domingo, 14 de abril de 2013

El Telégrafo






 Pedro Marqués de Armas

 Interrumpimos la serie de los chinos para mostrar una fotografía de Charles DeForest Fredricks…
 El hombre que aparece en el extremo inferior derecho de la imagen quizás sea el propio Charles DeForest Fredricks. El tiempo de exposición permitía entonces ese tipo licencia: que el fotógrafo se saliera literalmente con la suya en tanto el equipo –es decir, la cámara– realizaba el resto. En todo caso, el hombre del extremo inferior derecho oficia de maestro de ceremonia y descorre, qué duda cabe, desde ese primer plano discreto, pero privilegiado, un pesado fardo.
 Ese velamen es nada menos que la Colonia, entendida como imagen; cortinaje y escena a un mismo tiempo que, al ser descorridos, al desplazárseles, muestran de modo rotundo otro decorado: el de la modernidad.
 Que ocurra en clave teatral tiene que ver con el gusto de la época y con ciertos requerimientos técnicos; como también, con los diversos niveles de representación, aquí ofertados “al natural”, es decir, en su tremenda e innegable jerarquía
 Pero esos niveles no son de ningún modo estáticos, pese a las apariencias... Con esta imagen de Charles deForest Fredricks da comienzo de manera oficial –al menos, ceremonialmente– el proceso de modernización en Cuba. La imagen así lo testimonia; el propio fotógrafo, así lo revela.
 De todas las fotografías cubanas de Charles DeForest Fredricks, la de este moderno hotel es sin duda una de las más sugerentes (y en algunos aspectos, de las más atípicas). Pocas veces, a efecto de la historia, un documento fotográfico habló con tal locuacidad y de modo tan categórico.
 The Telegraph Hotel (en español simplemente “El Telégrafo”), situado en la calle Amistad frente al Campo de Marte y los terrenos del ferrocarril (del que aparece separado por esa especie de verja y balaustrada donde se posiciona el presunto fotógrafo) era, con sus siete salones y ciento cincuenta habitaciones, sus baños públicos, su restaurante y su servicio en varios idiomas, el hotel más confortable de Cuba y a toda luz el que recibía el mayor flujo de turismo norteamericano. De hecho, fue construido para cubrir esa creciente demanda, ajustándose a sus requisitos higiénicos y de confort.
 Robert M. Levine, quien estudiara las fotos cubanas de Charles DeForest Fredricks, vinculándolas una a una y meticulosamente con la época en cuestión, la década de 1850, y leyéndolas desde la perspectiva de inventario de bienes, a la vez que de apetencia imperial por las riquezas de Cuba, señala esta imagen como la que mejor representa la temprana influencia norteamericana sobre la isla. Desde comienzos de esa década, un flujo comercial sin precedentes habían ligado La Habana a ciudades como Boston, New York y Baltimore, mientras el número de viajeros desde N. Orleans, Charleston y Cayo Hueso crecía de año en año. 
 Según Levine, la fotografía fue realizada en 1857, tal vez a propósito de algún evento consular (sitúa no acertadamente al consulado norteamericano dentro del inmueble, cuando en realidad se encontraba en Obispo No. 1), o quizás por la presencia allí de alguna delegación o simplemente de un nutrido grupo de turistas. No menciona en cambio que pudiera tratarse de la inauguración del hotel –hecho éste más probable por la fecha que cita, si bien algunos la refieren hacia 1860.
 En cualquier caso, y más allá de datos definitivos (o contrastados), este primer Hotel Telégrafo parece haber sido, más que nada, el motor de una gerencia comercial y política que pasó seguramente de modo habitual por sus salones, definiéndose allí, entre refrigerios y solo interrumpidos por la servidumbre, tanto el deseo como el cálculo de Cuba. Su solo nombre lo coloca fuera de cualquier evidencia menor: The Telegraph Hotel es el punto nodal, el cableado de las crecientes comunicaciones, los crecientes sueños, y las crecientes apetencias que modelan tanto una mentalidad turística como aquellas tramas deseantes (e indesligablemente políticas) que la acompañan, sin descartar –desde luego– la importación de productos y de costumbres.    
 Pero lo que la fotografía refleja es meramente la fachada de dichos entramados, apenas la superficie. Centrándonos en ella, se diría que estamos ante otra de esas vistas exteriores de Fredricks, con la diferencia de estar realizada ésta desde abajo, a modo de plano de elevación. Se refuerza así, e incluso se define, el contenido de la imagen, caracterizado por diversos niveles visuales que son a la vez expresión de jerarquías y de fronteras. Otra diferencia, en este caso, es que el fotógrafo no elige una diagonal, como cuando intenta dilatar el espacio (por ejemplo, El Templete, o el Teatro Tacón), sino un eje vertical cuyo objetivo consiste no solamente en delimitar el edificio y mostrar sus rasgos, sino también –y sobre todo– en centrar la bandera americana, la cual queda colocada en el corazón de la imagen. Así que el plano de elevación conduce a la erección de un detalle, es decir, de un símbolo.  
 Levine hace referencia a estos niveles, identificando sus componentes y señalando fundamentalmente al orden de la publicidad y al predominio de lo anglo sobre lo hispánico, así como de una clase sobre otra. Los letreros en la fachada del edificio, que incluyen el nombre del hotel y algunos de sus servicios, aparecen en ambos idiomas, pero el mensaje publicitario en inglés ocupa la entrada al recinto y, por tanto, el primer nivel. En cuanto al público que puebla y escenifica la imagen, y que ha posado pacientemente, la división es definitiva. En el primer balcón –donde ondea la bandera norteamericana– aparecen hombres engalanados, con sombreros de copa (aunque en verdad pudiera deslizarse algún criado de librea) y, de modo más distinguible, señoras vestidas de blanco que se protegen del sol con sombrillas. En cambio, en el segundo piso predominan hombres peor vestidos, con sombreritos locales y apenas se aprecian mujeres, y, por descontado, sombrillas; se trata de la servidumbre del hotel.
 Yendo ahora al plano bajo –en este caso a la calle– completan el cuadro los caleseros, sentados sobre el pescante de sus quitrines; hay por lo menos cuatro caleseros a la espera de que caiga algún cliente –en fin, de que concluya la fotografía… Y es ahí donde realmente está el movimiento, sin duda en ese parque de coches a disposición de los turistas.
 O no solamente ahí; pues la bandera no ha dejado de ondear en ningún momento, abriéndose en banda hacia la izquierda, de modo que pueden hasta definirse las franjas y unas 35 estrellas. Mientras todo se detenía, en su pose, ante la cámara, el símbolo no solo se desplegaba sino que incluso se acomodaba para dejarse ver en toda su anchura.
 El punto de cambio con relación al empaque colonial radica precisamente en que el decorado turístico resulta una premonición. Justo en el forcejeo entre lo formal del entramado y lo fluido de la historia que se narra, reside la fuerza de la imagen, alimentada a la vez –a diferencia de otras fotografías de Charles DeForest Fredricks, siempre tan despobladas– por la presencia de lo mundano, o sea, de ese gentío que ahora cuelga pero que en breve circulará… 
 El fondo blanco, por su parte, da un poco de vértigo…
 Por lo pronto, las jerarquías se trasladan del ámbito de la esclavitud doméstica al de una incipiente economía de servicio (de luxe) que si bien no borra el viejo paisaje al menos lo aligera, desde luego a nuestros ojos.

 

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