lunes, 8 de diciembre de 2014

La sedición racista




 La civilización está de duelo. Las corrientes de progreso del país cubano han sido eclipsadas por la barbarie, con toda una cohorte de vilezas, depredaciones y reminiscencias atávicas.  
 La sedición racista, que en los actuales momentos compromete a la nacionalidad cubana, viene a comprobar la opinión de muchos intelectuales latinos: de que la cultura aquí anda a gatas y a justificar una de las tesis de Herbert Spencer acerca del destino de un pueblo donde el tipo guerrero predomina. En estos pueblos de espíritu bélico, nacidos al calor de conspiraciones y nostalgias del campo de la guerra, se vive de continuo sobre un volcán, y ese volcán ha eructado, sembrando la lava del espanto y la desolación por todas partes.
 Por las regiones de Oriente, cuna de próceres inmortales en las páginas de la historia cubana, y de donde vino a esta tierra la independencia, en el transcurso de dos años, una partida de forajidos, no de hombres sublevados ante las injusticias de un Gobierno, asaltan, machete en mano, los caseríos, desvalijan a los comerciantes —en su mayoría españoles—, cometen odiosos atentados contra las personas y destruyen la propiedad ajena. Son negros racistas, pertenecientes a un partido llamado “Independiente de color”, los que tales monstruosidades realizan, los que tales actos canibalescos ejecutan en pleno sido xx, a la faz de los pueblos cultos de la tierra.
 En el campamento de estos rebeldes ocurren las escenas más repugnantes, trayendo a la mente el recuerdo de las hordas salvajes con sus prácticas características, la orgía de fetiches y bárbaros, negación absoluta del principio más rudimentario de vida civilizada. Las mujeres negras acompañan a los sediciosos en el saqueo y el incendio, y al internarse, cumplida la faena diaria, en la espesura do la selva, el nañiguismo resucita a toques de tambor y la regresión atávica desaparece. Es un insulto tremendo, un horroroso ultraje inferido a la civilización por hombres refractarios a la luz v la luz y a la conciencia.
 Ante estos acontecimientos que perturban al pobre país cubano, nacido ayer a la vida de pueblo libre—aunque sometido a una tutela extraña,— cabe preguntar: ¿en catorce años de independencia patria no hubo aquí tiempo, si no para regenerar por completo a una raza que constituye casi la mitad de la población, por lo menos para prepararla, destruyendo en ella los gérmenes de salvajismo, difundiendo ideas de grandeza social e intensificando en lo posible la cultura.
 Pueblo depauperado por largas guerras, con su correspondiente serie de privaciones y hambre, necesita muy fuertes reconstituyentes, panaceas que tonifiquen sus células nerviosa, produciendo movimiento, acción cultural y ansias de vida. Aquí lo que menos se ha pensado, por quienes tenían obligación moral de hacerlo, fue en la conservación de la libertad y en el afianzamiento de las instituciones; la raza negra tuvo tiempo para preparar su obra de odios y amenazar al fin con la pérdida de la casi perdida soberanía cubana.
 Los pueblos sin base de cultura y sin orientación en la enseñanza pedagógica, a la corta o a la larga han de perder el equilibrio y determinar algún grave conflicto; la lucha de razas, foco de males sin cuento, está en puerta. Y es que existe una estrecha concepción del progreso y la cultura.
 La intelectualidad de este país, o aquellos que por sus dotes de vigilancia se destacaron por entre la multitud anónima de autómatas, apenas si han aspirado a la formación de una sociedad fuerte, de una estructura moral y una educación espiritual que propendiese al bienestar futuro y a la preponderancia colectiva. Que dos o cuatro individuos lo hayan intentado, nada implica ello, porque estas fuerzas aisladas no pueden tener transcendencia práctica; la obra ha de ser general, y general también el encauzamiento de actividades y energías.
 Sé que estos son lamentos que no llegan a tiempo, infortunadamente. Pensemos en que las circunstancias son tristes y dolorosas para Cuba y que es una lástima, una gran lástima, que el Gobierno cubano no haya podido aún sofocar la insurrección racista, a pesar del número do fuerzas que ha enviado a los campos de Oriente para combatirla.

 Roberto Blanco Torres, La Habana, Julio de 1912

 "Crónica de Cuba. Reflexiones", en  Mundo Gráfico, AÑO II O NUM. 38, MIÉRCOLES 17 de JULIO  de 1912.