jueves, 17 de abril de 2014

"El Pelapapas" de Lino Novás Calvo




 Pedro Marqués de Armas

I


 Presentamos un cuento desconocido de Lino Novás Calvo. Al menos, no aparece citado en ninguno de los más importantes estudios sobre el escritor cubano, ni tampoco en la útil y acuciosa bibliografía de Carlos Espinosa. Un cuento, pues, olvidado, con toda seguridad hasta por el propio Lino a lo largo de su vida. 
 Se publicó en mayo de 1934 en Diablo Mundo, revista de literatura y temas culturales y políticos, fundada en abril de ese mismo año por Corpus Barga, magnífico prosista español ligado a la causa republicana, tío además de Ramón de la Serna, y a quien Lino se vinculase en algunos períodos de su estancia en España.
 El título no puede ser más novasiano: “Nosotros y `El Pelapapas´”; y el lugar que ocupó en su larga oscuridad, tal vez no el más propicio para un relato de zombis y putas de San Isidro: entreverado con un poema de Alberti sobre la “luchas de clases”. 
 Adelanto que se trata de una ficción emparentada, por el tema, pero también el estilo, con los tres grandes cuentos inaugurales de la obra de Novás Calvo: “La luna de los ñáñigos”, “En el cayo” y “Aquella noche salieron los muertos”, publicados con esos títulos –y a lo largo de 1932– en Revista de Occidente
 En Diablo Mundo —semanario en el que colaborarían, entre otros, Bergamín, Pittaluga y Guillermo de Torre— apareció además su ensayo “El arte de robar”, otro de los estupendos acercamientos de Lino a la literatura y la historia cultural norteamericanas. Pero, aunque apenas citado, éste no resulta —como sí el cuento— un perfecto desconocido.
 Digamos que el hallazgo, en definitiva azaroso, no es importante como tal, pero que sí lo es —y mucho— por tratarse de una pieza narrativa que complementa la obra del escritor cubano -en las últimas décadas en pleno e impresionante rescate—, y que podría arrojar no pocas claves sobre la misma, como sobre aspectos de su vida en aquel particular momento.
 Hablamos de 1934. Año a partir del cual debió Lino entregarse por entero al periodismo y a la traducción, abandonando —quizás desde finales de 1933, a juzgar por cartas suyas que así lo sugieren— ya no sólo la búsqueda de espacios para sus cuentos sino incluso de tiempo para entregarse al trabajo de la ficción.
 Claro que su sobrevivencia en España iba a depender siempre de la labor periodística. Allí había llegado en el verano del 31 como reportero del semanario habanero Orbe y las labores de escritor, en cualquier caso, dependerían de él. Ya en cartas tempranas —en las que dirige, por ejemplo, a José Antonio Fernández de Castro— hay no pocas menciones sobre las dificultades de publicar ficción. “Ni un mal cuento”, le dice. 
 A pesar de ello, en sus dos primeros años en España publicó cuatro cuentos y la “biografía novelada” Pedro Blanco, el negrero —elogiada por Unamuno y muy bien recibida por la crítica. Pero hasta ahí… Desde el verano de 1933 hasta su trágica huida por los Pirineos, ya no habrá lugar sino para reportajes, con la única excepción del relato policial Un experimento en el barrio chino (1936), publicado en una colección de segunda clase. Escribe antes “La noche de Ramón Yendía” (según confesara), quizás alguna otra narración, pero el destino es la gaveta.
 España, desde luego, no estaba para cuentos. Puede que Lino, exultante en 1932 tras concebir aquellas extrañas prosas que salieran en Revista de Occidente,  (de “En el cayo” dice: “Es lo más hondo, trágico y personal que he hecho”) y esperanzado aún (“Quiero seguir escribiendo, aunque no encuentre editor”), en algún momento lo haya admitido (“Las cosas personales que tengo, no las quieren las editoriales, pues que no se venden”): no había lugar para la literatura y ya estaba bien con sus excelentes reportajes y numerosos artículos, ese periodismo suyo del que nunca descreyó.
 Otra novela y un libro de “cuentos cubanos” de los que hablaba entonces, sin duda se convertirían en materia silenciosa…



II


 A diferencia de “Un encuentro singular” (La Gaceta Literaria, 1931) y de “Por qué se supo” (Los Cuatro Vientos, 1933) que pertenecen —por así decirlo— a la experiencia del reencuentro con la aldea gallega donde nació, “Nosotros y ´el Pelapapas´” se ubica en el plano de sus grandes ficciones inaugurales.
 Aunque de más breve extensión y menos logrado, posee sin embargo todos los ingredientes de esa prosa que llevara a Cabrera Infante a decir que nunca antes se había escrito así en español. Estamos ante el mismo estilo y la misma extraña e intransferible lengua que por entonces forjara, con la diferencia de tratarse, en efecto, de un esbozo.
 Tal vez no pudo —o no quiso— ir más allá. Ahora bien, esbozo no significa, en este caso, defecto, pues la intensidad se ajusta a su extensión y, no solo eso, también a ese aspecto como inacabado y potencialmente trabajable, aunque en modo alguno inconcluso, del cuento.
 Sin dejar de ser elusivo, en "Nosotros y El Pelapapas" el lenguaje es menos metafórico, falta de vuelo que contribuye, sin dudas, a concentrar el estilo, el cual se apoya más en la acción —y en frases casi siempre directas, aunque igualmente enigmáticas— que en la elaboración de una atmósfera. Tiene, por eso, un aire de crónica; y, en efecto, es la crónica criminal de la época uno de los elementos en que se informa, si bien no el único.
 El narrador —también aquí— es un niño; y como en otras narraciones de Lino, los primeros párrafos exponen claves biográficas y/o ambientales reconocibles, no obstante trucadas por la ficción. Por ejemplo, la aparición de Trujillo —nieto del secretario de Martí y de hecho amigo de la infancia— o las alusiones a Eliseo, sobrino de Gerardo Machado (el “hombre fuerte” de Cuba, en el propio cuento), referencias que aparecen en otros textos suyos no ficcionales.    
 El título del cuento delata precisamente un lugar de enunciación próximo, una perspectiva todavía dual. “Nosotros”: porque el narrador no se encuentra solo, siendo su voz la que anima tanto a los otros dos personajes infantiles que emprenden con él la aventura de internarse en un territorio a la larga siniestro, como también, indefectiblemente, a los terribles personajes-adultos que habitan aquel espacio: Mongo y el “Pelapapas”. 
 De un lado curiosidad y riesgo, expresado por los tres menores, todos con un pie en el reformatorio de Guanajay; y, del otro, un mundo sin salida en el que operan fuerzas mágicas y el poder absoluto de un tirano necromántico: Mongo, negro de Tumbacuatros cuyo dominio es un kraal -aquí variante africanizada del cayo como máquina ficcional.
 (Siempre hay en Lino uno y otro cayo(s). En gran medida, espacio alternativo a lo insular, y, por lo mismo, a la síntesis mestiza u otras variantes identitarias. Suelo inestable y sin bordes, más bien fanguizal, la Historia está todavía por nacer a una realidad a la vez onírica y violenta. Sinécdoque del latifundio, los cayos operan como metástasis carcelarias donde conviven sin mezclarse –y sin establecer verdaderas alianzas- “razas” e individuos disímiles. No es sólo el trabajo lo que destruye a sus personajes, sino también las fuerzas oscuras de la naturaleza, el desarraigo y la desconfianza. Cadáveres-en-prórroga, el ciclón los barre “cuando ya están barridos por los fusiles” o han caído víctimas de algún maleficio o del mosquito).
 Cometida la indiscreción de adentrarse, los niños resultan acogidos por el “Pelapapas”, quien viola, luego, la orden de Mongo de ponerlos en el camino, una vez informado de las relaciones de éstos con un familiar del “hombre fuerte” -incluso más que Mongo, en lo que resulta un ejemplar guiño político. En vez de echarlos, el “Pelapapas”, ya casi un muerto (como lo son también los demás esclavos que allí se encuentran: muertos-en-vida, zombis dedicados a recoger eternamente las yerbas del rito), oculta a los menores y hasta se atreve a mostrarles el secreto de aquel dominio: sagrado prostíbulo en el que ofician dos putas diosas de San Isidro (desde luego, blancas) y, a la vez, cementerio. 
 Este estrambótico imperio tanático, el kraal de Mongo, parece alimentarse más que nada de cierta condensación fantástico-ambiental. Caben aquí un poco de vodú y brujería, con sus respectivas aprensiones criminales y legales. Fusión de espacios diversos, el kraal -como pequeña máquina narrativa- capta elementos propios del imaginario urbano de la prostitución, el rural de los bateyes, el histórico de la esclavitud y del secuestro de hombres, y el biográfico de un narrador errante entre infancia y juventud, descubriendo un mundo que en principio pertenece a otros, y presionado en todo momento por la necesidad de forjar un estilo, una escritura novedosa. 
 Pero un cuento no se narra así. He tratado solo de marcar algunos lugares… De modo que dejo el desenlace al lector y no anuncio el final que le espera al narrador-personaje. Como siempre, debe arreglárselas a solas. 
 Versión modificada; apareció primero en revista Potemkin ediciones Núm 2, y en La Habana Elegante (segunda época), ambos septiembre de 2013.