martes, 19 de enero de 2016

En edificio ad hoc



  

  Gustavo López


 Allá, en los comienzos del siglo que está terminando, los pobres locos vagaban errantes por las calles y lugares públicos. Servían de mofa y entretenido juguete, no ya a chiquillos y gente del pueblo, sino a personas serias. Cuando por sus actos de violencia, extravagancias, turbulencia, etc., se hacían peligrosos o turbaban la pública tranquilidad, o comprometían la moral, entonces, sólo entonces, se hacían ingresar en las cárceles públicas, donde se confundían con los más empedernidos criminales, a los cuales servían a menudo de vasallos; o bien eran, los agitados y turbulentos, encerrados en obscuros lugares, que parecían construidos ex-profeso en los hospitales de la ciudad.

 Por el 4 de Junio de 1824, y no tanto entonces, por espíritu de bondadosa compasión, como por consideración al peligro que resultaba del hecho de que los locos vagasen por las calles confundidos con las personas sanas, se acordó por el Obispo diocesano, que lo era el generoso varón Espada y Landa, que fuesen también recogidos en el hospital de "San Lázaro" de la Habana, donde se dispondría por el Obispado, que parece tenía a su cargo la administración de este Hospital en esa fecha, la habilitación de lugares independientes de los ocupados por los enfermos lazarinos.  El compromiso espontáneo del Obispo, era atenderlo como lo permitieran sus muchas obligaciones.

 Todavía en Diciembre del propio año de 1824, debían existir bastantes locos en la Cárcel, puesto que en dicho mes, el Ayuntamiento de la Habana, acordó oficiar al Comisario de las fuentes, a fin de que se pongan expeditas las pajas de agua del Departamento de Dementes de la Cárcel.

 Los sentimientos compasivos, muy acreditados del Obispo de la Habana, parece tomaron cuerpo a raíz del beneficio que les hiciera a los pobres enajenados en "San Lázaro," y por ello quiso, en el año 1825, hacer algo más práctico por aquellos desgraciados seres. Concibió entonces la idea de albergar a los locos, en edificio ad hoc. Y es aquí, precisamente donde se encuentra entre nosotros la simiente de la secuestración y del apropiado lugar de cuidados y tratamiento para los enfermos del cerebro.

 En honor nuestro, esto mismo ocurría en todas partes del mundo civilizado. No era sólo Cuba la atrasada, porque esta época considerada como la tercera en la medicina mental, o época de Pinel, fue en la que hizo más serios progresos esta rama de la ciencia. Entonces fue cuando, el conocimiento de las enfermedades mentales, recibió perfecciones que consintieron dejar por impropias las estimaciones de endemoniados, hechiceros, etc., que se tenían para los locos. Es a través de este criterio, que se tuvo para ellos el humano concepto de considerarles como personas desvalidas. Es precisamente, a partir de estos tiempos, cuando caracterizando el progreso conquistado, se presenta la nueva faz social, a impulso de lo cual surge el Maniconio, institución filantrópica que no se inició tardíamente en nuestra tierra querida, y que ya sabemos alcanza en los modernos días la orgullosa satisfacción de sus soberbias perfecciones.

 No muy lejos de esta época, todavía después del año 1815, en la Gran Bretaña "los alienados vivían empotrados en nichos, semejantes a jaulas de perros, o como leña en un fogón." "Todos los días al oscurecer, eran empaquetados y agarrotados, para luego meterlos en unas como artesas que les servían de camas. Los domingos, como los guardianes se entregaban al descanso, los locos no salían de sus potros; los lunes, día de limpieza general, se les reunía a todos en un patio, y se les hacía una aspersión común por medio de una manguera."

 Mejor que esto estaban los locos en Cuba. ¿Qué extraño pues, con los datos anteriores, que hasta el año 1825, en esta Isla, no hubiéramos tenido serio proyecto de hospitalización de enajenados?

 Movido por los sentimientos de caridad y filantropía, de que dio tantas muestras el Obispo Espada, y comprendiendo el valor real de su idea sobre el edificio apropiado para la clase especial de enfermos que nos ocupa; gestionó la recolecta de una cantidad, cuya ascendencia cierta no sabemos, y la entregó para ese objeto al Ayuntamiento de esta Capital. La suma parece percibida por D. Francisco Filomeno Ponce de León en el tiempo que ejerció el cargo de Alcalde ordinario, toda vez, que en Cabildo celebrado el día 25 de Noviembre del citado año de 1825, manifestó este Señor, que con la suma facilitada por el Obispo diocesano, iba a emprender la construcción de la casa para recoger los locos. A dicho Ponce de León se le encomendó la realización de la obra; y cuando dejó el cargo de Alcalde, se le nombró comisionado especial. Hubo de proponer la construcción de la obra proyectada, mediante los presos, y con materiales de la Cantera, se acordó en Cabildo, facilitarle todos los auxilios necesarios. Como se ve, una nueva gratitud debe consignar el pueblo de la Habana, para el que fue su excelente Obispo, Sr. Espada y Landa, de inolvidable memoria…

 En 22 de Septiembre del propio año de 1826 se trató en el Ayuntamiento de lo "referente al aumento de un pedazo de terreno a la Casa de Locos, "acordándose que desde luego se procediese a formalizar la escritura correspondiente, con anotación del Mayordomo de Propios. En 7 de Diciembre del propio año, se acordó el pago de lo gastado en la cantera para sacar piedra con destino a la "Casa de Locos."

 En cabildo de 19 de Enero de 1827, se manifestó por D. Francisco F. Ponce de León, Alcalde ordinario de primera nominación, que encargado desde 1824 de procurar arbitrios para plantear en esta capital, un hospicio en que se recojan los dementes, tenía satisfacción de participar al Ayuntamiento estar realizados sus deseos, debido a la cooperación de Sr. Presidente Gobernador y Capitán General, del Obispo, y a la generosidad y caridad de los vecinos que le habían facilitado dinero y materiales para construir un edificio, sólido, grande y hermoso, en que se pongan los locos, el cual se halla a su conclusión, pero que se hacía necesario poder contar con rentas fijas para su sostenimiento, conservación y entretenimiento, para lo cual proponía como limosna necesaria el 1 p % de cada billete premiado de la Lotería; acordando la Corporación que el mismo Sr. Alcalde formara la representación oportuna.

 La solicitud referida no hubo de encontrar favorable resolución. Fue desestimada por el entonces llamado "Consejo Supremo de Indias;" y de ello se dio cuenta en el Cabildo Municipal de 8 de Febrero de 1828. El Rey de España, expresaba por boca de su Consejo citado, que el Ayuntamiento le propusiera otros arbitrios de expedita recaudación. ¿Cuál más fácil y seguro? podríamos nosotros preguntar…

 La casa de locos, proyectada extramuros, resulta o aparece concluida en los comienzos del año 1828. Así lo acredita la manifestación del Sr. Ponce de León, de 19 Enero que hace poco mencionamos, y más todavía, una moción, que al Ayuntamiento hubo de presentar D. Andrés de Zayas, en 18 Abril del mismo año. Concluida, la casa de locos proyectada, no ha podido hacerse uso de ella por no haber fondo conque atender a los gastos que forzosamente habrían de hacerse, etc.

 Confirma también este expuesto criterio, el oficio, o comunicación, que en 4 de Junio de dicho año, dirigía el Sr. Ponce de León, al Ayuntamiento, participando su conclusión, acompañando noticia detallada de lo recolectado y pagado, y proponiendo que, "como Establecimiento de Beneficencia, debiera considerarse como un departamento de la llamada Casa de Beneficencia, gobernándose por la misma Junta, y que ésta sea lo que ahora y siempre, tenga su dirección, establezca su gobierno económico, la provea de los dependientes y sirvientes que necesite y atienda a sus alimentos y demás necesidades."

 Discutido este asunto, se determinó el nombramiento de una comisión, para resolver su último extremo. El Sr. Ponce de León formaba parte en ella. Y el concejal D. Juan Montalvo y Castillo hizo de ponente. Previa esta ponencia, el consistorio acordó en 11 de Julio del mismo año, favorablemente a lo propuesto, y además, que a la referida casa, para hacer grata la memoria del entonces Gobernador General D. Francisco Dionisio Vives, se pusiera bajo la protección de "San Dionisio". También se acordó en esta fecha el destinar la suma de cien pesos mensuales, para que la Junta de Gobierno de la Beneficencia, atendiera al mantenimiento de los enajenados.

 En el mes de Julio de 1828 que es el año a que nos venimos refiriendo, se pasaron circulares a los Jueces locales, con el fin de efectuar cuanto antes, la secuestración de los enajenados pertenecientes a sus respectivos distritos. A la par se dictaron a los Jueces las instrucciones relativas a las formalidades que debían llenarse para proceder a la expresada secuestración.

 La moción de D. Andrés de Zayas, de Abril del año 1828, que hemos citado hace poco, tenía por fin, el solicitar que se trasladasen al edificio que se había concluido para los enajenados, las locas que estaban en la Casa de Baños en el matadero, pues con lo mismo que se mantienen en aquel lugar estrecho y sin ninguna comodidad, podía sostenerlas en otro donde la mayor extensión proporcionara alivios que aquí no pueden esperarse, y que tal vez contribuirán al restablecimiento 6 curación de algunas de esas desgraciadas.

 Razonaba aquí el Concejal Zayas, que manteniéndose cerrado el edificio mencionado, el público que no es espectador de los auxilios que ese establecimiento ofrece a aquellos desgraciados, no se presta a proporcionar los socorros que necesita y que debemos prometernos de su generosidad.

 Se reservó el tratar de este asunto para el cabildo del 25 del propio mes de Abril, en cuyo día, a pesar de considerarse que se contrariaba en algún modo el objeto de la construcción de aquella casa, se acordó en harmonía con la moción, toda vez que las locas no eran menos acreedoras a las consideraciones de la humanidad, en circunstancias de no poderse abrir dicho establecimiento por falta de fondos.

 Se ofrecieron dificultades para el cumplimiento de este acuerdo, que fue ratificado por el Ayuntamiento en 2 de Mayo siguiente. No llegó a realizarse.

 Por fin, en 1ro de Septiembre de 1828, se inaugura el llamado "Hospicio de San Dionisio", trasladándose los enajenados que existían en la Cárcel, a este primer Asilo conque Cuba se engalanaba. Treinta y siete de estos desgraciados enfermos recibió en el mes mismo de su inauguración.

 Esta mansión de Caridad, primer lugar consagrado especialmente a los enajenados, hubo de emplazarse en terrenos del "Hospital de San Lázaro," entre este Establecimiento y la antigua Necrópolis que perpetúa el nombre del benemérito Obispo Espada. El antepórtico del edificio lo costeó el General Vives. Sobre la puerta principal se puso esta inscripción:

    A la humanidad.

 —Al sano juicio.

 —Mens sana incorpore sano.

 —Francisco Dionisio Vives, Gobernador.

 —Juan José de Espada, Obispo.

 —Año 1827."

 Iniciada la idea de su construcción por este señor, fueron sus gastos en gran parte cubiertos por suscripciones voluntarias de los habitantes de esta Capital. Con celo no igualado contribuyo grandemente a esta obra, el Auditor de Guerra y Marina D. Francisco Filomeno Ponce de León que tanto hemos citado. Así lo reconoció el Ayuntamiento de la Habana, en sesión de 11 de Julio de 1828, congratulándose de la acertada elección que hizo en el Sr. Ponce de León, que en esta ocasión ha empleado felizmente el fervor que en otras muchas ha manifestado su espíritu público, acordando asimismo, para instrucción y satisfacción de los contribuyentes a tan piadosa obra y demás habitantes de la Isla, se imprima en el "Diario de la Marina", con esta acta, etc.

 El edificio en sí, presentaba la forma de un cuadrilongo, y se componía: 1°. de dos salas, una dispuesta para dormitorio, y otra que servía a la vez de refectorio y dormitorio; 2do de una sala de enfermería; 3ro de más 18 o 20 celdas dispuestas en un corredor, con puertas de hierro, y que recibían el aire y luz por pequeñas ventanas abiertas en el muro exterior del edificio. Algunas habitaciones para los empleados, cocina, lavadero, un patio central, y una gran piscina que servía de baño común a los enfermos, completaban el conjunto. Era capaz, para recibir de 70 a 80 enajenados. Hubo época en que recibió más de cien enfermos.

 El pobre loco, como se ve, tenía tan solo un simple lugar de albergue, y no un hospital propio para su especial enfermedad. Allí no se veía libre de las torturas del cepo, ni del histórico látigo; allí no estaba tampoco sustraído a los trabajos forzados, que de antiguo se le imponían convirtiéndole en verdadera máquina humana. Y sin embargo de esto, aquel templo de misericordia, palpable demostración de los sentimientos filantrópicos de nuestros conciudadanos, y evidente expresión del civismo de los Concejales de aquella época, constituía ciertamente, un progreso real, laudable, y entrañaba una positiva mejora en la suerte y cuidados de los pobres enfermos del órgano más valioso de nuestra especie.

 El tratamiento de la locura en sí, se comprende que no podía existir. Es de señalarse sin embargo, el uso que hacían de los baños fríos y de las afusiones frías, que bien acreditan el antiguo uso de la hidroterapia cuyas exageraciones, aún continúan sin dique, a pesar del feliz correctivo de un médico ilustrado que dijo que la locura no se disuelve en el agua. Los ejercicios corporales y los trabajos se usaban allí como medios de tratamiento, ofreciendo la singular particularidad, de ser prescritos por los empleados subalternos encargados de la vigilancia inmediata de los locos. No había médico propio para el establecimiento concurriendo a él un externo, sólo cuando había casos de alguna enfermedad accidental.



 Los locos en Cuba (fragmento), 1899.