jueves, 2 de junio de 2016

Armando Leyva






  Francisco Cañellas


 Allá por Gibara, que es como decir en ninguna parte, vegeta obscurecido y olvidado uno de nuestros escritores jóvenes más originales y brillantes, sino el más brillante y original de todos.

 ¿No recordáis haber visto la firma de Armando Leyva al pie de alguna crónica elegante y primorosa, cuyo estilo denunciaba una pluma bizarra y genial, señoril y prócer? Pues peor para vosotros... 

 Leyva es un chico muy fino y muy simpático. Y también es bohemio y sentimental, sencillo y modesto. Sobre todo modesto, de una modestia encantadora y rara. Esquivo al aplauso y aislado siempre allá en su aldea, Leyva ha escrito páginas de prosa rítmica y diáfana, sorprendentes de rara belleza, como no las escribirá nunca ninguno de esos “ratés” vanidosos y cursis, que pasan aquí por grandes escritores cuando en realidad no son otra cosa que unos solemnes infelices que se entretienen dándose la lengua en la “rosca” del “bombo mutuo" y llenándose de elogios sodomíticos que son una vergüenza Y un asco... 
 
 Refiere Tácito que el “austero” Burro, preceptor de Nerón, aplaudía a rabiar cuando el hijo de Agripina tañía la cítara, medio desnudo y coronado de yedra. 

 Indudablemente que aquel Burro dejó larga descendencia, pues a fe que no son pocos los burros -tres veces burros- que aquí hacen cola por andar en cuatro patas adulando como esclavos a quienes suponen ellos que pueden, con un sólo rasgo de su pluma, declararlos genios salvándolos del olvido... 

 Pero Leyva no ha tenido elogios lacayunos para ninguno de los dioses “pour rire” de nuestro Olimpo literario. Por eso él no es genio. Por eso los consagrados que aquí expiden patentes de escritor y títulos de poeta, han escrito villanamente el nombre de Armando Leyva en el Índice de su desdén imbécil. Él no adula, él no anda de redacción en redacción pordioseando “bombos”, él no se atreve, echándolas de conferencista, a tomarle el pelo a una sociedad ridícula y estúpida, que por lo mismo que es estúpida y ridícula merece que se lo estén tomando hasta dejarla calva. Él trabaja en silencio. Y ante el espectáculo entristecedor y bochornoso del cretinismo triunfante, se goza en convertir en látigo su pluma y hacerlo restallar en las espaldas desnudas de los grandes mamarrachos que aquí se diputan genios...
 
 ¡Leyva querido! Tú -noble y bueno- ignoras sin duda que en estos tiempos, para ser escritor y tener vergüenza, se necesita haber nacido con vocación de mártir. Hubieras tú también adulado, sumándote a la “rosca”, y otro gallo te cantara.

 Ya lo dijo Quevedo:

 -La envidia muerde, pero no come... 

 Por eso está flaca.

 Dirigiéndose a la juventud de su tiempo, Zola escribió estas bellas palabras de consuelo: 

 -«Sois jóvenes; soñad, pues, en conquistar el mundo. Pensad que es preciso sobrepujar a vuestros mayores para que dejéis grandes obras. Cada conquista está marcada por una gloria, y nadie puede ser grande sino lleva una verdad en sus manos sangrientas. El campo es inmenso, infinito. Y todas las generaciones pueden recoger allí abundante cosecha...»

 Sigue, pues -¡oh, Leyva querido!- tu camino de Damasco. La victoria será tuya. Y en cuanto a los falsos dioses de nuestro Olimpo literario, no olvides las palabras del Zaratustra de Nietzsche:

 -Hombre, super-hombre, hermano mío, aprende a reír, aprende a ponerte la corona de risas...


 El Veterano, No. 10, 20 de marzo de 1910, pp. 3-4.