sábado, 18 de junio de 2016

La muerte de Poveda

     



  Jorge Mañach

 Poveda… Fue un poeta; es decir, un sorprendido, como los niños, ante la novedad perenne de las cosas. Esto que a usted y a mí no nos diría nada, a él se le antojaba portentoso, y le hacía llorar tácitamente si era cosa de risa, reír con fina insolencia si era cosa seria... ¡Insurrecta sensibilidad la de los poetas! —¡fecunda aptitud para el múltiple pasmo!

 En el tramo sonoro —demasiado sonoro ¡ay!— que media entre el jardín sencillo de Martí y el sinuoso parterre moderno, Poveda supo esquivar los alardes y ser lo uno y lo otro —sencillo y sutil a la vez— sin merma de sinceridad. Sencillo porque no se fue a París, ni al mito, ni a los lugares comunes sublimizados a buscar sus emocio­nes: la Vida se las dio hondamente auténticas. Sutil, porque tampoco nos trasladó a la llana los mensajes cogidos en su antena; antes los tradujo a las formas léxicas y musicales más aristocráticas. Le importó poco o nada que no le entendieran, con lo cual puso también en eviden­cia la cifra del poeta genuino. Su poesía era a veces griega; pero él sabía griego... (Hoy día, algunos quieren extremar tanto la claridad en la sencillez que, si se lo per­mitiéramos, sería cosa de volver al papelito de almanaque o al abanico.)

 No es extraño que Poveda haya muerto joven. Ni es injusto. Estaba corriendo el riesgo de convertirse exclusi­vamente en abogado. Los dioses le salvaron de esa cala­midad. Señal de que le querían y de que es grave inmora­lidad trocar por expedientes los poemas. Y luego, un hombre que había vivido interiormente cuanto él vivió, por fuerza tuvo que ser viejo antes que los demás hombres. Hacía tiempo que se había quedado silencioso en el adusto recogimiento de la manigua. Ha muerto ahora, y pensa­mos en él con más añoranza que dolor, como si en realidad se hubiera ido hace muchos años.

 Pero su poesía es de la que queda. 




 “Homenaje a José M. Poveda. La muerte de Poveda”, Chic, no 127, marzo de 1926.