viernes, 16 de octubre de 2015

Los matadores de la niña Cuca




  Miguel Ángel de la Torre


 En Camagüey ha ocurrido un nuevo brote de brujería, a consecuencia del cual una honrada familia de campesinos lleva la pérdida de una niña de cortos años.
 Con este motivo, como en ocasiones semejantes, se alzará de todas partes un coro indignado condenando el horrible suceso y pidiendo a las autoridades su castigo.
 Se hablará de fanatismos criminales, de la necesidad de multiplicar las escuelas como el mejor procedimiento preventivo contra el mal, de lo repetido y frecuente de estos casos…
 ¿Se nos permite hablar con entera franqueza? A nosotros nos sorprende esta indignación, de la que, desde luego, no participamos sino hasta cierto punto y con reservas.
 Nos parece que tal como se manifiesta en periódicos y conversaciones, esa indignación es injusta y parcial. Porque esos negros brujos, embrutecidos por la miseria y dominados por sentimientos de ferocidad ancestrales, son acaso los menos culpables de esos delitos horribles. Su cerebro rudimentario de simios los pone a cubierto de una responsabilidad directa y absoluta.
 En cambio, ¿no tiene mayor culpa una sociedad a la cual su adelante en otros órdenes debía hacer refractaria a toda solidaridad con prácticas y creencias salvajes y que, sin embargo, las acoge e incuba?
 Si a la puerta de los tugurios miserables de los barrios extremos donde tienen su guarida brujos y curanderos no se apearan constantemente, en busca de remedios milagrosos y vaticinios sobrenaturales, damas principales y respetables caballeros, estos crímenes no ocurrirían.
 Cada uno de esas damas y esos caballeros, es responsable en parte de los crímenes de brujería, que existe y próspera solo gracias a ellos.
 Ellos son ahora los matadores de la pobre niña Cuca.


 El Sol, Cienfuegos, 1919. Tomado de Prosas Varias, 1965, pp. 416-17.