miércoles, 23 de abril de 2014

Un recuerdo del incendio de Jesús María




 Cirilo Villaverde


          El que no fue hallado escrito
          en el libro de la vida, fue
          lanzado en el… fuego.

  LA REVELACIÓN DE SAN JUAN

  La luna melancólica, suspendida por la mano de Dios, se balanceaba silenciosamente por la inmensidad del espacio, y al través de las desmoronadas y oscurecidas tapias de la iglesia de San Nicolás, enviaba sus trémulos rayos hasta lo interior del cuerpo de la nave principal. La techumbre de ésta, altares, los muebles de las  innumerables familias que allí se refugiaron, creyéndose poder salvar del incendio que el 25 de  de Abril de 1802, casi redujo a cenizas la población de Jesús María, todo había desaparecido porque el voraz elemento nada perdonó. Sólo algunas puntas de las vigas hechas carbón quedaron fijas a las paredes, y el surco negro de la llama que penetró la piedra, y las cenizas esparcidas aquí y allí era lo único que restaba, como para dar testimonio de una lamentable desgracia. De la nave de la iglesia, y por su costado, nacía una especie de corral o patio cuadrilongo, aunque imperfecto que servía de cementerio, cerrando en un arco grande sobre el cual se hallaba construida una torre cuadrada conteniendo el campanario.
 Hacia este punto dirige sus pasos un joven de hasta veinte y cuatro años, alto, enjuto y de andar tardo: sobre su frente vese pintada con huellas profundas el dolor,  tristeza y el infortunio. La amortecida lumbre de sus ojos, brilla por intervalos; pero necesita del asalto de impresiones fuertes; de otro modo, los luengos  párpados parece que la cubren con manto oscuro. La negra cabellera vaga en desorden por el cuello; y en la tranquilidad exterior que aparenta, en la languidez de sus facciones y todo su continente, tomárasele por el genio de las tumbas, sin el destrozo y combate que en aquellos momentos sufren todas sus  potencias, que le asemejan con Mario contemplando los despojos de la destruida Cartago.
 Muchas veces lo asaltaron los rayos del sol brillantísimo, que asomaba su frente de oro por las empinadas lomas de Guanabacoa, en tranquilo sueño cabe el asilo de los muertos sin inmutarse, sin que las reflexiones que al presente hace vinieran a ofrecerle una lucha desigual y dudosa. La fortaleza de su espíritu en tanto, fruto de las adversidades contra que ha combatido por algunos años, aun en tan temprana edad, parece que le hacen dueño de los presentimientos horrorosos, que se pintan en su imaginación, a pesar suyo, mientras vaga por aquellos escombros y sepulcros. Andando silenciosamente algunas veces vuelve atrás el rostro, y su propia sombra que se dibuja a lo largo, al pálido reflejo de la luna, semejante a un hombre tendido en los sepulcros, le causa miedo.
 Por do quiera que tiende su vista, no encuentra más que ruinas. Una basta población se había convertido en polvo en pocos instantes, sin que ningún poder humano bastase a contener la llama devoradora, pues mientras tuvo cebo, burló las esperanzas del desolado pueblo que contemplaba el incendio sobrecogido de pavor y espanto. La habitación de Vicenta, sin embargo, ilesa en el destrozo común, aparecía en su aislamiento, como el arca de Noé salvada del naufragio universal; y Leandro, como que espera, con una ansia indecible, que la luz misteriosa de una lámpara alumbre al través de la ventana del cuarto dormido de la que fue su adorada; pero esta luz que tantas veces le anunció el aparecimiento de su ángel terrenal, cuando en noches más felices le esperaba allí mismo para estrecharla en sus brazos amantes, para abrasarla con su aliento volcánico, para jurarle que la amaba más que a su vida: esa luz que en medio de la oscuridad más profunda, brillaba a sus ojos como el lucero polar al contrastado navegante impelido a extraños mares por furioso huracán; esa luz ¡ay! augurio de las mayores delicias que el hombre puede gozar sobre la tierra, se había extinguido para siempre!! En vano esperaría años y años: Vicenta ya no existe!!
 El terralito de la noche empezaba a soplar con alguna mayor fuerza, según que la luna recorría las espléndidas llanuras del cielo, y Leandro con los brazos cruzados sobre el pecho, embebecido en el tumulto de sus cavilaciones, lanzándose su alma en el tiempo de los placeres pasados, ni siquiera comprende que la soledad y los muertos era cuanto le rodeaba, porque él tiene a su Vicenta, oye su voz en el gemir del viento, estrecha su cuerpo mágico en los fantasmas que le pinta su imaginación exaltada. Pero este enajenamiento mental se destruyó bien pronto. El terralito toma cuerpo de repente; y ora resonando en los huecos que ha formado el fuego en las paredes, ora levantando el cenicero y encendiendo los troncos de los horcones por el suelo, súbitamente derrama sobre la cabeza de Leandro y a su alrededor un sin número de plumas blanquizcas que ha soliviantado desde lo alto de la desmoronada torre, mientras fijaba la vista en la suspirada ventana. Quedóse estático, sobrecogido; la sangre se paralizó en sus venas, los cabellos se le enderezaron como leznas. Hubiérase dicho que se había convertido en un busto inanimado, como la mujer de Lot herida por la maldición del Señor. —"Vicenta, célica Vicenta, ángel de paz! exclama al cabo; he aquí las plumas de un ave que ya no existe!! ¡he aquí cumplido el agüero de tu nodriza!... Acaso…" —Su voz se anuda en la garganta y no dice más, y no acaba la frase. Sin embargo, después de un largo rato, cuando su sangre empezó a correr de nuevo, cuando puede respirar aunque trabajosamente y con torpeza, el corazón queriendo salirse de su seno, latiendo con la mayor violencia, envía a sus ojos algunas lágrimas que se deslizan por el rostro, y su espíritu expandiéndose en tanto da entrada a la reflexión. Entonces, como avergonzado de sí mismo por su pusilanimidad y sus preocupaciones, haciendo un esfuerzo para dominarlas, llega a persuadirse que lo ha conseguido, porque alzando algunas plumas del suelo, juega con ellas, como lo hiciera un niño sin la menor conmoción…
 Pero una mano de hierro, una fuerza oculta, invencible, le arrastraba; y bien así como una máquina brita, que a pesar de su pesantez se mira impelida por otra fuerza más poderosa que obra en sus propias entrañas, Leandro vuelve hacia la nave principal de la iglesia, de donde salió una hora había, y entra por un boquerón practicado por el fuego en la pared. —Desde el sitio del segundo altar, hasta la puerta del vestíbulo, todo el piso se compone de losas de sepulcros de personas distinguidas: recuerda que entre ellos estaba el de la madre de Vicenta, muerta había unos dos años, y que esta hija incomparable acostumbraba venir a regarlo con sus lágrimas. Ante él se detiene, porque a favor de la luna puede leer una inscripción cincelada en piedra ordinaria: 

              ESTE ASIENTO O SEPULTURA
                     ES PARA EL
         CAPITÁN ANTONIO DE SANDOVAL Y SU...

 lo demás está cubierto por un montón de ceniza: dándole con el pie el viento la esparce sobre los otros sepulcros… Quiere seguir leyendo; pero un anillo que ve rodar por las losas despierta vivamente su curiosidad. Levántale con tal insustancialidad que ni siquiera imagina de quién puede ser… Es de oro, liso, de cuatro o cinco líneas de anchor, y aun permanecía en el dedo que lo llevó, puesto que se conservaba dentro un huecesillo calcinado. Frotándole entre sus manos, para quitarle la impresión del fuego, halla que tiene grabados dos nombres con letras negras…  —"Leandro, Vicenta". —Vicenta, buen Dios!!
 Borróse el mundo entero de sus ojos y cae descoyuntado como la erguida palma, a quien súbito rayo hiende desde el pomposo penacho hasta el rudo tronco, dividiéndola en menudos pedazos!
                     
                        (Febrero de 1837)




 Capítulo VI de "El Ave Muerta": Miscelánea de Útil y Agradable Recreo, Tomo I. Agosto 1837.