martes, 14 de junio de 2016

Fernando Torralva




 Fernando Torralva Navarro fue, junto a José Manuel Poveda y Luis Vázquez de Cuberos, una de las voces de la renovación postmodernista en Santiago de Cuba.

 Hijo de un ingeniero militar, nació en esa ciudad en 1885, a la que regresó todavía niño en 1896 tras pasar algunos años en España. Al morir el padre poco después, cayó en un estado de penuria que suele invocarse para explicar su atormentada personalidad.

 Torralva publicó sus primeros poemas en El Pensil, y colaboró además en Renacimiento, el suplemento “Los domingos” de El Cubano Libre, Letras, y Oriente literario, de la fue director en su segunda época. También fue dibujante y diseñó no pocas portadas de estas publicaciones. 

 Entre 1911 y 1913 se vinculó a la tertulia literaria conocida como El palo hueco, que sesionó en el hogar del escritor dominicano Sócrates Nolasco, y así bautizada humorísticamente por el propio Torralva en alusión a la estrechez del pórtico que conducía al recinto.

 Solían coincidir en aquella tertulia, que a veces se trasladaba a un cafetín del parque Céspedes, además de Torralva y el anfitrión Nolasco, José Manuel Poveda, Ángel A. Guiraudy, Juan Jerez Villareal, y Enrique Gay Calbó.
  
 En sus “Notas de viaje a Cuba”, Pedro Henríquez Ureña, entonces recién llegado a la ciudad, al visitar a Arístides Sócrates Nolasco (eran primos y no le profesaba mucho respeto), escribió: "Tiene allí un círculo de jóvenes literatos tan desorientados como él". En esa ocasión, el futuro autor de La Utopía de América tuvo oportunidad de conocer a Torralva, a quién calificó de hacedor de "versos encrespados, de romanticismo tétrico y misantrópico", y en cuya vida privada no pasaba de ser un "joven parlanchín". 

 José Manuel Carbonell dijo de él que “poseyó en grado superior el concepto del verso y se sintió abrumado por la fiebre de la belleza artística, a cuyo influjo cinceló estrofas de euritmia clásica, henchidas de fantasía caballeresca, de ecos de aventuras románticas y de amor y galanterías ante la majestad de la mujer.”

 Otro Henríquez Ureña, Max, quien lo recuerda en su Breve historia del modernismo, habló de “su cultura desordenada, como en cierto modo lo fue su vida, en la cual no faltaron episodios violentos”. Se refería a un incidente que marcó la existencia del poeta, cuando dio muerte (en 1912) al firmante de un libelo que supuestamente empañaba la honra de una dama –su novia y luego esposa, Caridad Villalón Asencio.

 De este suceso salió absuelto por haber actuado en “legítima defensa”, pero ya no se recuperó emocionalmente. Acababa de ganar el premio de los Juegos Florales Pro-Heredia cuando puso fin a su vida, colgándose de un cable eléctrico, el 19 de octubre de 1913.

 Sus sonetos de mejor factura (unos pocos) son aquellos apegados a cierto prosaísmo irónico, donde es visible el influjo de Poveda. Pero su poema más celebrado por la crítica es “La canción del viador”. Para Max Henríquez Ureña, la más sentida de sus composiciones, un discanto que pone de relieve su trágico final.

 Dejó un solo libro, el poemario póstumo Del bello tiempo.


 Pedro Marqués de Armas

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