domingo, 28 de diciembre de 2014

Dos piedras




Antonio Armenteros


Sentado en el mesón del puerto –en Odessa-,
chirriando como el tranvía por los rieles 
la idea de una palabra santa,
mientras veía pasar inquietos tus ojos.
Apresuré un trago de cerveza amarga,
espumosa, recordable y pagué. Tomando de mis piernas
un libro de Anna Ajmátova, un libro para aligerar
mis patologías.
Sin saber que otras Annas y otros ojos me aguardaban.

Hoy estoy sentando en una taberna del puerto
-en La Habana-, miro los rieles vanos
y siento pasar estos ojos –sin verlos- 
que susurran alegres y breves:
“Tiene olor a sangre”.

La cerveza es alemana u holandesa, 
amarga, fría, espumosa y costosa 
hasta lo recordable en la voz perdida / neurótica:
“No compares, quien vive no puede compararse”.
Ahora releo un poema de Ajmátova en mi lengua materna 
y lloro:

         “Bebo por el hogar arruinado,
          por mi mala vida,
          por la soledad de los dos
          y por ti bebo….”

Mientras las monedas chirrían sobre las tablas en el mesón de Odessa –en la psiquis- los ojos inquietos 
de aquellas Annas y el valor que se ajusta 
a los rincones más sórdidos.

La Habana –también- posee olor a sangre.

                       (Odessa 1989 / La Habana 2001)