Pedro Marqués de Armas
Desconozco cuál es la
definición más antigua del choteo en Cuba. Probablemente sea la vertida por
Diego V. Tejera en una singular conferencia que pronunció en octubre de 1897,
bajo el título La capacidad cubana.
Se trata de un discurso altamente elogioso de las cualidades del cubano,
dirigido a los obreros radicados en Cayo Hueso. Fruto de riguroso estudio
“científico”, Tejera advierte en su preámbulo, no obstante, que tan halagüeñas
consideraciones no debían ser vistas en modo alguno como cortesanía. He aquí la
definición:
“El obrero nuestro
posee un tino especial para poner apodos y es maestro consumado en ese arte
cubanísimo del choteo -páseseme la expresión- que consiste en echar a perder la
cosa más seria a fuerza de burlitas muy finas, muy amables y soberanamente
irrespetuosas”.
Lo curioso no es que
esta definición se aloje en un discurso sobre el carácter nacional, puesto que
el choteo constituyó una de sus figuras más socorridas. Tampoco, que encuentre
cobijo en un texto en el que las cualidades del homo cubensis, y en particular su inteligencia, resulten
desaforadamente exaltadas, pues en ocasiones se le apreció como un rasgo
positivo y aquí, en particular, no aparece del todo exento de recelos.
Lo verdaderamente
curioso es que la figura del choteo coexista, dentro de un mismo texto
definitorio del carácter nacional, tan tempranamente junto a la de José Martí.
Y ya no, como es previsible, que cada uno ocupe un extremo de dicha definición,
sino que lo hagan dentro de una atmósfera discursiva poco menos que delirante
que, a fin de cuentas, les revela como meras entelequias.
Así, en 1897, aún no
resuelta la Independencia y desde aquel particular contexto obrero de Cayo
Hueso, el choteo es apreciado como una actitud no del todo mal vista y a la que
se trata incluso con cierta permisividad: algo así como una gracia que todavía
no se ha vuelto incómoda, ni peligrosa. Cierto que existe una sintomática
reticencia en pronunciar dicho nombre (“choteo”), por parte de Tejera, pero la
expresión finalmente pasa, no sólo
como término, sino también a engrosar la lista de virtudes nacionales.
Cabría enumerar dichas
virtudes en una suerte de crescendo
que lleva inexorablemente hasta José Martí: el cubano es más inteligente que
otros pueblos latinoamericanos; el campesino cubano más astuto que el español;
el obrero cubano más despierto que ninguno otro; y, por fin, el negro cubano
más vivo -pura viveza- que el del resto del Caribe y de toda América. Se suma a
ello la falta de ataduras religiosas y, por tanto, una libertad natural frente
al pasado que haría del cubano un sujeto apto para encarar la civilidad más
exigente.
Concluido su catálogo
-que incluye, además de artistas e intelectuales, a intrépidos criollos que
alcanzaran posiciones importantes fuera de la isla, como el Polo Norte conquistado por Castillo
Duany y un puesto de domador de fieras en el circo de Europa, etc.-, Tejera
comienza una larga descripción de los rasgos físicos y espirituales de José
Martí. Se la había reservado como final.
Sin embargo, a Martí
no se le menciona por su nombre. Semblanza tanto más inquietante, da cuenta de
lo innombrable. Y es que esos
tabaqueros a quienes va dirigido semejante circunloquio saben, como expresa
Tejera, “quién es ese gran cubano cuyo nombre no pronuncio, para dejar que lo
murmuren enternecidas nuestras almas”.
Si ya desde entonces
el choteo anuncia una dificultad de dicción, una característica que por ahora
se tolera en virtud de la futura educación del obrero, de su adhesión a un
partido y su lugar como elector; Martí es pretendidamente lo que no se chotea, aquello que no se echa a perder. Un
Martí, pues, desencarnado. Apenas un murmullo por medio del cual se comunican a
un mismo nivel, aunque desde los extremos, el alma del líder y la del pueblo.
Pero para que tal
equiparación espiritual sea verdaderamente factible, no basta con circunloquios
y efluvios místicos. Supone algo más que una glorificación sine materia. Se necesita que la misma se sustente en la
homologación de los cuerpos. Que el altar místico de la Patria se afirme sobre
los pilares de la Nación.
Así el físico de los
cubanos, cuya ligereza resulta ventajosa en relación a un enemigo más pesado y
torpe, implica inevitablemente la exaltación del cuerpo de Martí, concebido por
Tejera como el más valioso ejemplar de su raza, capaz de soportar cualquier
fatiga y de moverse con pie firme, pese a su delicadeza, entre “innumerables
hombres de otras razas”.
Martí no sólo es el
más inteligente de los cubanos, sino el que mejor se nutre de ellos, para
mejorarlos a su vez moral y cívicamente; y, sobre todo, para fundirlos en una
misma horma (o norma) que los
convertiría en Nueva Estirpe. Deviene sujeto paridor. No en balde reúne
“energías de titán y blanduras de mujer”.
Tejera llama a Martí
“hombrecito del trópico”. Su pequeñez física equivale no obstante a su grandeza
espiritual, es por decirlo así, el más resuelto epítome, aquel que concentra en
un cuerpo menudo toda la grandeza del universo. Estaríamos tentados a decir,
casi una mutación. Pero es obvio que el discurso no puede mostrar, al mismo
tiempo, su envés. Acaso su minúscula escala cubana.
Cuando la República se
aboque a su propia crisis, entonces la auto-conmiseración sostendrá todavía a
un Martí pequeño y grande a la vez. Pero distinguirá, sin embargo, al pueblo
cubano con otros lentes.
Este se alejará, tanto
en lo físico como en lo psicológico, del ideal supremo. El astuto campesino
devendrá escurridizo y trocará sus bondades por el juego de gallos. El obrero
volverá a su habitual indolencia. Y la viveza del negro se convertirá en
peligrosa picardía, mientas su música (todavía melancólica en 1897, según
Tejera) será simplemente escandalosa.
Entre tanto, el choteo
deja de ser gracioso y permisible para convertirse en un aspecto más, censurable,
del “carácter cubano”. El propio Tejera lo anuncia en otra conferencia suya, La indolencia cubana, fechada apenas en
1899. Demasiado apegados al danzón y a la pelota, los cubanos delatan ahora -a
las puertas de la República- pereza e incapacidad para afrontar “asuntos
serios”.
La “naturaleza
ilusoria” que Paz señalaba como propia de los ensayos de psicología nacional,
revela, en fin, las ansiedades que corresponden a cada contexto, pero también,
del modo más pragmático, sus propias estrategias.
El discurso de la
cubanidad negativa no va a repetir, pues, los mismos presupuestos de Tejera
cuando hablaba a sus futuros electores. Estará obligado a ajustarse al guión de
la decadencia, de la frustración nacional.
Martí y el choteo difícilmente
coincidirán en el interior de un mismo texto. Ya no será uno y el otro, sino
uno o lo otro.
Tomado de La Habana Elegante, no 52, otoño-invierno 2012.
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