lunes, 7 de diciembre de 2015

Apoteosis de Carol Chernicupescu





     Miguel de Marcos


 Acaso ustedes hayan oído hablar de Carol Chernicupescu. Se trata de un joven músico de Rumania. En un rostro infantil y mofletudo se le abren, para la melodía, para los ensueños sonoros, para el estupor y el arte, unos claros ojos azules. Basta contemplarlo, cuando se hunde en un sillón haciendo cabalgar una pierna sobre otra, para comprender que es un pianista tentacular. En primer término es políglota, o pogoloti, como dice un distinguido funcionario que ocupa una cartera en el Gabinete. Pasa con seguridad y con aplomo del francés al inglés y del ruso al español. En ciertos momentos, especialmente cuando está habitado y poblado por el fantasma de la inspiración, pronuncia frases de su idioma original que es el rumano. En una fiesta reciente donde tuve el gusto de acompañarle, cuando se halló en presencia de prolijas bandejas de sandwichs y de otras cosas honorables y sustantivas, a la hora de reclamar una reiteración en su plato, se expresó en vascuence, en un vascuence transparente, fino, arcangélico, que traduciría sin esfuerzo el excelente Jesús Azqueta. Dicho sea en honor del pianista Chernicupescu: en la fiesta donde tuve el placer de acompañarle se pasó gran parte de la noche en el comedor, hablando en vascuence.

 Nunca estuviera en Cuba. Ya en el aeropuerto empezó a sentirse deslumbrado. Alguien, mientras Chernicupescu mostraba a la Aduana las cavidades endógenas de su maleta, le habló del juramento de Grau en el Cacahual. El joven músico en esta ocasión a pesar del poliglotismo, no habló ni en inglés ni en rumano, ni siquiera en vascuence. Se le ensancharon los claros ojos azules en el rostro infantil y soltó una carcajada. Durante cinco minutos, aquel dulce local que tanto conozco, se llenó de risas.

 Constatada la presencia de Carol Chernicupescu en La Habana, se iniciaron los homenajes. De inmediato acudí junto al joven músico. Lo interrogué:

 -Dígame, querido Chernicupescu, ¿cómo se portan sus dedos con Beethoven? 

 Sonrió tenuemente:

 -Mal, sinceramente mal, estimado Pintueles. Vengó de una “tournée” por los Estados Unidos. Di un concierto últimamente en el anfiteatro de Boston, al aire libre. Usted conoce el anfiteatro de Boston. Aquello es frío, de un frío polar. Se me entumecieron los dedos cuando extraía a Beethoven del teclado sonoro. Por un momento, sospeché que no estaba en Boston, sino en la expedición que realiza el almirante Byrd en el Antártico. Mire usted estos dedos que habrán de disolverse en la madre tierra. Mire usted estas coyunturas: ajadas, reumatismales, necroquevilladas. Tengo la seguridad que con estas coyunturas habría de patinar sobre Beethoven.

 -Caramba, Cherni, mal negocio. Estoy comisionado para timonearlo hacia una residencia donde habría de ofrecer usted las primicias de su arte. Habrá buffet. Pero, después, o “dimpué”, como dice una de las grandes figuras de la patria, habrá un poco de música.

 Chernicupescu se retorció los dedos quebrantados. Ofrecía señales evidentes de angustia y desesperación, y replicó:

 -Una tragedia, una verdadera tragedia. No estoy en dedo, quiero decir, no estoy en coyuntura. Estragaría los “largheto”, echaría a perder los “molto allegro”.

 Comprendí perfectamente esos vocablos en vascuence, y, a mi vez, para darle una réplica adecuada, me hundí en la desesperación. Volví a los pocos días. Le pregunté cómo se portaban sus dedos, como andaban sus yemas quíntuples y sus coyunturas mordidas por el frío de Boston.

 -Mejoran, me respondió. Este prodigioso invierno de La Habana que lo obliga a uno a circular en guayabera y sin camiseta me ha hecho mucho bien. Recupero las coyunturas. Se me flexibilizan los metacarpos. Tengo las yemas dúctiles y flexibles. ¿Me dijo usted que habría buffet?

 -Se lo ratifico, querido Cherni.

 -Pues andando

 No es preciso decirlo: Carol Chernicupescu hizo una impresión formidable en la casa donde lo conduje. Sobre todo la impresión que hizo en el buffet fue apocalíptica. El dueño de la casa en una pausa, se acercó a mí y me dijo:

 -Oiga, Pintueles, ese Cherni es devastador. Debió usted avisarme para reforzar el renglón de las golosinas.

 Pasaron dos horas. No había manera de desglosar a Chernicupescu del comedor. Se nombró una comisión encargada de extraerle del local. Rechazó dos intentonas. Al fin, excavado, extirpado, fue conducido al piano. Se sentó. Meditó ante el teclado. Se hundió en un silencio para atrapar la inspiración. Una señora, toda melódica, imploró:

 -Cherni por favor la Sonata del Claro de Luna. Una dosis de Beethoven por favor, Cherni, para hacer la digestión.

 Chernicupescu, en un español perfecto, sin acento, replicó:

 Señora, no estoy en dedo, no estoy en coyuntura. Mire estas coyunturas que se disolverán en la tierra.

 Y de repente, con un brío espléndido, atacó los primeros compases de “La vaca lechera”. Chernicupesco, en su carrera de artista, ha escuchado ovaciones. Pero como la de esa noche, ninguna. 


 Diario de la Marina, sábado 18 de enero de 1947, p. 4.