lunes, 10 de octubre de 2016

La pesca del Manatí. Carta de un colono ginebrino en los trópicos





 L. Pictet
  
 Lunes 3 de enero de 1870
 Boca del Sarapiqui (Costa-Rica)
 América Central



 El 31 de diciembre y el día de año nuevo fuimos pescar el manatí o vaca marina, enorme anfibio que pesa de cinco a seis quíntales, y cuya carne es excelente. En el San Juan y el Sarapíquí es muy difícil arponar el manatí por la rapidez de la corriente; pero algunas leguas más allá de la confluencia de aquellos ríos, hay un arroyo que entra en el San Juan y que forma antes de llegar una laguna. Allí fuimos a la pesca del manatí.

 Éramos cuatro: tres indios Mosquitos, y yo; tomamos el bote, tres arpones de cuerda larga y fuerte, nuestros fusiles, hachas, machetes, provisiones y efectos para vivaquear durante dos o tres días, porque no siempre se encuentra de seguida la caza. Salimos al amanecer del viernes 31 de diciembre, bajo una lluvia espesa; remamos toda la mañana sin detenernos, siempre con la lluvia; a mediodía nos detuvimos para comer y secarnos, y durante este tiempo la lluvia tuvo la feliz idea de cesar.

 Nos pusimos en marcha, cuando al poco andar nos paramos de nuevo ante una tropa de monos: tuve la fortuna de matar a un honrado padre de familia que llevaba a pasear a su chicuelo; ambos cayeron, el padre agarrando siempre al chico. Este último salió sano y salvo, pues no cuento una granalla que recibió en la cola; lo guardo para domesticarlo.

 Por la noche llegamos en frente de la laguna; dormimos en una isla del San Juan. El día siguiente, antes de aclarar, penetramos escoleros en la laguna, armados de arpones, hachas y machetes. La laguna tenía apenas treinta pies de ancho, y muchas veces tuvimos que detenernos a cortar los troncos de árboles que obstruían el pasaje. Al fin, después de dos horas de marcha, la laguna se ensanchó considerablemente; en lugar de correr como antes en medio de una espesa selva, atraviesa un país magnífico, sembrado de boscajes; a la orilla crece una palmera sin tronco, cuyas hojas, de veinte a treinta pies de altura, se levantan gallardas del suelo y forman una inmensa copa de verdura; la impresión que esta palmera produce es la de la admiración; sólo crece en los lugares muy húmedos: la primera vez que la vi fue en los alrededores de Greytown.

 Había también vastos cañaverales, de donde se elevaban acá y allá algunos arbustos cargados de enormes flores; innumerables pájaros acuáticos de todos tamaños animaban el paisaje; permanecían casi imperturbables a la vista de sus insólitos huéspedes; había muchas garzas, unas blancas e inmensas, otras pequeñas con alas que parecían de oro.

 Avanzábamos tan silenciosamente como era posible para no asustar a los manatíes. Pasamos a tres varas de una media docena de caimanes de formidable tamaño, que dormían a la orilla con la boca abierta; sus dientes, deslumbrantes de blancura, producían un efecto agradable. Creo que desde hace muchos años nadie se había aventurado por esta laguna: esto explica la abundancia de animales salvajes en estas populosas soledades.

 Impaciénteme de ver tantas cosas, excepto aquello que buscábamos. Un Mosquito, de pie en la proa de la piragua, con un arpón en la mano, inspeccionaba con su vista de lince todos los rincones de la laguna. A una distancia a la cual el europeo dotado de los ojos más perspicaces nada hubiera apercibido, el Mosquito señaló el manatí; nos dirigimos hacía aquel lado en el mayor silencio, y al cabo de un minuto vi en el lugar indicado por el Mosquito una ligera ondulación producida por la respiración del manatí. Llegamos con tanto sigilo, que el animal no oyó nada, y el Mosquito pudo clavarle el arpón en medio de la espalda. El animal no salió inmediatamente a flor de agua, sino que emprendió una carrera desenfrenada en la laguna, arrastrándonos en pos, porque el Mosquito no soltó la cuerda del arpón, felizmente muy larga. Esta carrera duró algunos minutos; reuniendo todas nuestras fuerzas atrajimos poco a poco el manatí, hasta que estuvo bastante cerca para clavarle los otros dos arpones. Esta vez, asido por tres cuerdas, no tenía escapatoria; con la cola sacudía furiosos golpes y hacia girar el bote como una pluma; dos Mosquitos tenían las cuerdas con mucho trabajo; yo y el otro Mosquito nos armamos de hachas para herir al animal cuando se lanzase contra el bote, lo cual hizo dos veces, pero le valió dos hachazos que lo acabaron. Dio algunos desesperados sacudimientos, y luego se dejó llevar sin resistencia. Escogimos un sitio profundo y tratamos de colocar el monstruo en el bote, lográndolo al cabo de veinte minutos de esfuerzo, gracias a todo un sistema de cuerdas y palancas. Hecho esto, el bote se llenó de agua, y tuvimos que echarnos a la laguna a toda prisa y vestidos, sin lo cual nosotros y el bote y el manatí habríamos naufragado. Vaciamos el bote y volvimos a entrar. El manatí pesaba por lo menos cinco quintales.

 Contentos de nuestra pesca, tomamos, el camino de San Juan. Soberbia escolta tuvimos hasta el río: una tropa de caimanes colosales, seducidos por el manatí, y que seguían la piragua a veinte pasos de distancia. Si no hubiésemos dejado los fusiles en la isla, habríamos muerto muchos. Estos caimanes, sea cual fuere su tamaño, jamás atacan al hombre; pero sí nos hubiéramos contentado con remolcar el manatí, habríamos tenido que librarles batalla. Cuando una presa es demasiado para uno solo, se reúnen y atacan lodos a la vez.

 Todo el día estuvo magnifico: ese país es el más hermoso que he visto en mi vida; por desgracia hay mucha agua para que pueda ser habitable; en todo caso, allí se puede formar en pocas horas un museo o jardín zoológico.

 Los Mosquitos descuartizaron ayer el manatí, el cual nos ha procurado una aventura final: un león indígena, atraído como los caimanes por el olor de la carne fresca, llegó a pocos pasos de nuestra casa, y fue traicionado por sus rugidos. Fue imposible herirlo; por lo demás, el único mal que causó fue dar ataques de nervios a las gallinas, a los perros y a la criada negra. Ahora puedo decir que la pesca del manatí es más seductora que cualesquiera otras, sobre todo en compañía de gentes tan hábiles como los Mosquitos.

 El mejor consejo que puedo dar a un emigrante, es el de aprender un oficio mecánico, pero no solo en teoría sino, y principalmente, en la práctica; saber bien el español, y sí es posible el inglés. Con esto puede establecerse sin temor y a su antojo en toda la América, donde todo lo que es mecánico se paga bien. Conozco un pobre yankée que estaba en Greytown sin un centavo; pero era hábil cerrajero, y gana ahora en la ciudad de San José de Costa-Rica veinticinco pesetas por día, sin contar el alimento.

 ¡Y qué clima! Hallo que es el más sano del mundo, aquí la temperatura se mantiene siempre a 20 centígrados.

El éxito depende enteramente de las pretensiones y de la energía de los emigrantes; en todo caso, no deben dejarse vencer por la nostalgia; que se persuadan todos de que el oro no se recoge con palas sino en los cuentos de hadas; que no se vengan a América sin conocer un oficio práctico, de preferencia los mecánicos.

 Estoy sumamente contento del país; y suceda lo que quiera, estoy seguro de hacer algo en Costa-Rica; pero es menester paciencia, virtud, que el tiempo mismo no enseña en lo general a los emigrantes.




 Traducción M.M.Peralta




 La Ilustración Española y Americana, 1870, año XV, núm. XXII. p. 371.