domingo, 10 de enero de 2016

Tomás Pintado (o un amago de alienismo en Cuba)




 Pedro Marqués de Armas 


 En septiembre de 1827 se publicó en La Habana un pequeño libro titulado Breve exposición sobre la locura o trastornos mentales extractada de los autores modernos más célebres que han escrito sobre esta materia. El autor de este primer impreso cubano de psiquiatría fue el médico gaditano Tomás Pintado Salas, quien arribó a la isla a comienzos de 1826.
 Después de un periplo de dos años en la capital marcado por repetidos esfuerzos para abrirse paso como médico alienista, y a pesar de que parecía conseguirlo, Pintado se retiró a la próspera ciudad de Matanzas, donde se asienta en definitiva y convierte en uno de los más destacados facultativos, ejerciendo casi hasta su muerte, acaecida en 1880.   
 El libro lo editó la entonces recién inaugurada imprenta de Juan Roquero, también gaditano que seguiría la ruta matancera en busca de mejores horizontes. De aquella original y fugaz imprenta habanera saldrían otros títulos sugestivos: Memorias sobre las inmensas ventajas que resultarían de introducir y generalizar en esta isla el uso de camellos, y Aviso sobre el cólera morbo y modo de preservarse de su invasión, por el Dr. Juan J. Calcagno.
 Aunque apenas citado en su época, fue Bachiller y Morales quien, al incluirlo en su Catálogo de Libros y Folletos…, propició que el título en cuestión se propagara a otras bibliografías. Sin embargo, ni José Joaquín Muñoz, ni Gustavo López, ni Arístides Mestre, ni Armando de Córdova, para limitarnos a los psiquiatras cubanos que escribirían síntesis históricas de la disciplina, citaron nunca la obra.
 Al autor, en cambio, sí lo mencionan López, Mestre y Córdova, quienes aseguran que llegó a ejercer como loquero y que fue el primer alienista con que contó el país, pero colocándole en hospicios diferentes.
 Quien sí alude a Breve exposición sobre la locura o trastornos mentales, si bien sin entrar en su contenido, fue el médico, psicoanalista y teósofo Juan Portell Vilá que, a su regreso a la isla en 1924 tras formarse en París y Suiza, rastreó no sólo los orígenes de la psiquiatría en Cuba sino también los antecedentes de una literatura psicoanalítica. 
 El libro de Pintado resume en apenas cuarenta y dos páginas, como ya anuncia el título, aspectos fundamentales de las obras de Philippe Pinel y Jean É. Esquirol, los dos grandes representantes del alienismo francés. Pintado, quien ya había incorporado su título al Protomedicato, dedica su opúsculo, oportunamente, al alcalde habanero Francisco Ponce de León, encargado entonces de la construcción del asilo para enfermos mentales de San Dionisio.
 Ansioso de darse a conocer como entendido en la materia y al objeto de que se le concediese plaza, el médico gaditano expuso con claridad sus intenciones:

 “En los plausibles días en que va a franquearse a los dementes un asilo, tanto más grato a la sociedad cuanto se apartan de su vista los tristes espectáculos de miseria y horror que ocasionan estos infelices, y en los que con tanta frecuencia exponen su vida, nada me parecía más adecuado que el presentar al público, que siempre desea adquirir noticias sobre las dolencias humanas, una breve exposición de las causas, síntomas, progreso y curación de la enajenación mental, distinguiendo por sus nombres las diferentes especies, y aplicando a cada una las observaciones oportunas sacadas de la práctica moderna y antigua más recomendable”.

 En efecto, el 14 de agosto de 1827, el manuscrito fue sometido a consideración del Tribunal del Real Protomedicato, presidido por los doctores Simón Vicente Hevia y Francisco Eusebio de Hevia, el cual calificó de positiva su aprobación por parte del Alcalde y recomendó su publicación.


 La exposición de Pintado parte principalmente de Pinel, cuyo Traité médico-philosophique sur l'aliénation mentale ou la manie se publicó en 1800, y de las primeras publicaciones de Esquirol.
 Del primero destaca su novedoso tratamiento moral, al que describe de “método suave y arreglado” y califica de proeza humanista al estar “dominado de la más sublime filosofía”, capaz de engendrar “los sentimientos filantrópicos que le estimularon a descargar a los enajenados de las pesadas cadenas que los abrumaban y consumían, determinado las mejoras que en toda Europa se han realizado respecto a los locos”.
 Siguiendo a Pinel, Pintado define la enajenación mental como “desarreglos o perturbaciones de los sentimientos, la razón o las ideas” y pasa a considerar sus clases principales: manía, melancolía, demencia e idiotismo.
 De Esquirol señala su definición de la melancolía como “delirio sobre un solo objeto”, para introducir a continuación su concepto de monomanía como “la más propia denominación últimamente dada a esta enfermedad”. Pintado describe cada una de las variantes  (monomanías religiosa, erótica, suicida y licantropía), así como sus causas, factores predisponentes, cursos y tratamiento.
  A tono con las concepciones de la época valora la herencia como un factor causal más, de no mayor envergadura que los disturbios del régimen corporal: las pasiones, el fanatismo, el abuso de bebidas, los excesos intelectuales y venéreos, entre otros.
 En cuanto al tratamiento de las enfermedades mentales establece dos recursos: uno de orden moral o intelectual, y otro de orden físico.
 El tratamiento moral, tal como lo articula Pinel, es descrito por Pintado en términos de aislar al enfermo de la sociedad, tratarlo con dulzura y firmeza, separarlo de los furiosos y agitados, animar a los convalecientes, sustituir las cadenas y los golpes por la camisa de fuerza (detalla las características y el modo de aplicar este medio de contención), facilitar la distracción y el ejercicio, y vigilar rigurosamente a los inclinados al suicidio, la masturbación y otros vicios.
 Tal como Pinel expone, recuerda la importancia de contrarrestar “una pasión por medio de otra más fuerte”, incluso apelando a intervenciones sorpresivas que asusten y movilicen al paciente.
 En este sentido, se extiende en el envés de la terapia moral, cuya filantropía apenas oculta el culto al sometimiento bajo el manto de la enfermedad y la eficacia:

“Se les inspirará el temor por mil medios diferentes, pero el uso de estos medios no ha de quedar al arbitrio de gentes groseras e ignorantes, que harían un abuso; no todos saben manejar hábilmente este instrumento de curación y su aplicación no conviene a todos los maniacos…”

 “En un hospicio de locos, el médico jamás ha de inspirar el temor; ha de tener un sujeto a sus órdenes, que se encargue de esta obligación penosa y no obre sino con arreglo a sus instrucciones. El médico debe ser para los locos un amigo, un consolador, debe ganar su estimación y confianza, manifestarse benévolo y protector, afectuoso pero grave, y unir la bondad con la firmeza, porque es menester que se haga estimar, sentimiento que produce la confianza, sin la cual no hay curación”.  
 Los párrafos citados son transcripción exacta del Diccionario de Ciencias Médicas, por una sociedad de los más célebres profesores de Europa, publicado en Madrid en 1824 en traducción “de varios facultativos de esta corte”. 
 Es probable que Pintado haya vertido también pasajes del famoso tratado de Pinel, traducido al español por primera vez en 1804. Menos probable resulta que los hubiera traducido del francés, aunque en algún momento expresa “que la mayor parte no es otra cosa que la traducción de autores reconocidos, entre los cuales se encuentra algún autor tan moderno, que aun no han llegado aquí remesas considerables de su obra”. 
 Del mismo modo, toma del Diccionario de Ciencias Médicas las referencias de Esquirol, quien todavía no había publicado su principalísimo Des maladies mentales considérées sous les rapports médical, hygiénique et médico-légal (1838), pero sí había escrito, entre 1814 y 1821, numerosas entradas (Dérile, Démence, Démonomanie, Erotomanie, Folie, Fureur uterine, Hallucinations, Idiotisme, Imbecilité, Maisons d´aliénés, Mélancolie, Monomanie, Suicide, etc) para el Dictionnaire des sciences médicales, fuente a su vez de la versión española. 


 Otras consideraciones que no podían faltar en el “extracto” de Pintado, son las de orden legal. Por un lado, el médico de asilo debe garantizar, en tanto perito, que se cumpla el criterio de “no responsabilidad por los actos que se cometan contrarios a la leyes”, y, por otra, “se requiere que repita sus visitas en diferentes épocas del año para asegurarse de si es fingida o verdadera la locura”.
 Así, “el único medio de descubrir la verdad, cuando la locura posee carácter intermitente, consiste en poner al enfermo en una vigilancia exacta y prolongada, al objeto de descubrir al pérfido y astuto delincuente”.
 Tomás Pintado no logró pese a sus esfuerzos ejercer en el hospicio de San Dionisio, el cual no se inauguró hasta octubre de 1828. Ya entonces, había puesto rumbo a Matanzas.
 Aunque Córdova (La locura en Cuba, 1940) refiere que fue nombrado director, con carácter de honorario, del Asilo de Dementes, “para que practicara las teorías que había adquirido sobre las diferentes clases de locuras”, todo indica que fue en la Casa de Recogidas, donde entonces se encontraban internadas las enfermas mentales, donde se le concedió la posibilidad de ejercer.
 No obstante, y en la misma dirección de Córdova, en el dictamen del Protomedicato se menciona que el Gobierno Civil le encargaría la dirección de San Dionisio.  
  Según Gustavo López, el 19 de octubre de 1827 el médico gaditano manifestaba a la Corporación Municipal “que deseoso de practicar las teorías que ha adquirido sobre las diferentes clases de locura, y noticioso de carecer actualmente de facultativo el Establecimiento titulado San Juan de Nepomuceno, donde se hallaban varias dementes, le sería ventajoso encargarse de la asistencia gratuita y suplicaba se le concediese la asistencia y cuidado del expresado Establecimiento”.
 López asegura que su petición fue aceptada, constituyendo el primer nombramiento de un médico loquero. Y añade: “Nos agrada consignar que este primer médico que aparece en la especialidad, era también un filántropo”. (Los locos en Cuba, 1899).   
 Martínez-Fortún, por su parte, incluye en su Historia de la Medicina en Cuba (1958) fragmentos de un Acta del Ayuntamiento donde se recoge el citado reclamo de ejercer en San Juan Nepomuceno, es decir en la Casa de Recogidas, y afirma igualmente que la petición resultó aprobada.
 Allí ejercería gratuitamente.  


 El supuesto nombramiento para San Dionisio, por lo visto, no se verificó. Aunque las obras de construcción del edificio, a cargo del ingeniero Manuel Pastor, finalizaron aproximadamente en el invierno de 1827, la falta de fondos para ponerlo en función presagiaba una larga espera.
 El gesto de Pintado tiene sin embargo valor más allá de la mera transcripción de otros autores y de algunos aportes, según señala, de propia cosecha. No radica en el legítimo propósito de valerse de un manuscrito (en cualquier caso, precisaba de licencia para publicarlo) para demandar un puesto ante las autoridades. El suyo es un proyecto esencialmente modernizador, propio de una época y un contexto (se venía anunciando el futuro manicomio desde 1825) donde divulgar ciertos adelantos y apelar al prestigio de otros, es imprescindible para un ascenso social que va de la mano de la filantropía y el utilitarismo en cuanto estrategias negociadoras.
 Como afirma en las primeras páginas, su empresa es de “pequeño volumen” pero “muy ardua” ya que para llevarla a efecto se precisa de un “mecenas ilustrado que, hecho cargo de su delicada naturaleza, la acoja favorablemente”. Su mérito, asegura, “es corto”. Pero “nada más natural” que los conocimientos que propone para consuelo de aquellos enfermos sean de interés y provecho para las autoridades civiles.  
 Una vez en Matanzas, la carrera de Pintado no dejó de cimentarse. En 1834, tras la desaparición del Protomedicato, inscribe su título en la Real Junta Superior Gubernamental de Medicina y Cirugía. Hasta ese año se desempeñó como cirujano de matrículas de la Marina. Pasa luego a ocupar el cargo de primer médico del Hospital Militar.
 En 1838 aparece como Secretario de la Junta de Sanidad de esa provincia, junto a médicos de la talla de Honorato Bernard de Chateau-Saling, José Yarini y Ramón Piña y Peñuela, entre otros. Ese mismo año es designado médico del recién construido Hospital de Santa Isabel. En 1846, es facultativo de un hospicio erigido por el sacerdote Nicolás González Chávez. En 1854, primer subdelegado de medicina y cirugía, primer vacunador de la provincia, y médico cirujano jefe de la parte militar de Santa Isabel (también hospital civil). En 1860, reemplaza al Ldo. José de Jesús Lázaro en su cargo y ocupa la plaza de director del mencionado hospital.
 Fue además médico de la Casa de Beneficencia, inaugurada en 1847.
 Hasta su muerte el 15 de mayo de 1880, se mantuvo como Director del Hospital de Santa Isabel y subdelegado de medicina de la provincia. 
 Sobre Pintado y su familia, dejó algunos recuerdos el comandante Eugenio Ney, quien alaba su trato y señala sus tempranos méritos dentro de la sociedad matancera (Cuba en 1830: diario de viaje de un hijo del Mariscal Ney).
 Su sirviente de confianza, hacia la década de 1840, era uno de los hermanos de Juan Francisco Manzano, según recuerda el propio escritor esclavo en su célebre Autobiografía


Bibliografía

Bachiller y Morales, Antonio: “Catálogo de libros y folletos…”, en Apuntes para la historia de las letras y de la instrucción en Cuba, T-III, La Habana, 1861.
López, Gustavo: Los locos en Cuba (Apuntes históricos), La Habana, 1899.
Córdova, Armando de.: La locura en Cuba, La Habana, 1940.
Cuba en 1830: Diario de viaje de un hijo del Mariscal Ney -introducción, notas y bibliografía por Jorge J. Beato Núñez-, Ediciones Universal, Miami, 1973. Muy completa resulta la síntesis biográfica de Tomas Pintado escrita por Beato Núñez, en la se apoya en gran medida este artículo:

“Nació en Cádiz en 1800. Estudió en el Real Colegio de Cirugía de su ciudad natal, graduándose de Licenciado en Cirugía Médica el 20 de agosto de 1822, expidiéndosele el título por la Real Junta Superior Gubernativa de los Reales Colegios, en Madrid, el 7 de octubre de 1824. Profesor médico del navío de S. M. “El Asia” desde el 12 de mayo de 1821 hasta el 14 de agosto de 1823.
 En 1826 pasó a Cuba, incorporando su título en el Real Protomedicato el 22 de junio de 1826. Con fecha 19 de octubre de 1826 al ilustre Ayuntamiento pidiendo encargarse de la asistencia gratuita de las locas que se hallaban recluidas en la Casa de Recogidas. Y un año después, en 1827, publico una Breve exposición sobre la locura o trastornos mentales, que es el primer impreso cubano sobre esta materia.
 En 1828 pasó a Matanzas, donde nació su primer hijo, Diego T. Pintado y García. Desempeñó las funciones de cirujano de matrículas de la Marina hasta 1834, en que fue nombrado primer médico del Hospital Militar de Matanzas. En el año 1854 fue designado Sub-Delegado de Medicina y Cirugía, cargo que desempeñó hasta pocos meses antes de su muerte, ocurrida en Matanzas el 15 de mayo de 1880.
 Diccionario de Ciencias Médicas, por una sociedad de los más célebres profesores de Europa, Madrid, 1824.
 Martínez-Fortún y Foyo, José A: Historia de la Medicina en Cuba, La Habana, 1958. 
 Weiner, Dora B: Comprender y curar: Philippe Pinel, 1745-1826, La medicina de la mente, México, FCE, 2002.