domingo, 29 de mayo de 2016

La pederastia del quirófano al museo





  Matías Duque


 Este vicio, esta degeneración, esta perversión sexual es practicada por algunos hombres, y se dividen en activa y pasiva. Esta se distingue en que los caracteres del sexo masculino se borran durante la infancia o fueron borrados durante su vida intra-uterina. En estos seres, cuando empiezan su vida infantil, cuando empiezan a marcarse los caracteres físicos y psíquicos del sexo, se nota en ellos, que la voz no se hace fuerte; sus gritos son atiplados, son timoratos; las formas de su cuerpo son curvilíneas; no son musculosos y tienen marcada tendencia por los juegos y los vestidos de las niñas. Se avergüenzan de todo, se ruborizan fácilmente; sus modales son más femeninos que masculinos, aumentando este parecido por el deseo que ellos sienten de semejarse al sexo femenino. Estos podrían llamarse pederastas pasivos congénitos.

 Por otras causas, algunos hombres se convierten en pederastas pasivos, y entre esas causas puede citarse la vida disipada y disoluta de un libertinaje desenfrenado, el alcoholismo, ciertos desequilibrios mentales, la reunión de grandes grupos de hombres jóvenes y solteros sin la posibilidad de encontrar mujeres que satisfagan sus naturales deseos carnales; en las cárceles, en los presidios, en los colegios y en los ejércitos, esta perversión se desarrolla con cierta facilidad, aunque no en proporción grande. Ciertas enfermedades del ano, como los herpes pruriginosos, hacen experimentar a ciertos individuos el deseo de entregarse a otro hombre que alivie, según ellos, su insoportable picor, y excitar de ese modo el sistema nervioso genital, provocando un placer venéreo de una intensidad sin límites.

 Estos tipos de pederastas pasivos, por sus vestidos, por su forma física, por su peinado, por su andar, por sus modales, por su palabra y por su voz, se denuncian fácilmente ante el público. Otros en nada descubren su perversión sexual: son perfectos caballeros en las apariencias; su voz, su energía de carácter, sus modales y sus trajes, denuncian el hombre. Ellos buscan a su compañero de una manera especial, bien por medio de agentes que se los proporciona o bien intimando con jóvenes o con hombres de vigor extraordinario y de moral dudosa, y, en la intimidad, descubren sus aficiones y se entregan a ellos.

 Hay pederastas pasivos que no toleran la insinuación de ningún hombre, que no se entregarían por nada a otro hombre, y que en cambio usan ciertos aparatos de madera, de marfil o adquieren penes voluminosos de goma dura que se introducen en el recto, instrumento al cual le imprimen un movimiento lento de ascenso y de descenso, hasta provocar la eyaculación. Velas de esperma, palillos de timbales, de billar, piezas de marfil, han sido extraídos por los cirujanos del recto de esos onanistas de la pederastia pasiva.

 El profesor Lejars, de París, expone el caso siguiente en su libro 'La Cirugía de Urgencia": "a su hospital se presentó un hombre conducido por amigos, con un fuerte dolor en el bajo vientre, y al palpar el abdomen, encontró la presencia de un tumor alargado, más fino en un extremo y más ancho y más redondeado en el extremo opuesto. Y oyó del paciente la manifestación de que él era un hombre que no le gustaban las mujeres ni los otros hombres, ni ningún animal, y que él se proporcionaba el placer venéreo introduciéndose en el recto una media botella de champagne, y que un movimiento brusco hecho en el momento de eyacular, fue causa de que se le escapara de sus manos la botella con que se masturbaba. 


 Cuando yo era jefe de los Servicios Sanitarios Municipales y cirujano de urgencia del Hospital de Emergencias, una noche, como a eso de las 12, se presentó en el Hospital un hombre de 45 años de edad, obrero, un tanto falto de carnes y de apariencia triste y afligida, y dijo al médico interno de guardia, que tenía "un palo en el vientre". Yo estaba en el Hospital, y precisamente de cirujano de guardia, aquella noche; en el acto fui avisado de la ocurrencia. Apresuradamente me trasladé a la sala de reconocimiento, y encontré al enfermo acostado sobre la mesa quirúrgica y con el cuerpo un tanto flexionado sobre sí mismo. Sin hacer ninguna pregunta al enfermo, bastándome la manifestación que él hizo al médico interno, de que tenía un palo en el vientre, fui a examinar la pared del abdomen, en busca de la herida que produjera el palo al introducirse en la cavidad ventral, y encontré la pared en estado perfectamente sano.

 Al preguntarle al enfermo que por dónde se le había introducido el palo, me dijo que por el orificio anal. Supuse que ese pobre obrero, trabajando, se hubiera caído sentado, introduciéndose por el recto ese cuerpo extraño; pero al reconocerle su región anal y perineal, no encontré síntoma de violencia externa, y él me dijo que tenía la costumbre de masturbarse por el recto con un pequeño pedazo de madera; que todas las noches salía al patio de su casa, que estaba obscuro, y se lo introducía hasta provocar el espasmo, y que aquella noche, en el momento de experimentar un intenso placer, con gran brusquedad movió hacia arriba el "pequeño palito'' y se le escapó de sus manos sin que hubiera podido extraerlo.

 Al hacer la palpación del vientre, encontré un enorme tumor en el bajo vientre. Después de haberme puesto guantes de goma, hice el tacto rectal y toqué con la punta de los dedos un voluminoso madero de forma circular, y cuya extremidad tactada era muy irregular, de cortes desiguales, cubiertos de púas. Ese madero había repasado el recto y se había alojado casi en su totalidad en la S ilíaca y formaba por encima del pubis un ángulo aproximadamente de 45 grados; era imposible, por su rigidez, hacerle perder la posición que había adoptado, y extraerlo. Para lograr su extracción tuve que incidir el orificio anal, llevar la incisión hasta el sacro, y hacer la recepción subperióstica del coxis y de las dos últimas vértebras del sacro. La incisión fue profunda, hasta el recto, y éste mismo fue incidido en su porción extra-peritoneal. Y entonces, cogido el palo con unas pinzas de garfio, fue extraído un enorme madero, instrumento que producía placer a aquel degenerado.

 Debo confesar que después de diagnosticado el mal y su causa, quedé asombrado, y ese asombro iba aumentándose a medida que iban sucediendo los continuos e inesperados procesos del hecho. Pero ese asombró rayó en el límite de los asombros, cuando al extraer aquel leño, comprobé que era la extremidad de un remo, que medía doce pulgadas inglesas de largo y muy cerca de 3 pulgadas de diámetro.

 Por medio de una sutura al cagut, cerré la herida del recto, y en un solo plano, la piel y los músculos de la región; hice un gran lavado de agua esterilizada en el recto, y puse un drenaje de gasa yodoformada; apliqué una inyección subdérmica de suero antitetánico, y el enfermo curó fácilmente y sin ningún trastorno, al cabo de los 15 días.

 No quiero terminar la descripción de este caso sin señalar dos hechos de suma importancia para el proceso que estudio. Durante las maniobras que intenté, fuera del sueño clorofórmico, para ver si conseguía extraer el cuerpo extraño, el hombre experimentó una pequeña convulsión, seguida de eyaculación. El otro extremo que quiero hacer notar es el siguiente: al pasar la visita en la sala del Hospital Núm. 1, donde seguía el enfermo su curación, me suplicó que hiciera retirar a la nurse, al practicante y al médico que me acompañaban en la visita, porque quería hacerme un ruego secreto. No sin cierta prevención, accedí a lo pedido, y me dijo: "Doctor, ¿y el palito? Si usted lo tiene, yo le ruego que me lo devuelva. Eso es lo único que en la vida quiero". Le volví las espaldas sin contestarle, sintiendo piedad por ese desgraciado; y el madero continúa en el Hospital de Emergencias, formando parte de su incipiente museo.

 Como todo en la vida, las cosas entre sí se diferencian por las gradaciones que forzosamente existen entre ellas. Así también este tipo de aberración tiene diferentes escalas en la vida, y según esas escalas, según esas gradaciones, se encuentra a estos degenerados, los más depravados, en los lupanares, sirviendo de criados a las meretrices y aprovechando ese medio para la busca de sus marchantes y de sus amantes, que también los tienen, aunque parezca mentira. Hay otra clase de estos seres que se congregan en número de tres, cuatro o más, y viven juntos en la misma casa y se hacen regir por una matrona, que hace las veces de dueña de casa, viviendo exactamente igual que si fueran mujeres meretrices. Usan vestidos interiores y exteriores iguales a los de las mujeres, y hasta imitan, durante cuatro o cinco días del mes, el período menstrual, siendo tan grande, la sugestión, que se cruzan con un paño, como hacen las mujeres, y en esos días rechazan al amante y a los pederastas activos. En su loco afán de imitar al sexo femenino, simulan embarazos, abortos y hasta partos; y después de los días de la simulación del parto, se les ve andar con muñecos que cuidan con aparente amor maternal.


 Las otras clases de pederastas pasivos se descubren con dificultad, pues ellos guardan cierto respeto y cierto recato, y no se ofrecen sin antes haber asegurado de que no van a ser desairados al brindarse.

 Ahora toca el turno del estudio al pederasta activo. Muchos hombres entienden que dentro del terreno de la aberración sexual, los pederastas activos están colocados en un nivel superior a los pederastas pasivos. Indecentes y corrompidos, degradados y degenerados e igualmente locos, son para mí los dos tipos de pederastas. En ambos la moral y el instinto están profundamente alterados, y ambos tipos se revuelcan igualmente en el inmundo cieno de lo asqueroso y repugnante.

 ¡Cuidado con la erección genésica promovida e inspirada por un hombre a otro hombre! El pederasta activo que desprecia a las mujeres, a quien éstas nada dicen y nada significan para él, es un ser que contradice la naturaleza y se burla del instinto de conservación de la especie.

 Al pederasta activo de oficio se le encuentra en primer término en los lupanares, en busca del pederasta pasivo; se le encuentra en los parques, en los paseos públicos, en los teatros, persiguiendo niños adolescentes a quienes pervertir para hacerlos suyos más tarde, y se le ve husmear tras de viejos licenciosos y corrompidos, a quienes supone pederastas pasivos.

 El pederasta activo no parece en ningún caso serlo de nacimiento, sino que se forma a virtud de ardentísimos sentimientos genésicos. En las escuelas, en los colegios, en las universidades, en los centros obreros, en los cuarteles, en las cárceles y en los presidios se forman, y al dejar esos centros, una proporción demasiado grande continúa con el vicio que cierta necesidad le obligó a adquirir, y no tocan jamás a ninguna mujer. Otros, al salir de esos centros, se regeneran y entran en su normalidad genésica.

 Hay ciertos hombres, muy raros por supuesto, que al mismo tiempo, que son pederastas pasivos, gustan de la mujer, y son pederastas activos. Esta perversión, esta abyección, es tan incomprensible como las otras, aunque es muy peculiar y llama poderosamente la atención el desplazamiento, por decirlo así, de una función por las otras funciones. Esos hombres son cadenas sin fin, en tanto se estudian desde el punto de vista del sentido genésico.

 Hay otros hombres que no son ni pederastas activos ni pasivos, que sus relaciones sexuales las tienen exclusivamente con las mujeres, pero que necesitan para la erección y la eyaculación, el que las mujeres con quienes están en relaciones, les practiquen ciertas maniobras con los dedos o con algún pequeño instrumento apropiado en el ano y en el recto, para poder experimentar el deseo, es decir la erección y la eyaculación. Otros hombres necesitan como paso previo para el coito el que un hombre introduzca su pene erecto en el recto de ellos, para que después que ese pederasta activo haya terminado el coito, él lo pueda verificar con la mujer. Ese es el único medio con que esos infelices logran la erección.




 La prostitución en Cuba: sus causas, sus males, su higiene. La Habana, 1914. Imprenta y Papelería de Rambla, Bouza y Compañía. (Acápite "La pederastia", pp. 191-200).