miércoles, 21 de octubre de 2015

De Finlay a los criminólogos



 

  Pedro Marqués de Armas


 En un temprano artículo de 1900, “Los recientes descubrimientos sobre la malaria y el mosquito”, el salubrista Juan Gener se felicitaba de lo que sería un triunfo próximo, si bien todavía no consolidado: reducir la mortalidad causada por la fiebre amarilla y otras enfermedades infectocontagiosas. Su anticipación era del todo realista, pues apuntaba a un estado de cosas ciertamente controlable. Pero en ese artículo, a la vez, Gener acciona una alarma: en breve el principal problema sanitario no radicaría tanto en un germen o ambiente desfavorable como en un ser, o mejor, en una condición social específica: el cubano. Y se explayaba sobre los vicios y taras del pueblo, según un enunciado racial que todavía ocultaba, un tanto, su contenido racista: en breve serían los negros.

 Este tipo de formulaciones más o menos explícitas domina el discurso médico durante los primeros años republicanos. Se trata del paso de la cuestión biológica a la social, pero no por continuidad o mera ósmosis entre las partes, sino como resultado de un anudamiento: una percepción definitivamente biologicista y determinista de la sociedad en su conjunto y buen número de instituciones y prácticas al servicio de ese modelo.   

 En lo que respecta a la antropología criminal, cuyo desarrollo en las décadas finales del siglo XIX era ya notable en Cuba, no faltando propuestas modernizadoras, ahora encuentra condiciones no sólo nuevas sino además propicias. El éxito frente a los microbios y vectores va a legitimar, sin dudas, las intervenciones contra los problemas derivados de la inmigración, la raza y la criminalidad.

 Visto a fondo, este pasaje es también virtual, en la medida en que se alimenta de viejas aspiraciones biopolíticas ancladas en una sociedad dependiente del trabajo esclavo, con fallidos proyectos de poblamiento. El sueño de Finlay (propio de los años 1880) de que al eliminarse algún día la fiebre amarilla el país sería habitable por y para el hombre blanco, se agita desde su virtualidad, para convertirse en política de Estado.

 Finlay fue, a partir de 1878, el principal artífice de los estudios bio-poblacionales. Sus investigaciones sobre aclimatación de las razas, en las que sostuvo que el clima insular era uno de los más saludables del mundo para la raza blanca, defendiendo una mayor probabilidad de vida para inmigrantes europeos y una disminución potencial de las poblaciones afrocubana y asiática -a quienes quedaba para sobrevivir el recurso del cruzamiento, que desestimó como perjudicial para los blancos- lo colocan a la cabeza de un proyecto biopolítico que se consolida en la naciente República.

 La razón instrumental, se traducirá en políticas concretas de inmigración y control de la natalidad que conectan con la eugenesia y, en general, con el nacionalismo étnico y el racismo de Estado. Es ahora que las frases se convierten en acciones, y el sueño deviene casi realidad:

 “Si como médicos hemos erradicado la fiebre amarilla y las viruelas, como intelectuales deberíamos velar por el mejoramiento moral de la Isla” (Le Roy y Cassá).  

 “No creamos que el azul perenne de nuestro cielo y las brisas del golfo mejicano nos sanearán del criminal, no; el único “delincuenticida” conocido es la pena capital, y ésta se hizo no para la víctima de los códigos, sino para esa salvaje figura troquelada por la criminología. ¡Investiguemos el organismo de nuestros bárbaros, estudiemos nuestros salvajes!”  (Israel Castellanos)

 “Hagamos con nuestros criminales lo que hicimos contra los mosquitos: eliminarlos”. (Fernando Ortiz).

 Ortiz primero e Israel Castellanos después son continuadores de Finlay; pero no van a operar sobre mosquitos y microbios sino sobre sus metáforas desplazadas, o más bien, encarnadas: el contagio de las supersticiones, los focos de brujería y ñañiguismo, las nuevas camadas de inmigrantes no deseados.  

 Se asistía entonces al empalme entre la antigua teoría socio-darwinista y los presupuestos más novedosos de la genética que, al tiempo que radicalizan el evolucionismo, sustentan la doctrina eugenésica. Buena parte de las propuestas de Israel Castellanos se colocan todavía dentro del darwinismo clásico, siguiendo las ideas de Garofalo y de Spencer, pero se expresan en un marco de proyecciones eugenistas: defensa de la pena de muerte como recurso técnico (amparado en la “selección artificial”), esterilización de locos, idiotas y criminales, control de “matrimonios patológicos”, etc. 

 

 Conceptos como “degeneración” y “estigmas", largamente sustentados por la criminología cubana, encontraron cobijo en la nueva genética, la cual, a su vez, se alojó en el interior de disciplinas como la psiquiatría, la etnología y la antropología criminal. Al contrario de Lombroso, y al estilo de Montané y de otros antropólogos de la generación precedente, marcados por la escuela francesa, Castellanos siempre diferenció entre estigmas degenerativos y atávicos. Con ello trazaba una rígida demarcación entre locos y delincuentes que, en todo caso, serviría para ampliar el margen de intervención.

 Tuvo en cuenta, es cierto, al explicar la génesis de la criminalidad, factores sociales apenas considerados en Italia; pero éstos eran evaluados como elementos secundarios, más bien como efectos que como causas, tal como resulta evidente, también, en la obra inicial de Fernando Ortiz. 
      
 Castellanos y Ortiz fueron tan lombrosianos el uno como el otro. Pero las diferencias entre ambos investigadores siempre fueron notables, como lo demuestra la fe de Ortiz en la educación de las masas, sostenida por Ferri, y el valor atribuido a la evolución social del crimen, de acuerdo con las ideas de Nicéforo. 

 Donde esas diferencias tuvieron acaso mayores consecuencias, fue en la re-conceptualización de las categorías de “brujos” y “ñáñigos” con respecto a la noción lombrosiana de “criminal nato”.  Así, mientras Ortiz adjudicó esta noción a los brujos, sugiriendo medidas de control más bien circunscritas, Castellanos la transfirió a los miembros de la sociedad Abakuá, para quienes establece incluso indicadores de reconocimiento somático que, desde luego, no lograría sustentar.

 Al permear con una categoría más acendradamente biologicista a todo un grupo social (verdadero entramado que incluía “razas” y estamentos muy diferentes), se creaban las condiciones para una articulación más enérgica sobre la “cuestión criminal”; a todos los niveles, desde el académico hasta el propiamente policial.

 En última instancia se propuso, acorde con una voluntad antropométrica y judicial, una intervención directa y exhaustiva: rastrear en aquellos individuos y grupos considerados peligrosos y que debían erigirse, por tanto, en “obstáculos” a favor de la puesta en práctica y consolidación de un nacionalismo étnico
  
 Para ello indaga en prisiones y manicomios, reformatorios y centros de inmigrantes, donde mide “locos, delincuentes, homicidas y meretrices”, pesa “mandíbulas y cráneos”, colecciona “fotografías y estudia tatuajes”, toma “impresiones digitales” y escudriña, en fin, “en todo el organismo humano”. 

 Partiendo de esa experiencia inicial sobre seres humanos sometidos a encierro, se planteará, en breve, estudiar y promover el control de determinadas expresiones culturales: bailes, jergas, tatuajes, apodos, carnavales. Todo signo convertido en indicio, sino en prueba del delito y la inferioridad.