domingo, 16 de marzo de 2014

Niñito cubano




 Pedro Marqués de Armas

 A las fotografías y discursos anteriores cabría añadir a modo de epílogo algunos carteles. En muy poco tiempo se pasó de un nacionalismo tutelar, caritativo, a una compulsiva ideologización de la infancia.

 Si la niña de Korda supone una mirada propia del pasado, apenas el umbral del tutelaje revolucionario, y en no pocos desfiles pueden encontrarse señales de la típica composición patriótico-militar, común a eventos republicanos; ya con estos carteles es difícil percibir otro mensaje como no sea el propiamente totalitario.

 “El niño que no estudia o falta a clase no es un buen revolucionario”, dice uno de ellos. 


 Y otro: “Este niño ¿será patriota o traidor? De ti depende. Enséñale la obra de la Revolución.”



 Se trata de carteles impresos en el nuevo departamento de publicidad del gobierno (febrero de 1960), y que circulan profusamente en escuelas y oficinas, sustituyendo a menudo a las habituales ilustraciones históricas.

 Al mismo tiempo, abundan cada vez más imágenes donde niños y adolescentes portan armas, insignias y uniformes.

 Para los más pequeños cabe la custodia del pueblo, como en esta fotografía que ilustra la portada de la revista Pueblo y Cultura.


 Del niño fascinado que en 1959 colecciona las Postalitas de la Revolución, seducido por el aura de la gesta y desde luego por su retórica de buenos y malos, se pasa al niño erigido en fetiche de una política de Estado, moldeable a antojos del régimen.

 Si la conversión de cuarteles en escuelas en modo alguno es nueva, como tampoco el filón benéfico según el cual se crean “cooperativas de menores limpiabotas” u "hogares de acogida"; ya con las “patrullas juveniles” y la “unión de pioneros rebeldes” se está ante una infancia bajo control total.

 La masificación creciente, lo que las imágenes documentan y a la vez amplifican, es un indicador de devenir totalitario. El desfile se convierte en marcha y la concentración adquiere ordenamientos precisos, desde el simple pero siempre reiterado acto político hasta enormes tablas gimnásticas altamente sincronizadas y al cuidado de militares, atletas y maestros.

 El acontecimiento deja de tener sentido, pues ocurre según una lógica de movilización que deja de responder a ciclos sociales específicos para avanzar hacia un grado casi absoluto de persistencia, en virtud de un montaje continuo y de superior disponibilidad.

 En adelante, será la fatiga y sus consecuencias... Pero, más que nada (¿pues qué no es capaz de sublimar la niñez?), el velo del tiempo, su ilusorio movimiento hacia el porvenir y la sustitución de la realidad por el discurso… 

 
 Por un orden tal que parecería cierto, como en aquella canción infantil: 

 "Niñito cubano, qué piensas hacer..."