viernes, 25 de diciembre de 2015

El sentido de la Navidad





 Medardo Vitier 


 Nace un niño que va a ser fundador de la religión más influyente de la Historia. Navidad, Natividad, Nacimiento. ¿Y que es nacer? Biológicamente lo sabe la ciencia, pero el hombre no queda explicado con la Biología tan solo. Su naturaleza requiere que otras disciplinas la estudien y aclaren. El Cristo nace y es en lo humano, un individuo de la especie. Morfológicamente, su anatomía no difiere de la de Tiberio o la de Pilatos, o la de cualquiera de los Magos que le adoraron. Era, en punto a raza, un semita que conoció las posturas religiosas de los saduceos, los esenios, los fariseos. Fue sin embargo, en la Historia, una nota nueva, un judío de excepción, iluminado por un temprano sentido de humanidad.

Nacer, en el caso de Jesús, fue innovar. La doctrina que enseñó, introdujo una fuerza en la Historia diferente de los cultos orientales y de la filosofía griega. El Cristianismo aparece, precisamente, cuando las escuelas del pensamiento helénico se agotaban.

 En la Navidad conmemoramos la aparición de un Evangelio de amor porque en efecto, lo que iba a nacer, con Jesús, era el mensaje de fraternidad entre los hombres. Ese mensaje nació.

 Viene aquí una pregunta terrible:

 -«¿Creció?»

 Si por «crecer» entendemos, en este caso, extenderse, difundirse una enseñanza, afirmamos que creció, a virtud del interés de los apóstoles y de las primitivas comunidades cristianas, aquellas a que San Pablo dirigió sus famosas Epístolas, es decir, las de Corinto, Galacia, Efeso... Pero si por «crecer» entendemos, tratándose del Cristianismo, su esencial aceptación por los hombres, la verdad es que no creció. Quedó, y ahí refulge como una sugestión al espíritu, como una esperanza que hasta hoy alientan los mejores. Porque ni la mayoría lo practicó ni las minorías (de la raza del Santo de Asís), han prevalecido.

 Si no queremos engañarnos, lo cierto en todo esto es que la fuerte innovación de una hermandad universal y de un amor a los enemigos está pendiente de aceptación. Ha habido casos individuales para indicar que la doctrina cabe en lo humano, pero ninguna sociedad, ninguna raza, ningún pueblo de la historia ha vivido el ideario ético del Maestro a quien Reyes de Oriente ofrecieron dones en el pesebre, mientras un astro, dicen que lucía señor de los espacios, guiador de los peregrinos.

 Herodes mandó a los rabinos que consultaran sus textos reveladores. Herodes se sobrecogió. ¿Extrañeza? ¿Terror? ¿Presentimiento? Su actitud es un símbolo. El mundo iba a cambiar. La esencia cristiana quedará virgen en cuanto a su acogida y práctica universal, pero la pugna, la voluntad de alteración que llevó al fluir de la Historia. Cambiaron el rumbo de los acontecimientos. La cultura de Occidente se tiñe entera de voluntad cristiana. No digo de espíritu cristiano. No es la esencia del Cristianismo lo que da estructura y sentido a Europa sino la lucha por el triunfo de esa esencia. La doctrina, por otra parte, lucha ya, en algo desfigurada, medio rendida al adaptarse a realidades.

 Por manera que «creció» agónicamente. Tal era su destino. Tal es la suerte de todo empeño mejorador. Así, que no ha fracasado. EI fracaso está y grita en quienes no aceptan el programa de Cristo. No me refiero a su contenido sobrenatural, que es cosa de fe, sino a sus elementos humanos de ética fecunda, de amor coherente. Razonan mal los que sostienen que el Cristianismo ha fracasado. El fracaso es de quienes lo rechazan.

 Apenas recuerdan el episodio de Belén los que festejan en días de Pascua. El motivo se desdibuja un poco. Nos quedamos no más con «la fiesta». Esa es también una desfiguración. No importa. La memoria humana procede así en muchos casos. Hay, no obstante, un signo de fecundidad en la Pascua, y proviene de la fecundidad del Cristianismo. Es cierto que en estos días no pensamos gran cosa en el Cristo y muchos ignoran que se divierten en fecha sagrada. Pero al juntarse la familia, al acercarse los hombres, al saludarse, al sonreír en estos días del año, disfrutan de un efecto cristiano. Si el mensaje tropezó y anda maltrecho, resuena todavía cuando junta a los hombres. Es la fecundidad del árbol que, en clima impropio, da frutos.

 Razonan superficial, falazmente, quienes afirman, perturbados por los horrores de la guerra, que fracasa el Cristianismo. Antes resalta su eficacia. Pero esta no se da sino a condición de voluntad. Recuérdese que es también doctrina de libertad. Amor a los buenos y a los malos. Libertad de la conciencia. En eso consiste el lado humano del Evangelio. EI divino, aparte de los misterios que no toco, ¿no radica ya en lograr esos postulados?

 Muy actual es hoy la misión de Juan el Bautista, precursor, que anunciaba a Jesús. Están por preparar «sus caminos». «Vox vociferantis in deserto. Parate viam Do mini, complanate calles ejus

 Una Navidad espera el mundo. Esa no ha llegado nunca. Esta en potencia. Hay quienes creen en su advenimiento, pero son pocos. La Navidad en que estemos contentos de ser hombres; la Navidad en que hayamos vencido al Demonio interior que señorea; la Navidad en que gobierne lo mejor de nuestra naturaleza. Instintos, pasiones, gobiernan ahora buena parte del mundo. ¿Qué Navidad celebramos? ¿La de Cristo? Está bien. Desfigurado y todo, el espíritu, todavía tiene fuerza para sugerirnos que el amor revela y engrandece, en tanto el odio confunde y achica.

 La Navidad, alta, genuina, es una aspiración todavía.






 Tiempo, 27 de diciembre de 1940. Premio Periodístico “Justo de Lara”, recogido en Valoraciones, La Habana, Universidad Central de Las Villas, 1960. pp. 75-78. Tomado de Espacio Laical, 4, 2009.