lunes, 19 de octubre de 2015

Brujería y criminalidad en Cuba





 Arístides Mestre


 Profesor Titular de Antropología. Director del Museo Antropológico Montané.


 ..."Aunque los salvajes nos ofrezcan el triste espectáculo de groseras supersticiones feroces de culto, el espíritu religioso no puede menos de sentir una satisfacción íntima al seguir el desarrollo gradual de ideas más perfectas y de  creencias más nobles".

       Sir. John Lubbock.


 Cuando resolvimos tratar en el VI Congreso Médico-Latino-Americano (2) la tesis de la Brujería y Criminalidad en Cuba nos  pareció a primera vista fuera de oportunidad; pero el horripilante suceso ocurrido en la colonia "Yamaqueyes" del Central Francisco, término municipal de Santa Cruz del Sur en Camagüey, en que una niña de cuatro años es sacrificada a los fines de las prácticas criminales de los llamados "brujos", por un lado; y el hecho de sorprender la policía, en estos días (Noviembre de 1922) en la ciudad de Santiago de Cuba, a un grupo compuesto de hombres y mujeres celebrando los ritos y ceremonias propias de aquellos, por otro, — dan indiscutible interés y de actualidad palpitante a un problema, cuyo estudio entra de lleno en el dominio de la Antropología Jurídica —es problema de Etnología y de Criminología— disciplina científica, cuya enseñanza está a nuestro cargo en la Universidad de la Habana.

 A la medicina preventiva, que es, sin duda, medicina social, no le atañe solamente combatir las epidemias reinantes y evitar el desarrollo de las enfermedades infecciosas: su misión es más alta  y no está completa sino cuando realiza la gran obra de impedir todo aquello que tienda a aminorar la mentalidad de una población humana, que produzca la persistencia de ideas primitivas que desvíen el desarrollo moral, contribuyendo, consciente o inconscientemente ese psiquismo atávico o perturbado, a un hondo trastorno del organismo social desde el momento que a esa situación va ligada —con indiscutible intimidad— la producción de actos delictuosos que se contagian, se repiten y se intensifican, adquiriendo, a virtud de las condiciones de un medio inferior favorable, alarmantes proporciones. ¿Cuál de estas dos cosas será más perjudicial para la existencia nacional, la propagación de esas afecciones infecciosas contra las que se lucha con tanto éxito, o el mantenimiento de la endemicidad con brotes epidémicos de bárbaras supersticiones que hacen descender el nivel de nuestra cultura, que originan crímenes horrendos y que también provocan manifestaciones histéricas y muchas ideas delirantes, en grado extremo perniciosas por lo brutal y violento de sus reacciones?

 Esos hechos a que aludimos y otros más que se conocen y que han aparecido en los periódicos diarios no son todos los que en realidad existen puesto que hay muchos ignorados, como son los de la desaparición de niños en los campos y de los cuales no se da cuenta probablemente a las autoridades por temor a las represalias donde hay negros cuya vida es genuinamente africana, manteniendo el fetichismo su salvajez primitiva. Todos ellos, unos y otros, muestran diversidad de crímenes y de delitos desde los más graves a los de menor importancia. Se ha podido ver, en efecto, el influjo del fanatismo brujo en el homicidio, producto a veces de un estado psicopático de evidente persecución; la violación de las sepulturas ha sido resultado de las supersticiones y prácticas de brujería y también el robo de animales para las ofrendas rituales "Casi siempre es el delincuente brujo, —escribe a este  propósito el Dr. Fernando Ortiz— estafador continuo, ladrón a menudo, violador y asesino en algunos casos, profanador de sepulcros cuando puede", aparte de otras características de la personal psicología del brujo, en la que el mismo autor hace constar ser también "lujurioso hasta la más salvaje corrupción sexual, concubinario y polígamo, lascivo en las prácticas del culto y fuera de ellas, y fomentador de la prostitución ajena; verdadero parásito social por la general explotación de las inteligencias incultas y por la particular de sus varias concubinas". Ahora bien, y este es un punto que importa conocer por lo que significa muchos de sus hechos relacionados con sus ideas y creencias: la buena fe respecto de sus ídolos y supercherías, la tiene para muchos actos que nosotros consideramos inmorales o delictuosos; "porque el brujo cree que el corazón de una niña es remedio contra un daño, ordena el asesinato para obtener aquel; porque cree en el poder de un fetiche formado con restos humanos, profana las tumbas; porque cree en la eficacia de una limpieza, de un embó y de un oráculo, y se considera como sacerdote, hechicero y agorero, estafa a sus  víctimas cobrando el oyá. Y al fanatismo del brujo se une la amoralidad de sus supersticiones, para permitir ciertos actos que el tiene por indiferentes: no son delictuosos ni morales para él la aplicación de hechizos dañinos, ni la desnudez en sus ritos, ni los pornográficos consejos, etc." A sus acciones ciertamente las inspira, muchas veces, fines verdaderamente altruistas.

 Pero ¿qué es, para nosotros, etnológicamente considerado, el brujo? y ¿cuál la génesis que nos explica esos hechos que son de los que corresponden a la delincuencia y que para sus autores están  justificados? En Cuba, al fetichero se le llama brujo; y desde el punto de vista de las ideas religiosas, los negros africanos de Cuba son fetichistas con manifestaciones animistas que lo hacen avanzar hasta el politeísmo (F. Ortiz). Del África occidental, el fetichismo fue importado a Cuba, donde cada pueblo africano trajo su panteón y sus ritos, dificultándose el íntimo conocimiento  de la religión de los negros en Cuba, estando hoy alteradas y confundidas las prácticas de las primitivas religiones africanas a causa de sus semejanzas.


 Y hemos hecho estas indicaciones, porque de las tres razas que han contribuido a formar el psiquismo colectivo de nuestras clases sociales inferiores, corresponde a la negra el papel más importante como factor que ha influido infiltrándole, a aquella mentalidad baja, sus creencias, su lenguaje y sus costumbres, siendo manifestación de dicho elemento negro la brujería y el ñañiguismo. El desarrollo de la vida económica del país determinó la traída de gente africana, aumentando de tal modo su cantidad que en la mitad del siglo pasado había en esta isla más negros que blancos; y si estos según su región originaria aportaron su condición psíquica, igual resultó con los etiópicos recogidos en lugares diferentes del África. Después de los negros fueron introducidos los chinos en gran cantidad, para dedicarlos también a los trabajos agrícolas preferentemente. La raza negra y los mestizos, los descendientes de aquellos africanos han ido desarrollando sus aptitudes diversas, logrando, por otra parte, elevarse intelectualmente por sus propios esfuerzos tan dignos de aplausos, diferenciándose progresivamente del tipo inculto y contribuyendo al mejoramiento a que aspiramos los que aman a su patria.

 El examen de la evolución de las religiones demuestra que el fetichismo está en lo más bajo de las creencias: veámoslo brevemente. Ningún capítulo tiene más importancia en Etnología (evolución de cultura; psicología y sociología comparadas) como aquel que se ocupa, dentro del dominio de lo que comprende la vida psíquica, del desenvolvimiento de las ideas religiosas y especialmente en sus formas más primitivas. Desde la creencia en seres imaginarios hasta la organización complicada de las grandes religiones internacionales o universales, hay una serie que representa un proceso que va elevándose gradualmente. El temor ante todo advenimiento insólito, más o menos extraordinario, y en especial el miedo a las enfermedades y a la muerte, son el principal origen de aquella creencia. La religión rudimentaria de los pueblos incultos y su más simple aspecto constituye el animismo, cuyas formas primeras manifiesta la creencia de que el cuerpo del hombre contiene otro ser más sutil capaz de separarse temporalmente de su envoltura; y que todo lo que existe, animales, plantas, piedras, aún los objetos fabricados, tienen también ese ser sutil dotado de semejantes cualidades. Los sueños y los ensueños, en los cuales parece que se vive otra vida, consolidan dicha creencia; y esos pueblos incultos entienden que la muerte no es más que un sueño prolongado, imaginándose que el alma trata de entrar de nuevo en el cuerpo. "El espíritu de un salvaje no considera la muerte como un fenómeno natural sino como una separación violenta, muy prolongada, del hombre y de su alma". La creencia en los "espíritus", en los "seres imaginarios" que toman las formas más variadas, viene a ser el segundo elemento del animismo al querer buscarse la causa de aquella separación del hombre y de su alma. El inculto se pasa la existencia acomodándose o en luchas perpetuas con los espíritus, considerando que al lado de los espíritus perversos existen otros verdaderamente protectores que defienden a los humanos de sus contratiempos, y que a menudo son las mismas almas de los antepasados; a ellos se les recuerda pidiéndoles consejos en los días de desgracia: de esta concepción se deriva el culto de los antepasados.

 Como se fabrican los objetos, se crean sus espíritus y también se comunican a aquellos la energía anímica; circunstancia que lógicamente hace surgir el fetichismo, una de las formas más rudimentarias del animismo; y por los pueblos fetichistas se consideran a ciertos objetos, llamados fetiches, "como a seres dotados de una voluntad y de una potencia intrínseca": una uña, una piedra, un mechón de cabellos pueden volverse los más grandes fetiches; y al fetiche se le estima "como un ser animado, como la envoltura material de un espíritu, como un instrumento por el cual se manifiesta la existencia del espíritu": formas de conexión del espíritu con el objeto material que se confunden frecuentemente, ya ofreciéndoseles sacrificios como a un ser vivo, o llegar a hacer un simple amuleto que a su poseedor preserve de toda desgracia. En el proceso hacia la idolatría, el fetichismo es el primer paso; de ella se distingue porque los ídolos no son más que "imágenes" o "representaciones" de seres sobrenaturales. En resumen, "el animismo con sus variantes más o menos desenvueltas, es la religión propia de los pueblos incultos"; y cuando en estos ha habido aceptación de las religiones internacionales, la observación demuestra que la idea animista se mantiene tenazmente.

 Con el desarrollo social la noción del alma y de los espíritus se transporta de los objetos más inmediatos que rodean al hombre a los objetos más alejados y a los fenómenos de la naturaleza, que son considerados como espíritus más poderosos, tornándose en divinidades superiores a las cuales se les rinde culto: el culto del agua, de los ríos, de los árboles, de los meteoros, la adoración del fuego y del sol. Por la diferencia entre los grandes espíritus de los fenómenos de la naturaleza y los pequeños, ocupándose de insignificantes hechos de la vida cotidiana del hombre, se llega al  establecimiento de una jerarquía en el mundo de los genios de igual  modo que en las sociedades humanas; y así se va evolucionando, como pudiéramos demostrarlo con múltiples citas, hacia un politeísmo que conduce al panteísmo o al monoteísmo en las religiones superiores, en que la moral se les asocia.

 El carácter de las relaciones entre el hombre y los espíritus en las religiones primitivas es diverso: en ocasiones los busca para combatirlos, cosa rara; prefiere actuar de otra manera, por medio de la astucia, uso de símbolos, oraciones, ofrendas y sacrificios, desarrollándose así el culto exterior: la "casa del fetiche" se transforma en templo y el lugar del sacrificio en altar. En la frecuente ineficacia de sus ruegos e impotencia para combatir los maleficios de los duendes, entre los grados más primitivos de la religión, el hombre recurre a los intermediarios y pres. La brujería en sus aspectos religioso, hechicero y agorero se irá desafricanizando.

 "Pasará mucho tiempo antes de que el miedo, consciente o inconsciente a lo sobrenatural, así en la sociedad cubana como en las extranjeras, así en una raza como en otra, quede ahogado por superiores estratos de civilización y deje de ser una determinante de importancia en la vida y un freno a los avances del progresivo mejoramiento humano".

 Lo expuesto sobre el brujo afro-cubano, a quien con razón se ha considerado como a una de los tipos más repugnantes y dañinos de los malvivientes de la sociedad cubana, nos ilustra el problema  criminológico que sus supersticiones origina. "Junto al brujo verdaderamente afro-cubano, al brujo que puede criminológicamente llamarse nato —escribe el Dr. F. Ortiz— vegeta otro brujo, criollo generalmente, siguiendo o imitando las prácticas fetichistas de aquél, corrompidas por la acción del ambiente y de su propia psiquis algo progresados: es un brujo criminológicamente habitual, que explota esta forma de cómodo parasitismo por la determinación de factores sociales que lo arrastraron a ella, como lo hubieran conducido a otra análoga. Así como en el primero puede descubrirse un máximum de buena fe, ésta en el segundo no es sino un mínimum". ¿Qué medidas tomar contra uno y otro? ¿Qué importa llevar a cabo para ahogar en nuestras clases inferiores esa forma de la delincuencia, combatiendo las ideas y prácticas fetichistas que les sirven de base? 

 El ilustre Profesor argentino Dr. Ingenieros, en obra reciente, traza el programa de la Criminología, cuyo campo comprende la Etiología, es decir, examen de los factores determinantes de los delitos; la Clínica criminológica, que estudia la forma de los delitos y los caracteres de los delincuentes, determinando su grado de inadaptabilidad social o de temibilidad individual; y la Terapéutica del delito que se ocupa de dictar las medidas preventivas y de la organización de las instituciones necesarias para la defensa social contra los delincuentes: programa que se desarrolla y funda en las nuevas orientaciones dadas por el conocimiento antropológico de los criminales y su saludable influjo sobre el Derecho penal y la Ciencia penitenciaria. Y ese programa lo lleva a establecer otro concreto de defensa frente al crimen, comprendiendo su previsión y profilaxia, la reforma y secuestración de los delincuentes en diversos establecimientos, y la readaptación social de los que cumplieron la condena. 


 Por lo que abarca su totalidad, y por lo que significa, complejo tiene que ser el plan de profilaxia y tratamiento de la criminalidad —porque a los delincuentes hay que considerarlos como a los enfermos, estudiándolos "clínicamente"; y al crimen como a la enfermedad, que tiene su etiología, su diagnóstico, su terapéutica y su pronóstico, vasta organización de vital importancia para el porvenir de las naciones civilizadas, creada y desenvuelta en lo teórico, de modo doctrinal, y también prácticamente a impulsos de los adelantos de la Antropología Jurídica, aceptada, desde luego, en su amplio sentido, en el más general, que comprende no solo la Psicología y la Sociología, sino también la Psiquiatría y la Medicina Legal, fundamentos positivos y sólidos de la Ciencia Penal de nuestra época, si ha de colocarse dentro de la realidad, si ha de abandonar las viejas rutinas y los rancios prejuicios de otros tiempos, en que las leyes eran dogmas inaccesibles a la rectificación o a la sana crítica que impone el progreso humano.

 Cuando pensamos en el estado de nuestras leyes en ese orden de cosas y en la manera como se encuentran y funcionan nuestros establecimientos destinados a reprimir la delincuencia en sus variados aspectos —y los comparamos con lo que en ese terreno de defensa social frente al crimen ya han hecho otros países del antiguo y nuevo mundo— nos sentimos abatidos apreciando la distancia a que estamos de aquellos y el largo camino que nos queda por recorrer hasta lograr alcanzarlos o siquiera aproximarnos en lo posible.

 Desposeídos de leyes y de instituciones, empresa enorme, casi ilusoria, es luchar contra la brujería en Cuba, hacer que desaparezcan las terribles supersticiones y evitar los actos delictuosos que ellas, por lógico psiquismo —que es lógico, aunque sea primitivo— directo o indirectamente originan, manteniendo en alarma constante a las poblaciones rurales.

 El Dr. Ortiz —en cuya obra sobre Los negros brujos, con tanto tino y buena documentación ha estudiado estos problemas, demostrando sus conocimientos etnológicos— hace oportunas consideraciones a ese respecto, y que encierran más valor por ser él un distinguido y progresista jurisconsulto. "En la legislación vigente en Cuba, dice, la brujería no ha sido atacada de frente y casi ni de flanco, y únicamente en aquellos casos en que notoriamente extiende su acción fuera de los borrosos límites marcados por la Ley Penal". Se castigó en el caso de la niña Zoila del Gabriel el delito de asesinato, como si se hubiera sentenciado si el crimen tuviese otros móviles. "La brujería —agrega— no ha caracterizado el delito ante los tribunales; y lo mismo sucede con los demás motivos legales de represión de la brujería. Son condenados los brujos en sus respectivos casos por los delitos de robo y hurto, por el de violación de sepulturas, por el de amenazas, por el de aborto, por el de estafa, y principalmente por comisión de faltas, tales como celebrar reuniones no autorizadas y tumultuosas, alteración del sosiego público, asociaciones ilícitas, ejercicio de la profesión médica, profanación de cadáveres y cementerios, arrojar animales muertos a la calle, etc.". La brujería en Cuba es tácitamente lícita, como no incurra en tal o cual falta o delito. Es absurdo ir contra la brujería sin estudiar al brujo y atender solo al demolido sistema de los delitos y penas, prescindiendo del verdadero conocimiento del criminal, que es precisamente lo fundamental. La diferencia que hay entre el brujo y otra clase de delincuente ¿no debe apreciarse por la naturaleza del delito, los actos antisociales y temibilidad de aquel, estrechamente ligados a su psiquismo y creencias supersticiosas? ¿Es lo mismo el asesinato de una niña para encubrir un estupro, que el realizado para obtener sus vísceras en la confección de un embó?

 "Todo brujo afro-cubano —expresa el Dr. Ortiz— aun sin incurrir en determinado delito (lo cual es poco menos que imposible) es un factor antisocial que debe ser eliminado, para el bien de nuestra sociedad, de la misma manera que en las sociedades cultas se combate la mendicidad, la vagancia y la embriaguez, aun cuando no sean formas de delictuosidad". Se impone — y en esto también opinamos con el Dr. Ortiz — que "el simple ejercicio habitual de la brujería pase al catálogo legal de los «actos delictuosos"; y el tratamiento ha de responder a las circunstancias que concurren en el brujo, ya se trate de un fanático de su superchería o de un parásito que utiliza el sistema por simple explotación. En uno y otro caso se impone la represión, y contra ellos hay que hacer obra de verdadera defensa social, siempre dentro de un criterio racional y científico, tal como se piensa hoy en esas materias.

 En la lucha contra las prácticas a que nos referimos es necesario terminar con el brujo, aislándolo de sus prosélitos para impedir que se propague y contagie el fetichismo y sus funestas consecuencias: no hay que olvidar que la brujería es bien contagiosa para los cerebros inferiores, —y me atrevo a decir que hasta para los superiores. ¡Con cuánta facilidad se retrocede a las formas primitivas del animismo! La represión y la readaptación de los brujos al medio de su vida social exige detenido estudio para llegar a un satisfactorio resultado, y eso aparte del establecimiento adecuado a la condición del caso, pues las soluciones envuelven sus dificultades dado nuestro atraso en materia de sistema penitenciario. Las dos categorías de brujos ya mencionadas, los de buena fe —brujos para el Dr. Ortiz criminológicamente natos— y  los de por hábito, que son equiparados a los demás delincuentes habituales, posibles de ser corregidos, no están perfectamente delimitadas, lo que se comprende bien. Al brujo de buena fe que  haya cometido un asesinato ¿debe aplicársele la pena de muerte? Hasta ahora, no creo que ese procedimiento radical de eliminación social haya dado sus apetecidos efectos: la brujería sigue en pie en nuestra República, latente o palpitando en todo su ámbito. No digo que no los ejecuten, pero no creemos en su influjo favorable a la desaparición de la brujería. Y si se resuelve por la administración de Justicia no darles garrote, ¿qué hacer con ellos para aislarlos debidamente, es decir, de modo que responda al progreso penitenciario actual y no a fórmulas arcaicas y contraproducentes? ¿Cómo efectuar la secuestración respecto de otros brujos, también de los de buena fe, cuyos delitos no revistan la gravedad del asesinato? ¿Se les aplicaría, en la justificada solución de aislarlos, el sistema celular riguroso? ¿Se les colocaría en una colonia penitenciaria? No podemos emplear este último procedimiento por carecer de esa y de otras instituciones adecuadas a la clase de criminales que estudiamos. Además, para combatir y reprimir las prácticas de brujería, hay que actuar también contra los curanderos y los adivinadores, cualesquiera que sean su condición y su sexo, porque ellos son, como con razón se ha dicho, brujos que han evolucionado especializándose a base de conservar un fondo de mentalidad inferior donde bullen las ideas fetichistas. 


 Pero no basta únicamente reprimir las manifestaciones actuales; no es suficiente castigar con mano de hierro el crimen dependiente de la brujería y con afectación a sus adeptos, obstruccionando la realización de actos más o menos inocentes o perniciosos, aplicándoles penas de diversas índole : hay que hacer algo más, meditando no sobre el presente sólo, sino también y principalmente respecto del porvenir de nuestras clases bajas de la sociedad cubana, de los malvivientes en que con gran facilidad se arraigan y difunden las más absurdas y salvajes supersticiones: es indispensable efectuar obra de profilaxia y de previsión. Para esto hay que llevar a cabo una propaganda de positiva instrucción, difundiéndola intensamente entre todas las clases sociales del país y especialmente en las inferiores, dice el Dr. Ortiz; la fuerza instructiva no será únicamente producto de las escuelas públicas y otras centros de enseñanza. Se debe además organizar múltiples conferencias populares en que se ilustre a la población urbana y particularmente a la rural, de todo lo que ignoran sobre los hechos naturales, sobre los fenómenos de la vida, sobre aquello que tienda a formar una sana conciencia moral; sobre lo que borre de la intelectualidad de nuestro pueblo esas ideas animistas y supersticiosas, cuyas prácticas conducen al crimen. De esta manera el fetichista afro-cubano llegará a desaparecer, por más que esa realidad que tanto nosotros anhelamos no ha de verse enseguida: contentémonos con que, para bien de Cuba, resulte al cabo de pocas generaciones. Dichosos los que viviendo en un porvenir no muy lejano so les logre contemplar el hermoso espectáculo de la superioridad espiritual de la patria en sus aspectos más diversos!

 Y para que tenga un fin práctico este trabajo, sometemos a la consideración del VI Congreso Médico-Latino-Americano, la siguiente proposición a base de lo anteriormente expuesto: "Que se solicite de los Poderes Legislativos y Ejecutivo de la República de Cuba la promulgación de una Ley (3) que contenga lo que importe dictaminar a los efectos de reprimir las prácticas de brujería y todas aquellas manifestaciones relacionadas con ellas; y que a la vez encierre las medidas de profilaxia y previsión más recomendables al objeto de llegar a extinguirlas completamente en el porvenir, elevándose así la cultura de las clases inferiores de  nuestra sociedad, tan necesitada de un eficaz mejoramiento intelectual y moral".



(1) Antropología Jurídica (Resumen de las explicaciones del curso y Apéndices); por el Dr. Arístides Mestre, 1921-1923. (2) Decidiéndonos por este tema mucho más concreto sobre Brujería y Criminalidad en Cuba, respondimos a la solicitud con que nos honrara la Comisión organizadora del Sexto Congreso Médico Latino-Americano, que nos proponía tratáramos en una de las sesiones generales de dicho Congreso del problema de la locura, brujería y espiritismo en esta República, conjuntamente considerado. Al desarrollar la tesis escogida, tomamos como base principalísima de nuestro estudio sintético —que a ello obligan necesariamente el corto tiempo y el espacio de que podíamos disponer— el notable libro Los negros brujos escrito por el muy estimado amigo el erudito etnólogo Dr. Fernando Ortiz; libro que contiene una laudatoria "Carta-Prólogo" del ilustre sabio César Lombroso (Turín 1905). Consignamos con satisfacción que nos hemos inspirado en esa obra y en sus juiciosas orientaciones, con las que nos sentimos bien identificados, contribuyendo de este modo a difundirlas. (Noviembre de 1922). (3) El Dr. F. Ortiz redactó hace algún tiempo un importante proyecto de Ley para combatir la brujería; pero nada sobre el particular se ha promulgado, al menos que sepamos. Por eso hemos aprovechado esta oportunidad que nos ofrecía el Congreso científico citado para insistir nuevamente en ese asunto.  Bibliografía: —Los negros por Antonio Bachiller y Morales. Barcelona, 1881. —Las Razas humanas (La Religión. Los pueblos del África, etc.); por Federico Ratzel. Barcelona, 1888. —The Yoruba speaking peoples of the slave coast of west África; by A. B. Ellis. London, 1894. —Les races et les peuvles de la terre (Vie psychique. Religión); par J. Deniker. París, 1900. —L'animisme fetichiste des Negres de Bahía; por Nina Rodrigues. Bahia. 1900. —Los Negros brujos (Apuntes para un estudio de Etnología criminal); por Fernando Ortiz, Madrid, 1906. —La Policía y sus misterios en Cuba (La Brujería. El crimen de la niña Zoila); por Rafael Roche. Habana, 1908. —Antropología. Introducción al estudio del hombre y de la civilización (El mundo espiritual); por Edward B. Tylor. Madrid, 1912. —Los orígenes de la civilización y la condición primitiva del hombre (Estado intelectual y social de los salvajes); por Sir John Lubbock, Madrid, 1912. —La fisonomía del brujo; por Israel Castellanos. "Vida Nueva", Habana, 1914. —Brujería, locura y necrolatria; por Israel Castellanos. "Gaceta Médica", Granada, 1914.
El tipo brujo; por Israel Castellanos. Habana, 1914. —Los negros esclavos. (Estudio Sociológico y de Derecho público); por Fernando Ortiz. Habana, 1916.


 Revista de la Facultad de Letras y Ciencias, 1923, pp.307-24.