miércoles, 16 de abril de 2014

O' Neill en coturno. La honda mágica





 Lino Novás Calvo


 Cuando Eugene O'Neill puso en el libro y en las tablas sus primeros esbozos dramáticos, hubo un suspenso embarazoso en la crítica. Era evidente que había allí algo que admirar; pero algo que  hablaba, sobre todo, a lo inefable y de lo inefable. Algún crítico dijo entonces que la característica dominante en el dramaturgo naciente consistía en querer expresar lo inexpresable, juicio que iba en son de censura. Por debajo de aquel crudo realismo, a la vez romántico y naturalista, residía, sin embargo, una cualidad excepcional, superior al deseo de expresar lo inexpresable; era su fermento poético, la honda mágica de la imagen, de concepto o de forma, capaz de lanzar luz en la palabra a una "región oscura del alma".

 Hoy podemos volver al don lírico sin rubor y juzgar al autor de la obra, de pensamiento o de imaginación, por su capacidad para "musicalizar la materia". Y no se olvide que música la hay también en el silencio, y en la imagen, y en la idea. Y que poesía es algo diferente del verso y aun del tropo; que la encontramos así en el drama, como en las matemáticas; y aun en la palabra aislada, sin relación directa con el discurso ni con la vida. Todas las grandes figuras de la ciencia o del arte deben hoy gran parte de su posición a su capacidad poética, y el ejemplo de Ortega  y Gasset me parece el más elocuente, sin olvidar al mismo Einstein, y teniendo siempre presente a Tagore. Un profesor de  filosofía norteamericano, Will Durant, seleccionaba no hace mucho los que a su ver eran los siete libros del siglo, y en todos y cada uno de éstos veía el don poético junto al valor científico. Estos libros son: "La decadencia de Occidente", de Spengler; "The Golden Bough", de Frazer; "The Education of Henry James", de James; "À la recherche du temps perdu", de Proust; L'evolution creatrice", de Bergson; "Juan Cristobal", de Romain Rolland, y "The Growth of the Soul" (gento primitiva), de Hamsun.

 Si en esa selección hubiera de aparecer necesariamente un dramaturgo, Mr. Durant hubiera incluido, probablemente, "Strange Interlude", o bien "All God´s Chillum got Wings", otra de las grandes obras de O'Neil. Ningún otro tiene hoy títulos para disputarle la supremacía en el teatro, y si exceptuamos a Strindberg (que ha logrado dramatizar el sueño y crear, con tres personajes, sin accidentes físicos, una de las tragedias más hondas de todos los liempos, la "Danza macabra"), nadie ha llevado nunca el drama a grado tan alto en la plasmación de la imagen. Se ve esto especialmente en "Emperor Jones", "Dynamo" y "Marco Millions"; pero no falta, ni aun en sus piezas más flojas, como "The Straw"; ni en sus melodramas. La fastuosidad de la escenografía oniliana es todo lo contrario a un deseo de deslumbrar al espectador o suplir con un regalo a los ojos el defecto del drama; es un complemento indispensable a la concepción poética. Así, en "Emperor Jones", materializando en la selva movible las supersticiones del negro, como en "Dynamo", presentando en el gigantesco motor la forma simbólica de un ídolo humano, la imagen es la fuerza dominante. En sus primeros trabajos, aquellos "sketchs" marinos y dialectales, que le sirvieron a la vez para expresar algunos accidentes  de su vida y dividir los en hombres de mar y hombres de tierra, presentando siempre éstos como más perversos, asomaba junto a la imagen otro de sus elementos característicos: el contrapunto. En "The Moon of the Caribbees an Six Others Plays" aparecen ya las tres características onilianas que en obras  sucesivas habían de alcanzar madurez: la imagen dramática, el contrapunto y la truculencia. La imagen le sirve para someter la naturaleza, suprimir fachadas, simbolizar ídolos, materializar la idea e idealizar la materia; el contrapunto lo desarrolla hasta las concepciones freudianas, y crea los “Thinking", después de revivir la máscara, que no son precisamente los artificiosos apartes del teatro conocido; la truculencia es su elemento de tragedia, y le permite, tras algún ensayo poco afortunado, elevarla a una grandiosidad solo igual en Shakespeare o en Sófocles. 


 Hasta ahora verdaderas tragedias  no tenía O`Neill, sino una: "The Desire under the Etna", su mejor obra, según Waldo Frank, aunque no tan suya como otras. En esta tragedia griega, trasplantada al ambiente rural norteamericano, demuestra O'Neil su capacidad, así para adaptarse a las formas clásicas como para crear moldes nuevos. Pero siempre será secundaria, por perfecta que sea, una obra que, junto a otras inconfundibles del mismo autor, pudiera encontrársele antecedente de primera mano. Personalmente prefiero "All God´s Chillum God Wing", y aun su primer gran drama burgués: "Strange Interlude". En toda la obra de O'Neill se ve ese curso natural, que caracteriza cada una de ellas; primero es la juventud; luego, la hombredad y, finalmente, la madurez. A medida que va creando nuevas obras les va dando un carácter más cultivado, y el "slang", el balbuceo, se va perfeccionando hasta llegar a la alta elocuencia dramática. En ese desarrollo gradual participan a la vez la imagen, su contrapunto y su elemento trágico. En "Dynamo", su penúltima obra, era ya el filósofo de una época. Quizá los críticos elogiaron demasiado su tragedia griega, pues el Guild Theatre, de Nueva York, acaba de poner en escena su última obra, cuyo título dice ya de  una ascendencia reconocida: "Mourning becomes Electra".

 Según la crítica, esta obra marca un grado más de perfección, de revisión de sí mismo, en el teatro de O'Neill. Tomando el espíritu de la tragedia griega y trayéndolo a mediados del siglo XVIII -final de la guerra civil norteamericana, en el preciso momento  de la rendición de Lee-, logra crear con elementos propios la más moderna de las tragedias. Parece que, a juzgar por los comentarios, ha logrado O'Neill, junto con la realización del mito clásico, un poderoso avance en su proceso de perfeccionamiento, de eliminación y adición de elementos, que venía operándose en su laboratorio interior. El contrapunto se ha fundido con las poderosas causas exteriores de la tragedia -suicidio, homicidio, incesto-, de las cuales había sabido prescindir en sus mejores piezas anteriores. La obra cuenta una historia en tres parte, ("Homecoming, The Hunted, The Haunted") —también herencia griega— y abarca, como todas las del autor, un buen espacio de tiempo. Los personajes son griegos, con nombres ingleses y ambiente norteamericano. El coro aparece de un modo natural, encarnado en gente del pueblo. Desde el estreno, el 26 de octubre, en Nueva York, la figura de O'Neill se ha reafirmado como la más grande en el teatro contemporáneo. Su honda mágica ha hecho silbar —tronar— de nuevo la palabra.

 El Sol, 19 de diciembre de 1931, p 2.