domingo, 24 de marzo de 2013

Sobre el ruido histórico del tractor (Trac-Trac-Trac-Trac)






 Ricardo Alberto Pérez


 Otorgue su cabeza madre
que se trata de convertirla en el cristal adivinatorio,
deposite las fibrillas, justo para restar
atractivos de mi pasado,
esa corriente que usted ironiza
entre la indiferencia
y el diagnóstico involutivono
es suficiente para el escenario
donde se mueven con rigidez mis títeres
ni siquiera el haz
para distinguir con nitidez los rostros
en este catálogo de payasos irlandeses
que escapa de mis manos... tal si toda la parodia
fuera a ser anulada
por la carencia que usted origina. 
A mí me protege la disposición
de entregar la frente a la seda
de ese pañuelo,
a las figurillas árabes
que muestra en sus tejidos plenos
(no dude de que el telar es una máquina tan bella
como las otras que se utilizan en la guerra).
El retablo tiene un diseño delicado,
unas abejotas que no dejan de proteger
ambas entradas,
entre dos zumbidos históricos-dulzones
el gesto del histrión y el del histérico
se transfiguran en una sola imagen,
en el trozo de cielo tan azul para las cabezas de mis actores.
La tierra que se abre detrás del buey 
es el onto-sitio para el grano elegido,
diga si los pies de esa tibetana
no son una verdadera joya,
una flexión casi infinita, útil
para que no me encierren entre estos seres
con sus manías dispuestas
sobre el humito recalentado por la chimenea
irrisoria que soporta la usura
de la garza.
¿Qué otro tono se puede imaginar
para el extravío de los ojos
de no existir la lombriz cortada...?
Tenga estos cerebelos, hay algo que los ennoblece
en su desconcierto,
mientras (tin-tric-tin-tric-tin-tric) la cadenita arrastrada
sigue la huella y representa.