jueves, 21 de enero de 2016

Yo no destruí el manuscrito de “El Público”.





 Dulce María Loynaz



 Hasta mí ha llegado un rumor más o menos sotto voce por el que se me acusa de haber destruido el manuscrito original de una obra de Federico García Lorca, el titulado El Público. Sobre esta obra han circulado muchas leyendas porque hasta fechas recientes no se sabía nada de ella, salvo que existía o había existido en algún momento.

 Pero que yo sepa a nadie se le había atribuido su destrucción deliberada, ni siquiera a los que dieron al poeta una alevosa muerte y debieron ser, lógicamente, los que ocuparon sus pertenencias y papeles.

 Es hoy, al cabo de cincuenta años trascurridos desde la tragedia (cuando ya viven pocos de los que vivían entonces), es hoy, digo, cuando alguien se ha entretenido en lanzar la especie de que fui yo quien destruyera el famoso manuscrito. 

 Pienso ahora que si yo también me encontrara en el número de los fallecidos, como lo están mis hermanos y tantos otros que de cerca o de lejos vivieron aquellos días tempestuosos, es muy posible, sí, que no quedara nadie con autoridad bastante para levantar su voz y negar la sinuosa especie.

 El hecho de que haya aparecido otro original no me absolvería del pecado, porque pudo no haber aparecido y entonces la pérdida sería irreparable; pero aun existiendo un duplicado, si se trata de un escritor famoso, cualquiera de ellos se tendría siempre por ejemplar precioso, de incalculable valor.

 Es por ello que me veo obligada a aclarar lo que hasta ahora quiero llamar –y pudiera ser, en efecto- un malentendido.

 Admito que los hechos pudieron prestarse a confusión, y siendo así no tendría otro reparo que hacer sino el de la ligereza con que dio por cierto un cargo que comprometía tanto a la persona sobre la que se hacía recaer, procurando o posibilitando su circulación dentro y fuera de Cuba. Séame lícito añadir que, aunque no fuera más que por sus años, esa persona merecería más respeto.

 Ahora diré que, efectivamente, hace alrededor de cuatro décadas, alguien destruyó un manuscrito que se tenía entonces por el único original de El Público, pero ese alguien no fui yo.

 Fue la persona que podía fácilmente hacerlo, porque lo tenía en su poder. Y lo tenía por habérselo regalado el propio autor: fue mi hermano Carlos Manuel.

 Este hermano nuestro, el más inteligente, el más brillante, el que Lorca prefirió a Enrique, comenzó a dar señales de perturbación mental a finales de los años treinta.

 No voy a detenerme más de lo necesario en lo que esto significó para nosotros. Carlos Manuel era de quien más esperábamos todos, el único que había revelado un talento musical nada común, pues era desde su adolescencia, no sólo un consumado ejecutante, sino también un original compositor. Fue como si en pleno día se desatara de repente un rayo.

 Su enfermedad fui diagnosticada desde el principio como esquizofrenia: forma paranoide crónica. En el informe emitido por el doctor Agustín M. Abril, que lo asistió durante años, dicho especialista señala textualmente como características de esta enfermedad un estado de excitación de tipo maniaco, añadiendo: “Es entonces cuando se muestra hiperactivo, inadaptable, impulsivo, con ideas de persecución, castigando y agrediendo a las personas (familiares, médicos, enfermeras) que se oponen a sus propósitos, resultando también entonces de mayor peligrosidad, pues es necesario recordar que el señor Loynaz, no sólo presenta déficit en sus funciones mentales, sino que las conserva y las pone al servicio de sus ideas mórbidas ”.  

 El doctor Abril falleció hace algunos años, pero yo guardo todavía su informe, así como la sentencia basada en él, que declaró al enfermo incapacitado para regir su persona y sus bienes.

 Puedo mostrar ambos documentos a quien justifique razonado interés en su contenido.

 Carlos Manuel nunca recuperó la razón, aunque en ciertos períodos –ya en los últimos tiempos- parecía tranquilo y daba lugar a una breve esperanza.

 Así arrastró su larga vida –que más de una vez quiso también destruir- de tratamiento en tratamiento, de hospital en hospital, y hasta de país en país, hasta que falleció el 18 de agosto de 1977.

 Sólo me resta añadir a esto, el más triste de los cuadros psicológicos: que en los raptos de furia señalados por el doctor Abril, mi desdichado hermano destruía cuanto se hallaba a su alcance. En una ocasión prendió fuego a todos los papeles que constituían su obra musical y literaria, de los cuales muy pocos se conservan por hallarse a la sazón en manos de algunos amigos.

 No puedo afirmar que entre lo consumido por las llamas se encontrara el manuscrito regalado por su autor, pero lo más probable es que así fuera, ya que nunca apareció.

Ahora bien, ¿me puede alguien imaginar en medio de tantas penas –la de mis padres, la de mis hermanos, la mía propia-, me puede alguien imaginar apoderándome del manuscrito de Lorca, no para salvarlo, sino para romperlo?

 ¿Y llevar a cabo tan vituperable acción en una persona cuerda, justamente por los días en que el poeta, ya en alas de su estremecedora muerte, remontaba la cumbre de la fama?

 De ser capaz de planear en esos momentos la sustracción de algo, hubiera empezado por la obra de mi hermano, que, por razones entrañables que cualquiera comprende, me interesaba más que la de Lorca.

 Y aun prescindiendo de móviles sentimentales, también habría procurado hacerme del manuscrito lorquiano, no para romperlo estúpidamente, sino para conservarlo, pues era fácil suponer desde entonces el valor que tendría en el futuro.

 Se me ha dicho quién es la persona que puso en marcha el entuerto, así como también que no es cubana, aunque reside entre nosotros. Este último extremo no he podido comprobarlo, pero no me extraña, pues sabida es la generosidad con que nuestro país acoge a todos los que por cualquier razón no se hallan bien en el suyo, o por lo menos no tan bien como aquí.

 Y si no estampo a continuación el nombre de la persona de quien trato, es porque espero de su buena fe que ella misma lo haga, apresurándose a explicar su error públicamente, o de lo contrario sostenerlo y fundamentarlo como es debido.

 Fui abogada y siempre tengo presente el aforismo legal que recomienda presumir la buena fe, mientras no se demuestre lo contrario.

 La buena fue queda ya presumida y yo he puesto mis cartas sobre la mesa. Ahora es a ella a quien toca jugar.




 ABC, sábado 30 de mayo de 1987.

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