jueves, 14 de enero de 2016

La casa de dementes vista por Cirilo Villaverde





  Roberto Méndez Martínez


 El primero de septiembre de 1828 fue inaugurada, con toda solemnidad, en La Habana, la Casa de Dementes de San Dionisio. Aunque la propaganda oficial atribuía casi todo el mérito de la fundación al capitán general Francisco Dionisio Vives, esta se debía en gran medida al apoyo del obispo Juan José Díaz de Espada y Landa, cuya preocupación por los problemas sanitarios de la ciudad ya se había mostrado, al inicio de su episcopado, con la construcción del cementerio público que llevó su nombre y con el que, precisamente, colindaba la nueva institución por uno de sus lados, mientras que por el otro lo hacía con el Hospital de San Lázaro, lo que no era exactamente un entorno risueño. (1)
  El nombre de San Dionisio no era únicamente un homenaje al fundador. La tradición piadosa aseguraba que Dionisio, aquel que fue convertido por la prédica de san Pablo en el Areópago de Atenas, había pasado después a la Galia y llegó a ser el primer obispo de París. Víctima de una persecución, fue apresado y decapitado, pero, milagrosamente, pudo ponerse en pie, recoger del suelo su cabeza y caminar con ella varios pasos. Por esta razón, se le consideraba como uno de los catorce santos auxiliadores y se le invocaba para los dolores de cabeza, cualquier tipo de afección neurológica, así como para alejar la histeria y la locura. Era habitual declararlo santo patrono de las “casas de locos” en Europa y América.
  El reglamento provisional de la Casa fue publicado en el Diario de La Habana el 12 de marzo del año siguiente. Su primer artículo señalaba que esta se administraría “como un departamento de la Real Casa de Beneficencia, bajo la protección y dirección de su Junta de Gobierno; de la que es presidente nato el Excmo. Sr. Gobernador y Capitán General”, (2) mientras que el tercero hacía la salvedad:     
 “No teniendo todavía esta casa fondos ni rentas fijas con que poder llenar todo el objeto de su instituto, atenderá solo por ahora a recoger los dementes varones de cualquiera clase y condición que sean y lo necesiten por su pobreza y desamparo, así como a procurar su remedio”. (3)
  Una forma de sostenimiento de este hospital era la admisión de pacientes enviados por sus familias, que debían pagar quince pesos mensuales de pensión mínima.
  Por otra parte, la existencia de tal asilo significaba también una especie de advertencia al público para evitar que los dementes vagaran por las calles y alteraran el orden público: “Las personas o familias que tengan a su abrigo y cuidado algún demente vigilarán que no salga a la calle ni interrumpa la tranquilidad de los vecinos; pues que de no hacerlo, el gobierno recogerá y destinará a esta casa a dichos dementes a expensas de sus deudos”. (4)
  Los pacientes recibían los servicios del médico y del capellán de la vecina Beneficencia y estaba establecido que realizaran labores en las que no manipularan instrumentos peligrosos. Se preveía que si alguno llegaba a curarse y no disponía de medios económicos propios, se le debía buscar un empleo adecuado para su sostenimiento.


  Hacia 1841 la Casa fue visitada por el médico norteamericano John E. Wurdemann. Este la describió así:
  “El edificio era de una sola planta, de unos veinticinco pies de altura, con una pared enteriza en el exterior, y dividido en tres diferentes locales, cada uno de los cuales abría a una plaza central y se comunicaba con los otros mediante grandes puertas; mientras elevados pórticos ofrecían alrededor de cada plaza frescos paseos. Los dormitorios eran muy ventilados y limpios, y por el número de camas en varios de ellos era evidente que muchos de los pacientes no eran sometidos a confinamiento solitario de noche”. (5)
  Sin embargo, el galeno no puede evitar el descubrir esos signos de represión que todavía en esa época conferían a los asilos de dementes un aspecto carcelario:
  “Había sin embargo, en habitaciones más pequeñas, series de cepos en los que como castigo se confinaba a cuatro o cinco de los más furiosos, algunos por una pierna y otros por las dos. Parecían comprender la causa del castigo y estaban tranquilos. Uno, empero, acababa de hacer pedazos una camisa de tela fuerte, que el criado trajo al loquero, quien lo reconvino más que lo reprendió, por haberlo hecho. Había mucha bondad en su trato con los perturbados, y por su semblante benévolo creo que no aplazaba el castigo por estar en presencia de un extranjero”. (6)
  Es preciso señalar que tal sitio no resolvía en modo alguno la situación de los dementes habaneros. Por una parte, al no recibir mujeres, estas eran confinadas, unas en la antigua Beneficencia de San Isidro, otras en la Casa de Recogidas y algunas en el Hospital de Paula, lo que ocasionaba graves perturbaciones a las otras asiladas; además, no era raro en la época, que muchos propietarios de esclavos, cuando uno de ellos enloquecía o perdía la razón a causa de su avanzada edad, lo abandonaran en las calles y no quisieran hacerse cargo de su sostenimiento, por lo que nutrían el número de vagabundos.
  San Dionisio resultó muy pronto un sitio exiguo para las funciones que cumplía, a pesar de ciertas reformas y ampliaciones, la última de ellas en 1839, que estuvo a cargo del ingeniero militar Manuel Pastor. Por fin, en 1861 se decidió trasladar a los 400 dementes allí aglomerados a una nueva Casa, construida cerca del Wajay, en los terrenos pertenecientes a don José Mazorra, donde, con lógicos cambios en diversas épocas, ha permanecido hasta el día de hoy. El viejo hospital, por su proximidad con el Cementerio de Espada, fue cedido a la universidad para que se ubicara allí el anfiteatro anatómico, donde se diseccionaban cadáveres traídos de la vecina necrópolis.
  En 1841, el narrador Cirilo Villaverde publicó varios artículos descriptivos en el libro Paseo pintoresco por la Isla de Cuba, impreso por el Establecimiento Litográfico del Gobierno y Capitanía General. El volumen se anunciaba como una “obra artística y literaria, en que se pintan y describen los edificios, los monumentos, los campos y las costumbres de este privilegiado suelo… desde la punta de Maisí, hasta el Cabo de San Antonio, y desde la conquista hasta la época presente”. (7)
  Tan ambicioso proyecto estaba formado en realidad por un conjunto de artículos, los más notables de ellos firmados por Antonio Bachiller y Morales y Cirilo Villaverde, ilustrados por setenta y seis grabados, realizados por Laureano Cuevas y Fernando Costa, todos de formato pequeño y en blanco y negro.
  Según la crítica Adelaida de Juan: “Emparentados algunos de estos últimos [los de Cuevas] con las representaciones de Mialhe por su sentido del espacio y del claroscuro, están igualmente animados por el movimiento lleno de gracia de alguna figura o el reflejo cambiante de las aguas del mar”. (8)
  Por esas fechas, tenía Villaverde veintinueve años, se había graduado de Bachiller en Leyes y trabajado fugazmente en un par de bufetes, antes de dejar de lado la abogacía para ejercer por un tiempo la docencia en colegios de La Habana y Matanzas, e iniciar su carrera literaria con la publicación de una serie de narraciones breves y leyendas: El ave muerta, La Peña Blanca, El Perjurio, La Cueva de Taganana, en diversas revistas, lo que llega a su punto más notable con la aparición del núcleo primitivo de “Cecilia Valdés”, en La Siempreviva, en dos partes, en 1839, y de La joven de la flecha de oro, como volumen editado en la Imprenta de Oliva en 1841.
  A partir de 1834, el joven narrador frecuentó las tertulias de Domingo del Monte. Ese ambiente donde se discutía no solo de literatura y arte, sino también de política y economía y en el que se procuraba buscar soluciones para urgentes problemas sociales como la esclavitud, el analfabetismo y la vagancia, marcaron profundamente sus puntos de vista.
  Si bien el novel autor estaba muy marcado por el folletinismo romántico y gustaba de lo misterioso y crepuscular, de los hechos bizarros, de la narración de amores imposibles y de los desenlaces más o menos truculentos, las lecturas de Víctor Hugo y Eugene Sue, así como de los costumbristas españoles lo llevaron a una especie de mirada filantrópica en lo social. Sus especiales habilidades para la descripción posibilitaron no solo retratar tipos y costumbres, sino, sobre todo procurar un remedio para los males que descubre en medio de la belleza del paisaje insular o de la elegancia de las edificaciones urbanas.


  En ese sentido, la obra de este autor prolonga la de narradores de la generación anterior. En él llegan a un punto más alto las preocupaciones del Ramón de Palma de Una pascua en San Marcos, el Pedro José Morillas de El ranchador y el Anselmo Suárez y Romero de Francisco. No menos romántico que ellos pero sí más preciso en su pintura de la realidad, más agudo para detectar los problemas sociales y develar sus causas, más sistemático y abarcador en sus alegatos, Villaverde es el más notable de los autores cubanos que forman un puente entre romanticismo y realismo.
  Sus artículos para el Paseo pintoresco por la Isla de Cuba muestran, precisamente, esa habilidad para describir paisajes naturales y urbanos, pero más allá de la mera postal turística, con extrema habilidad, introduce la cuestión social, de manera tan cuidadosa que no pueda cortarla la censura, pero tan visible, que los lectores avisados pueden seguir el rumbo de sus intenciones.
  Así, cuando describe el barrio de Jesús María, no solo se detiene en sus célebres ferias con sus bailes, alimentos y campanas echadas al vuelo, sino que señala los peligros del juego y la relajación general “de las virtudes sociales y domésticas”. (9)   
 Por su parte, el paisaje portuario de la Puerta de Luz no solo le hace evocar un pasaje de la novela autobiográfica Sor Inés de la Condesa de Merlín, sino los “desacatos y tropelías” (10) que cometían los boteros un tiempo antes con las personas que necesitaban embarcarse hacia Regla.
  Las páginas que dedica a “La casa de San Dionisio”, son, a mi juicio, las más sobrecogedoras. El autor visita la institución y no puede ocultar su fascinación por la locura, que asocia con la muerte:
  “Un temor religioso sobrecoge el ánimo del escritor al estampar el solo nombre de S. Dionisio, mayormente, cuando sin quererlo, por sobre las almenas de la casa, divisa los pinos del Cementerio. Aquí la tumba de los dementes! Allí la tumba de los muertos! Qué consonancia tan terrible! La muerte y la locura juntas! Nosotros respetamos las intenciones del sabio magistrado que así lo dispuso, y aún aplaudimos su filosófico pensamiento. La locura y la muerte son una misma cosa. El hombre demente existe en un mundo donde aún no han podido penetrar los sabios de la tierra: el hombre muerto reposa en otro mundo cerrado definitivamente para el hombre vivo”. (11)
  La vecindad entre la institución y el cementerio lo pone ante un problema social: el enfermo mental es apartado y relegado, colocado en un margen muy semejante al de los muertos depositados en sus tumbas. La razón extraviada es causa de proscripción y de hecho funciona como una anticipación del tránsito a otro mundo:
  “La casa de los locos y la casa de los muertos deben estar, pues, en un mismo sitio. Si la sociedad tiene un sepulcro debajo de la tierra para sus muertos, que sirve de asilo a sus huesos, es cosa muy puesta en razón que erigiese también asilo sobre la tierra, para aquellos que, perdiendo el juicio, perdieron la existencia moral, y demanden una tumba o lugar apartado, donde sus delirios no exciten a todas horas, el horror, la lástima y tal vez el escarnio del hombre sensato. La sociedad en esto obedece a Dios callando. Desgraciado el hombre que no encuentra un hueco en la tierra donde descansar sus huesos! Desgraciado el loco, que no tiene un asilo donde ocultar a los demás hombres las miserias de su razón extraviada!” (12)


  Ante estas páginas no podemos sino recordar que en la obra de Villaverde la frustración, ocasionada habitualmente por problemas sociales es causa de locura y esta es el preludio de la muerte. Recuérdese en la versión definitiva de Cecilia Valdés, cómo Dolores Santa Cruz pasa de ser una persona normal a una pintoresca loca callejera, cuando es despojada de sus bienes materiales y, sobre todo, cómo Charito Alarcón enloquece cuando se le arrebata su hija recién nacida, por lo que debe ser encerrada en el Hospital de Paula y de hecho, el desenlace de la novela ocurre entre los muros de esa institución, donde también es encerrada hacia el final la protagonista: su progenitora la reconoce, recobra la razón y muere en sus brazos, pero intuimos que Cecilia no saldrá de allí; encerrada con locos, probablemente su frágil razón naufrague, una vez que la sociedad, representada por la familia Gamboa, ha descargado sobre ella el peso de toda la tragedia. Criminales y locos son tratados del mismo modo: se les sustrae de la vida, se les invisibiliza y se adelanta de manera legal la declaración de su deceso.
  Hay una importante dosis de ironía en la descripción de la institución, que se muestra como limpia, organizada y silenciosa:
  “Cuando se abrió la casa en 1828, no tenía más que este patio y un gran jardín al fondo; pero posteriormente lo destruyeron para fabricar otras celdas, con patios correspondientes, según veremos después. Para entrar en el segundo que es cinco varas más chico que el primero y que tiene los mismos pasadizos y columnas, atravesamos otro pasillo al cual abren dos puertas, que lo eran de otros tantos salones corridos a derecha e izquierda, donde se veían las largas mesas y bancos de pino, en que se sientan los reclusos blancos a comer, pues los de color tienen las suyas en los pasadizos. En el centro de este segundo patio hay una hermosa fuente, que derrama un chorro abundante de agua por la boca de una bestia marina; y corona la pila el Dios del silencio, representado en un precioso niño de mármol ordinario, que se ve de pie, con el indicador sobre los labios”. (13)
  Aunque se supone que el escritor debe dejar una impresión tranquilizadora en los lectores, no quiere escatimar el describir el pequeño caos que motiva su visita y a la vez, poner muy a la vista los instrumentos de represión. Se hace evidente que ante cualquier ruptura del orden, ahí están el castigo y la más evidente tortura para reprimir a sus causantes:
  “Los patios, celdas, calabozos, pasillos, pasadizos y paredes respiraban tal aseo y limpieza que sobremanera nos admiró, no menos que el religioso respeto con que aquellos seres de extraviada razón miraban a su guardián o loquero, D. Ignacio Franco, quien tuvo la amable condescendencia de enseñarnos el establecimiento y darnos cuantas noticias e instrucciones le pedimos. Mientras pasábamos de un patio a otro solía quedarse atrás el loquero cerrando alguna puerta; entonces los dementes nos rodeaban hablándonos a un tiempo y cada cual conforme al tema de su locura; pero se aproximaba aquel y todos se alejaban y le abrían paso, atentos siempre a sus menores acciones, como a sus palabras. La mayor parte de esos infelices estaban echados en sus tarimas cuando entramos; mas según fuimos penetrando en la casa, fueron ellos poniéndose de pie, por manera que a nuestro retorno, ya casi todos los 119, que hoy encierra el establecimiento, ocupaban los pasadizos del primer patio, y comenzaron a darnos voces e insultarnos desde lejos, porque nos veían con el lápiz y el papel en las manos, apuntando las noticias con que redactamos este artículo.
  ”Desde la edad fresca y lozana de los veinte años, hasta la débil y madura de los setenta, vimos allí locos; y es cosa singular que ninguno furioso; porque si bien es cierto que hay calabozos y estrechas celdas, rara vez, según nos dijo el loquero, se han visto en la necesidad de ocuparlos; y los cepos y los encierros; más se dan como corrección de pequeñas faltas, que como medios preservativos contra la furia de algún demente”. (14)
  El último párrafo del texto resulta ejemplar, pues, si por una parte, el periodista intenta acompañar el tranquilizador grabado sobre aquel hospital de sabor neoclásico con el que las ilustradas autoridades civiles y eclesiásticas han dotado a la ciudad, para encerrar a la sinrazón, por otra, el narrador no puede escapar a la atracción de la locura, un mundo de sabor goyesco, con mucho de fantasmagórico:
  “Nosotros nos retiramos de S. Dionisio al cabo de una buena hora, es decir a las cinco y más de media de la tarde, quedando encantados de la amabilidad del Sr. Franco, a quien los dementes tratan con el respeto de un padre cariñoso, y él a ellos como a hijos desgraciados. Hoy no hemos olvidado ninguna de sus cortesanas atenciones, para con nosotros, extraños e importunos visitantes; tampoco se nos borrará nunca de nuestra imaginación la fisonomía de esa enfermedad que llaman locura, fisonomía espantosa que inspira lástima, y horror al mismo tiempo. La palidez del rostro, la vaguedad en los ojos ahuecados, la macilenta expresión del semblante, y las manías de todos y cada uno de los locos agrupados en torno de nosotros mirándonos unos como estatua, asustándonos otros con sus contorsiones ridículas… oh! estas son cosas que no se pueden olvidar jamás. Dios nos conserve la razón y tenga misericordia de sus pobres criaturas, porque el hombre demente vive, es verdad, pero no existe en el mundo de los vivos”. (15)
  En esas páginas, que por entonces pasaron poco menos que inadvertidas, y que hoy quedan sepultadas entre las piezas supuestamente menores de don Cirilo, estaba el núcleo de muchas de sus obsesiones: el asesinato de Rosalía, acompañado por la locura del pretendiente Andrés en El espetón de oro; la muerte de Paulina a manos de su esposo celoso en La joven de la flecha de oro; las truculencias de La peineta calada y desde luego todo el variopinto mundo de su Cecilia Valdés.
  Lamentablemente, el edificio de San Dionisio pasaría a la historia por un acto de locura cometido por individuos que nunca estuvieron allí asilados. El 23 de noviembre de 1871 varios estudiantes de medicina que esperaban la llegada del profesor, según algunas versiones, se entretuvieron jugando con el carro que transportaba los cadáveres del cementerio al anfiteatro y otro arrancó una flor del camposanto, según algunos relatos, se lanzaron piedras entre ellos. El celador Vicente Cobas los denunció al gobernador político López Roberts, este se presentó dos días después en la clase… y lo demás es harto conocido… el fanatismo político integrista llegó a verdaderos extremos de delirio y concluyó con el fusilamiento de ocho de aquellos jóvenes el 27 de noviembre, en la explanada de La Punta, y la condena de otros 35 a penas de presidio, mientras los “voluntarios” y la soldadesca se cobraban nuevas víctimas en las calles… Para tales dementes no había un hospital.

  * El grabado con el que se inicia este artículo fue la imagen que inspiró a Cirilo Villaverde para escribir sobre la Casa de Dementes.

Notas

1 La Casa de San Dionisio estaba ubicada, aproximadamente, en San Lázaro y Aramburu. El Cementerio ocupaba las manzanas limitadas por las calles San Lázaro, Espada, Vapor y Aramburu y el Lazareto estaba en San Lázaro y Marina.
2 “Reglamento provisional para la Casa de Dementes de la siempre fidelísima ciudad de La Habana”, publicado en Diario de La Habana, 12 de marzo de 1829; revisado en La Habana Elegante, segunda época, sección Panóptico Habanero. Revisado el 23 de abril de 2013 en: http://www.habanaelegante.com/Fall2003/Panoptico.html.
3 Ibídem.
4 Ibídem.
5 John G. Wurdemann: Notas sobre Cuba, La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 1989, capítulo I, p. 42.
6 Ibídem.
7 Citado por Adelaida de Juan: Pintura y grabado coloniales cubanos, La Habana, Editorial Pueblo y Educación, 1974, p. 29.
8 Ibídem.
9 Cirilo Villaverde: “Jesús María y José”, en Cuba en la UNESCO. Homenaje a Cirilo Villaverde, La Habana, marzo 1964, Año 3-4-5, no. 5, p. 211.
10 Cirilo Villaverde: “Puerta de la Luz”, en Cuba en la UNESCO, p. 220.
11 Cirilo Villaverde: “Casa de San Dionisio”, publicado originalmente en Paseo pintoresco por la isla de Cuba, La Habana, Establecimiento Litográfico del Gobierno y Capitanía General, 1841, Cuaderno 7, pp. 231-236. Consultado en Cuba en la UNESCO, edición citada, p. 222.
12 Ibídem.
13 Ibídem, p. 223.

 Tomado de Palabra Nueva, junio de 2013.