eminente cubano trazada por el veterano periodista José Quintín Suzarte en el Amigo del País de 11 de Enero de 1882.

 «Anacleto Bermúdez daba unas conferencias de economía política tres veces por semana en su morada, a las que asistían José María Casal, Esteban Moris,  Lorenzo y Marcelino de Alio y Don Manuel de la Cuesta. Anacleto era en cuerpo y alma la flor y nata de la familia, pequeño de cuerpo; pero perfectamente proporcionado, envuelto en carnes, con facciones finas y  agradables que iluminaban dos ojos azules y rasgados, abiertos bajo la bóveda de  una frente poderosa. Aquellos ojos, reflejo constante y verídico de un espíritu  donde nunca se abrigó un sentimiento sospechoso siquiera de bastardía, atraían  y dominaban: su expresión general era la bondad y dulzura; pero adquirían deslumbrante fosforescencia cuando trataba él de una acción grande, generosa o sublime, de algún asunto de alta y humanitaria trascendencia, o lanzaba rayos de  indignación si se sublevaba contra una injusticia e iniquidad.

 De carácter fácil, vivo, alegre, con una son risa abierta y genial, jugueteando siempre con sus pequeños y algo gruesos labios, decidor y espiritual, atraía la voluntad sin esfuerzo de su parte y dominaba cuanto se ponía en contacto con él. Su lenguaje sencillo y culto en el trato familiar, se tornaba en torrente de elocuencia arrebatadora cuando subía a la tribuna forense a defender una causa justa, cual eran siempre las que él patrocinaba, pues jamás aceptó la defensa de ningún pleito que tuviera sombra alguna de mal género. Cuando hablaba con vehemente convicción alzándose a grandes alturas, y  dando riendas a su erudición portentosa, desaparecía el defecto orgánico, el ceceo, que daba un picante gracioso a su acento en el trato común de la vida.»


 De él decía José Agustín Quintero: 


 «Había un abogado de estatura mediana, pero con notable dignidad en su  porte. Su cabello castaño claro caía graciosamente sobre la sien; tenía ojos grandes y azules que brillaban con el fuego de la inteligencia; una faz que en momentos de reposo demostraba una expresión pensadora, y cuando se animaba en la conversación asumía una sonrisa atractiva, una franqueza que le hacía  amado de todos. Su nombre era Anacleto Bermúdez.

 El ardor con que abrazó la causa de su patria, la intrepidez con que expresaba sus convicciones más allá de la conveniencia personal, y la nobleza de su  carácter elevado por el talento y la perfecta independencia con que defendía la razón y la verdad, le hicieron el hijo más querido de Cuba.

 Su mente era férvida y arrojaba durante el discurso una profusión de ideas originales tan naturalmente como una corriente de hierro arde y brota disparos  al salir de la fragua. Su estilo se adaptaba a sus pensamientos; era un río incesante, irresistible, gran espíritu de elocuencia que no se determinaba a ninguna escuela, ni asemejaba a ninguna forma particular, sino que se adaptaba a todo, discutía con los lógicos, demostraba con los matemáticos, ilustraba con los filósofos, cantaba con los poetas.

 Como abogado, Bermúdez entraba en el debate jurídico con intrepidez, y a semejanza del carro de guerra cuyo eje se enciende en la velocidad de la carrera, así se inflamaba su alma ardiente en la marcha arrebatada de su discurso.

 Estaba dotado de esa imaginación que da vitalidad al pensamiento, de esa convicción vehemente y poder de elocuencia que se siente en los tonos, que aparece en el rostro y sugiere al enajenado auditorio más de lo que él mismo puede expresar.

 Bermúdez murió repentinamente el IV de Septiembre de 1852, día aciago que es un aniversario triste para los que aman la libertad de Cuba.

 La patria se lamenta cuando vuelve los ojos hacia el pasado y ve lo que era y lo que valía Anacleto Bermúdez pero ¡ay! mi corazón se hace pedazos cuando  pienso en la misión que hubiera cumplido, en las esperanzas que habría realizado.”


 [Vidal Morales] González Álvarez conoció a Anacleto Bermúdez en el estudio de Porfirio Valiente, donde también iban con frecuencia el Conde de Pozos Dulces, el Doctor Antonio Gassie, el Licenciado Miranda Caballero, los hermanos Balbín, José  Antonio Echeverría y otros.

 Bermúdez no fue comprendido en el proceso seguido por la Comisión Militar, con motivo del descubrimiento de la mencionada conspiración; descubrimiento que se debió a otra infame denuncia, porque al mes de haberse iniciado la causa, el IV de Septiembre de 1852, falleció repentinamente, a los cuarenta y cinco años de edad, dando lugar su muerte a muchas suposiciones y comentarios, sin que hasta ahora se sepa la verdad.

 Su entierro fue una gran manifestación del dolor del pueblo cubano, el cual  demostró que a despecho de todos los horrores con que lo amenazaba el despotismo, conservaba vivas simpatías y la percepción de los raros talentos y más raras virtudes del llorado compatriota para pagarle el último tributo que le era dable consagrarle: el de su profundo pesar y sinceras lágrimas (...).


 «El entierro que se hizo a Bermúdez, dice Anselmo Suárez y Romero en el libro inédito en que contesta a los impugnadores de su prólogo a las obras de Ramón de Palma, pudiera decir que fue más bien que la expresión de sus merecimientos, el desahogo de un partido político consternado por su muerte; pero antes de haber bajado a la tumba ya era querido y respetado y la popular estimación se fundaba en la aplicación de Bermúdez, en su robusta inteligencia, en los hidalgos arranques de su pecho, en su acrisolada honradez, en su implacable odio al despotismo, en la intrépida energía con que defendía las causas justas, en la precisión, el fuego y la dignidad de sus discursos, ante cuyos rasgos oratorios olvidaba uno prontamente los defectos físicos de su pronunciación. Muchos escritos de Bermúdez merecen insertarse en cualquier colección de defensas célebres forenses; nuestra apatía los tiene casi todos sepultados entre el polvo de los archivos de las escribanías; pero el día que vieran la luz nos convenceríamos de que antes de las modificaciones en el plan de estudios de 1842 no faltaron en Cuba hombres sobresalientes, y de que nunca estuvo tan atinado Villemaín, como cuando dijo que entre los abogados se encontraban siempre en todos los países gran número de valientes adversarios de la tiranía.»



 Semblanzas recogidas por Vidal y Morales, Iniciadores y primeros mártires… 1901. 




 TALENTOS CUBANOS


 Anacleto Bermúdez.—Yo no sé si alguien se habrá atrevido a alabar a este insigne abogado. Yo no sé si él era muy amigo mío; lo que sí sé es que yo era muy amigo suyo, y que por mi parte, aunque sin posible correspondencia, continúo siéndolo después de su temprana y acaso desastrosa muerte.

 Et laudavi potius, mortuos quam videntes.

 No he conocido letrado de más expedición y facilidad en el trabajo, ni tan desinteresado, ni tan ardiente defensor de los pobres, ni de tan suaves y puras costumbres. Habría figurado con mucha ventaja en cualquier foro, en el primero del mundo.

 ¿Le visteis siempre elocuente, a pesar de la indocilidad de su lengua, vencer a la naturaleza, como Demóstenes, hacerse oír con encanto en todo género de cuestiones, y comunicar su entusiasmo a los oyentes más fríos?—¡Qué actividad, qué viveza, qué dulzura, qué deseo de complacer y de agradar a todos! Y una taza de café apagó toda aquella luz, tanta alegría, y paró y detuvo para siempre aquel torrente de electricidad!— ¡Cubanos, recordad siempre a Bermúdez!


 Historia de un bribón dichoso, Madrid, 1860, p. XII.