domingo, 21 de abril de 2013

Una crónica del Hotel Telégrafo




  William Henry Tylor


 La proximidad a la Habana y su vista desde el agua es famosa en todo el mundo por su belleza. Lo adorable de su situación, lo pintoresco de sus edificios y su extraña arquitectura, conforman en todo momento una escena interesante y placentera; mientras la extrema brillantez del sol matutino bajo el cual la contemplábamos ahora, arrojaba sobre ella una especie de atmósfera romántica que capturaba la mirada y atrapaba la atención, de modo que más de tres horas mirando el espectáculo no se hacían para nada intolerables. El puerto es de más de dos millas de largo y amplio en proporción, siendo todo un dechado por su comodidad, seguridad y belleza. Es un gran defecto el hecho de que no huela bien, según me dijeron; pero para ser franco debo decir que aunque a menudo me detuve a olfatear con cierto cuidado, no fui capaz de detectar dicho defecto. La mano del hombre ha hecho mucho para mejorar el entorno. Los barcos de cada nación del globo se ven aquí empaquetados en masa en los muelles o repartidos azarosamente por todo el puerto; y mientras te paras en la cubierta de tu buque y miras alrededor el espíritu es reconfortado por la vista de un dique seco y flotante, varios almacenes, el tejado del Teatro Tacón, la apertura de las alcantarillas de la ciudad, un asilo de huérfano, un hospital, la cárcel, y fortificaciones de diversas formas en varios lugares.
 Entre los barcos mi compañero de viaje divisó uno que llevaba el estandarte del Hotel Telégrafo, y en él al notario o intérprete perteneciente a aquella hostelería. El intérprete le reconoció casi al mismo tiempo, o más bien un poco antes; y fue una alegre coincidencia, pues el intérprete recordaba que el último año él había pasado cinco meses en la Habana, gastando una buena cantidad dólares en las arcas del Telégrafo. En este mismo barco embarcamos y navegamos hasta el desembarcadero bajo la vigilancia de un guardián de la ley. 
 Al llegar a la orilla fuimos sometidos al atropello de tener que abrir los equipajes con nuestras propias manos, viendo como lo revolvían todo sin la menor misericordia. Llenos de indignación pero no exentos de miedo vimos nuestras ropas sucias revueltas, nuestros cuadernos de trabajo manchados con los dedos, las fotografías de nuestros seres queridos miradas de reojo, y mi paquete de tabaco perforado por varios sitios. Se me preguntó con exigencia si traía cartas para alguien en la isla; a lo que respondí negativamente. También fui interrogado en español sobre la posesión de alguna pistola. Resulta que llevaba un revólver en el bolsillo del abrigo, que en ese momento colgaba del brazo; pero como soy una pobre e insegura criatura, y temiendo que pistola y revólver pudieran no ser términos transmutables en español, tenía miedo de delatar mi ignorancia exponiendo una cuando me preguntaran por la otra, así que respondí estrictamente al tema negando tales posesiones. Al no encontrar en nuestras maletas ningún botín que valiera la pena quitarnos, nos las devolvieron, y entonces fuimos arrojados a las garras de uno de quien era imposible escapar ileso. Este era un funcionario menor, bastante descarado, que estaba sentado en una especie de celda desde donde controlaba las entradas y salidas, impidiendo el paso de los viajeros hasta tanto no fuesen “aligerados” para el camino. En su primera aparición nos robó dos dólares a cada uno, y luego echó mano a nuestros pasaportes; y toda la satisfacción que pudimos obtener fue un trozo de papel trilingüe llamado permiso de desembarco, del que solo diré que si su español y su francés eran tan horriblemente execrables como su inglés, debería ser usado como bala de cartón para la ejecución del villano analfabeto que lo confeccionó; eso fue todo lo que nos dieron por nuestros dos dólares, además de una información por la que pretendía sacarnos cuatro dólares más antes de que saliéramos de la isla. En consideración de estos hechos, no suscitaría sorpresa en cualquier mente equilibrada, decir que durante nuestra estancia, molestos como estábamos, pasamos día y noche pidiendo bendiciones por la causa rebelde.
 Al escapar del edificio de la aduana, el intérprete nos arrastró hasta un vehículo que nos condujo rápidamente al hotel, donde el establecimiento entero, desde el dueño hasta el segundo ayudante de cocina o  lavaplatos, salieron a recibirnos en honor a mi compañero. Grande fue nuestro regocijo, cuando nos prometieron las mejores habitaciones de la casa. Sin embargo, al estar ocupadas en ese momento, tuvieron que alojarnos temporalmente en una de las peores; nos proporcionaron agua, jabón y toallas en abundancia, que renovados y repuestos a su debido tiempo, permitió que nos relajáramos hasta que le fuimos tomando gusto al hostal.
 El Hotel Telégrafo se sitúa en la parte extramuros de la ciudad, al frente de la parada militar; para que los ojos de sus huéspedes puedan disfrutar la conversión  de un rudimentario hijo de Marte en perfecto hombre de guerra; y cerca de la estación de ferrocarriles de la Habana; para que sus oídos puedan ser maltratados fácilmente por los eternos aullidos que salen de los silbatos de las locomotoras allí congregadas –pues seguramente no exista ferrocarril en todo el mundo que con semejante cantidad de movimiento, o mejor dicho, con cien veces más tráfico, haga un escándalo comparable.. Sus locomotoras son construcciones americanas, equipadas con silbatos, lo más desastroso para el aparato auditivo que hasta ahora la ciencia haya ideado, y empiezan a chillar horas antes del amanecer, lo que se repite constantemente en largos, ruidosos, y tremendos estallidos hasta que llega de nuevo la hora de empezar a la siguiente mañana. De haber podido los rebeldes capturar este ferrocarril y destrozarlo habría sido motivo de felicidad general, pues es difícil entender cómo pueda existir la verdadera paz mientras éste sobreviva. El hotel está bajo el mando de Don Juan Miguel Castañeda, un anciano venerable, todo cortesía, que por desgracia ignora el inglés, pero que se hace acompañar de un intérprete y procura en todo la comodidad de sus huéspedes; y pobre del sirviente que se queje de Don Juan, pues sería reprendido y echado afuera con ira y violencia. Bajo su administración el Telégrafo es estimado tal vez como el mejor hotel de la Habana. Se mantiene limpio –cosa muy deseable y algo raro en países hispánicos. Cuando se atrapa un chinche, éste ya está muerto, y, algo admirable de decir, ni una pulga se atrevió a molestarnos en nuestra estancia. Los conocimientos de esta época de enormes inventivas mentales han fracaso a la hora de desarrollar algún instrumento más fiable contra los mosquitos que las mallas y mosquiteros usados por nuestros padres, los cuales al menos nos permiten, en nuestra agonía, sustituir la sangría por un sofocante calor –y estos son proporcionados gratuitamente por Don Juan, y por lo tanto hay que admitir que también en este caso ha cumplido con su deber, así que no es por consentimiento suyo que algunas veces la casa resulte demasiado caliente para sus inquilinos.
 Los sirvientes en este hotel son todos de género masculino. El que se ocupaba de nuestro apartamento era un africano flaco y joven de una oscuridad cimeria, muy atento y sociable, y al parecer de inclinaciones políticas rebeldes, a juzgar por el entusiasmo con el que gritaba  vivas a la independencia cubana en voz baja cuando creía que ningún oído leal escuchaba. Su nombre era Benito o Bonito, una distinción que implica una notable diferencia; el primero significa Benedicto, y en consecuencia es un nombre razonable y de buen gusto, mientras que el último es sinónimo en español de lindo, y en este caso no puede ser aplicado sin despertar en la mente del receptor, si éste posee una pizca de sensibilidad, el más conmovedor sentimiento de incredulidad. Siendo personalmente algo fastidioso en cuanto a temas filológicos, consideré el asunto, y, llegando a la conclusión de que Benito era la verdadera apelación, la adopté en mis comunicaciones con él. Mi compañero, en cambio, a quien no le importaba un pepino las nimiedades del lenguaje, pero que disfrutaba con el arte de la elocución, siempre le llamaba Bonito (o más exactamente Bone-eater (come-huesos), siendo este modo de llamarlo propicio a una cadencia más enfática y adecuado para la pronunciación exclamatoria.
 Benito estaba imbuido de una admirable sed de conocimientos, aspiraba a ser competente en la lengua inglesa ya que ardía en deseos de llegar a los Estados Unidos; el gran impulso que lo mueve a realizar esta hégira, según su propia declaración, es el anhelo que nunca se apagará en él de poder ejercer su derecho al voto. Su aspiración se vio alentada por varios invitados, quienes le enseñaron muchas palabras en inglés, que aprendió rápidamente, pues tenía un eminente talento para la filología. Pero sus profesores eran mayoritariamente de un nivel intelectual ridículo, e, ignorando los refinamientos del lenguaje, le llenaron de palabras anglo-sajonas extremadamente simples y de refranes, así que temo que cuando llegue a nuestra tierra y empiece a conversar siguiendo el modelo impuesto por sus instructores, solo servirá para repetir el apólogo de los niños y las ranas, topándose con que lo que era deporte para sus maestros sería la muerte para él.
 En la Habana la costumbre son dos comidas al día –desayuno entre nueve y diez, cena de cuatro a seis. Al despertar por la mañana el hotel te otorga gratis una taza de café; por la noche puedes obtener una taza de excelente chocolate, por el cual te cobrarán, a no ser que reclames que no la pagarás, y Don Juan graciosamente la suprime de la cuenta. Entre las comidas, lo más voraces pueden realizar un almuerzo formal (todas las mujeres pensionistas lo hacen), si bien más frugal y cuyo contenido incluye naranjas, plátanos, o un trozo de piña, frutas siempre expuestas en la oficina para comodidad pública, donde también se puede encontrar un pedazo de carbón de leña que brilla en un cenicero plateado para beneficio de los fumadores. La lista de platos es tan larga y variada como un  buen gourmet pueda desear, pero el estilo de la cocina es bastante decepcionante. Para obtener vegetales debes conformarte con que sean sacados de una olla, que es un conglomerado hervido de casi cada elemento culinario en los reinos animal y vegetal, desde salchicha a col. El postre es simple, consiste generalmente en mermeladas de frutas, aunque a veces se las acompaña de pasteles que son muy inferiores respecto a lo que constituye nuestra idea de un pastel, y con un tipo de pudin de nata insufrible que probablemente te haga rebosar de bilis. Un buen vino de mesa es proporcionado con cada comida, y al final de ella, te puedes tomar tu café. Ahora bien, al igual que a la generalidad de mis compatriotas, me gusta cuando desayuno beber mi café mientras mastico la comida; pero el camarero nunca alcanza a comprender esta anomalía, y cada mañana requiero de una nueva y reiterada expresión de mi deseo para que éste sea respetado y obedecido. Haciendo justicia a los cocineros de Don Juan, es bueno añadir que el apetito se encuentra tan desmoralizado por el fiero calor de la Habana que el comensal podría fácilmente culpar a su proveedor, cuando más bien debería denunciar a su delicado estómago e hígado.



 Traducción Mónica Marqués Reyes