lunes, 24 de marzo de 2014

Carta del facultativo sobre el estado del Padre Claret y noticias de su agresor






 —«Holguín, febrero 3. — Escribo a V., amigo mío, todavía bajo la impresión que causa en el ánimo uno de esos acontecimientos inauditos, desgraciados, de los cuales no acierta uno a darse explicación a sí mismo. Hablo de la herida inferida al Excmo. e llmo. Sr. Arzobispo en la noche de antes de ayer del corriente al salir de la iglesia, en esa noche precisamente que S. E. L estuvo elocuente, feliz como siempre, más que siempre, habiendo sido el tema de su sermón el misterio de la Purificación de Nuestra Señora, que explicó con aquella facilidad, aquella gracia, aquel entusiasmo con que se expresa cada vez que habla de la Madre del Redentor.

 Había logrado su objeto de penetrar en el corazón de todos sus oyentes comunicándoles un rayo de su fe, constituyéndolos en aquel estado de contemplación religiosa, de dulcísimo y agradable arrobamiento en que queda el espíritu después de experimentar las tiernas emociones que supo producir el ilustre orador y que solo es capaz de inspirar una Religión santa y sublime.

 —Recogido aun el pensamiento, creyendo todavía oír el eco de aquellas divinas palabras, un grito sorprendente, aterrador, se repite de boca en boca... y el estupor, el espanto se pintan en todos los semblantes. ¡Han herido al Sr. Arzobispo, han muerto al Sr. Arzobispo!!... Conmuévese la población por todas partes y corre presurosa a la oficina de farmacia de D. Manuel Guerra, en donde se hallaba S. E. I. por haber tenido lugar el hecho en su inmediación... Llenas la calle y plaza de un inmenso gentío, no se oía, sin embargo, una voz... Reinaba un silencio triste y profundo alterado solo por preguntas sobre el estado del ilustre herido o alguna imprecación contra el miserable agresor.

 —Entretanto los cinco facultativos que hay hoy en la ciudad nos ocupábamos en curar las heridas, que son dos, una en el lado izquierdo de la cara, como de cuatro pulgadas de largo, desde cerca de la oreja hasta la comisura de los labios que interesa todo el espesor del carrillo, penetrando en la boca, y otra en la muñeca derecha, con colgajo, como de dos pulgadas, sin interesar más que los tegumentos, y que se conoce haber sido hecha al levantar la mano en el movimiento natural para separar el instrumento agresor, ambas hechas con una navaja de afeitar que se encontró en el suelo. El agresor fue preso en el acto mismo por dos municipales que acompañaban a S. E. L

 —Concluida la curación fue conducido el herido a su casa en una camilla del regimiento de la Habana por cuatro granaderos del mismo, acompañándole el clero, el Sr. teniente gobernador, los señores coronel, segundo jefe y oficiales de dicho cuerpo, y el pueblo todo y todas las clases, todos los colores, ambos sexos y todas las edades, tristes, silenciosos, llorando todos, formaban el cortejo respetuoso, imponente...

 En medio de tan horrible desgracia puede tener S. E. I. la íntima satisfacción, el consuelo de que este pueblo de su cariño y simpatías no ha desmentido su cordura; no le escasea las pruebas de afecto, expresándole de todas maneras su intensísimo pesar y lavando con sus lágrimas la mancha de su suelo, la sangre ilustre que un sacrílego en hora menguada ha derramado.

 La justicia lo tiene bajo su terrible poder, y noche y día sin levantar mano sigue el curso de su proceso. Hasta aquí está obstinado en una pertinaz negativa, pero en medio de su aparente serenidad dicen que se deja traslucir su crimen...

 No puedo entrar en esto por ahora, como V. conocerá.

 El pueblo está ansioso por saber el curso y progresos de la causa con un interés inusitado y vehemente.

 —El agresor es un zapatero que hubo aquí llamado Antonio el Isleño, que ni conocía al Sr. Arzobispo, ni lo ha visto hasta ahora, pues la otra vez que estuvo aquí en misión estaba aquel preso con motivo del proceso de un asesinato que se perpetró en el camino de Gibara en la persona de un infeliz conocido por el Cristalero, en que apareció complicado y de que fue absuelvo. Después se fue de aquí y ha andado por la jurisdicción, fijándose más en Gibara y Auras, habiendo ido a aquel puerto el día que desembarcó S. E. L. y venido a esta ciudad el mismo día que este señor.

 —S. E. I. hizo llamar al Sr. Alcalde mayor para suplicarle con su natural mansedumbre y humildad que suspendiera todo procedimiento, que él nada pedía ni quería, y que perdonaba al desgraciado que lo hubiese ofendido. Estas fueron también sus evangélicas palabras cuando lo estábamos curando al decirle el Sr. teniente gobernador que estaba preso el asesino: Señor, dijo, yo le perdono, nada pido contra él; no quiero que le hagan mal al pobrecito:... ¡palabras sublimes, y más sublimes aun en aquellos momentos de sangre y confusión, dichas con tanto candor y bondad, con interés tan paternal y cristiano!...

 Nada más se le oyó decir durante la curación palabras cariñosas; ni una queja, ni un ¡ay! ni un suspiro... Desde aquel momento lo asistimos los cinco facultativos, estando siempre uno de guardia por turno, así como un eclesiástico, un jefe y un oficial de la guarnición, y un vecino. El herido está en buen estado; ayer tuvo una ligera fiebre de reacción que va decreciendo hoy, y nos lisonjeamos, si no ocurre algún accidente, de verlo pronto restablecido y recibiendo las ovaciones que este vecindario pacífico y religioso, que V. conoce, le rinde siempre como justo apreciador de las virtudes de su Prelado.»



 Diario de la Habana, 4 de febrero de 1856.