viernes, 11 de diciembre de 2015

La trompetilla

   


  Eladio Secades 


 Tres instituciones cubanas han obtenido pasaportes diplomáticos y sin trabas aduanales se han lanzado a viajar por todas las latitudes: la bolita, el son y la trompetilla. Fuera de Capablanca y Kid Chocolate, en las últimas décadas la fama de nada salido de Cuba ha podido ir tan lejos. A fuerza de necesitarla, inventamos la trompetilla para uso local y con seguridad de consumir nosotros mismos toda la producción. La trompetilla es el resumen brusco, es la crítica más cruel, es el punto final, salido de cualquier parte, y  que de pronto marchita la primavera de una cosecha de cursilerías. Es la mejor arma, es la arma única contra aquellos que continuamente se pasan de rosca y nos hacen el daño de sus estridencias. Un derroche de patriotismo tropical, o un alarde de guapería, o el agudo de cómico malo que prolonga y eleva la nota, con las venas dilatadas y la cara enrojecida por un esfuerzo que sacude los hilos del pentagrama, como si fueran las cuerdas de un ring de boxeo.. Cualquiera de esas manifestaciones de la humana guilladera, puede provocar la chispa húmeda de la trompetilla que enfría, desarma y reintegra a la realidad a los que sin darse cuenta han salido de ella.

  La trompetilla, en suma, es el verdadero concepto cubano sobre la libertad del pensamiento. Casi todos los errores que aparecen en nuestra historia, son trompetillas que hemos dejado de tirar. Los hombres que han llegado a genios de la oración sin saber hablar, a cumbres de la literatura sin saber escribir y a diplomáticos hábiles sin poseer otra cosa que influencia política y esa amabilidad que manejan con igual sabiduría las dueñas de casas de cita y los Ministros Plenipotenciarios, pudieron ser evitados por medios profilácticos. Entiéndase por Ministro Plenipotenciario el que aparece  en la fotografía con el pecho acribillado de honores.

  Pecho de cancillería y de quincallería, con más cruces que un análisis positivo y más medallas que la etiqueta del agua de Carabaña. Los triunfadores en Cuba son supervivientes gloriosos de la trompetilla.

  Últimamente los americanos han usado la trompetilla en escenas cinematográficas. La reacción del público ha sido favorable. He ahí un triunfo cubano del que nadie ha querido hablar. En Panamá no se conocía la trompetilla hace alrededor de 17 años, cuando el Gobierno del Presidente Zayas envió al Istmo una nutrida delegación de jóvenes deportistas. Por entonces en las barras y en los cafés de la capital panameña desbrochaba unas terribles latas cierto pro-hombre alcoholizado que, a la fuerza, retenía a sus amigos y les obligaba a escuchar sus largas y afectadas recitaciones. A veces, en un arrebato del lirismo, con las manos crispadas, se aferraba a las solapas de uno de los oyentes y le colocaba sin respirar una tirada lírica de Juan de Dios Peza. Por dulces, los versos de Juan de Dios Peza debían ser el postre obligado de las antologías. Los pobre panameños padecían a aquel hombre sin encontrarle solución. Declamaba cierto día el famoso “Nocturno” de José Asunción Silva, esa formidable pieza poética que ha hecho llorar a las mujeres de alma exquisita y a los bomberos de guardia, cuando llegó al establecimiento cubano, que de paso para el hotel se detuvo allí para tomar el penúltimo trago. Rodeaba al recitador una corte de víctimas que, para halagarle, ensayaba dramáticos gestos, ora de aprobación, ora de asombro. El recitador con los dos puños se golpeó el pecho, abrió los brazos y mientras se incorporaba, iba diciendo muy despacio:

                      Contra mí ceñida toda, muda y pálida…

                     como si un presentimiento de amarguras infinitas

hasta el más secreto fondo de las fibras se agitara…



De uno de los ángulos del salón brotó un ruido áspero, prolongado, escalofriante. Como el que se produce al arrastrar una silla en el silencio de la noche. O al abrirse la puerta de un escaparate nuevo.

  El hombre de mi historia se congeló de los tobillos a las narices y sintió como si de pronto todo el alcohol se le hubiera escapado del cuerpo. Sacó la pistola y empezó a buscar a quien tenía que matar. Pero la carcajada era unánime y el destino le había colocado en la tremenda disyuntiva de la resignación, o la “massacre”. Esa fue la primera trompetilla que se tiró en Panamá. Los cubanos arrojamos tan peligrosa semilla, precisamente en el punto del planeta en que es más intenso el tráfico internacional. Yo atribuyo a eso que la trompetilla haya ganado los dos océanos y haya prendido en todos los continentes. Y que por ese hecho trascendente y nunca divulgado como merece, se concede a Cuba la gloria de ser el país donde se acuña todo el “relajo” que circula por el mundo…

No creo que pueda prescindirse de la trompetilla en un ambiente en que vemos al amigo pobre largando la fiebre, gota a gota, en la democrática camita de hierro de un cuartucho vacío de humildad franciscana; y por medio de la letra impresa hace saber a sus amistades que se encuentra recogido en sus habitaciones.

  Yo nunca he visto y creo que me moriré sin ver al enfermo que pase su padecimiento en más de una habitación. Como tampoco he visto jamás a un paraguayo. Que la trompetilla no es absolutamente un desahogo del vulgo, lo comprobamos cuando una señora respetable, ante un espectáculo que le desagrada, nos confiesa con pena: “yo ahora quisiera saber tirar una trompetilla”.  Es verdad que una trompetilla a tiempo es peor que un tiro. Al cubano, que la inventó, es precisamente al que más le afecta y cuando la merece y la oye, se voltea y quiere “fajarse”. Que es precisamente el mejor éxito a que puede aspirar una trompetilla. Después, desde luego, de la recordación bárbara y que aquí ha dejado de tener importancia. Porque el cubano cree que la madre de verdad, la adorable, la santa, la abnegada es la que besamos en la frente el segundo domingo de mayo. La otra es el doble que con la mente creamos, a la manera del cine, para utilizarla en las escenas de peligro. Como el que corre invariablemente después de sonar una trompetilla.

  Hay frecuentes motivos ambulantes para la trompetilla. Esas gentes que visten tan escandalosamente, que nos dan la sensación de que el maniquí del bazar del pueblo ha salido de paseo. Y las niñas chusmas que se hacen el vestido bien ajustado para destacar las formas que creen tener. El corset es un ensayo de la más feroz de las dictaduras, porque oprime las masas. Época esta de grandes ficciones, para que una mujer cualquiera luzca hembra, no tiene nada más que quedarle apretado el pantalón del pijama. El pijama es la prenda íntima que cuando es de seda, a la señora le da pena que no se la vean puesta los demás. Por eso no una pijama de seda la llamada mujer de su casa. Se entiende por mujer de su casa aquella que se ha resignado a que el esposo haga en la calle todas las sinvergüencerías que se le presenten.

  La trompetilla podría evitar muchos dramas pasionales, haciendo reaccionar al enamorado bobo que antes de agredir a la amada le dice la frase que ya oían las novias en la edad del minué: “mía, o de nadie”. Influidas seguramente por el cine, las novias de hoy facilitan generosos avances de lo que ha de ser el matrimonio. Llegaremos, si es que no se ha llegado ya, a la “premiere” antes de la noche de bodas.

 La calva es la antena de la trompetilla. Y el motivo de las burlas piadosas de los amigos. La conquista de la mujer es para un hombre sin pelo una labor grotesca. Por eso a los calvos las mujeres les resultan más caras. Los calvos que son inteligentes, apenas se quitan el sombrero hacen el chiste a su propia calvicie, para evitar que lo haga otro. Las penas que se pasan con una calva absoluta, sólo pueden compararse con las que pasamos con el acné juvenil.

 Seguiría a gusto opinando sobre la trompetilla. Pero no lo hago. Por miedo a la trompetilla.



 Estampas de la época, 1958. 

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