sábado, 8 de octubre de 2016

Colega del hipopótamo




 Alfonso Durán



 Detrás de la morsa viene a colocarse y a figurar un rarísimo animal, a quien han colocado entre los cetáceos (animales que dentro de poco veremos), pero que vale mucho mas no separarle de los anfibios porque también acude a arrastrarse por la tierra, y es el manatí, animal que se aproxima mucho más a los pescados.

 Sus miembros anteriores son verdaderas aletas, con simples vestigios de uñas en sus bordes; carece de miembros posteriores, y su cuerpo, completamente redondo, termina por una cola, aleta caudal en forma de pala.

 El manatí se alimenta de yerbas; vive en las embocaduras de los grandes ríos, por los cuales sube bastante lejos, sirviéndole de pasto las plantas de sus orillas. Es hasta cierto punto, un colega del hipopótamo y de los mayores paquidermos herbívoros, a los cuales se aproxima mucho en su organización interior, y sobre todo en la estructura de sus molares, hasta el punto de que M. de Blainville había seriamente propuesto el clasificarle entre los elefantes, como elefante irregular, por supuesto.

 Cuvier había colocado muy bien entre los carniceros a la foca, al lado del gato, de quien posee las barbas; del perro, cuya cabeza es casi la misma. Muchas veces es sumamente embarazoso el trabajo del naturalista; y puesto que en él estamos, no puedo menos de decirte que ese manatí, de tantas partes reclamado, tenía derecho a entrar en el famoso orden de los primados, por más que se parezca mucho a un grueso tonel alargado por sus dos extremos.

 Tiene también sus mamas en el pecho, como el mono y el hombre; y si Linneo retrocedió ante este parentesco por demasiado absurdo y ridículo, los antiguos navegantes no han sido tan escrupulosos. Al apercibirle, allá a lo lejos, bailar sobre las olas, con lo más alto de su cuerpo fuera del mar, los marineros, cuyos ojos no son muy delicados, y cuyo espíritu ama un tanto lo maravilloso, se figuraron ver criaturas humanas de una nueva especie; y de aquí aquellas historias de mujeres marinas y sirenas, de quienes se hacía ya mérito en tiempo de Homero, y cuya tradición no está completamente borrada ni olvidada en los puertos de mar.

 Haber paseado desde el hombre a la ballena, pasando por el elefante, es dar un gran paseo, un bellísimo paseo, sin haber tomado más que un grueso tonel de grasa anfibia; y después de darlo, comprenderás que no es siempre una cosa fácil clasificar a los animales.



 Historia de un bocado de pan: cartas a una niña sobre la vida del hombre y de los animales, (Madrid), 1867.