miércoles, 2 de diciembre de 2015

Política psiquiátrica a inicios de la Revolución


  

 Pedro Marqués de Armas 


 La política psiquiátrica de la revolución no se definió de un día para otro. Como era de esperarse, los proyectos iniciales fueron de carácter liberal y daban continuidad a planes anteriores, por lo general, largamente postergados.

 En Proyecciones Oficiales de la Sociedad Cubana de Neurología y Psiquiatría sobre la Organización Psiquiátrica y la Higiene Mental en Cuba, publicado en mayo de 1959, se plantea, por ejemplo, crear dispensarios y hospitales provinciales, convertir a  Mazorra en un asilo para enfermos crónicos y, siempre de acuerdo con el Código de Defensa Social, que así lo establecía, construir una clínica de conducta y un manicomio judicial.

 Todas las propuestas incluidas en el documento, tanto las institucionales como otras de carácter docente, habían madurado en las dos últimas décadas y eran conocidas en el ámbito sanitario. Otro objectivo: llegar a una cama por cada 1000 habitantes, respondía a normativas recientes de la OMS.  

 Del igual modo, el "Plan de Asistencia Psiquiátrica Nacional" publicado en septiembre del mismo año en la Revista del Hospital Psiquiátrico,  y que contó con apoyo explícito del Gobierno y del Ministerio de Salubridad, fue concebido años antes como parte de las funciones de su autor, Julio Reymondez, al frente de la Liga de Higiene Mental (1948).

 En el mismo se pedía la construcción de dos hospitales "semejantes, aunque más pequeños" (se refiere a Mazorra), una red de dispensarios a extender por todo el país, así como la creación de clínicas para niños psicóticos y un centro de investigaciones del cerebro. Se señalaba, de paso, la necesidad de incidir sobre el alcoholismo, la delincuencia juvenil, el divorcio, la prostitución y la homosexualidad, calificados como los problemas sociales y psiquiátricos “que más golpeaban” a la sociedad. 

 El informe estaba avalado por Eduardo Bernabé Ordaz, quien lo presentara directamente al gobierno en abril de 1959.

 Ambos proyectos cifraban sus esperanzas en la "honestidad del nuevo gobierno", pero eran autónomos en sus demandas.

 A partir de ellos se articula una incipiente política de salud mental que experimentará, en breve, no solo variaciones presupuestarias, sino en el alcance y calidad de sus contenidos.

 A comienzos de 1960 comienzan a producirse cambios cada vez más evidentes, en la dirección de una política de Estado que se radicaliza, anudando prácticamente todas las decisiones

 Durante el II Congreso Nacional de la disciplina, celebrado entre el 12 y el 16 de enero, un nuevo modelo de asistencia psiquiátrica fue elevado al Gobierno. Propuesto por José Argaín Ros, se trata ahora de promover, en consonancia con las transformaciones que la Revolución viene desarrollando, una higiene mental “colectiva, popular y social, en la que pueblo participe de un modo directo.

 Argaín Ros proponía una psiquiatría de orden sociopolítico, a tono con lo que definía como “línea de masas”. Para ello era necesario reformar la “legislación vigente” sobre enfermedades mentales y llevar la asistencia a zonas rurales “a fin de  erradicar el curanderismo, el espiritismo y la brujería”.

 Prácticas de largo arraigo y diferentes entre ellas, fueron arrojadas, efectivamente, al mismo saco y declaradas ilegales (1963).

 Alegándose crueles tratos sobre los enfermos allí recluidos, fue intervenida la Clínica del Alma, sustentada por organizaciones espiritistas y que durante décadas funcionó como alternativa frente a la costosa atención privada y la endeble asistencia pública.

 Para Argaín, la enfermedad no estaba en el pueblo, sino “agazapada entre el pueblo”, y podía asumir sin más el rol de “enemigo de clase”. De ahí el énfasis en una “campaña nacional de higiene mental” que priorice la prevención de aspectos críticos –a su juicio las relaciones prematrimoniales, la promiscuidad sexual, el alcoholismo y el suicidio, pero también desviaciones como el “fanatismo” y otras “faltas de la moral social”. 

 En 1959 la psiquiatra argentina Lidia Vaxelman propuso en Nueva York, directamente a Fidel Castro, celebrar en Cuba una reunión panamericana de la disciplina. La Sociedad Cubana de Neurología y Psiquiatría decidió entonces realizar su II Congreso e invitar a psiquiatras extranjeros. Participaron, entre otros muchos, Pacheco e Silva (Brasil), Carlos Seguín (Perú), Franz Alexander, Joseph Weirreb, E. D. Wittkover, Jaboc Levy Moreno, (Estados Unidos), Henry Ey, Henry Gastaut (Francia), Guillermo Dávila (México), y el tristemente célebre Donald E. Cameron (Canada).

 En el evento quedó constituida la APAL, y los trabajos presentados respondieron a todas las orientaciones, si bien era evidente la reemergencia de una psiquiatría de corte biologicista, coronada por la experimentación farmacológica.

 Por la parte cubana, destacaron las ponencias “Delincuencia juvenil”, a cargo de Leopoldo C. Araújo, nombrado director del Centro de Orientación Infantil, organismo rector de la atención social y judicial de los menores de edad (luego Departamento de Orientación y Rehabilitación de Menores del Ministerio de Bienestar Social, antesala de los Centros de Evaluación, entidad de trascendencia en la criminalización de la infancia y la juventud durante la década de 1960); “Folklore y psiquiatría”, de José A. Bustamante; “Correlaciones psicoanalítico fisiológicas en la estructura de la personalidad”, de Roberto Sorhegui (fallecido en el curso del evento); “Contribución al estudio de la homosexualidad”, de Jorge Viamonte; y “Tratamiento farmacobiológico”, de Rafael Larragioti y Eduardo Gutiérrez Agramonte, entre otras.

 Pero fue “Asistencia Psiquiátrica”, presentada por Argaín Ros, junto a los cambios docentes sugeridos por Galigargía, las ponencias que recibieron mayor atención, siendo incluidas sus propuestas en las conclusiones del evento. 


 En buena medida, el plan presentado por Argaín, iba a ser acogido por algunos miembros de la APAL. El conocido psiquiatra comunista Gregorio Bermann, entonces próximo al maoísmo y también entre los participantes, apuntaría en aquella ocasión:

 “He seguido y acompañado emocionalmente el largo proceso de sufrimiento, a menudo inaudito, que atravesó la nación cubana hasta sacudir la opresión y el oprobio. Gracias a vuestra revolución que está limpiando las sentinas de la Nación, a la brava empresa de liberación nacional que estáis llevando a cabo, se están dando las condiciones para una sana vida mental, se está posibilitando el digno y libre desarrollo espiritual y material de sus ciudadanos. En las grandes transformaciones sociales como la que se está produciendo en Cuba, el máximo higienista mental es el pueblo, que juntamente con sus líderes, comprende que la salud mental y moral son una misma cosa con la dignidad del hombre y el bienestar material y espiritual. ¡Qué experiencia para todos nuestros países de América Latina!”

 Otras transformaciones significativas fueron las que tendrían lugar en la junta de gobierno de la Sociedad de Psiquiatría, hacia marzo de 1960, cuando los psiquiatres más comprometidos desplazan a los de tendencias liberales. Implicarán el ascenso de figuras como el propio Argaín Ros, José Galigarcía, Leopoldo Araújo y Armando de Córdoba.

 Por su parte, dentro de la Escuela de Psicología, destaca el ascenso de Diego González Martín, “reflexólogo” y critico feroz del psicoanálisis, quien se convierte, además, en coordinador nacional de psiquiatra, es decir, en responsable de la disciplina a nivel ministerial.

 González Martín publicó en 1960 Experimentos e ideología, donde reseña las principales doctrinas psicológicas y adjudica a la “escuela cortico-visceral” una proyección biopsicosocial, antropológica y dialéctica de que carecían las demás. Ello implicaba una crítica del eclecticismo contemporáneo como grave daño a la ciencia. Ni el psicoanálisis, ni la Gestalt, ni la psicología objetiva tenían, a su juicio, nada que hacer frente a los experimentos de Leontiev y Bikov, Anojin y Pavlov, los diseños de la neurocirugía, la neuropsicofarmacología y la neurolinguística.

 El psicólogo Aníbal C. Rodríguez, en su artículo “La participación social y la Revolución Cubana”, (Universidad de La Habana, 1961), también ofrecía una perspectiva marxista. La revolución es presentada como evento que modifica, por sí mismo, los conceptos de democracia y participación social, al movilizar las fuerzas psicológicas del pueblo, contribuyendo a la “integración en la vida política”. Desde esa posición, evaluaba los cambios operados en la familia cubana.

 Para Rodríguez, la psicología pre-revolucionaria estaba marcada por el subjetivismo, el servilismo, el anti teoricismo y el idealismo. Se ofrecen ahora condiciones para una “nueva psicología”, sustentada en un “conocimiento sólido” de la concepción marxista-leninista y del método dialéctico. 

 A comienzos de 1961 se publica, en traducción del neuropsiquiatra español Florencio Villalanda (republicano que completaría sus estudios en la URSS, luego exiliado en México), el manual Psicología de los autores soviéticos Smirnov, Leontiev, Rubinstein y Tieplov, primero de una larga serie de títulos que divulgarán las teorías de Pavlov y Anojin y el consecuente enfoque materialista

 Al mismo tiempo, se toma el acuerdo, entre el Ministerio de Salud y la dirección del Hospital Psiquiátrico, de solicitar que dos profesores soviéticos dicten un curso de perfeccionamiento con el propósito de introducir la concepción reflexológica y contrarrestar la formación de los psiquiatras cubanos basada en distintas escuelas idealistas”.

 Desde 1960 se habían establecidos diversos vínculos en materia de Salud Pública, entre las autoridades cubanas y soviéticas. Si la muestra de avances médicos presentados en enero de ese año en la Exposición Soviética, y en el marco de la visita de Mikoyan, recibió enérgicas críticas de buena parte de la clase médica cubana, ahora los acuerdos eran mayormente acreditados, no en términos de cooperación o intercambio, sino de asesoramiento.

 Se reciben especialistas para ofrecer conferencias sobre “adelantos de la medicina soviética y prestar ayuda consultiva”, al tiempo que se incrementan las giras de médicos cubanos a la Unión Soviética, para incorporar experiencies en diferentes especialidades.

 El Seminario, como también se le llamó al Curso de perfeccionamiento psiquiátrico, no comenzó en realidad hasta mayo de 1963. Durante años, la Revista del Hospital Psiquiátrico recogerá en sus páginas dichas conferencias, publicadas a su vez en forma de libros por el Ministerio de Salud Pública: I. T. Victorov, Bases teóricas de los problemas centrales de la psiquiatría (1965) y D. W. Isaiev: Bases teóricas de los problemas centrales de la psiquiatría infantil (1966).



 Entretanto, tienen lugar mudanzas no menos significativas: la clausura de Archivos de la Sociedad Cubana de Psiquiatría y Neurología, que venía editándose con regularidad desde 1946 y donde colaboraron algunos de los principales psiquiatras de Estados Unidos, Francia y latinoamericana; la reaparición, en enero de 1962, de la Revista del Hospital Psiquiátrico de La Habana, ahora en gran tirada y con  un editorial que ensalza el tratamiento por medios químicos (pues sólo puede haber enfermedad en lo corporal”); y el viaje a la URSS de una comisión integrada por los doctores Eduardo Bernabé Ordaz, Leopoldo Araújo, Armando de Córdova, José Abdo Canasí y José A. Bustamante.

 Otro evento notorio fue la I Asamblea Nacional Psiquiátrica, celebrada en enero de 1962. Sus objetivos eran “conciliar tendencias aparentemente irreconciliables y enfrentar al sectarismo revolucionario y científico", y entre sus conclusiones, se incluía “vincular los instrumentos psiquiátricos con los empeños de la construcción del socialismo, el incremento de la producción y la defensa de la patria”. Se trata de un anticipo de la más conocida Conferencia de Instituciones Psiquiátricas (1963), donde ya queda articulada una política de cooperación entre la psiquiatría y el Ministerio del interior.

 Una de las ponencias se tituló “La protección social al enfermo mental” y fue pronunciada por Abdo Canasí, quien propuso crear un cuerpo de auxiliares psiquiátricos (enfermeras, trabajadores sociales, y personal calificado a propósito) inspirado en el modelo soviético y extensible a todo el país. Se trata, tal como expresa, de “aprovechar los vehículos mismos de la Revolución para desarrollar la prevención y el tratamiento de las enfermedades mentales”.

 Meses más tarde, aparece en la Gaceta Oficial un decreto según el cual el Ministerio del Interior podía declarar, per se, el estado de peligrosidad de un sujeto sin asesoramiento médico-psiquiátrico, bastando, al afecto, con declaraciones de miembros de la CTC o el CDR. 

 Para entonces, se había impuesto una jerga...  

 “Línea de masas” está en boca de todos, lo mismo psiquiatras que pedagogos, juristas que funcionarios. Sobre el terreno de la delincuencia y la contrarrevolución, viene a decirse, “tiene una aplicación directa”, pues es la sociedad misma la encargada de “erradicar las lacras", "liquidar a los enemigos" y "reeducar a los inadaptados”. 

 Tales intervenciones responden a una filosofía y así se declara: es toda una concepción, una aportación filosófica del marxismo-leninismo. Makarenko se expande como el método que comparten maestros, sanitarios y oficiales del MININT en su misión de reeducar (mediante internamiento) a prostitutas, proxenetas, vagos y alcohólicos.

 Implantar el socialismo, dicen algunos, es exactamente eso: realizar la mejor profilaxis. Particularmente en materia de prostitución, homosexualidad y alcoholismo, la pregunta recurrente será: ¿y cuál es la experiencia de los demás países socialistas? En cada área se tomó nota durante los recorridos por Moscú, Leningrado, Sofía o Praga.   

 El 29 de abril de 1962, va a celebrarse en el Hospital Psiquiátrico una Mesa Redonda dedicada a la promoción de la psiquiatría soviética. Eje, junto a Eduardo Bernabé Ordaz y Diego González Martín, de la creciente sovietización de la disciplina, Gutiérrez Agramonte expresaría:

“Habida cuenta que la gran mayoría de los psiquiatras en nuestro país se habían formado bajo el influjo predominante de las escuelas psicogenéticas, y en especial psicoanalíticas, y considerando esto un tipo de formación unilateral, el Consejo de Dirección de este Hospital ha acordado dar un curso de superación técnica con la asistencia de un especialista reflexólogo (...). Es de señalar el hecho de que existen veintidós escuelas, sin contar la existencialista -claro que no me refiero a la existencialista de Paul Sartre, que la considero una aberración, sino al existencialismo de Heiddegger. Pues bien, de estas veintidós escuelas la única que ofrece sólidas bases objetivas, experimentales, reproducibles y demostrables, es la reflexológica”.

 Palabras semejantes sirvieron para anunciar, poco más tarde, las conferencias de Victorov e Isaiev. A mediados de 1963, y en el curso de las mismas, se declaró oficialmente a la reflexología como doctrina oficial de la psiquiatría cubana.