domingo, 17 de enero de 2016

Asilo de San Dionisio






   José Joaquín Muñoz


 En el año de 1828 se fundó en la Habana el primer asilo consagrado especialmente a los enajenados.
 Era entonces gobernador superior de la Isla el Excmo. Señor D. Francisco Dionisio Vives; y en conmemoración de este caritativo jefe, se dio el nombre de San Dionisio al expresado asilo, que por lo pronto se destinaba a recoger los enajenados varones procedentes de la capital y su jurisdicción.
 Hacia el mes de Julio de ese mismo año, se pasaron las circulares a los señores jueces locales, a fin de que se efectuara cuanto antes la secuestración de los enajenados pertenecientes a sus respectivos distritos; y se dieron a dichos jueces las instrucciones relativas a las formalidades que debían llenarse para proceder a la expresada secuestración.
 En el mes de Setiembre siguiente, el asilo había recibido ya treinta y siete de estos desgraciados.
 Antes de esta época, los locos se hallaban dispersos aquí y allí en las cárceles públicas confundidos con los criminales, o bien encerrados en estrechos calabozos que parecían haber sido construidos ex profeso en los hospitales de la cuidad.     
 Esos eran los únicos albergues destinados en aquella época a los locos, cuando, por el estado de furor en que caían, o bien por sus actos de extravagancia y de libertinaje, se hacían peligrosos o turbaban la tranquilidad y la moral públicas. De lo contrario, se les dejaba en libertad errar por las calles y lugares públicos; muchos de ellos servían de mofa, a las gentes del pueblo, y eran solicitados, aun por personas serias, que hacían de ellos, un objeto de diversión y burla.
 El asilo de San Dionisio fue construido a una extremidad de la ciudad, en las cercanías de la Casa de Beneficencia, en un terreno adyacente al cementerio general.
 Los gastos de construcción e instalación, fueron en gran parte cubiertos por suscripciones voluntarias de los habitantes de la ciudad.
 La Casa de Beneficencia, de la cual dependía el asilo, debía suministrar los fondos para atender a las necesidades de los enajenados y satisfacer los gastos administrativos, etc.
 El edificio presentaba la forma de un cuadrilongo, y se componía: 1° de dos salas, una dispuesta para dormitorio, la otra servía a la vez de refectorio y dormitorio; 2° de una tercera sala destinada a enfermería; 3° de una serie de celdas en número de 18 a 20. Todas estas habitaciones recibían el aire y la luz por pequeñas ventanas abiertas en el muro exterior del edificio, y por puertas con rejas de hierro que daban a un corredor interior. Algunas habitaciones para el encargado de la vigilancia del asilo y para los empleados menores, un gran tanque que servía de baño común a los enajenados, una cocina, lavadero y un patio central, completaban el conjunto de las fábricas.
 Este asilo podía recibir aproximadamente de setenta a ochenta enajenados. Sin embargo, hubo época en que se alojaron en él más de cien enfermos de esta clase.
 La extensión del terreno anexo al edificio permitía, no obstante, cierto ensanchamiento de las habitaciones, y es probable que esto se hubiera llevado a cabo, si algunos años más tarde el gobierno superior de la Isla, poniendo el establecimiento bajo la dependencia del Estado, no hubiera concebido el proyecto de trasladar los enajenados a un lugar mejor apropiado a su destinación, y de dar al asilo suficientes dimensiones para recibir los locos procedentes de toda la Isla, lo que se ejecutó hacia el ano de 1856.
 Pero la necesidad de trasladar la Casa de San Dionisio no se hizo realmente sentir, sino veinte y cinco años después de su fundación. La grande epidemia cólera de 1833 y las de 1850 y 54, diezmaron la población del asilo; de suerte, que el número de enajenados ascendía en 1855, a unos ciento veinte o ciento treinta.
 La gestión económica y la vigilancia interior del establecimiento fueron confiadas a un mayordomo, bajo la dependencia de la administración general de la «Casa de Beneficencia.»
 Un médico externo visitaba todos los días el asilo; pero su única obligación era de dirigir la asistencia que debía darse a los enajenados atacados de alguna enfermedad accidental.
 En cuanto al tratamiento de la locura en sí, se comprende que debía ser nulo. En efecto, los únicos medios curativos que se aplicaban entonces a ese fin, consistían en el uso de los baños fríos y de las afusiones frías; más tarde se agregó el ejercicio corporal. Pero estos medios eran prescritos, no por el médico, sino por el mayordomo y los empleados subalternos encargados de la vigilancia inmediata de los locos. Considérese cuál sería la eficacia de ese tratamiento. En cuanto al ejercicio corporal que complete más tarde el método curativo del asilo de San Dionisio, es de presumirse que su objeto principal no era de curar los enfermos; sino de sacar partido de su trabajo; de donde se deduce, que el trato que debían recibir esos infortunados no podía ser muy caritativo.
 Es evidente que en esa reculada época, no se tenían convicciones muy só1idas acerca de la curabilidad de la locura, y que, si se había fundado un asilo especial para los locos, el objeto esencial era de ofrecer un simple refugio a estos desgraciados. Las condiciones materiales y morales en que fue creado este establecimiento, son las pruebas evidentes.
 Parece que a cierta época, el médico del asilo emprendió, de su motu propio, tratar los locos por el sistema homoeopático; pero no obtuvo resultado alguno, y estos enfermos fueron abandonados de nuevo, a los cuidados de los vigilantes.


 Casa de locos de la Isla de Cuba. Reflexiones críticas acerca de su historia y situación actual, E. DE SOYE, IMPRIMEUR, PLACE DU PANTHEON. 2., 1866, pp. 12-15.