domingo, 10 de junio de 2012

de Cálculo de lindes






   Rolando Sánchez Mejías 



   Arqueológica


  Encontraron, al fondo de los túneles, ratas de metro y medio de largo. 
 Las alumbraron con linternas (los rusos dijeron epa, epa) y las ratas huyeron, bamboleantes y caóticas, sus ojitos rojos heridos por la luz. 
  Uno de los rusos pidió vodka y otro le dio vodka y entonces dijeron algo acerca de la realidad. 


    Marcas


  Han vuelto algunos desterrados, dando tumbos, la ropa raída, los ojos inservibles en un rictus animal. 
  En las aldeas juegan con metales y balbucean emblemas confusos, añorando los espacios salvajes que conocieron. 



   Simulacros 



  En los cadalsos simulados en la arena -artefactos de cáñamo, espejo y otras materias- transmiten una experiencia de la moribundia que puede sorprender. 
 Al preguntarles qué hay detrás de "las puertas", responden con el silencio ejercitado en largas meditaciones. 
  Pero el ardid termina con la noche, donde el tiempo de su carne es develado de simulaciones eternas, quedando solos en la arena, a merced de los cangrejos y las moscas. 




sábado, 9 de junio de 2012

Ramón Meza: El día de reyes

 


 Desde los primeros albores del día, oíase por todas partes el monótono ritmo de aquellos grandes tambores, hechos de un tronco ahuecado y cubiertos por un extremo con un parche de cuero de buey que se templaba al fuego. Los criados abandonaban las casas muy de mañana; y de las fincas cercanas a la población acudían las dotaciones; unas, atestando los vagones traseros del ferrocarril; otras, hacinadas en las carretas que conducían los enormes barriles de azúcar; y no pocos a pie. Todos corrían a incorporarse a sus cabildos respectivos, que tenían por jefe, generalmente, al más anciano de la tribu o nación a que pertenecían.
 Por donde quiera se formaba un gran corro. Los enormes tambores se colocaban a un lado a guisa de batería. A horcajadas sobre ellos batían incansables los tocadores con sus callosas manos, a las cuales se ataban esferas de metal o madera huecas llenas de granallas y rematadas por plumas, el terso cuero de buey, agitando los hombros, crujiendo los dientes, a medio cerrar los ojos, como embargados por fruición inefable. En el centro del corro bailaban dos o tres parejas, haciendo las más extravagantes contorsiones, dando saltos, volteos y pasos, a compás del agitado ritmo de los tambores. La agitación y la alegría rayaban en frenesí. El capitán, aquel conjunto de piel, huesos y nervios, aquella pobre arpa desvencijada, seguramente que recordaba los días de su juventud, pues que no tan solo vociferaba hasta enronquecer, sino que entusiasmado, entraba a menudo a  formar parte del grupo de bailadores. El de la banderola la hacía flamear paseándola sobre el grupo. Las abundantes plumas de pavo real que llevaban atadas a la cabeza los bailadores, estremecidas por sus ágiles movimientos, brillaban con tornasoles metálicos a la luz que sobre aquel abigarrado conjunto dejaba caer a plomo el ardiente sol. Los espejillos de los sombreros, las lentejuelas y los tisús de los trajes, las grandes argollas de pulido oro que colgaban de las orejas de ébano, las alcancías que pasaban de mano en mano para recibir de los espectadores el aguinaldo, los sablecillos, todo destellaba como para deslumbrar la vista mientras el ruido aturdía los oídos. Las miradas chispeaban en aquellos rostros de pura raza etíope, las bocas rojas y de dientes blancos y agudos se abrían para dejar escapar salvajes gritos y carcajadas. Los cencerros, cascabeles, tambores, fotutos, rayos triángulos, enormes marugas, acompañaban el vocerío que todo lo asordaba.  
 A las doce del día la diversión llegaba a su apogeo. En las calles de Mercaderes, Obispo y O'Reilly era un procesión no interrumpida de diablitos.  Todos se encaminaban a la plaza de Armas. A poco la muchedumbre colmaba aquel lugar y a duras penas podía transitarse por los costados del Palacio de Gobierno. Los espectadores invadían los balcones, las aceras, y se trepaban en las bases de las columnas, en las ventanas y en los bancos de piedra que rodeaban la plaza. Las hileras de laureles con sus copas enormes y de oscuro verde, los arbustos de la plaza de hojas pintorreadas y de flores varias, las esbeltas palmas que recortaban la silueta de sus elegantes penachos sobre un cielo del más puro y bello azul, los marineros de todas las naciones que bajaban en grupo para presenciar medio azorados aquella exótica fiesta, los soldados que custodiaban los edificios cercanos a la plaza, las múltiples banderas que flameaban con el viento y los mil colores con que adornaban sus trajes los negros, ofrecían, a la verdad, el más pintoresco espectáculo. Los cabildos iban entrando por turno al patio del Palacio, en cuyas bóvedas repercutían durante muchas horas el atronador redoble de los tambores, los salvajes cantos y los entusiastas vivas de los africanos. Y mientras abajo extremaban sus habilidades los bailadores, el capitán de cada cabildo, sombrero de picos bajo el brazo y banda terciada sobre el pecho, el abanderado pendón al hombro y el cajero cargado con su alcancía de hojalata, subían las escaleras del Palacio en medio del mayor orden y haciendo las más expresivas muestras de afecto y las más vivas demostraciones de adhesión, recibían, por lo menos, media onza de oro de aguinaldo. Ese día se mostraba el Palacio muy generoso. Por las ventanas que daban al patio llovían tabacos, medios, reales y hasta escudos, sobre los cuales se precipitaban a disputárselos ávidamente centenares de manos. Las negras viejas, más expresivas, o más nerviosas, eran las que con más fuerza agitaban en lo alto sus huecas marugas, metidas dentro de una red de cáñamo, y casi delirantes pedían a Dios guardase y conservase muchos años la salud de su excelentísimo señó general.
 Luego salían del Palacio para dejar espacio a otros e iban desfilando, en perfecto orden, los congos y lucumís con sus grandes sombreros de plumas, camiseta de rayas azules y pantalón de percal rojo; ararás con sus mejillas llenas de cicatrices, de cortaduras de hierro candente, repletos de caracoles, colmillos de perro y de caimán, cuentas de hueso y de vidrio ensartadas y sus bailadores metidos hasta la cintura en un gran rollete formado con un aro cubierto de fibras vegetales; los mandingas, muy lujosos con sus anchos pantalones, chaquetillas cortas y turbantes de género de seda azul o rosa, y bordeados de marabú; y tantos otros, en fin, de nombre enrevesado y caprichosos trajes que no estaban hechos enteramente al estilo de los de África, sino reformados o modificados por la industria civilizada. 
 En los barrios extremos y calles menos concurridas, campaban por sus respetos los ñáñigos cubiertos de un capuchón de burdo género, algo parecido al de los sayones del Santo Oficio... Las demás tribus llamaban la atención por lo pintoresco y exótico de sus cantos, trajes y bailes (…)
 Pero no todos los negros ingresaban en los cabildos; que los criollos y algunos de nación, lo tenían a menos. Y en vez de colgarse aquellos salvajes adefesios, que constituían los trajes de sus paisanos, vestíanse por los figurines de París. La elegancia consistía en la exageración de la moda; por eso el sexo débil tenía la preferencia por las cintas, moños, flecos, grandes aretes, vistosas mantas, profusión de sortijas, pulseras y contrastes de colorines. En el sexo fuerte se traducía esta preferencia por el marcado propósito de agrandar los cuellos, lucir la rizada pechera de la camisa, abultar la corbata y escoger el género de los pantalones y el chaleco con las pintas más señaladas. Otros vestíanse de marineros, y a cuestas con un barco pequeño, en vaivén contínuo sobre un pedazo de arrugada lona pintada de verde y blanco, que figuraban las olas espumosas del mar, iban repitiendo en canciones más o menos aceptables, que les dieran el aguinaldo. Otros, independientes, se vestían de minstrels y arrancaban la propina a fuerza de payasadas. No pocos cargaban con la imagen de la Virgen de Regla o del Cobre, la metían entre vidrieras, la encintaban, le colgaban unos cuantos milagros e iban explotando en provecho propio la devoción de los demás. 

  
 "El día de reyes", (fragmentos), La Habana Elegante, 9 de enero de 1887.

viernes, 8 de junio de 2012

Día de reyes en La Habana






  Aurelio Pérez Zamora

                                                                   
                       I

 ¿Queréis ver, caros lectores, un cuadro sumamente original, compuesto de las más extravagantes figuras y escuchar al mismo tiempo el concierto más infernal, los sonidos más desacordes en celebración de un día festivo, solemne, grande? ¿Queréis conocer, digámoslo así, el infierno en la tierra?... Pues cruzad conmigo el Océano, si es que habitáis, como yo, en el viejo hemisferio, y entremos juntos amigablemente el día de los Santos Reyes en la Habana, capital, como sabéis, de la isla de Cuba.
 Veloz como el pensamiento, nos trasportaremos a la rica Cuba, sin descansar esta vez a la sombra de sus palmeras y sin respirar el aire de sus campiñas; si queréis ver el día de Reyes en la Habana, si es que queréis pasar un día de verdadero infierno en esta vida... Así, pues, emprendamos nuestra marcha, que es bueno ver y saber de todo en el mundo.


                        II
                                                                           
  Mirad: ya hemos llegado.
  Innumerables grupos de comparsas de negros africanos recorren todas las calles de la ciudad capital: la turba es inmensa: su aspecto horroriza... El ruido que forman los tambores, los cuernos y los pitos, aturde por do quiera, los oídos del transeúnte; aquí se ve un biso rey lucumí en medio de su negra falange; allí un ganga; allá otro de nación carabalí, etc., etc., y todos ellos, soberanos de un día, cantan con monótono y desagradable sonido, en lenguaje africano, las memorias de sus pueblos; y centenares de voces, chillonas unas, roncas las otras, y todas salvajes, responden en coro al rey etíope, formando un diabólico concierto difícil de describir. ¿Veis más allá en los grupos que acabamos de mencionar, otros no menos alborotadores, cuyos individuos danzan como fantasmas de la noche o como sombras del averno, chillando, gesticulando, moviéndose acompasadamente al ruido de los tambores y de los pitos en torno de una negra a quien han proclamado soberana? Pues bien, todos son hijos de la abrasada Etiopía, que celebran con frenesí el 6 de enero en la capital de Cuba; todos conmemoran las tradiciones de su patria, y al conmemorarlas cada año, todo esclavo es allí libre... ¡pero por solo un día!
  Los reyes negros tienen por vestidura una piel de carnero con cola; el rostro lo llevan matizado de colores vivos que les dan un aspecto aterrador: algunos empuñan en sus mimos un gran báculo: otros se levantan sobre zancos como gigantes, paseando así las calles de la ciudad con sus cohortes, y unos y otros lanzan al aire espantosos gritos, semejantes a los ladridos de grandes mastines, o bien al rugido de los leones en los bosques.
 Y todos medio desnudos, reyes y súbditos, forman en diferentes grupos el cuadro más repugnante que se puede presentar a la vista del hombre civilizado. Y unos tocan los desacordes instrumentos de que ya hemos hecho mención arriba, para herir nuestros oídos, y otros danzan estrepitosamente como condenados, haciendo con sus cuerpos diferentes contorsiones que ofenden nuestras miradas. Así se puede decir con verdad que todo ello viene a ser un paréntesis en medio de la civilización de nuestro siglo; que todo es una negra mancha tendida en nuestros tiempos sobre una pequeña parte del mundo ilustrado...
Los negros de Cuba no tienen en todo el año otras horas de más alegría que las del día de los Santos Reyes; se derraman en todas direcciones, como una negra nube por la ciudad: desde por la mañana desaparece el sirviente esclavo como por encanto de la casa de su señor; el que ha logrado rescatar su libertad, toma también parte en el entusiasmo, en el frenesí general; y todos, en fin, roban al duro yugo de su suerte, aquellos momentos de locura. Porque el hombre en todos los países, en todas las condiciones de la vida, en todos los estados, en todas las edades, necesita de cierto lenitivo para fortalecer el espíritu, a fin de sobrellevar las amarguras de la existencia; y vano es pretender ahogar para siempre los placeres y los goces que el alma pide, porque eso sería querer encerrar en vida en un ataúd al pobre corazón humano!



El día de Reyes en la Habana es necesario tener continuamente, abierto el bolsillo, caros lectores. ¿Y sabéis para qué? —Para regalar... —Si vais a un café, si os sentáis a descansar en el canapé de algún paseo público, si entráis en alguna casa amiga o bien de persona que no conocéis, por todas partes os veréis acosado por negros y negritos de ambos sexos que os salen al encuentro, pidiendo con importuna insistencia el popular aguinaldo. —«¡El aguinaldo! ¡el aguinaldo!»  He ahí la voz que sonará incesantemente en vuestros oídos; he ahí la sacrosanta palabra que se ha de oír perennemente, tanto en el retiro de los gabinetes, como en las plazas y en las calles: el aguinaldo viene a ser entonces el pan del día, la gota repetida que forma el cirio... la sanguijuela que nos chupa, si la dejamos, hasta la última gota de nuestra sangre.
Y no es solo la gente de color quien pide en el día de Reyes en la Habana el aguinaldo: el sereno, el cartero, el ayuda de cámara, el repartidor del periódico, todos invocan la magnética palabra que a nuestro pesar va sacando poco a poco la plata de nuestro bolsillo; todos se empeñan a porfía en abrir una brecha a nuestro pobre erario...
Y la algazara de una muchedumbre llena de expansión, de libertad, de vida, va llenando los espacios como una nube... y la alegría y la locura se desbordan como torrentes, alentadas con el vino, con el aguardiente y los licores; y mientras los esclavos en la ciudad están gozando al aire libre de sus placeres, los grandes señores huyen a los campos como golondrinas para pasar encerrados en sus fincas con sus familias, o bien en compañía de sus amigos, un día de tranquilidad, de quietud, de completa calma.
 Pero antes de proseguir la descripción que nos hemos propuesto hacer, conviene dar al lector una sucinta idea en el primer párrafo del siguiente capítulo, acerca de los cabildos formados por los negros de nación en la Habana. 


                         III

 Los negros tienen en la Habana sus cabildos o congregaciones, y todos los individuos que pertenecen a una misma tribu, proclaman entre los negros de su misma nación una superior a quien dan el nombre de maestra. La maestra representa entre ellos un papel importante, y todos los miembros de cada una de las respectivas congregaciones le dan mensualmente para fondo de aquella especie de sociedad, un medio sencillo, moneda que equivale a un real de vellón, si mal no recordamos.
 Las maestras son las reinas que salen en triunfo el 6 de enero rodeadas de un séquito compuesto de gente de sus respectivas tribus. El aspecto salvaje de todos aquellos rostros, las pieles que usan muchos por vestimenta, la desnudez completa de otros, el variado color de las sombrillas y de los vestidos de las negras ya medio civilizadas, he ahí los tonos que resaltan más en el cuadro, y que llama por un momento la atención del viajero y de todo aquel que pasa por primera vez un día de Reyes en la Habana.
 Entre los negros es el baile un verdadero delirio; así los hombres y las mujeres de esa raza desgraciada no cesan de danzar en el citado día, a usanza de su tierra natal. Ahora bien: como el baile, desde los primeros tiempos ha sido siempre el lenguaje mímico del desdén y del amor, los saltos, las contorsiones, los movimientos, de cada uno de los danzantes, no dejan de revelar vivamente el fuego de la pasión, pero de la pasión exenta de ese dulce sentimiento del alma, de esa poesía delicada que vela el sentimiento y es más elocuente por ello a los sentidos.
 Los esclavos y muchos de los libertos tienen, pues, un día feliz en el año, para sobrellevar sus penalidades. En esos momentos son ellos los diablos sueltos; los condenados libres... pero pasan esas horas al fin, sin quedar más que un lisonjero recuerdo en la mente del negro esclavo, que desea con ansia trascurra veloz el tiempo para disfrutar nuevamente de otro día de Reyes y poder decir: «gozo... vivo»
 Ahora, para dar fin a nuestra relación, debemos manifestar: que las comparsas o cabildos de que hemos hablado, no dejan nunca, al recorrer las calles de la ciudad, de ir a rendir humilde homenaje ante el palacio del capitán general de Cuba, a la primera autoridad que representa en aquella apartada región, al gobierno de la reina de las Españas.


  El museo universal…, Madrid, 1866, vol. 10, pp. 7-11.


jueves, 7 de junio de 2012

La fiesta del rey congo




 En Santiago de Cuba, culta y poética capital del departamento oriental de la perla de las Antillas, conservan aun los negros muchas de las costumbres tradicionales de su raza. La más extraña y chocante para el europeo, es la llamada Fiesta del rey Congo, que todos los años celebran pública y solemnemente el día 6 de enero.
 Halla el viajero tanta novedad y tanto contraste cuando ve representadas en las calles y plazas de la ciudad las ceremonias o mogigangas de origen africano que constituyen dicha fiesta, mezcladas con la más ridícula imitación de las que se usan en las cortes de Europa, que no puede menos de preguntarse atónito, ¿estoy en un pueblo civilizado, o en el centro de África? ¿Es una grotesca mascarada lo que veo, o una verdadera función Real?
 Tal fue la impresión que experimenté ante la característica y estupenda fiesta Real de los congos, que me sentí movido a adquirir datos históricos sobre su origen, y acerca de las razones que tiene el gobierno español para autorizarla, y dibujé inmediatamente un croquis del natural, que pudiera recordarme siempre aquellas escenas peregrinas representadas por negros de diversos tipos y naciones.
 Reunidas ambas cosas, la reseña histórica y el dibujo, las dedico al ameno e ilustrado Museo Universal para su publicación, no dudando que los lectores de este periódico las verán con gusto, ya que tienen noticias de cómo se celebra el día de Reyes en la Habana y en otras partes del departamento occidental de nuestra isla de Cuba.
 Narraré sucintamente lo que con referencia al origen de la citada fiesta he podido averiguar y consta en las crónicas del país.
 Hace muchos años se venía observando por los gobernadores de Cuba, que los negros esclavos formaban asambleas, reuniéndose en días festivos los de cada nación (1) para dar bailes y hacer ceremonias imitando las cortes de sus respectivos países. Los congos, que fueron siempre los más numerosos, al par que los más accesibles a civilizarse, llegaron a constituir cabildos (2) y a celebrar juntas, en las que elegían y nombraban un rey, príncipes y otras dignidades para gobernarse entre sí. Estos altos funcionarios admitían y administraban los fondos con que hacían contribuir a los socios para diversos objetos.
 El 6 de enero de cada año era el día en que celebraban la gran festividad clásica en honor de su patrono el santo rey Gaspar, empezando por tomar de sus fondos la cantidad necesaria para dar la libertad a un individuo de la congregación, lo cual verificaban por sorteo, y terminaban dando una función con las mismas ceremonias, bailes y regocijos de estilo en su país.
 Esto se hacía por los congos; los carabalíes, los mandingas, macuas, gangas, lucumíes y en general los de todas las naciones, trataron de imitarlos bien pronto, pretendiendo competir y hasta superarlos en el lujo y ostentación de sus fiestas; lo cual vino a ocasionar cuestiones y hasta pleitos ruidosos, en términos de tener que intervenir la autoridad superior de la isla, para poner coto a los vuelos que iban tomando estas asociaciones; mas como por otra parte era necesario proceder con mucho tacto para no herir de frente las sencillas y tradicionales prácticas de una clase numerosa, que con su trabajo presta importantes servicios a las industrias de este suelo, oyendo antes la opinión de los hombres más ilustrados y conocedores del país, concedió dicha autoridad al bando congo la facultad de elegirse un jefe con el título honorífico de rey, y a su cabildo el privilegio de ocupar el lugar preferente en todas las funciones públicas. Este privilegio y aquel título, fueron confirmados por el rey don Carlos IV, y como consecuencia de tan alta distinción, conservan todavía hoy la de ser los primeros que salen a saludar a la autoridad superior cuando visita a Santiago de Cuba.
 El día de Reyes fue siempre el fijado por la corte conga para celebrar la función regia que paso a describir, y lo haré a grandes rasgos, deteniéndome sólo en los detalles más precisos para dar a conocer sus principales caracteres y para la mejor inteligencia del dibujo adjunto.
 Desde la víspera del citado día se reúnen los congos en el palacio de su soberano, donde tienen bailes que duran treinta y seis horas, lo cual no debe extrañarse sabiendo la extraordinaria afición de los negros a la danza, afición que raya en frenesí. El rey congo, engalanado con sus reales atavíos, preside estos bailes, sentado en su trono, que consiste en un sillón tosco, puesto sobre una mesa. Rodéanlo las princesas y damas de honor, que son otras tantas negras bembudas, caricaturescamente adornadas, las cuales abanican sin cesar a S. M. y le limpian el sudor.




 Llegado el gran día, y a la hora señalada, disponen la comitiva y sale el rey de los congos procesionalmente de su palacio, precedido por su numerosa corte y seguido por su pueblo.
 Forman la vanguardia las banderas de los cabildos con su correspondiente escolta de soldados, ridículamente vestidos, precediendo a la comitiva de S. M. la bandera del rey congo, que es blanca con cintas rojas. Un funcionario, vestido de uniforme cerrado, sombrero tricornio y pantalón negro, hace las ceremonias de honor, volviéndose a menudo de cara al rey para saludarle con reverentes cortesías, al mismo tiempo que sostiene casi horizontalmente con ambas manos un bastón negro.
 Rodean a S. M. los altos funcionarios o ministros en traje de etiqueta, que consiste, en frac y pantalón negro, corbata blanca, cuello a la inglesa, sombrero de copa muy alto, banda generalmente de Carlos III y una gran cruz de hoja de lata en el costado izquierdo. Sigue inmediato a ellos un grupo de mujeres indistintamente negras y mulatas, representando a las damas de honor. Entre éstas se distinguen algunas con bandas, que son las esposas de los ministros, a las que preside la reina conga, mujer de más edad que sus compañeras y más grave en su porte. Al grupo femenino precede también una bandera, distintivo del gremio, con muchos colorines y gallardetes.
 En extremo animado es el séquito de damas, por el gracioso contoneo con que van bailando en todo el trayecto que recorren y la característica y monótona cantinela con que se acompañan en loor de su soberano y a fin de regalar sus regios oídos.
 Esta comparsa de faldas es también muy vistosa por los adornos con que se atavían las bronceadas o ebúrneas matronas, no careciendo de cierto buen gusto el tocado de algunas Gracias a las bellas cubanas que a porfía adornan a sus ahijadas con coronas de llores, lazos, anchos cinturones, cintas, bandas rojas, pañuelos de seda y puchas (3) en la mano.
 El último rey congo vestía chaleco de seda morado, calzón color de rosa a media pierna, capa corta de un azul claro con borla de oro, zapatos de seda blancos con lazo y hebilla, encajes en la orilla del calzón, guantes blancos, espada ceñida, cetro dorado y una gran corona de farol dorada. Era bajo de cuerpo, grueso y algo viejo (4). Su semblante serio, paciente y característicamente estúpido, parecía en esta última procesión muy preocupado del gran papel que iba representando. Cerrando la comitiva van las demás banderas y grupos de gente de color, que bulle y se agita ansiosa por acompañar el festejo. Dos filas de acompañantes con levita o frac van formando calle, y la población blanca pulula aquí y allí, dirigiendo al cortejo Real miradas ya asombradas, ya risueñas y burlonas. Está el cuadro en medio de las calles de Cuba.
 La música de tan singular procesión la forman los tambores llamados tumbas, hechos con troncos de árboles, a manera de colmenas; las pailas y cazuelas cubiertas con pellejo como las zambombas, y finalmente los cencerros y las marugas. Con tales instrumentos producen un ruido estridente y satánico, acompañado de aullidos salvajes.
 El rey con su comitiva recorre así las principales calles de la ciudad, dirigiéndose a la Plaza de Armas para saludar al gobernador. Este le hace entrar en la casa de gobierno y le dirige la palabra para cumplimentarlo por su fiesta, a lo que responde su majestad conga en un discurso pronunciado con la más ceremoniosa y ridícula gravedad, pero como de un soberano a otro. El gobernador, después de obsequiarlo con refrescos, presencia desde los balcones los bailes que tienen lugar delante de palacio, y recibe las salutaciones de fórmula que le son dirigidas por la comitiva, que sigue luego su carrera triunfal sin detenerse ya hasta el palacio de su rey. Una vez allí, vuelve el congo a ocupar su trono y continúan los bailes y los cantos con nuevo vigor y de la manera más desalorada que puede imaginarse, siguiendo las princesas en su tarea de echar fresco y limpiar el sudor grasiento que corre, sin cesar, por las mejillas del soberano: tan pesada y sofocante es la atmósfera de aquel cocido, a que dan los negros muy formalmente el nombre de estrados del palacio real. El congo soporta tranquilo las fatigas consiguientes a tanta ceremonia, tanta danza en torno suyo y tan infernal barahúnda.
 Más que una fiesta de seres humanos, parece aquella una función de demonios.
 La fiesta termina a la una de la noche con un banquete a usanza de los negros y la asamblea, y se disuelve al amanecer hasta otro año.
 Para completar estos apuntes, diré que al morir el rey congo hacen sus funcionarios una parodia de lo que se hacía a la muerte de un rey de Castilla. El llamado justicia mayor, después de examinar atentamente el cadáver de su majestad, rompe el bastón de mando y lo arroja a los pies del féretro exclamando: «¡El rey ha muerto, viva el rey!»


  Notas

 (1) Nación llaman los negros de África a la provincia o departamento en que han nacido, y así se comprende que procediendo todos de un mismo país haya entre ellos tantas nacionalidades. Cada nación pertenece a una raza y a una tribu diferentes, lo que está demostrado en la diversidad de tipos, en sus distintas costumbres domésticas y hasta en las maneras de su ruerno.

(2) Llaman los negros cabildo a la reunión de altos funcionarios, elegidos por ellos para representar sus tribus o nacionalidades. Estos personajes visten para asistir a sus juntas y funciones, uniformes ridículamente adornados con galones, placía, cruces y bandas.

(3) Al remitir estas líneas he sabido que acaba de morir el último rey congo que figuraba en la fiesta que describen.

(4) En la isla de Cuba llaman puchas a los ramilletes o bouquets de mano.


 El museo universal: periódico de ciencias,  1868, Volumen 12, Números 1-52, pp. 4-8. 

lunes, 4 de junio de 2012

Abre que viene el cocoyé…






 Dolores Labarcena


 Decorada, pintada, con moño postizo o no, pero quincallera, la diva malhablada, la travestida, la reina del carnaval… ¿Cuántas veces no hemos visto estos personajes, esta escritura del maquillaje, el desfile y la serpentina?

En La Habana para un Infante difunto hay de todo. El autor se pasea por esa ciudad nocturna de clubes y cabarets donde el filin y otros géneros musicales van convoyados con la seducción y el erotismo. Sus peripecias y picardía para cazar a esa hembra que se pavonea en tacones con medias de seda, lo mismo por 23 que por El Capitolio, son múltiples. A veces con suerte engrampaba, (según las crónicas) otras, oh, macho infeliz, terminaba entre amigos y copas en bares de mala muerte coreando a la cantante de turno (que de talento mucho, pero de belleza poca). “En el tronco de un árbol una niña…”.

No menos hace Sarduy en Cobra. La diva es un “él” con doble incluido que busca desenfrenadamente convertirse en “ella”, y para esto, qué mejor lugar que el teatro. Con las luces y el telón de fondo las lentejuelas adquieren otra dimensión. Pero el público exige y no bastan amuletos y gárgaras para afinar la voz. Hay que ser barroco. Y el atuendo, las plumas y falsas pestañas no complementan lo que entre bambalinas se queda cojo. ¡Más colorete, por favor! Antes muerta que sencilla, parece decir el personaje. La procesión, mejor llevarla por dentro.

En El color del verano, Arenas ridiculiza el desfile institucional por medio de la fanfarria carnavalesca con un “abre que viene el cocoyé...”. Entre tambores y maracas, carrozas, orquestas y cerveza a granel, discurre esa Habana travestida y austera con sus solares y gente de mundo, artistas, pintores, poetas, locas, faranduleras, etcétera. Y aunque la realidad muchas veces supera a la ficción, sus personajes son la mezcla de una trágica Cecilia Valdés con una arrolladora y despampanante Celeste Mendoza. Cantando se quitan las penas, y actuando también. 

Por medio de la exageración y el choteo, Cabrera Infante, Severo Sarduy y Reinaldo Arenas, como partícipes, y según el asiento que les ha tocado, captan esos planos donde confluyen la lengua (en su sentido más desbordado) y el lenguaje coloquial. No hay historia sino escenario, tarima para reinventarla y cantarle un bolero. Otro bolero. No precisamente el de Ravel.