martes, 25 de marzo de 2014

Relación de los hechos




 
 Carta familiar recibida en el Palacio Arquiepiscopal de Santiago de Cuba. 




 Ayer escribí a V. de carrera, con mala pluma y peor pulso, lo que más importaba a V. saber, esto es, que el Prelado sigue bien. Hoy pienso escribir con más despacio, empezando por lo que menos importa, esto es, por las particularidades y vulgaridades de nuestro viaje, y concluyendo con la relación circunstanciada del atentado que se cometió.

 Hasta Palma Soriano caminamos sin particular desasosiego acerca de S. É. IIma., consolándonos la opinión que habían formado los medicos al reconocer por primera vez las heridas; pero en Palma Soriano empezaron a darnos malas noticias, y puede V. figurarse con qué susto pasamos aquella noche, y caminamos el siguiente día. Las malas noticias se iban repitiendo en Palo-Picado, Demajagua, etc..., hasta que llegamos a Sabanilla,  que dista de Cuba treinta leguas, y de Holguín doce. En el indicado punto de Sabanilla nos dijeron ya que S. E. estaba fuera de peligro, y, como V. puede suponer, esta noticia nos quitó de encima grandísimo peso. Llegamos, por fin, ayer, a cosa de las once de la mañana, y una hora después vimos la  curación que practicaron los médicos. Hemos llegado algo estropeados.

 Vamos ahora al atentado. El día en que esto sucedió, visitó el Sr. Arzobispo el cementerio, la cárcel y el hospital con un humor tan alegre y festivo como acostumbra: fue el viernes 1.° de febrero. Por la noche dio principio a la novena del Corazón de María, y predicó bastante largo de la Virgen. Entre otras cosas, dijo que la Virgen lo había salvado muchas veces de peligros inminentes de perder la vida. Tal vez el asesino oyó esto. Concluido el sermón y cantado los gozos, salió S. E. de la Iglesia acompañado de la multitud, como siempre. A pocos pasos fuera de la puerta se acercó el asesino en ademan de quererle besar la mano, y llegando su cara a la del Sr. Arzobispo, como si quisiera decirle algún secreto, le dio la terrible cuchillada en la mejilla izquierda desde bajo la oreja hasta la barba, penetrando la herida hasta la boca. Su S. E. retrocedió, y naturalmente llevó la mano derecha hacia la parte herida, y entonces recibió la segunda herida entre el dedo pulgar y muñeca. Algunos dicen que el asesino le tiró segunda vez, y que al parar este golpe recibió esta herida, otros que una misma cuchillada hizo las dos heridas. El Sr. Arzobispo, sin levantar la voz, dijo: «Quítenme a ese hombre.» El Sr. Vicario Liado, que iba a su lado, se puso entre S. E. y el asesino, y asustado, gritó: «¡Excmo. Señor, ¿qué es esto?». El paso que el Señor Arzobispo dio hacia atrás facilitó esta interposición de Liado, la cual desconcertó al asesino, quien no quería dejar incompleta su obra diabólica; y mientras estaba con el brazo levantado, deliberando tal vez si debía degollar también a Liado, para acometer de nuevo al Arzobispo, se echaron sobre él dos salvaguardias: uno lo cogió del brazo que tenía levantado, y armado todavía con la navaja, y el otro le aseguró por la cintura. 
 El Sr. Arzobispo perdió el anillo, que se encontró lleno de sangre y algo abollado: el asesino soltó también su navaja, la cual fue asimismo encontrada al lado del anillo. 
 El Sr. Arzobispo, sin perder un punto su serenidad, se dirigió a una botica que está próxima a la misma Iglesia, comprimiendo él mismo con la mano la mejilla partida. Inmediato a la botica vive un médico, que se hallaba a la puerta y fue testigo de todo el suceso, y procedió a reconocer la herida. Todos los médicos de la ciudad acudieron en un instante y le pusieron el primer apósito.    
 Acudió también el señor teniente gobernador, y le dijo que el agresor estaba preso. S. E. contestó a esto lo que era de esperar, que le perdonaba, y no quería que se procediese contra él. 
 Opinaron los médicos que no debía venir por su pie, y él mismo, con una serenidad que admiró a todos, se acostó en unas pavilmelas, y así lo trajeron a su alojamiento. 
 Ha perdido más de tres libras de sangre, pero yo sé que no daría él estos días por todos los intereses del mundo. «Hace muchos años, dice, que no he sido tan feliz como en estos días; nada he sentido.» Le gusta que le acompañemos, y siempre está alguno a su lado; se ríe cuando se le cuenta alguna cosa chistosa; pero no habla, porque los médicos dicen que no debe hacerlo, para que se una la mejilla.

 Dos palabras acerca del asesino. Este es un perdido isleño o canario, criminal viejo, de quien se sospechan otros crímenes atroces. Cuando S. E. llegó a Gibara él fue también allá, se presume con el designio de ejecutar su atentado; mas como S. E. no se detuvo en Gibara, lo siguió a Holguín. En el mismo día del atentado sacó paso para Pinar del Río, con el ánimo sin dudado alejarse luego de consumado su crimen. Esto pecador viejo, habituado a cárceles y con una calma imperturbable, lo niega todo, pero el delito está probado. 
 La Indignación de Holguín contra este miserable no puede llegar a más. Si lo entregaran al pueblo lo harían pedazos; y esto no solo en la ciudad, sino también en los campos. Al mismo tiempo son muchas y muy grandes las demostraciones de interés a favor del Sr. Arzobispo.  
 Todos los médico se reúnen  espontáneamente para cada vez que se hace la curación, y uno ha estado siempre de guardia mientras hubo algún peligro. El señor gobernador casi todo el día está aquí: en los primeros días estaba de guardia constantemente un oficial de la guarnición, y ahora hay un cuerpo de guardia con un oficial en la casa inmediata, que es la del P. Telles. 
 En el pueblo hubo una consternación y un susto universal. Los holguineros muestran que aman de veras a su Prelado.»