viernes, 26 de diciembre de 2014

Turismo ecológico





 Dolores Labarcena


 Acurrucados en el sofá, compartiendo el radiador y la manta, mientras brindábamos con cerveza artesanal. No obstante tu esmerada planificación en lo concerniente a cosas prácticas, de improviso saltó la alarma. Fuego, bomba, ¿ataque extremista en un hotel de Viena? Cualquier suposición es plausible, dijiste. Y temí, no solo por los dos, ¡por caridad!, sino por el sisón común, la ganga ibérica, y la terrera marismeña. Admirables especies que aguantaron nuestro hastío en el museo de Historia Natural. ¿Recuerdas? Fosilizadas. ¿Qué culpa tienen las aves del calentamiento global?, escuchábamos, alternando con Schubert por los audífonos.


 Nublado con escasas probabilidades de precipitaciones, informó el meteorólogo de la Österreichischer Rundfunk, en el tren, camino al aeropuerto. Puentes, autopistas, posters anunciando la próxima presentación de unas gogós francesas: “Sont les bienvenues et qu'elles peuvent se sentir ici chez elles”, frase que obliga a pensar en lo que no está al alcance. Como si algo pusiera en guardia al lenguaje. Sí, señor, veladísimo. Cubierto por un betún escolástico, ídem, a la falsa alarma. ¡Boom! Y corrí. Inmóvil bajo el gorro de cachemir, en tanto hablabas sin pudor de Schiele, o quizás Kokoschka. Nublado, informó otra vez el meteorólogo de la Österreichischer Rundfunk.