lunes, 8 de abril de 2013

Chinatown



 
 Luis Rodríguez Embil


 Se llega a China, en Nueva York, pasando por Italia. Y es aquélla una China muy semejante a la de la Habana, porque los chinos en todas partes son semejantes. Allí están, inmóviles, mudos, indiferentes, con su mismo inequivocable olor, sus mismos ojos dormilones y sin expresión aparente, como desdeñando todas las cosas exteriores, buenas o malas, como sumidos en su eterno y misterioso éxtasis, en su ensueño recóndito e impenetrable.
 Yo los miraba, al pasar, el día en que acompañé a un camarada y amigo a Chinatown, y los miro desde que he pensado en lo que pueden ser, con una curiosidad un poco asombrada y un poquito medrosa: la curiosidad de lo desconocido. ¿Qué son los chinos? ¿Qué piensan? ¿Cómo sienten? ¿Quién conoce su alma?
 Apenas sabemos de ellos nada, realmente, la generalidad de los occidentales. Todos los pueblos de la tierra tienen comunicación, mayor o menor, de ideas con los demás pueblos, hasta los salvajes. Los chinos, pueblo de alta y refinada civilización, puede decirse que no. Los individuos de todas las demás razas experimentan la necesidad de ir comparando, a medida que el tiempo transcurre, las cosas, los usos, las costumbres del propio país con los usos, costumbres y cosas del país en que ellos se encuentran. Los chinos no demuestran tener esta necesidad. A mí, al menos, no me ha sido dado nunca escuchar a un chino expresar su opinión, con interés o sin él, acerca de ningún asunto de la índole a que me refiero, ni, casi podría añadir, de índole alguna.
 Aún recuerdo el día de nuestra llegada a Nueva York. Venía una media docena o más de chinos a bordo, en tercera. Allá abajo, cerca de la proa y casi junto a la maquinaria, hicieron todo el viaje, y a veces se les veía, desde la barandilla que se abría a su especie de agujero, comiendo un plato de asquerosas viandas, sobras a lo que supongo. Y lo comían impasibles, como siempre, y sin alzar casi nunca la cabeza.
 El día en que llegamos, vino el remolcador de la cuarentena a examinar los certificados de vacuna. Únicamente a los chinos hubieron de llevarse. Fueron saliendo de uno en fondo —su manera habitual de ir— por una escotilla, como carga, y ocupando su lugar en el remolcador, todos iguales, todos con la misma sonrisa enigmática, de desdén, de bondad, de alegría o quién sabe de qué, estereotipada en el semblante. No volvieron los ojos una sola vez hacia la mole imponente de Nueva York, que se destacaba al frente, ruda y granítica, ni hacia la bahía inmensa, ni hacia la gigantesca estatua de la Libertad, ni hacia nada con interés aparente. Sonreían. Y el grandioso espectáculo que a la vista se desarrollaba les hacía, al parecer, el propio efecto que les hubiera producido lo más insignificante del mundo. Su desprecio por todo lo material y terreno era, por lo visto, absoluto.
 ¿Qué son, pues, esos hombres que tan diferentes parecen ser de los demás hombres? He ahí lo que a veces me pregunto desde entonces, con la curiosidad, repito, de lo desconocido. Y, pasando por Chinatown, hubiera podido creer hallarme en la Habana, en la calle de la Zanja, entre ellos. Es aquel barrio singular el único de Nueva York en el cual recuerdo haber visto cañas. Se respira en él el olor único, complejo y triste, de los chinos. La calle en que se halla enclavado, la calle de Mott, es más estrecha que la de Zanja en la Habana. Por lo demás, la misma sociedad, las mismas caras, y, como si atrajesen los chinos el misterio y lo exótico, se encuentran cosas raras por allí. Tienen también su teatro, con sus representaciones de obras interminables, que continúan de noche en noche, como los folletines de los periódicos de día en día. Tienen sus fumaderos de opio u opium Rings, donde toman su borrachera especial, más suicida aún, tal vez, que las otras borracheras. Y tiene quién sabe cuántas cosas más, en sus tugurios misteriosos, esa raza tan refinada para el arte y para el vicio.



 En una esquina hay un cuartucho lleno de figuras raras, donde se tatúa al que lo solicite, mediante el pago de cincuenta centavos, aunque los operadores, en este caso, no son chinos. Y por la calle circulan gentes exóticas también, tipos extraños de todos los países, sórdidos, inquietantes, hablando idiomas ignorados. Parece aquello un pedazo extraño y pintoresco de alguna exposición.
 Cuando, al cabo, se sale de Mott Street, parece el pecho respirar mejor. Y, sin embargo, bien pobre y triste es el barrio que hay que atravesar aún para llegar hasta la parte alta de la ciudad, o al medio de ella por lo menos, el Terdenloin, donde ya varía el aspecto de aquélla. Museos extravagantes, music halls, casas de préstamo en número incontable, desde donde lo llaman a uno los infelices judíos con gestos ansiosos, si observan que lleva algo en la mano, bars de ínfima clase y establecimientos de toda especie, ocupan la sexta avenida por aquella parte baja. En lo alto el Elevado, negro y ruidoso, y por debajo de él nada de coches, sino carretones, tranvías, pesados vehículos de comercio...
 Poco a poco van cesando las llamadas inútiles y ansiosas de los compradores israelitas, hasta que cesan por completo. Los establecimientos van siendo más lujosos, se llega a las grandes calles de tiendas, la misma avenida se hermosea, está llena de gente mejor vestida, de establecimientos hermosos y aun espléndidos: Macy en la esquina de la calle 14, Siegel & Cooper, en la de la 18, Brill Brothers, Altmann, O'Neill...
 Y allá abajo queda Mott Street, Chinatown, la ciudad de China, con sus cañas, sus hombres amarillos impenetrables, sus fumaderos y su suciedad y su abandono...