sábado, 22 de marzo de 2014

De cómo fui herido y de lo que ocurrió en la curación






 Antonio María Claret


 573. Me hallaba en Puerto Príncipe pasando la cuarta visita pastoral a los cinco años de la llegada en aquella Isla. Visitadas las parroquias de aquella ciudad, me dirigí a Gibara, pasando por Nuevitas, que también de paso visité, [y] de Gibara, puerto de mar, dirigí la marcha a la Ciudad de Holguín. Había algunos días que me hallaba muy fervoroso y deseoso de morir por Jesucristo; no sabía ni atinaba a hablar sino del divino amor con los familiares y con los de afuera que me venían a ver, tenía hambre y sed de padecer trabajos y de derramar la sangre por Jesús y María; aun en el púlpito decía que deseaba sellar con la sangre de mis venas las verdades que predicaba.

 574. El día 1.° de febrero de 1856, habiendo llegado a la Ciudad de Holguín, abrí la santa [visita] pastoral, y como era la víspera de la fiesta de la Purificación de la Santísima Virgen María, les prediqué de este adorable misterio, haciéndoles ver el grande amor que nos manifestó la Santísima Virgen al ofrecer su Santísimo Hijo para la pasión y muerte por nosotros. Las cosas que yo dije y cómo las dije, yo no lo sé; pero decían que fui feliz como nunca. El sermón duró hora y media.

 575. Yo bajé del púlpito fervorosísimo, cuando he aquí que al concluir la función salimos de la Iglesia para irme a la casa de mi posada, acompañado de cuatro sacerdotes y de mi paje Ignacio, de un sacristán con un farol o linterna para alumbrar, pues que el tiempo estaba obscuro y eran las ocho y media de la noche. Habíamos salido de la Iglesia, ya estábamos en la calle Mayor, calle ancha y espaciosa; había por uno y otro lado mucha gente, y todos me saludaban. Se acercó un hombre como si me quisiera besar el anillo, pero al instante alargó el brazo armado con una navaja de afeitar y descargó el golpe con toda su fuerza. Pero como yo llevaba la cabeza inclinada y con el pañuelo que tenía en la mano derecha me tapaba la boca, en lugar de cortarme el pescuezo como intentaba, me rajó la cara, o mejilla izquierda, desde frente [a] la oreja hasta la punta de la barba, y de escape me cogió e hirió el brazo derecho, con que me tapaba la boca, como he dicho.

 576. Por donde pasó la navaja partió toda la carne hasta rajar el hueso o las mandíbulas superior e inferior. Así es que la sangre salía igualmente por fuera como por dentro de la boca. Yo al instante, con la mano derecha agarré la mejilla para contener el chorro de la sangre y con la mano izquierda apretaba la herida del brazo derecho. Cabalmente estaba allí cerca una botica, y yo dije: Entremos aquí, que tendremos más a mano los remedios. Como los facultativos de la Ciudad y del Regimiento se hallaban en el sermón y salían de la Iglesia con la demás gente, al instante corrió la voz, y al momento se presentaron. Al verme quedaron espantados al ver a un Prelado, vestido de capisayos y pectoral, todo bañado en sangre; y además de ser Prelado era un amigo, porque me querían y me veneraban. Al verme quedaron tan estupefactos, que yo tenía que alentarlos y decirles lo que habían de practicar, pues que yo me hallaba muy tranquilo y muy sereno. Dijeron los mismos facultativos que la sangre que había salido por las heridas no bajaba de cuatro libras y media. A causa de la falta de sangre tuve un pequeño desmayo, que luego volví en mí tan pronto como me dieron a oler un poco de vinagre.

 577. Hecha la primera cura, con una parihuela me llevaron a la casa de mi posada. No puedo yo explicar el placer, el gozo y alegría que sentía mi alma al ver que había logrado lo que tanto deseaba, que era derramar la sangre por amor de Jesús y de María y poder sellar con la sangre de mis venas las verdades evangélicas. Y hacía subir de punto mi contento el pensar que esto era como una muestra de lo que con el tiempo lograría, que sería derramarla toda y consumar el sacrificio con la muerte. Me parecía que estas heridas eran como la circuncisión de Jesús, y que después con el tiempo tendría la dichosa e incomparable (suerte) de morir en la cruz de un patíbulo, de un puñal de asesino o de otra cosa así.

 578. Esta alegría y gozo me duró todo el tiempo que estuve en cama, por manera que alegraba a cuantos me visitaban. Y me fue después pasando esta alegría a proporción que se iban cicatrizando las heridas.

 579. En la curación de las heridas ocurrieron tres cosas prodigiosas que brevemente consignaré aquí: la primera fue la curación momentánea de una fístula que los facultativos me habían dicho que duraría. Con el corte de la herida se rompieron completamente los conductos de las glándulas salivales; así es que la saliva, líquida como el agua, me salía por un agujerito en medio de la raja o cicatriz de la herida de la mejilla frente de la oreja. Los facultativos trataban de hacer una operación dolorosa y poco ventajosa; quedamos para el día siguiente. Yo me encomendé a la Santísima Virgen María y me ofrecí y resigné a la voluntad de Dios, y al instante quedé curado; por manera que, cuando los facultativos al día siguiente vieron el prodigio, quedaron asombrados.

 580. El segundo prodigio fue que la cicatriz del brazo derecho quedó como una imagen de relieve de la Virgen de los Dolores, de medio cuerpo, y además del relieve tenía colores blanco y morado; en los dos primeros años se conocía perfectísimamente, por manera que era la admiración de los amigos que la vieron; pero después se fue desvaneciendo insensiblemente, y en el día ya se conoce bien poco.

 581. El tercero fue el pensamiento de la Academia de San Miguel, pensamiento que tuve en los primeros (días) de hallarme en la cama, que tan pronto como me levanté empecé a dibujar la estampa y a escribir el Reglamento, que en el día está aprobado por el Gobierno con Real cédula y celebrado y recomendado por el Sumo Pontífice Pío IX.

 582. La Reina y el Rey son los primeros que se alistaron y después se han formado muchísimos coros, y hacen un bien incalculable. Sea todo para la mayor gloria de Dios y bien de las almas.

 583. El asesino fue cogido en el acto y fue llevado a la cárcel. Se le formó causa y el juez dio la sentencia de muerte, no obstante que yo, en las declaraciones que me había tomado, dije que le perdonaba como cristiano, como Sacerdote y como Arzobispo. luego que el capitán general de la Habana, D. José de la Concha, lo supo, hizo un viaje expresamente y me vino a ver. Y yo le supliqué el indulto y le dije que le sacaran de la Isla para que la gente no le asesinara, como se temía, por haberme herido; tal era el dolor e indignación que tenían de ver que me había herido y al propio tiempo el bochorno y vergüenza que les causaba el que en su país se hubiese herido a su prelado.

 584. Yo me ofrecí a pagarle el viaje para que le llevaran a su tierra, que era de la Isla de Tenerife, de Canarias, y se llamaba Antonio Pérez, a quien yo el año anterior había hecho sacar de la cárcel sin conocerle, no más porque sus parientes me lo suplicaron, y yo para hacer aquel bien lo pedí a las Autoridades; y me complacieron y le soltaron, y en el año siguiente me hizo el favor de herirme. Digo favor porque yo lo tengo a grande favor que [me] hizo el cielo, de lo que estoy sumamente complacido, y estoy dando gracias a Dios y a María Santísima continuamente.


 "Capítulo III". Autobiografía del Arzobispo Antonio María Claret. Tomado de www.apostoladosanjose.es