sábado, 1 de octubre de 2016

LLegada a Sibanicú





 Padre Antonio Perpiñá

 Estamos ya en la vigilia de una gran fiesta. Muchos montunos se preparan para celebrarla en Sibanicú. De todas las aldeas, de todos los cuartones, sitios y realengos del vasto partido salen ya las gentes a caballo, formando numerosas cabalgatas. En todos los caminos y en todas las ventas se hallan colgantes los anuncios y los grandes programas de lo que va a resultar mañana. Nuestra gente no está menos animada, y puestos en marcha, no tardamos en llegar a un grupo de casas que le da su nombre al partido de la Concepción, y por cuyo fondo pasa el famoso río. Por primera vez atravesaba aquel río tantas veces nombrado. 

 Pasado aquel pintoresco caserío, armonizado con el murmurio de bulliciosas aguas, se nos presentó un terreno algo cultivado, en cuyo fondo emprendimos la subida de una loma, notable por su vegetación prodigiosa.
  
 Atravesando el prolongado bosque, hallamos a nuestra izquierda del camino una famosa venta conocida con el nombre de Tienda de Varolla. ¡Cuántos recuerdos no he llevado de aquella tienda! Todo era movimiento en ella. Porción de montunos había ocupados en comprar unos, comer y beber otros, y fumar la mayoría. Era aquello un solemne embullo. Puesto más en observación de lo que allí pasaba, vi colgante un extenso cartelón, que contenía el programa de las ruidosas fiestas de Sibanicú, así religiosas como populares. 

 Habiendo encontrado varios conocidos en la Varolla, todas las cabalgatas se refundieron en una. Fue aquello un tropel de caballos briosos; de jinetes blancos, mulatos y negros; de esclavos, libres y ricos señores. 
  
 Yo no he visto un viaje más animado. Jinetes había que montaban caballos de gran pujanza, ligeros corceles llenos de vigor y de fuego, tan intrépidos, como osados eran sus guías. En las evoluciones varias que se veían, unas veces aparecían los grupos en confuso remolino; otras se dispersaban, corriendo unos al frente de la cabalgata; mientras que otros cogían la retaguardia, o reforzaban el cuerpo de la expedición.

 Habiendo traspasado la sierra, Ojo de Agua, las tinieblas sucedieron a la claridad del sol, y la  noche apareció con todo su cortejo de terrores. Las orillas del Najarro despedían a nuestro paso ecos los más fúnebres combinados con el susurro de los bosques y el sordo mugido de las aguas, que turbulentas bajo nuestros pies se deslizaban.

 Era asimismo imponente contemplar el vasto horizonte. Ráfagas de viva luz salían del seno de los nubarrones. Un continuo relampagueo deslumbraba a los jinetes, y no pocas veces los caballos dieron un salto de terror.

 Concluida la jornada, nuestra llegada a Sibanicú fue celebrada por las circunstancias del tiempo. Al entrar en la población, las sonoras campanas del santuario daban su primer repique; así como los pirotécnicos ensayaban sus estrepitosas bombas, sus luces de Bengala y cohetes reales, anunciando al público la vigilia de la Fiesta Mayor.

 El Camagüey: viajes pintorescos por el interior de Cuba y por sus costas, con descripciones del país; obra literaria a la par que moral y religiosa; sumamente útil a la juventud, e interesante para todos los amantes de la Reina de las Antillas. 1899. Barcelona. Librería de J. A. Bastinos Librería de Luis Niubó.