sábado, 26 de diciembre de 2015

A la salud de Cristo




  Sergio Carbó 


 En medio de una algazara entreverada de “congas” y libaciones, la ciudad alegre y confiada que puede gastar dinero celebraba el nacimiento de Jesús. Los hombres, enfundados en su atuendo funeral de rigor: el smoking, que más que traje de fiesta parece un uniforme de riguroso duelo. Las mujeres, amplias de escote, se dejaban besar por el aire fresco de una anticipada Epifanía que esta vez llegaba de la cantina, y que la vez primera vino del desierto.

 Con esa ingenuidad patética que procura el alcohol en las madrugadas –la hora extraña en que ángel despierta en el alma de los libertinos, según dijo Baudelaire-, alguien levantó su vaso de high-ball y musitó, entornados los ojos y trémula la voz: -Señores: han dado las doce. Brindemos una copa por el pobre Cristo, que para eso estamos aquí.

Nadie le hizo el menor caso al arrepentido pecador. Hubo un bisbiseo imperceptible en sus labios como si orase el Padre Nuestro; de sus ojos vidriosos rodó una furtiva lágrima hasta el vaso, y se bebió la lágrima y el vino…

 Ilógicamente, inesperadamente, la orquesta rompió a tocar el Himno de Bayamo, dando a la fiesta calidades de fiesta patriótica, como si el Nazareno hubiese visto la primera luz en Cuba. Después continuó la “conga”, confundida con el dulce tañido de las campanas de Noel, campanas lejanísimas, rebosantes de piedad y pidiendo misericordia a lo largo de los siglos. Por la bóveda celestre cruzaron, en caravana deslumbrante, Melchor, Gaspar y Baltasar. El que había brindado rectamente inclinó la cabeza, como en éxtasis. Era el único cristiano digno de la noche maravillosa, y estaba en completo estado de embriaguez.

 ¿Será inoportuno y ridículo, en la época delirante en que se vive, aludir con melancolía al pasado tradicional, pleno de tierna belleza, en que las Nochebuenas tenían otro sentido superior y otra mística, aún dentro de la clásica comilona? La familia reuníase alrededor del piadoso arbolito de Navidad, talismán de compenetración y afecto, y el profeta admirable que nació en el establo llenaba de fantasía el alma de los niños y hacía meditar a los mayores aún entre los vapores de la cena…

 Ah, la Humanidad siempre fue licenciosa y alegre, pero había más espiritualidad, más elegancia en los recuerdos, en las ceremonias, en los símbolos inmortales y en las creencias. No es que seamos más malos; pero sí somos más vulgares. Por el caminos que vamos llegaremos al colmo de convertir en baile hasta los entierros, y en “arrollar” hasta con ocasión del óbito de nuestros héroes…

 He aquí esta Nochebuena: noche de sangre en los campos de batalla donde cientos de miles de hombres caen en el abismo de la muerte, para que nosotros podamos seguir bailando y comiendo lechón en años venideros… Noche terrible, en que la palabra de Cristo es consuelo de moribundos y esperanza de pueblos esclavos, porque la doctrina publicada por el Galileo, de igualdad y respeto a la personalidad humana, de tolerancia y de cooperación, vivifica el dogma de la Democracia…

 Noche navideña en que el carbón homicida no dio tregua a la azulosa tribulación de las madres que esperan, leyendo desesperadas las listas de bajas de los estados mayores, igual que aguardaba María, atravesada por mil puñales, entre las zarzas del Calvario…

 Noche ilustrada por la más sublime de las apariciones, en que el Hijo del Hombre vino a decir la única fórmula de armonía, sin la cual serán inútiles las conferencias de la paz: amaos los unos a los otros… Apotegma que flota como un espantoso remordimiento sobre los millares de tumbas de los hijos segados por el odio del Anticristo…

   Y esta noche triste, esta noche delicada, nosotros bailamos la “conga” y catamos el licor, mientras allá lejos corre la sangre…. ¿Sentimental, acaso ridículo hablar de estas cosas?

 Quién sabe. Pero la última Nochebuena, más que el Himno de Bayamo metido a la fuerza en la navidad del Redentor, más que la “conga” estridente, nos queda en el cerebro un rastro indeleble y perfumado: aquel borracho hermano del Buen Ladrón y campeón denodado de las últimas gentilezas de un mundo irredento que al filo de la hora brindó por Cristo con un vaso de high-ball





Prensa Libre, 27 de diciembre de 1944., 1944. Tomado de Periodismo y Nación. Premio Justo de la Lara, Editorial José Martí, 2013, pp. 95-97.