miércoles, 3 de diciembre de 2014

Quisiera ser condecorado





 Jules Renard

 9 de marzo. Anoche, cena de La Plume. Son raros los hombres inteligentes con rostros inteligentes. Fealdades estudiadas con puños de bastón. El horrible Verlaine es un Sócrates lúgubre y un Diógenes sucio, mezcla de perro y de hiena. Se deja caer tembloroso en una silla que alguien se preocupa de acercarle. Y ríe con la nariz, una nariz neta como trompa de elefante, cejas y frente.

 Cuando Verlaine entraba, un caballero que demostró su estupidez al poco rato exclamó mientras aplaudía:

 -¡Loor al ingenio! No lo conozco, pero ¡loor al ingenio!

 El abogado de La Plume dijo entonces:

 -Prueba de su ingenio es que ríe de esto.

 Le sirven a Verlaine algunos fiambres que él rumia. Con el café, sólo se escucha: "Maestro". "Querido maestro", pero él está preocupado y pregunta qué han hecho con su sombrero. Parece un dios ebrio del que no quedara más que nuestra devoción por él: sobre ropas andrajosas  corbata amarilla y un sobretodo que debe estar pegado a la piel en muchos sitios, su cabeza de piedra parece ofrecerse a la demolición.

(…) ¡Qué cena! Las manos negras del mozo, cosas negras en los platos, esa pierna de cordero lanudo servida en la fiambrera cercana. Es curioso, porque no come los salchichones que trae y que todos se disputan.

 Hablamos con Rachilde de su talento incomprendido, desconocido, y de nuestra esterilidad. Es extraño, hay libros que nos parecen hermosos, que nos agradan, cuya lectura nos seduce, pero que no quisiéramos escribir. ¿Acaso es inútil escribir esas cosas? ¡Qué raro!

 Los ojos de Velaine están como aplastados bajo la piedra de la frente.



 14 de marzo. ¿El hijo de Verlaine se parece a Rimbaud?

 Le preguntaban a Verlaine:

 -¿Por dónde ha pecado usted más, maestro?

 Verlaine no contestó, levantó el índice y lo volvió a bajar, señalando en dirección significativa.

 Hay en Verlaine -dice Schwob-, un hombre honrado, un ciudadano, un patriota que, convencido de la utilidad de su vida, piensa: "He honrado a Francia", y por lo tanto quisiera ser condecorado.

                            Diarios, 1892