miércoles, 15 de junio de 2016

Crónica de un suicidio





 El poeta y escritor Fernando Torralva Navarro, arranca su penacho de ensueños. Mientras la mayoría de los vecinos se hallan en las calles y paseos, disfrutando de la fiesta dominical, el cantor del amor ponía voluntariamente fin de su existencia atormentada, apelando al suicidio. 
 Se ahorcó en su domicilio de la calle de Bandera No. 15, utilizando un alambre del alumbrado eléctrico, aprovechando la ausencia momentánea de su esposa. 
 El primero en acudir en su auxilio fue el teniente de la policía Gerardo Pascual y luego el juzgado integrado por el Dr. Rolando Ramos y el Secretario Rafael Molinos. 
 Así se fue de la vida aquel hombre joven, culto, inteligente y bueno uno de los últimos vestigios de la generación de los románticos. 
 Había nacido en nuestro Santiago el 4 de marzo de 1885, hijo de un capitán de ingenieros del ejército español que de niño lo llevó a la nación progenitora, de donde regresó a los once años, perdiendo a poco a su padre, acontecimiento que marcó el inicio de una existencia de dificultades económicas que vistieron su alma su alma de un triste ropaje de tristeza. 
 Ocupó cargos modestos en el gobierno, ahogando sus melancolías en el cultivo esmerado del verso, que fue pasión en su vida atormentada. 
 Hace cinco meses fue premiado en los Juegos florales. 
 Colaboró en las revistas locales y de la Habana con abundante cosecha de versos, siendo sus mejores “Del bello tiempo”, “Trofeos”, “Canto a la Reina”, “Trova”, “Pórtico”, “Besos”, “Corazón”, “Todavía”, “Óleo viejo” (dedicado a Pedro Henríquez) y “Los errantes”, en que volcó lo más exquisito de su corazón refinado quien, siendo materialmente pobre, ¡fue un potentado en riquezas espirituales!


 El cubano libre, 19 de octubre de 1913.